¿Revolución “fracasada”, o revolución “traicionada”?

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EDUARDO GRÜNER

Número 16, diciembre 2014.

 

La publicación reciente de La revolución traicionada de León Trotsky por el CEIP –con un eficaz prólogo de “actualización” a cargo de Christian Castillo y Matías Maiello– constituye lo que vulgarmente se denomina un acontecimiento (teórico, cultural y político). Esa “vulgaridad” está, en este caso, plenamente justificada.

Se trata de lo que bien puede calificarse de testamento político del gran revolucionario, en el cual –entre muchas otras cosas– somete a examen implacable, poco antes de su asesinato a manos del estalinismo en 1940, la lógica de la transformación del proyecto originario de los bolcheviques en un despotismo abyecto bajo el comando de un estrato burocrático ultraconcentrado en su poder, que ha traicionado hasta el último de los ideales –y las posibilidades reales– de construcción de una sociedad “soviética” en camino al auténtico socialismo. Esa traición tuvo consecuencias negativas inmensas que las causas revolucionarias todavía están sufriendo en todo el mundo. El libro de Trotsky aborda ese proceso de degradación con todo el rigor, la lucidez y la consecuencia que son su marca de estilo, y que hacen que no haya, hasta el día de hoy, un análisis crítico más acabado desde la óptica del marxismo; pero al mismo tiempo, más allá de la indignación y la amargura, lo hace sin perder un ápice de su confianza en el espíritu revolucionario y emancipador que condujo a la enorme gesta de Octubre, y cuya reconstrucción es el objetivo final de su análisis crítico. Es de esa traición y de ese espíritu –que la gran pluma de Trotsky pone en escena como personajes de un tremendo drama histórico– que quisiéramos hablar, aunque fuera breve y esquemáticamente, en lo que sigue, sirviéndonos de su texto como (en el sentido literal) pre-texto.

 

1. Para usar una ya canónica metáfora, hay un fantasma que sobrevuela desde hace ya décadas sobre el marxismo. Es el fantasma del así llamado fracaso de las revoluciones y movimientos emprendidos en su nombre. Casi desde la propia formulación originaria de los conceptos (y las acciones) del materialismo histórico se le imputó que estaban “destinados al fracaso”. En las últimas décadas, el derrumbe (o implosión, o derrota) de esas verdaderas monstruosidades políticas en que se habían transformado los “socialismos reales”, y la consiguiente completa mundialización del Capital, pareció confirmar inapelablemente ese diagnóstico de los enemigos, los escépticos, y aún los “desencantados” del marxismo.

Frente a semejante veredicto, es casi irresistible la instintiva tentación de replicar con una “chicana”: ¿Cuáles serían, por favor, los clamorosos éxitos del capitalismo –salvo, se entiende, para los propios capitalistas, una porción mínima de la humanidad–? De un capitalismo, queremos decir, que había prometido el progreso, la prosperidad y la convivencia democrática para la inmensa mayoría, y que, por solo atenernos al siglo XX y lo que va del XXI, ha entregado explotación, creciente miseria, alienación, guerras, masacres y genocidios inconcebibles, sin dejar de mencionar la degradación sin precedentes de la cultura y la subjetividad, y para no mencionar las catástrofes ecológicas que ha producido, y que por primera vez en la historia colocan a la humanidad ante el riesgo real de su desaparición. No obstante, es necesario resistir tal tentación. Porque, como se suele decir, “una cosa no quita la otra”. Que el capitalismo haya “fracasado” estrepitosamente no implica que los alegados “fracasos” de las revoluciones socialistas sean menos dramáticos: al contrario, lo son aún más. Pero empecemos por desplazar el eje de esta discusión, y definir en qué términos hablamos de “fracaso”, so pena de quedar atrapados –como quisiera la ideología dominante– en la plena identificación de las revoluciones “fracasadas” con la “inutilidad” o la no pertinencia del marxismo revolucionario como tal. En alguna parte, Slavoj Zizek cita una frase de Rumbo a Peor de Samuel Beckett: “Inténtalo de nuevo. Fracasa otra vez. Fracasa mejor”1. Me permito ahora ponerla en contigüidad con otras dos frases que vienen a mi memoria. Una es de William Faulkner, que en respuesta a una entrevista dice: “No vaya usted a creer que es fácil fracasar: a mí al principio me costó mucho, después me fue saliendo cada vez mejor”. La tercera es de Orson Welles: “Yo empecé desde muy arriba, y tuve que trabajar duramente para descender hasta el fondo”.

