Revancha de los deplorables

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DANIEL JAMES

Número 35, noviembre-diciembre 2016.

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Hillary y la grieta norteamericana. El sapo de las identidades. Por qué votar al verdugo. Qué hacer. De esto nos habla Daniel James desde Indiana, en el corazón del Rust Belt. Alguien que algo comprendió del peronismo en Argentina (y parece que también del terremoto Trump en EE. UU.).

 

El relato

No sé cómo va la grieta en la vida política argentina hoy en día, pero está plenamente presente acá en los EE. UU. Y no hablo de la grieta entre los trumpistas y los clintonistas. Hablo de la grieta creada por los clintonistas (y sus amigos en los medios) contra cualquier intento de ofrecer una visión crítica de Hillary Clinton y su candidatura, o cualquier intento de argumentar por qué uno no iba a votarla. Cuando Sanders abandonó el “campo de batalla” y millones de sus votantes nos negamos a seguir la sabiduría común y corriente de que había que –aún sin entusiasmo– votar a la Clinton, esto causó un distanciamiento entre varios de nuestros amigos que son partidarios de la lógica del mal menor. Lógica que hace décadas han seguido los progresistas acá y ha sido un desastre en todos los sentidos. Una de las ventajas de nuestra posición fue que escapamos a la burbuja que ha envuelto a los partidarios de Clinton y les impidió ver algunas realidades que desde afuera eran evidentes.

 

El retorno de clase

Clinton perdió fundamentalmente porque fracasó en la tarea más básica de una candidata: no logró movilizar a su base. Ahora que se sabe que las encuestas se equivocaron tremendamente, comienza a hablarse de algo que como observador de afuera de la burbuja era obvio: la diferencia en entusiasmo entre la base trumpista y la base demócrata. ¿Pero por qué la diferencia?

En parte tiene que ver con un hecho muy básico: la Clinton fue una candidata pésima. Aunque suela olvidarse porque hace décadas que está entre los políticos más conocidos de EE. UU., lo cierto es que una sola vez tuvo que competir como candidata (en 2000, cuando le fue regalado el sillón como senadora en Nueva York), y no tiene ni temperamento ni personalidad: es por naturaleza una tecnócrata elitista que esconde difícilmente su desprecio por la gente. Estas actitudes, originalmente borradas de la vista pública por sus expertos de campaña, emergieron con toda claridad en los emails difundidos por Wikileaks, que hicieron que una buena parte del electorado se acordara de por qué siempre la habían odiado. Esa es una parte de la explicación.

Pero más importante que lo anterior es lo siguiente: los demócratas perdieron una franja importante de uno de los grupos más fieles de su coalición: la clase obrera blanca (especialmente hombres) y, particularmente, los sindicalistas blancos.

La categoría de clase obrera debería ser refinada. No hay tal cosa como una clase obrera homogénea. Está cruzada por diferencias de género, de raza, de región, de religión, de cultura. Ni siquiera se puede hablar de “clase obrera blanca” así nomás. La clase obrera blanca del sur de los EE. UU. se  separó del Partido Demócrata en la época de Nixon, y ese fue el eje crucial de lo que se llamó “la estrategia sureña de Nixon”, que ha actuado desde entonces como la base estratégica de todo gobierno republicano hasta estas últimas elecciones. Algo parecido pasó con los sectores pobres rurales en otras regiones del país. La base de su inclusión en la coalición republicana fue una apelación abierta a la raza, intercalada con fuertes elementos de identidad cultural, religión, y otras variables de lo que suelen llamar “un conservadurismo social” –antiaborto, antigay, proreligión en las escuelas, etc.–. Esta es la base de esas zonas inmensas del país que en los mapas electorales están pintadas de rojo. Todo el sur, una buena parte de las Grandes Llanuras del oeste y sudoeste, y las zonas rurales del medio oeste forman parte de esta geografía política. Hasta en Pennsylvania sucede algo muy parecido. Alguien alguna vez dijo que Pennsylvania gira, social y políticamente, alrededor de Pittsburgh en el oeste y de Filadelfia en el este, pero el espacio inmenso entre esos dos polos es como Alabama. Las victorias demócratas en Pennsylvania siempre han dependido de la acumulación masiva de votos en los grandes centros urbanos de Pittsburgh y Filadelfia y sus suburbios. Un fuerte componente de esta base urbana tradicional se separó de la coalición demócrata en esta elección y pasó a votar a Trump, dándole la victoria en estados cruciales de lo que llaman “The Rust Belt” (Cinturón de Herrumbre/Óxido, casi en sentido de “zona de chatarra” asociada a fabricas abandonadas). Fue con ellos que Trump logró su victoria nacional.

