Reseña de SOLDADOS DE SALAMINA, de Javier Cercas

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BUENOS AIRES, TUSQUETS EDITORES, 2013

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Juan Luis Hernández

Historiador, docente UBA.

 

El periodista y escritor español Javier Cercas es el autor de este libro, cuyo punto de partida está constituido por un oscuro episodio de la guerra civil española. A fines de enero de 1939, el ejército republicano en retirada hacia los Pirineos procedió a fusilar a un grupo de prisioneros franquistas en el santuario del Collell, un pasaje de Cataluña cercano a la frontera con Francia. En medio de la confusión, uno de los prisioneros, que tuvo la suerte de que las balas le atravesaron el pantalón sin herirlo, corrió hacia un bosque cercano, donde intentó ocultarse en un hoyo cubierto de malezas. Descubierto por un miliciano, éste lo tuvo en la mira de su fusil, pero en lugar de disparar o delatarlo, lo miró fijamente a los ojos, respondió “aquí no hay nadie” cuando le preguntaron por el prisionero, dio media vuelta y se marchó sin decir una palabra. El prisionero era Rafael Sánchez Mazas, uno de los fundadores de la Falange y amigo personal de José Antonio Primo de Rivera. Vagó por el bosque durante varios días, hasta que se topó con tres soldados republicanos desertores que como él, se ocultaban en la espesura, esperando la llegada de las tropas franquistas victoriosas para intentar volver a sus hogares.

El autor escuchó por primera vez la historia en el transcurso de una entrevista al hijo de Sánchez Mazas, quien le dijo que la había escuchado muchísimas veces por boca de su padre. Años después escribió un artículo, en el cual se le ocurrió comparar el fusilamiento frustrado del jerarca de la Falange con la muerte, muy cerca de allí pero del otro lado de la frontera, del poeta Antonio Machado, acontecida aproximadamente en la misma fecha. El pequeño texto le sirvió para relacionarse con un historiador del período, que le manifestó que los fusilamientos del Collell habían caído en el olvido, pero eran conocidos por los investigadores del tema, estando registrados en la bibliografía y en los periódicos nacionalistas de la época. Pero cuando Cercas consultó el material sugerido verificó que la versión que Sánchez Mazas contó a sus camaradas falangistas y a la prensa difería en detalles significativos respecto de la que su hijo refirió haber escuchado de su padre en el seno familiar.

Intrigado, Cercas inicia una investigación que desemboca en el libro, que según manifiesta enfáticamente, no es una novela sino “una historia con hechos y personajes reales, un relato real”. Y efectivamente, está estructurada según los cánones del relato non fiction, al estilo de A sangre fría de Truman Capote. Se compone de tres partes: en la primera, “Los amigos del bosque”, el narrador expone los datos duros, sus hipótesis iniciales y el camino de sus investigaciones. En la segunda, “Soldados de Salamina”, reconstruye la historia según el punto de vista de Sánchez Mazas. Finalmente en la tercera, “Cita en Stockton”, un nuevo personaje le permite al autor incluir en el relato la versión de los republicanos sobre los hechos narrados.

Como ya dijimos, gran parte del texto está escrito desde el punto de vista de los vencedores de la guerra civil, a punto tal que en las primeras páginas el autor con cierto aire revisionista se permite poner en duda si efectivamente la historia de la España republicana “terminó mal”, como suponía el sentido común imperante en los años de la “transición democrática”. Sin embargo, en la parte final del libro, con la aparición de Miralles, un soldado republicano que estuvo en el Collell durante el episodio del fusilamiento, el narrador logra dar una vuelta de tuerca y pergeñar un cierre “políticamente correcto” de la historia.

Entendemos que la obra plantea un par de cuestiones para debatir. Una, obviamente, son las reflexiones políticas que se desprenden del texto. El soldado Miralles, dispuesto a luchar contra el fascismo, en un primer momento habría adherido al anarquismo pero luego comprende, según el narrador, que lo que les sobraba en coraje a los libertarios les faltaba en organización. Entonces resuelve ingresar en el ejército republicano y adherir a la política de los comunistas, porque según pensaba “…eran los únicos que de verdad estaban dispuestos a plantar cara y ganar la guerra”. Aunque reconoce la brutalidad que la caracterizó, Miralles considera que la represión a las comunas anarquistas en Aragón fue necesaria, ya que, como afirmaban los comunistas, “primero había que ganar la guerra y luego hacer la revolución”. Por ese camino no se alcanzó ni la una ni la otra, solo una terrible derrota que lo empujó, como a medio millón de compatriotas, al exilio en Francia. Se incorporó a la Legión Extranjera, y ya bajo las órdenes del general Philippe Leclerc luchó contra italianos y alemanes en África y en Europa, incluyendo la liberación de París y la invasión de la Alemania nazi, recibiendo numerosas heridas en combate.

No hay porqué dudar del heroísmo del personaje, pero esto no habilita convalidar sus ideas políticas. Si los comunistas españoles tenían tantas ganas de ganar la guerra, ¿por qué aceptaron la retirada de los combatientes de las Brigadas Internacionales? Fue una decisión del gobierno de Juan Negrín, anunciada en el “Plan de los trece puntos” de abril de 1938, para obtener el respaldo de Francia e Inglaterra -que nunca se produjo- y que contó con el acuerdo de los comunistas españoles y de Stalin, una capitulación política que sólo sirvió para acelerar la derrota del bando republicano. Con respecto a la mentada estrategia de “ganar la guerra” y después ocuparse de la revolución, debe decirse que la adopción de medidas de corte revolucionario, como la expropiación de los latifundios y la autonomía política de los territorios coloniales en África, lejos de ser contraproducentes hubieran minado la base social del franquismo, sellado la unidad de las masas populares y potenciado la lucha contra el fascismo.

La otra cuestión tiene que ver con el carácter de la obra. El narrador reitera en varias ocasiones que no se trata de una novela, sino de “hechos reales”. Pero los “hechos reales” que conforman lo que llamamos “el pasado” son únicos e irrepetibles. Ni el autor, ni los protagonistas, ni nadie puede volver a aquel oscuro día de 1939, ni puede reproducir lo que sucedió en aquel lóbrego páramo controlado por milicianos republicanos en retirada. Esta imposibilidad de acceder en forma directa al pasado es la razón fundamental por la cual la historia no es ni puede ser una ciencia exacta. Nos quedan entonces los testimonios orales o escritos de lo sucedido, y aquí tenemos que lidiar con el problema de la memoria, del recuerdo, el olvido y el silencio. El autor comprobó cómo, sobre los mismos hechos existen distintos testimonios, y más aún, un mismo personaje refiere diferentes versiones según el contexto en que está situado, como sucede con el propio Sánchez Masas. En definitiva, la pretensión de veracidad y exactitud es eso, una “pretensión”, un ideal al cual se intenta llegar aun cuando se sepa imposible alcanzarlo.

El título del libro hace referencia a Salamina, célebre batalla naval de la antigüedad en la que la armada griega dirigida por Temístocles derrotó a la flota persa de Jerjes, muy superior en número de navíos. Seguramente el lector atento podrá interpretar el sentido (o los posibles sentidos) de la metáfora antes de concluir la lectura de este polémico libro.

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