¿Qué hay de común entre estos tres enunciados? No es, como podría parecer, el fracaso por sí mismo, sino más bien la idea de que fracasar supone un esfuerzo, demanda fuerza de voluntad. Lo cual es por supuesto una inversión sarcástica, digna de Marx –de Groucho Marx– del sentido común según el cual es el éxito el que implica un gran trabajo, mientras el fracaso se adjudica a la pereza. Se trata, desde ya, de un sentido común típicamente burgués: el éxito es el producto de la esforzada iniciativa individual, mientras que el fracaso es el destino del indolente, ya sea el aristócrata decadente como, en el otro extremo de la estructura social, el marginal que prefiere vivir de la caridad o de los subsidios del Estado. Y el mismo prejuicio ha fundado, frecuentemente, el menosprecio colonialista y racista hacia el Otro, el Extranjero, el Indígena, que solo bajo la esclavitud se transforma en un sujeto productivo. En nuestros tres enunciados de marras, en cambio, el fracaso es el resultado fallido de una lucha, y el acento positivo está puesto sobre el proceso, sobre la lucha misma, y no sobre el resultado. Esto plantea, de manera escandalosa para el sentido común de la ideología burguesa, una suerte de ética “revolucionaria” del posible fracaso, y una suerte de épica heroico-combativa, no exenta de un elemento “trágico”, que se desentiende de toda moral del éxito para reivindicar el valor de la lucha en sí misma. Pero, permítaseme señalar alguna otra ironía. Una frase como la de Orson Welles (“Yo empecé desde arriba, y tuve que trabajar”, etcétera) podría perfectamente aplicarse a la historia del capitalismo. Recuérdense los exaltados ditirambos de Marx –esta vez me refiero a Karl– y Engels, en el Manifiesto Comunista, donde cantan los fabulosos éxitos iniciales de ese nuevo modo de producción, pero para anunciar luego que son esos mismos logros inéditos en la historia de la humanidad los que servirán para sepultarlo. Bien, tal vez las cosas no se hayan desarrollado exactamente como Marx las preveía –o las deseaba–. Pero en lo esencial no podemos decir que se haya equivocado demasiado: habiendo empezado bien desde arriba, el capitalismo ha terminado descendiendo –y arrastrándonos a todos en su caída– al más abyecto de los infiernos: ¿cuánto más se puede bajar? ¿Y al revés? ¿Puede aplicarse asimismo el enunciado de Welles a las revoluciones que intentaron acelerar esa caída al mismo tiempo planteando una alternativa, y que porque “fracasaron” es que la lenta agonía capitalista se nos hace ahora insoportable, y algunos presienten que el final será más el de un suspiro hediondo que el de una gloriosa explosión, para parafrasear el canónico verso de Eliot? Pero, claro, la pregunta supone que esas revoluciones efectivamente fracasaron, puesto que no obtuvieron los objetivos que se proponían; y entonces nos hemos vuelto a enredar en el sentido común de una moral del éxito, en la instrumentalidad “resultadista”, para decirlo con la jerga futbolera, y hemos olvidado la ética y la épica del proceso de lucha. Porque, ¿y si la pregunta pertinente fuera por si, a pesar del “fracaso”, no fue el esfuerzo lo que constituyó la marca indeleble de un deseo que debiera insistir, sobre el cual no debiéramos ceder, sobre el cual reconstruir un nuevo imaginario revolucionario? Aquí podríamos pensar en todavía otra frase, por cierto no de algún revolucionario ultraizquierdista, sino de un extraordinario escritor católico-conservador, Gilbert K. Chesterton, cuando dice: “Las causas perdidas son precisamente las que podrían haber salvado al mundo”. Se trata, en último análisis, de con qué lógica histórica nos manejamos. Si decimos que las revoluciones del pasado finalmente fracasaron, nos deslizamos insensible pero firmemente hacia la concepción de la revolución como algo del pasado. Y el pasado, como reza la jerga juvenil, “ya fue”. Esta ha vuelto a ser hoy, en los tiempos post, la ideología dominante: para citar otra expresión muy común, lo que tenemos “es lo que hay”, y ya está: congelando el pasado, asesinamos todo proyecto de futuro, lo que nos queda es el presente eterno. La filosofía lineal, evolutiva y “progresiva” de la historia, tanto como el puro “presentismo” postmoderno, no están en condiciones de asumir la idea de repetición –ni siquiera como “farsa”– ni mucho menos la de un retorno de lo reprimido.