Es un voto de protesta, un voto por “el cambio”, un voto de rechazo y un grito de bronca. Es imposible decir si representa un desplazamiento temporario o un cambio duradero. Y no puede saberse porque depende de lo que suceda en los próximos años. Lo que sí se puede decir es que hay un sentimiento muy generalizado de alienación, un debilitamiento de lazos tradicionales que han determinado los comportamientos políticos, las identidades de estos sectores de la clase trabajadora. Esta volatilidad tiene sus raíces en una larga experiencia de derrota que ha tocado otros sectores de la clase trabajadora, pero que se siente especialmente en estos sectores.

Es muy importante incluir en esta experiencia de derrota lo que ha pasado con el sindicalismo. La clase obrera ha sufrido y perdido una guerra de clases en los últimos 30 años, y esta se expresa en los salarios estancados, los puestos de trabajo perdidos, y todas las otras variables asociadas con el nivel de vida. El nivel nacional de afiliación actual es menor al 10 %. El deterioro es particularmente fuerte en el sector manufacturero. Hoy hay más o menos 12 millones de obreros en el sector manufacturero, uno de cada diez puestos en la economía. En 1960 representaba uno de cada cuatro. Este cambio ha sembrado el caos en el movimiento sindical. Incluso en un sector clave como el automotriz, los cambios son notables. En los ‘80 la tasa de sindicalización en la industria andaba por 60 %. Hoy en día no supera el 20 %. Este se concentra en la zona de Detroit (baluarte histórico del sector) y ha perdido la batalla para sindicalizar las nuevas fábricas que cada vez más se instalan en el sur del país, precisamente para evadir la sindicalización. El resultado es una combinación sombría: la pérdida de trabajo por el traslado de las fábricas a zonas como el sur o afuera del país; el impacto negativo sobre los salarios; y la corrosión de condiciones de trabajo en las fábricas, en la medida en que el sindicato ha cedido cada vez más conquistas a las empresas para mantener la presencia de la fábrica en la zona (dicho sea de paso, las condiciones y de salarios en los “Greenfield Sites” del sur son aún peores: muchos obreros allí ganan poco más que el salario mínimo). Mientras tanto, Ford ganó 10 billones de dólares el año pasado; GM está invirtiendo billones para abrir plantas nuevas en Kentucky, Texas y Tennessee –zonas de difícil penetración sindical–. El debilitamiento catastrófico del sindicalismo en aquellas zonas que históricamente formaban el corazón del movimiento obrero, ha contribuido fuertemente a la pérdida de lazos entre los trabajadores, de nociones de solidaridad y, por supuesto, al crecimiento de un sentimiento generalizado de resentimiento hacia los nuevos inmigrantes (legales o ilegales). El sindicato era, tal vez, la institución más fuerte para combatir los intentos de dividir la clase obrera alrededor del eje de raza o inmigración.

El dolor de muchos de estos sectores de la clase obrera –varios de ellos en vías de perder su estatus asociado con su lugar en el sueño americano, ligado a su puesto de trabajo, y a punto de entrar en la categoría generalizada de los nuevos pobres se expresa en un sentimiento de que “the system is rigged” (“el sistema está amañado”). Y dentro de la categoría de “sistema” se incluye el sistema político, el económico y el de gobierno.

Desafortunadamente, Donald Trump fue quien supo aprovechar este sentimiento disperso, canalizar esta bronca al ponerse al frente de estas “masas disponibles” (para usar una analogía argentina muy problemática, pero no exenta de sentido). Tuvo la intuición de un “showman” nato, el olfato de una suerte de “idiot savant”, una comprensión natural de los nuevos medios sociales que dejó en ridículo los wunderkind expertos con sueldos millonarios de la campaña Clinton. Jugó el rol de líder antiestablishment contra los dos partidos dominantes, resumido en una metonimia poderosa: Washington. Su eslogan principal, una promesa: “haremos América grande de nuevo”, implícitamente reconoce el desencanto, el dolor de la gente común, el hecho de que América ha dejado de ser grande y de que para devolverle ese estatus hará falta un cambio profundo. A este eslogan populista clásico, Hillary Clinton contestó con un eslogan clásicamente status quo: “America is still great!” (“América sigue siendo grande”). Una negación del sentimiento común de la gente. Si América sigue siendo grande, ¿por qué hacer cambios? Ella se presentó como la candidata de la continuidad con los ocho años de gobierno de Obama. Y esta decisión, que hubiera sido desastrosa para cualquier candidato, fue fatal para una candidata con las desventajas de Clinton.

