Reseña de VIAJES VIRALES

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de Lina Murane

LAURA VILCHES

Número 7, marzo 2014.

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La literatura es una poderosa máquina que procesa o fabrica percepciones, un perceptrón1. Tal podría ser la concepción sobre la que se recuesta el trabajo ensayístico Viajes virales de la chilena Lina Meruane. Al decir de Daniel Link, uno de los autores del corpus, la literatura es esa maquinaria que permitiría analizar el modo en que una sociedad, en determinado momento, se imagina a sí misma.

En este caso, Meruane rastreará las representaciones literarias del VIH en un mundo “globalizado”, tanto en ese atravesar fronteras de los países latinoamericanos rumbo a EE. UU.; como en el transcurrir de las tres décadas desde que el virus hizo su aparición en los ‘80, hasta la era de internet, los e-mails y las redes sociales. El ensayo reúne un vasto cuerpo de textos donde el sida aparece en la escritura de los autores latinoamericanos. Algunos de los cuentos, novelas o crónicas son obras como El color del verano del cubano Arenas, de los chilenos Donoso o Lemebel, así como las novelas argentinas Un año sin amor y La ansiedad, de los respectivos P. Pérez y D. Link.

El articulador principal es el viaje, sea para “escapar” de esas naciones latinoamericanas de rígida moral (sumidas además, bajo la represión de las dictaduras), que rechazan una sexualidad libertaria y expulsan a un afuera “promisorio” que les permite constituir una identidad cosmopolita por fuera de la nación represora; pero que implica a su vez, el peligro del contagio. En otros casos, el viaje será de regreso a lo que la autora denomina “naciones-moridero”, en la búsqueda de que ese mismo cuerpo social que los desamparó se haga cargo de acogerlos en la etapa terminal del síndrome. Encontramos, así entre los “viajeros seropositivos” que rastrea Meruane, a esas “locas tercermundistas” de Lemebel que viajan a Nueva York a “comprarse en exclusiva” la “recién estrenada moda gay para morir”; a la construcción autobiográfica de la argentina Marta Dillon que exige desde su “cartas abiertas” recogidas en Convivir con virus, frente un Estado neoliberal que desprotege a los enfermos ante los costosos tratamientos o que lanza campañas moralistas frente a un virus que permanecerá asociado al “estigma” de la libertad sexual y el placer.

Por otra parte, es interesante el trazado que se hace del corpus seropositivo latinoamericano como “perceptrón” que configura un relato de resistencia antiimperialista, sobre todo en las obras escritas en los ‘80. Y esto no será menor en una década en la cual el capitalismo mundial avanza a través de su “negra noche neoliberal” sobre las condiciones de vida de las masas, a la vez que paradójicamente concede algunos derechos y “liberaliza” la sexualidad (de la mano con “mercantilizarla”), tras haber derrotado a sangre y fuego los procesos revolucionarios en la década anterior. La lectura que realizan los escritores del sida como una “peste rosa” pergeñada por el imperialismo norteamericano para exterminar a los disidentes (políticos y sexuales), devendrá una especie de contrarrelato al discurso hegemónico que esbozaba una enfermedad cuyo origen había que buscarlo en el “paciente cero”, siempre proveniente de, o en contacto con, lugares de países “exóticos” (las semicolonias en África o Latinoamérica).

Las representaciones de los “seropositivos” en el pasaje de entender al sida como enfermedad terminal –cuando las primeras drogas apenas permitían prolongar un tiempo la vida– a una enfermedad crónica, son otro lugar de indagación, donde no escapa la dimensión disciplinadora del “cuerpo enfermo” por la medicina y su cóctel de hasta 20 pastillas diarias.

Pero sobre todo, lo que atraviesa estos “viajes virales”  es la posibilidad explorada o limitada del placer sexual. La “plaga” está asociada, en la literatura y en la vida, a la posibilidad de explorar el placer por fuera de las normas que obligan a una vida monogámica y hétero, donde la sexualidad debe ser regida por la reproducción y su control. El recorrido por la literatura seropositiva, es un recorrido por los diversos modos de explorar el deseo. Y a propósito de esto último, es interesante pensar que si en el caso de la homo y transexualidad, el estigma de “los portadores” tuvo un objetivo disciplinante pero contradictoriamente, permitió el despliegue de una comunidad de resistencia que sería, según Meruane, la que exigirá la protección del Estado frente a la enfermedad; en el caso de las mujeres seropositivas, lejos de una reivindicación de una sexualidad ligada al placer, la representación literaria de éstas dio cuenta del discurso patriarcal triunfante luego de que la construcción simbólica de la crisis del sida, estuviese ligada a los “excesos” y el descontrol sexual. La autora intenta explicar las tensiones entre los oprimidos: homosexuales, travestis, transexuales, los principales afectados en la primera década de la crisis y las mujeres. Paradójicamente, tal como documenta la autora, estas estuvieron entre las principales afectadas por el virus (son actualmente el 60 % a nivel mundial), no solo desprotegidas por un relato que se construyó alrededor de una enfermedad  “homosexual”, sino porque además, al principio fueron pocas las contagiadas y muchas de ellas eran prostitutas, o se les acusó de serlo. Así, las mujeres seropositivas padecerán “el síndrome de la desaparición femenina” en los textos y, cuando no, serán representadas como esposas-víctimas del hombre que las contagia (tras “incursiones” homosexuales o poligámicas), punta de lanza de una pedagogía del sida: “heroínas que sufren pero sacrifican su inquina por el bien de la familia, madres que subliman la necesidad del activismo en la exacerbación de una disposición doméstica”.

En uno de los últimos capítulos de su trabajo, Meruane indagará sobre por qué no solo aparecen con enorme carga negativa (no ya como la prostituta, “el doble del homosexual” en tanto sexualmente “hiper”activo) sino que sufrirán una “virtual erradicación” de ese “portador del signo femenino”, el cuerpo travesti. La respuesta ensayada indica que cuando los enfermos retornen al país, lo harán en “competencia por la representación y el reconocimiento en el momento más críticofrente a la búsqueda de la asistencia estatal. Se produce un regreso a modelos sexistas que niegan todo signo femenino y celebran una masculinidad identificada con la salud del cuerpo biológico y político”.

El recorrido por el imaginario del sida concluye con el análisis del impacto de la era de la comunicación junto al “regreso” del deseo sexual y la búsqueda de su consumación. Es lúcida la observación de Meruane que descubre en las nuevas tecnologías (que se vuelven forma narrativa), una mediación que intenta acercar a los amantes, aún bajo el signo del temor al contagio y de ese gran triunfo neoliberal sobre la subjetividad: el individualismo. La investigación de Lina Meruane tiene la ventaja no solo de reunir un vasto “corpus seropositivo” que se encontraba disperso y es arduo conseguir, sino porque aun sin compartir algunas de sus conclusiones, abre preguntas sobre la relación entre capitalismo, sexualidad y opresión, moldeadas por una enfermedad bajo cuyo intento de control, subyace la voluntad disciplinaria de la mirada conservadora, garante del orden capitalista y patriarcal.

 

1. Link, Daniel, “El juego silencioso de los cautos” en El juego de los cautos. Literatura policial: de E.A Poe a P.D. James, Buenos Aires, Ed. La Marca, 2003.

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