 

2. Una de las razones –y no de las menores– que se aducen para tal “fracaso” de las revoluciones, es la de su “bastardización” por parte de una dirigencia despótica y corrupta, que utilizó el poder que les dieron las revoluciones para consolidar sus propios intereses de “nueva casta” burocrática, incluso a veces provocando masacres a gran escala, y así. Se sabe cuáles son los argumentos más habituales que se esgrimen (incluso, y quizá sobre todo, desde el “progresismo” de centroizquierda, más o menos socialdemocrático-liberal) contra todo “imaginario revolucionario”, y que llevarán a acusarlo de indefectiblemente “totalitario”: básicamente, que ese “imaginario” conlleva un utopismo omnipotente que pretende hacer entrar la realidad compleja y múltiple de las sociedades en un esquema preconcebido de la “mejor” sociedad; como la realidad indefectiblemente se resiste a ese forzamiento, se tilda a la realidad misma de “reaccionaria”, y se está dispuesto a ejercer sobre ella la violencia que sea necesaria para hacerla “entrar en razón”, adecuarse al Imaginario fundacional de la vanguardia revolucionaria: esa obcecación ha conducido siempre, más tarde o más temprano, al reino del Terror (jacobino, estalinista, el de la Revolución Cultural china, el de Pol-Pot, y siguen las firmas). Etcétera, etcétera.

No pretendemos decir que no haya un momento de verdad en ese argumento –como lo hay en todo enunciado ideológico, que sin ese “momento verdadero” no tendría la más mínima eficacia–. El problema con él, sin embargo, es que, como se dice vulgarmente, arroja el niño con el agua de la bañera. El núcleo universal del Imaginario revolucionario –el deseo de una transformación radical de lo existente– es condenado en nombre de sus consecuencias particulares en determinadas circunstancias históricas, del mismo modo que el “fracaso” de las revoluciones se usa como argumento en contra de su necesidad. Como si el hecho de que esas revoluciones hayan “fracasado” significara automáticamente que las razones por las cuales fueron hechas hayan desaparecido.

Por supuesto que, a su vez, en nombre de las revoluciones se han cometido los crímenes más indefendibles, que deben ser condenados incondicionalmente, tal como lo hace sin concesiones Trotsky. Pero ¿es esa una razón suficiente para condenar también la idea misma de revolución? ¿o lo es, más bien, para pensar de nuevo –“interminablemente”, por así decir– las determinaciones concretas y prácticas del Imaginario deseante de la revolución? ¿Y de hacerlo sobre la base de un análisis político-intelectual a fondo de las experiencias “fracasadas”, como también lo hace Trotsky respecto de la URSS?

Todo lo anterior, sin embargo, no debería distraernos de una pregunta fundamental que todo marxista necesita hacerse hoy: ¿Por qué se ha apagado, ha menguado notoriamente entre las masas, lo que acabamos de llamar el imaginario de la Revolución? Alguien, desde el campo “progresista”, podría decirnos que exageramos. Después de todo, no es que las clases populares en todo el mundo no hayan registrado –como lo hacen siempre, más tarde o más temprano– la necesidad de poner en acción movimientos de resistencia a la catástrofe a la cual está llevándolas el capitalismo. Allí están, dirán, por limitarnos a la última década, los cambios (parciales, que “hay que profundizar”, pero cambios al fin) que se han producido en América Latina, o las denominadas “revoluciones árabes” (hoy bastante congeladas, en verdad), o los nuevos movimientos políticos del sur de Europa como Syriza en Grecia o Podemos en España. Pero allí están también las guerras plenas de horror en Medio Oriente, las masacres de Gaza, las nuevas formas de violencia reaccionaria, los fundamentalismos terroristas (y no me refiero solamente a los islámicos), el crecimiento en casi toda Europa de las extremas derechas con sus consecuencias de racismo y xenofobia exacerbados, etcétera. Son todos síntomas previsibles ante la agudización de la crisis del Capital, que puede precipitar a las masas a un estado de desesperación a veces canalizada de formas perversas ante la ausencia de una alternativa radical al sistema mundial existente plenamente asumida por las grandes masas. Es detrás de todas estas nuevas contradicciones que se verifica, pues, el retroceso “en promedio”, en las últimas tres o cuatro décadas, de eso que llamábamos un imaginario realmente revolucionario.