Podríamos decir que lo que sucedió fue la emergencia de la categoría de clase por encima de la política de las identidades –de género, de raza, de etnicidad–. “¡Es la economía estúpida!”. Pero Clinton huyó, como todo buen demócrata, de esa categoría. En lugar de hablarle en su campaña a las preocupaciones económicas de millones de obreros, insistió en ofrecer (solo cuando fue obligada a hablar del tema) clichés de tecnocracia posindustrial. En lugar de ofrecer algo concreto, intentó movilizar con recetas para mujeres, para negros, para latinos, para gays. Para ser franco, en parte tuvo que hacerlo porque hubiera sido imposible abordar el tema de lo que le ha pasado a los pobres y a la clase obrera acá desde 2008 con un mínimo de credibilidad. Los Clinton son directamente responsables del NAFTA. Ella, Obama y las elites partidarias del PD, son responsables por la más brutal redistribución de ingresos a favor de los super ricos. Clinton y su esposo se encargaron de abolir los controles sobre el sector financiero que había puesto Roosevelt durante la década de los 30, lo que abrió el camino directamente a la crisis de 2008. Obama regaló todos los puestos de su gabinete económico y financiero a los candidatos de Goldman Sachs. A pesar de donar millones de dólares de sus afiliados a la campaña demócrata, los dirigentes sindicales no han logrado lo más mínimo, ni de Obama, ni de Bill Clinton. Cuando Obama asumió en 2008 había prometido a los sindicatos una ley restableciendo el derecho legal de los sindicatos para organizar y llamar a elecciones entre los obreros para saber si querían afiliarse (un derecho abolido en muchos estados republicanos).

En los dos años en que los demócratas controlaron el Congreso (2008-2010), no hicieron lo más mínimo para cumplir con esa promesa básica. La Clinton, hasta el momento mismo de anunciar su candidatura, fue una defensora del nuevo tratado de comercio (TTP, por sus siglas en inglés, Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica) que amenaza aún más puestos de trabajo. Solo cambió su discurso cuando tuvo que enfrentar las críticas de Trump y de Sanders. Pero la gente tiene memoria. Por primera vez en la historia moderna de las elecciones en los EE. UU., la mayoría de los que ganan más de u$s 100.000 por año votaron a una candidata demócrata, mientras la franja más pobre votó en su mayoría por un republicano.

 

El futuro

Esto nos lleva a una consideración más profunda del Partido Demócrata, porque cualquier discusión de una política futura para la izquierda pasa por una caracterización de ese partido. El PD como institución política dejó de ser hace mucho un partido progresista (y nunca fue un partido socialdemócrata en el sentido europeo). En las últimas tres décadas se ha vuelto un Partido absolutamente vinculado con el proyecto neoliberal: la financierización de la economía capitalista; la destrucción de empleos seguros y la expansión del precariado especialmente en el sector de servicios; los tratados internacionales de comercio; el brutal reordenamiento de lo que se llama “el safety net” (la red de protección social), iniciada por los Clinton en los ’90 con su promesa de acabar con el “welfare” (las principales víctimas fueron las mujeres pobres jefas de familia que fueron obligadas a presentarse al mercado de trabajo ganando, con suerte, salario mínimo).

Una parte crucial del proyecto neoliberal fue la construcción e imposición de un discurso político centrado en identidades por parte del PD. El progresismo y un sector nutrido de lo que se llama la izquierda en los EE. UU. compró el paquete por entero. El corolario fue el abandono de la búsqueda de justicia social y económica como eje central de la práctica política. Refiriéndose a la influencia del PD sobre el discurso político de la izquierda liberal en los EE. UU., el intelectual negro Adolph Reed Jr. señaló que “ha creado e impuesto una economía moral que acepta implícitamente la justicia de una sociedad en la que un 1 % de la población controla 90 % de los recursos”. En efecto, dice Reed, esta ha sido una política capitalista de identidades y de igualdad de oportunidades que se impuso a costa de cualquier noción de clase: “es una política de clase, del ala izquierda de neoliberalismo”.

