Reseña de USAR EL CEREBRO. CONOCER NUESTRA MENTE PARA VIVIR MEJOR

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de Facundo Manes y Mateo Niro

JUAN DUARTE

Número 9, mayo 2014.

 

En una entrevista que hicimos y publicamos en IdZ, el neurobiólogo Steven Rose señalaba que: “El determinismo biológico está vivo y con buena salud”. Que así como el determinismo genético de la inteligencia sigue abonando políticas de Estado, las neurociencias comparten su determinismo reificante, y apuntan a localizar todo –desde el amor romántico hasta la orientación política y el juicio moral– en regiones del cerebro visualizadas por imágenes de resonancia magnética funcional, y a su vez moldeadas por fuerzas genéticas y evolutivas, reduciendo la persona a la pura biología. “En una economía neoliberal globalizada –señalaba– la tecnociencia ha devenido mercantilizada, y juega un rol central en la mercantilización de casi cada aspecto de nuestra vida cotidiana, incluyendo información acerca de nuestro cuerpo y nuestra genética”.

 

Es desde ahí que hay que leer esta publicación, como parte de una tendencia mundial impulsada por los gobiernos y capitales imperialistas, que, más allá de los innegables avances científicos en los que se apoya, parte de intereses económicos (complejo neurogenético-industrial, industria farmacéutica, sistema privado de salud, aseguradoras, etc.) y de control social. Así, el gobierno de EE.UU., y luego varios países europeos, bautizaron a los ‘90 como “Década del cerebro”, y en 2009, dando un paso más, bautizaron los 2000 como “Década de la mente”, expresando el exitismo de la neurociencia, que finalmente cree haber encontrado la clave para resolver el enigma de la conciencia, resolver el problema mente-cuerpo. La cifras en juego son elocuentes: en 2013, la UE destinó un billón de euros para el “proyecto cerebro humano”, y Obama destinó tres billones de dólares para el proyecto BRAIN (cerebro en inglés).

A nivel estrictamente psicológico, este fervor reduccionista combina el localizacionismo cerebral con la psicología cognitiva del procesamiento de la información, una suerte de nuevo conductismo que tiende a ligar todo un abanico de enfermedades sociales y personales al mal funcionamiento cerebral. Así, se propone tratar la epidemia mundial de depresión mediante psicofármacos inhibidores de la serotonina; y el DSM (Manual Estadístico de Desórdenes Mentales) ahora incluye categorías como el “Trastorno por Déficit de Atención”, que supuestamente afecta al 10% de los niños, a tratar con drogas como el Ritalin. El autor, el neurólogo Facundo Manes, participa de instituciones neurocientíficas mundiales, es flamante presidente de la Fundación Favaloro y columnista asiduo en Clarín, La Nación y Noticias, y saltó definitivamente a la fama como “el médico de CFK” a partir de la operación por su hematoma subdural.

El libro, en rigor una compilación de columnas ya publicadas, está divido en cuatro secciones: la primera agrupa notas que fundamentan a las neurociencias; las dos siguientes sobre el tratamiento de fenómenos de memoria y el “cerebro emocional”; y la final, alrededor de recomendaciones “para mantener el cerebro en forma”. Escrito como ensayo, sin referencias, es básicamente una estrategia de marketing de la neurociencia, mezcla de cientificismo ramplón, observaciones de sentido común, citas literarias y comentarios propios de la literatura de autoayuda.

Nos centraremos en el primer capítulo, donde Manes despliega más conceptualmente el credo del biologicista de las neurociencias.

Manes parte de la evolución para explicar el cerebro humano. Pero para hacerlo recae asombrosamente en la hipótesis del aumento del tamaño cerebral como clave evolutiva filogenética del pasaje del mono al hombre. Como señaló Stephen Jay Gould siguiendo a Engels1, esa hipótesis estaba basada en prejuicios sociales y políticos de clase con base en el idealismo platónico; pero desde hace décadas contamos con evidencia fósil que la desmiente frente a la hipótesis de la bipedestación. Dentro de la psicología cognitiva y evolutiva, incluso, hay investigaciones que se centran en la coevolución cerebro-cultura.A partir de allí, el autor desa rrolla una visión sobre diferentes fenómenos sociales. Por ejemplo, las diferencias de género. Para Manes, existen diferencias en la anatomía cerebral entre hombre y mujer que sugieren que el sexo influye en la manera en que funciona el cerebro”. Existiría un “cerebro femenino” y uno “masculino”, por lo que ciertas funciones cognitivas y la manera de procesar la emoción de cada género serían innatas. La respuesta última estaría dada por la evolución biológica (¡pobre Darwin!): “En tiempos remotos, los hombres cazaban y las mujeres juntaban los alimentos cerca de la caza y cuidaban a los niños. Las áreas del cerebro pueden haber sido moduladas para permitir a cada sexo llevar a cabo su trabajo”.

La religión también podría explicarse ahora: algunos estudios en neurociencias explicarían la universalidad de la religión “como sugerencia de que algunas estructuras básicas en el cerebro necesitan de Dios”, y otros, planteando que “la religiosidad es un artefacto de la evolución”. El gran debate sería “si el cerebro humano está programado para tener fe, o si es una habilidad mental que el cerebro desarrolló a través de la cultura”, y la clave estaría en la tecnología de neuroimágenes y los test cognitivos. Es que, aunque nunca resolveremos el gran dilema de “si nuestras conexiones en el cerebro crean a Dios o si Dios crea nuestras conexiones cerebrales”, “las personas creyentes viven más y mejor”.

Para legitimar la tradición de las neurociencias, y a igual que su precursores  conductistas, Manes hace un recorrido histórico teleológico que va desde Alcmaenon, en la antigua Grecia (“el primer neurólogo”), Platón e Hipócrates, pasando por Broca en el siglo XIX, el mismísimo Freud, Ramón y Cajal, Golgi y Luria, y Miller (autor del término “neurociencias cognitivas” en la década de 1970), hasta el presente de Manes y compañía.

Desde ahí, enfoca diferentes fenómenos mentales en relación al funcionamiento de esa “máquina” llamada cerebro: lenguaje, inteligencia, memoria, creatividad, las emociones, el amor, la felicidad, los comportamientos sociales, la moral, la violencia, empatía, el autismo, la depresión, entre otras. Abundan las hipótesis de localización cerebral y dinámica de neurotransmisores, seguidas de técnicas cognitivo comportamentales, y apreciaciones de sentido común (burgués). Asimismo, un enfoque biopolítico recorre el libro, ubicando a la neurociencia como complemento para políticas de Estado tales como las de “medición de la felicidad” encargadas oportunamente por Sarkozy y Cameron.

En definitiva, el libro ilustra una avanzada del reduccionismo biologicista por medio de las neurociencias. Frente a esto se hace necesario una crítica desde un enfoque materialista dialéctico, marxista, desnudando los intereses políticos, ideológicos y económicos que la impulsan.

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1. Gould, Stephen Jay. “La postura hizo al hombre”, en Razón y Revolución 2, primavera de 1996.

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