Desde luego, se han producido muchos y sustantivos cambios desde las décadas “rojas” de los ‘60 y primeros ‘70. Cambios que incluyen, cómo no, el hundimiento (el “fracaso”) de los “socialismos reales”. Sería necio negar que la gran Revolución de Octubre y su extensión (o su “exportación” a veces forzada, lo cual también constituyó un problema) a los países del Este europeo, fue, decíamos, literalmente secuestrada por aquella camarilla burocrática que señalábamos, y que lejos de iniciar la construcción de un socialismo auténtico, estableció una feroz dictadura (no del, sino) sobre el proletariado y la sociedad en su conjunto.

Todas estas contradicciones, sumadas al nuevo clima ideológico “neoliberal” a partir de la década del ‘80, contribuyeron a levantar sospechas ya no sobre los resultados revolucionarios, sino, como decíamos, sobre el propio concepto de revolución, paulatinamente abandonado por los sectores progresistas –incluso, entre otros, por los partidos “comunistas” del mundo entero– y sustituido por las teorías y las políticas “regulacionistas”, “progresistas”, “bienestaristas” y demás. Es decir, se echó un manto de olvido sobre la idea “clásica” de la revolución como transformación radical de las relaciones de producción en un sentido socialista.

Cualquiera tiene, desde ya, derecho a discutir la posibilidad actual –o incluso la deseabilidad– de esa transformación; o, aún aceptando ambas cosas, a debatir las diferencias estratégicas y tácticas que ellas supondrían hoy con respecto a los modelos revolucionarios históricos “fracasados” (más aún: esta última debiera ser una discusión imprescindible y urgente para los marxistas contemporáneos). Pero si se quiere permanecer dentro del paradigma marxista (todo lo ampliado y “flexibilizado” que sea necesario) no se puede negar la categoría de “revolución” entendida en esos términos básicos.

Este es el telón de fondo sobre el cual se pueden juzgar los cambios gubernamentales de la última década en América Latina, algunos de los cuales no han vacilado en autocalificarse “de izquierda”, o de “socialistas”. Quizá eso haya contribuido a que la palabra izquierda haya dejado de ser una “mala palabra” como lo era en los ‘90, aunque esto conlleva el peligro “dialéctico” de que –mediante el éxito de una cierta operación de apropiación de esa palabra por parte de los gobiernos– el concepto “izquierda” quede asociado a, y aún plenamente identificado con, las políticas bonapartistas, reformistas o populistas que pueden tener mayores o menores tensiones con el capital mundial, pero que no se proponen como proyecto final sustraerse a su lógica. O sea: la palabra “izquierda” puede, nuevamente, ser una buena palabra… siempre que no se la pronuncie junto a la palabra “revolución”. Y otro tanto sucede, con todos los matices del caso, con movimientos como Syriza o Podemos, con su articulación borrosa entre la ética de los “indignados” y un populismo “laclauiano” más o menos posmoderno y mediático. Por esa razón ha llegado la hora de volver a plantear (aunque obviamente no podamos hacerlo aquí) de qué hablamos cuando decimos “revolución”. En uno de sus múltiples registros, el libro de Trotsky es ese planteo.