Sus efectos han sido desastrosos. Sin embargo, cualquier debate en la izquierda sobre cómo avanzar en la época de Trump, tiene que lidiar con el hecho de que mucha gente sincera que se ha movilizado alrededor de la defensa de sus reclamos como gays, como mujeres, como latinos o como negros, lo han hecho confiando en el PD. Una pregunta clave será ¿cómo combinar la defensa de los derechos de tales grupos contra el ataque que vendrá con Trump, con el desarrollo de una política ofensiva de clase? Una parte importante de la experiencia del movimiento que se formó en torno a la candidatura de Bernie Sanders nos habla de este desafío. El desarrollo de una política de clase radical es esencial. Por varias razones: una política que ponga la demanda por justicia social y económica en su centro es la única manera de evitar que el PD logre llevar a los grupos de identidades hacia de su política de grupos de intereses. Es decir, que los use como carne de cañón electoral cada cuatro años, considerándolos como electorados cautivos a partir de la lógica de que al final de cuentas no tienen otra opción que votar a los  demócratas: “Total, ¿dónde van a ir?”. Además, cualquier estrategia política nueva que intente superar las causas de la actual coyuntura, tendrá que ser radical en parte porque en el presente las recetas moderadas están fracasadas de antemano. El capitalismo global en este momento o no puede o no quiere aceptar la justicia de estos reclamos que en otras épocas del consenso pos segunda guerra mundial eran pan de cada día. Basta con ver el programa de Jeremy Corbyn en Gran Bretaña. Hasta los años ‘80 habría sido considerado común y corriente en el Partido Laborista, hoy en día lo pone a Corbyn fuera de las normas aceptables de la política. Es un “radical peligroso” en la construcción mediática, y esto es así a pesar de que ni siquiera menciona en sus discursos la nacionalización de los medios de producción, algo presente formalmente en el programa laborista hasta los años ‘80. Lo mismo pasa con Sanders, cuyas recetas, muy moderadas, incitaron tanto odio y temor en los caciques demócratas que sabotearon su campaña a pesar de la evidencia de que tenía muchas mejores posibilidades en una contienda con Trump que la Clinton.

Si los límites de lo aceptable son tan estrechos, y sin embargo el capitalismo contemporáneo tiene una tendencia inevitable de intensificar inexorablemente la desigualdad económica y social, entonces hay una necesidad política y ética de buscar soluciones verdaderamente radicales que pongan en cuestión toda la arquitectura del sistema capitalista. Y esto es así por otra razón urgente. Las soluciones económicas ofrecidas por un Trump o por un Sanders tienen pocas posibilidades de realizarse. Uno sospecha que los puestos de trabajo perdidos no van a volver: los tratados de comercio internacionales como NAFTA han sido nefastos pero no son los responsables principales por la pérdida de empleo en los EE. UU. Esto se debe a otra lógica capitalista: calculan que alrededor de 80 % de la pérdida de puestos de trabajo manufactureros responden a avances en automatización y otros avances tecnológicos que han llevado a un aumento gigantesco en productividad. El sueño capitalista de una fábrica sin obreros está al borde de realizarse. Ya hay tales fábricas de “cero trabajadores” (zero labor) funcionando en China. Un informe reciente nos habla de lo que se llama “una tormenta perfecta de tecnología” que llevaría a la pérdida de cinco millones de puestos de trabajo en los próximos cinco años en 15 economías desarrolladas y emergentes. Esta situación obliga a la izquierda y sectores progresistas a plantear temas como el sentido y rol de trabajo en el futuro y tomar en serio reivindicaciones alrededor de un salario universal como derecho.

 

A su pesar

Dicho todo esto. ¿La victoria de Trump fue un desastre? Sí, pero una victoria de la Clinton hubiera sido un desastre también. Y es un desastre que viene acumulándose de lejos, un desastre que los dos partidos comparten en términos de responsabilidad. Trump, nos dicen, es un sexista, un racista, etc. Y es cierto, es un tipo repugnante. ¿Pero qué decir de los 60 millones que lo votaron? ¿Hay 60 millones de racistas, misóginos? Termino con una anécdota que leí en un artículo de uno de los pocos periodistas serios en los EE. UU., que se tomó el tiempo de averiguar lo que estaba pasando en el “fly over country” (como se conoce a la parte central del país). En mayo viajó por Ohio e Indiana hablando con obreros, sindicalistas. En Fort Wayne (Indiana) habló con el dirigente local de la AFL-CIO. Fort Wayne solía ser un centro típico industrial en el medio-oeste, de producción de maquinaria agrícola. Con el NAFTA y otras políticas económicas llevadas a cabo por demócratas y republicanos, ha perdido una buena parte de sus fuentes de empleo. El dirigente confesó que una buena parte de sus exafiliados iban a votar a Trump, pero dijo también. “Lo van a votar no por su racismo, por su posición anti inmigrante sino a pesar de esto.

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