Reseña de ORANGE IS THE NEW BLACK, de Jenji Kohan

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CELESTE MURILLO

Número 7, marzo 2014.

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Orange Is The New Black (El naranja es el nuevo negro) es una serie de televisión estadounidense que cuenta la historia de Piper Chapman1 durante los 13 meses que debe pasar encerrada en una prisión de baja seguridad para mujeres, donde la mayoría cumple condenas por drogas o robo.

Pero antes de adentrarnos en el argumento, es imposible no mencionar que Estados Unidos tiene la población carcelaria más grande del mundo: actualmente hay 2.200.000 personas encarceladas (7 millones si se cuenta la gente en libertad condicional). En un país de 300 millones de habitantes, ¡65 millones tienen antecedentes criminales! Las cifras pintan de cuerpo entero una sociedad donde rigen las políticas de control y persecución, especialmente contra afroamericanos y latinos, principal blanco de la “guerra contra las drogas”. La mayoría de las personas encarceladas por drogas son mujeres, y entre ellas son abrumadora mayoría las afroamericanas y las latinas de clase media baja, trabajadoras y pobres.

La “excentricidad” de Piper es pertenecer a la minoría de la población carcelaria. Es una treintañera blanca de clase media, tan políticamente correcta que empalaga, comprometida con un aspirante a escritor con quien comparte comidas orgánicas y productos reciclados. Nada más lejano a la población del penal de Litchfield: afroamericanas y latinas, que sí le hace justicia a la realidad de las cárceles norteamericanas. Aunque Piper llega a la cárcel producto de su relación amorosa con una chica en su juventud universitaria, que la lleva a participar de una red de narcotráfico, hoy está “rehabilitada” socialmente. Tiene una pareja heterosexual y una vida “normal”. Planea casarse cuando salga de la cárcel, experiencia a la que piensa sacarle provecho para enriquecer su vida como si se tratara de una aventura exótica, y su última preocupación como mujer libre es que cuando salga ya habrá varios nuevos modelos de IPhone. Con estas actitudes, Piper encarna una visión irónica de sí misma (y de la clase media blanca), y en cada mención a los objetos de consumo y las actitudes ingenuas o individualistas de la protagonista, sus amigos y familiares, es posible encontrar, para quien la acepte, una invitación a la burla, la crítica o la reflexión (desde las más suaves hasta las más crudas e introspectivas).

En una televisión invadida por shows donde se exalta la humanidad y el heroísmo de los policías, y se machaca la crueldad y bestialidad de los criminales, Orange… muestra un escenario humano, mucho más complejo y cercano a la realidad. Y no hace falta alertar sobre el hecho de que la versión televisiva edulcora bastante la vida en la cárcel (que no tiene comedia y le sobra tragedia), pero eso no le ha impedido meter varios “dedos en la llaga” durante su primera temporada. Sin explicaciones (que no son necesarias) en Litchfield, el guardia cárcel es inhumano y cruel –casi por naturaleza profesional–, y la llegada de las reclusas a la cárcel tiene mucho más que ver con una sociedad de control y criminalización, y con el sistema judicial (salvo excepciones, todas son más presas de las circunstancias que “criminales”).

Como dijimos, Piper no es representativa de la población carcelaria, pero justamente esa cualidad de outsider le permite mostrar una realidad que nada tiene que ver con sus prejuicios (y los de su clase media blanca progresista). Orange Is The New Black se mete con varios mitos alrededor de la vida en la cárcel. Existe un sinfín de fantasías y prejuicios alrededor de las relaciones homosexuales entre las reclusas. Ni hablar de la sexualidad en las cárceles de mujeres, que se presenta a menudo sobreerotizada y para consumo mayoritariamente masculino. Orange… no se priva de jugar con esta fantasía, pero también pone sobre la mesa otros aspectos de la sexualidad de las reclusas, como la violencia y la soledad. Y entre estos problemas, deja al descubierto la homofobia: los chistes e insultos homofóbicos son de las pocas cosas que se comparten con los guardias y es, junto con la raza y la religión, un motivo de segregación. Y deja al desnudo la discriminación y el maltrato que sufren las trans (no solo de parte del Estado sino de sus propias compañeras).

Párrafo aparte merece el consejero fanático cruzado antilesbianas, que ridiculiza los argumentos moralistas de quienes se creen salvadores de la sociedad “normal” de los valores y las buenas costumbres. O la directora de la cárcel, la representante de las mujeres en el poder, que casualmente es la persona más insensible y cruel. Ironía si las hay cuando ya es parte del sentido común progresista que cuantas más mujeres haya en puestos de poder, mejor estarán todas las mujeres.

Quizás una de las cosas más interesantes de Orange… es la forma en que muestra la vida en la cárcel como un retrato descarnado de la sociedad norteamericana. Están presentes el racismo, los prejuicios, la homofobia, y Piper (y los televidentes) se enfrentan todo el tiempo a una realidad que destroza o ridiculiza sus respuestas, incluso sus buenas intenciones. Una de las cosas que horroriza más a la protagonista al comienzo es que solo puede hablar y relacionarse con mujeres blancas; el resto la segrega –aun amistosamente–, y ni la arquitectura del régimen carcelario ni las propias reclusas le permiten practicar su “corrección política” y su multiculturalidad. Las divisiones se viven a flor de piel, aunque existe la convivencia: las afroamericanas odian a las latinas (por xenofobia), y las latinas están convencidas de que las afroamericanas son vagas ignorantes que quieren vivir del Estado (cualquier parecido con el racismo blanco no es coincidencia). La parodia y la insistencia sobre los ghettos apuntan directamente a la sociedad norteamericana donde el racismo se vive cruda y violentamente, aunque “suavizado” (para algunos sectores) por la ampliación de derechos civiles y la fantasía de la sociedad posrracista, que disfrutan mayoritariamente los blancos, por supuesto. Y las diferencias de clase están tan presentes (aunque no discutidas ni pensadas, como en la sociedad misma) que son las que marcan a Piper, mucho más incluso que su piel. No solo es la blanca, es la universitaria, la culta, la que sabe de leyes, todos motivos que ameritan una primera desconfianza de sus compañeras, todas provenientes de la clase trabajadora, de las comunidades negra y latina, y las familias blancas pobres.

Si hay algo que queda claro en las vivencias de las presas de Orange… es que existen lugares tan malos como la cárcel, donde se trabaja por nada y se vive en la pobreza, sin ningún lugar adonde ir, con el aditamento de llevar la “marca” de exconvicta. Queda en evidencia que para alcanzar la “libertad” no es suficiente atravesar los muros del penal; es un lugar al que es más difícil llegar.

 

1. La serie se basa en el libro del mismo nombre, escrito por la propia Piper Kerman –su apellido real–, sobre su experiencia en un correccional estatal.

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