 

3. La actual necesidad –y la realidad en curso– de un “renacimiento” marxista es inseparable de una tarea de una enorme magnitud: es necesario revisar, con toda la radicalidad crítica que sea necesaria, sin prejuicios ni preconceptos de ninguna clase, aquellos “fracasos” de las experiencias de los “socialismos reales”, como lo hace nuevamente Trotsky para la URSS. Hay que revisarlos, por supuesto, en términos políticos, sociales y económicos, pero también (si es que se quiere mantener el marxismo como la gran empresa civilizatoria que Marx postulaba) en términos filosófico-culturales, y hasta en términos “psicológicos” y, si se quiere decir así, ontológicos, en un sentido más o menos lukácsiano. En los socialismos reales, y empezando por la URSS, el marxismo quedó congelado, paralizado, o peor aún, retrocedió sobre sus pasos hasta transformarse en una pobre, mediocre, caricatura de sí mismo. Y lo peor de todo es que esta “caricaturización” sirvió para hacer devenir a ese remedo farsesco en una excluyente doctrina de Estado como instrumento de férrea dominación sobre (y no de) el proletariado y la sociedad en su conjunto. En nombre de ese “marxismo” convertido en discurso del terrorismo estatal, para colmo, se cometieron los crímenes más infames, desde la aniquilación por hambre de millones de campesinos (de ninguna manera solamente kulaks) mediante la política de colectivización forzada de la agricultura, hasta el exterminio de toda la vieja guardia bolchevique mediante la parodia canallesca de los juicios “autocríticos”, pasando por los siniestros gulags en los que fueron esclavizados o directamente liquidados otros millones de opositores o meros disidentes, todo ello acompañado del más férreo control ideológico y político sobre una población inerme, desarmada en términos tanto sociales como culturales, y abrumada por la escasez permanente, producto de los persistentes reveses económicos y técnicos. Nada de ello puede atribuirse a simples “errores” ni solamente al bloqueo cruel de las potencias capitalistas (dos cosas que también existieron, desde ya), sino que fue en buena medida un plan premeditado de dominación y construcción de poder despótico por parte de una camarilla burocrática que, como decíamos, “secuestró” en su propio beneficio los extraordinarios logros de la Revolución de Octubre.

No es de extrañarse que León Trotsky (pronto asesinado brutalmente por la misma camarilla, luego de haber aniquilado prácticamente a toda su familia), pudiera afirmar que el estalinismo era el peor “régimen policial”, el peor “totalitarismo” (Trotsky usa literalmente ese término, mucho antes de que se pusiera de moda después de la Segunda Guerra) que hubiera conocido la humanidad…¡ y ello en 1937, cuando ya hacía cuatro años que Hitler estaba en el poder, y quince que se había producido la “marcha sobre Roma” de Mussolini!2 ¿Exageraba, pues, o chocheaba, el antiguo prócer revolucionario? No: “peor” significa aquí sencillamente que, mientras de Mi lucha de Hitler se desprendía inequívocamente Auschwitz (o algo similar), deducir de El Capital los gulags y todo lo demás que hemos descripto es una traición infame, totalmente imperdonable, del proyecto emancipador originario.

Este “fracaso”, esta traición, así como las condiciones objetivas que la permitieron, es una de las más ominosas tragedias del último siglo. Ha puesto en seria cuestión la mayor esperanza de liberación que los pueblos conocieron en toda la historia moderna, y ha contribuido de manera decisiva a la legitimación tramposa del desprestigio al que la burguesía ha siempre intentado someter al marxismo y al concepto de “revolución”. Nos obliga a pensar de nuevo, una y otra vez, cómo reconstruir a escala mundial un “imaginario de revolución” que en las últimas décadas había caído en descrédito generalizado. No es necesario decir, sin embargo, que es imprescindible hacerlo, y más aún en nuestros tiempos de crisis también generalizada del capitalismo, para evitar que esa crisis se “resuelva” falsamente mediante nuevos intentos “reformistas” como los actualmente existentes en diversas partes del mundo, y que indefectiblemente volverán a chocar con el “techo” que les impone el sistema, en un círculo vicioso que cada vez está más corto de tiempo. Eso, en el mejor de los casos: en el peor, que la crisis se “resuelva” por derecha, con la profundización de las tendencias destructivas, racistas, xenófobas y de terrorismo imperial y fundamentalista que ha despertado la propia crisis. Estamos ante una tarea inmensa, ciclópea, de recomposición política y también “intelectual y moral” (como hubiera dicho Gramsci), que además, por supuesto, no depende solo de la buena voluntad y el trabajo dedicado de un conjunto de individuos, sino también, y principalísimamente, del movimiento de los pueblos. Porque, como solía decir León Rozitchner, cuando la sociedad no sabe qué hacer, la filosofía no sabe qué pensar.

 

4. Como se ve, no hemos (casi) hablado del libro de Trotsky en sí mismo. El libro debe leerse, y ninguna paráfrasis que pudiéramos hacer de él estaría a la altura de esa experiencia de lectura. Tampoco teníamos aquí el espacio suficiente (lo dejaremos para una próxima vez) de desarrollar otra cuestión que puede aparecer “secundaria”, pero de la que defenderemos su máxima importancia. Por una “feliz” coincidencia, la aparición de La revolución traicionada es casi simultánea con un nuevo aniversario del derrumbe del Muro de Berlín, símbolo condensado de los “fracasos” y traiciones de que hablábamos. En una temporalidad relativamente más amplia, coincide asimismo con la proliferación, en los últimos años, de memorias, diarios, remembranzas o autobiografías de grandes intelectuales y artistas que, en el contexto de la “revolución traicionada” –sin ser en absoluto “reaccionarios” o contrarrevolucionarios (y que no se entienda que, de haberlos sido, entonces lo hubieran merecido)– sufrieron prisión, destitución, torturas, exilio, y aún asesinato (incluyendo en esta palabra el suicidio por desesperación, como el de Evtuchenko y otros) por el delito de disidencia con la banda burocrática dirigente en los “socialismos reales”. Dos casos entre muchos que vale la pena mencionar, por su extraordinario valor literario, político e intelectual, son los de Nadiezhda Mandelstam (viuda del gran poeta Ossip Mandelstam)3 y la notable novelista germanooriental Christa Wolf4. Dos mujeres de izquierda de enorme coraje, que lo resistieron todo para poder transmitir al futuro una de las múltiples dimensiones de la traición: la destrucción de la lengua, de la sensibilidad poética, del amor de las palabras por la verdad, todas cosas contra las cuales también embistió el “secuestro” del espíritu revolucionario. Y que autorizan esa estupenda expresión de Roman Jakobson cuando habla de “la generación que tiró a la basura a sus poetas”5.

La mención viene a cuento porque, aunque no es el tema central de La revolución traicionada, es sabido que Trotsky –en muchos textos, y muy explícitamente en Literatura y revolución–, aún en el fragor de las violencias de la guerra civil o de los conflictos de la construcción del Estado soviético, siempre abogó por la más absoluta libertad de creación, investigación y producción intelectual. ¿Era una “ingenuidad liberal” de su parte? No. Era una manera –anticipada, se podría decir– de afirmar que el control de lo “imaginario”, fuera este “revolucionario” o no, justamente no era una tarea revolucionaria, y fácilmente podía devenir en lo contrario. De afirmar, pues, que un proyecto auténtico de construcción del socialismo no solo podía darse el “lujo”, sino que necesitaba de la polifonía de perspectivas (literarias, artísticas, filosóficas) que, aún en la disidencia, enriquecieran y complejizaran el horizonte cultural de ese proyecto. La combinación del silenciamiento de muchas de esas voces con el sometimiento servil de muchas otras (los ejemplos son interminables, con Gorky como paradigma) no está entre las menores de las traiciones de que habla Trotsky. Es otra de esas brutales tragedias históricas que los marxistas alguna vez deberán revisar.

 

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1. Cfr. Zizek, Slavoj: “Cómo volver a empezar… desde el principio”, en VVAA: Sobre la Idea del Comunismo, Bs. As., Paidós, 2010.

2. Cfr. El Caso León Trotsky, Bs. As., CEIP, 2010, p. 166.

3. Mandelstam, Nadiezhda: Contra toda Esperanza, Barcelona, Acantilado, 2011.

4. Wolf, Christa: La Ciudad de Los Ángeles o El Abrigo del Dr. Freud, Madrid, Alianza, 2013.

5. Jakobson, Roman: La Géneration qui a Gaspillé ses Poètes, París, Allia, 2001.

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