Reseña de LAS NEURONAS DE DIOS

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de Diego Golombek, Bs. As., Siglo XXI, 2014.

 

JUAN DUARTE

Número 17, marzo 2015.

 

En diferentes notas de IdZ venimos dando cuenta de la oleada de determinismo biologicista que se desarrolla a nivel mundial con las neurociencias. Los innegables avances en el campo de la genética y los mecanismos cerebrales (ADN y sus mecanismos, biología molecular, funcionamiento cerebral, etc.) de los últimos años son utilizados como bases para el resurgir de una ideología que reduce los fenómenos humanos (unidad bio-psico-social compleja enmarcada culturalmente), a determinaciones puramente biológicas, justificando las promesas de la biomedicina y la biotecnología. La mercantilización de la salud, el negocio de la psicofarmacología, y el desarrollo de mecanismos de control biopolítico, son sus fundamentos estructurales. En nuestro país, esto se ha traducido en un boom editorial, impulsado por los grandes medios, de publicaciones ligadas a las neurociencias que comparten este punto de vista1. Es en este marco que hay que leer este libro. Su originalidad radica en su tema, la religión, y su tratamiento parece rendir tributo al “fenómeno Francisco”.

 

Determinismo biologicista aplicado al fenómeno religioso

En una nota reciente, el vocero del Papa dentro de la corporación mediática argentina, Sergio Rubín, escribió que el libro de Golombek negaba la posibilidad de coexistencia entre ciencia y religión y, para rebatir ese argumento, apeló a la conocida carta de Albert Einstein2. Con esto no solo demostró que evidentemente no leyó el libro sino, más significativamente, lo cercano que está el punto de vista del libro a lo tolerable para la oscurantista Iglesia Católica. Es que el autor utiliza justamente esa misma carta del físico alemán para plantear la posibilidad y necesidad de coexistencia entre ciencia y religión. Otro “argumento” utilizado es una editorial de la revista Nature, “una de las biblias de la investigación científica” (sic), que plantea que “hace 800 años Tomás de Aquino encontró una forma de reconciliación –al igual que Einstein, que en 1930 escribió que: ‘El sentimiento cósmico religioso es el motivo más fuerte y más noble para la investigación científica’–”3.

Dejar de lado los debates entre ciencia y religión, y apostar por una “cohabitación razonable”, es uno de los planteos que da la tónica a todo el libro, desde el cual el autor señala su objetivo: “examinar un camino unidireccional: explicaciones científicas de algunos fenómenos religiosos que, de esta manera, pueden y deben ser considerados ‘naturales’” (p.82). El fenómeno religioso como un fenómeno (más bien epifenómeno) natural, más precisamente biológico, y más precisamente cerebral, es otro eje que enmarca el recorrido del libro, a partir del cual: “Hablamos de una neurociencia de la religión, bajo la premisa de que Dios tiene mucho que ver con el funcionamiento de nuestro cerebro.

La pregunta se transforma en porqué nosotros –nuestros cerebros– no podemos librarnos de las nociones de religión y de Dios”. El razonamiento es simple: los datos estadísticos demostrarían la universalidad de la religión, lo cual implicaría su carácter natural y biológico, y por ende su origen evolutivo genético: “podríamos pensar que tantos millones de personas no pueden estar equivocadas, y que alguna ventaja deben tener la religión y la fe, en términos evolutivos, para ser un carácter seleccionado positivamente”. Golombek desarrolla diferentes argumentos sobre el carácter evolutivamente beneficioso de la religión (cohesión social, e incluso “felicidad”): “la evolución parece haber tomado partido por el cerebro creyente”. Determinismo biológico tout court.

Los 5 capítulos del libro recorren notablemente los lugares comunes del nuevo “credo” neurocientífico: “La ciencia de Dios”, “Las neuronas de Dios”, “Los genes de Dios”, “Las drogas de Dios”, “La cultura de Dios”. El primero hace el planteo general que señalamos arriba. El segundo se centra específicamente en los estudios de localización de activación cerebral durante experiencias religiosas. El tercero desarrolla la justificación evolutiva biológica de la fe religiosa explorando su transmisión hereditaria genética. Aquí se apela a cuestionables estudios con gemelos homocigóticos, por ejemplo, para afirmar el papel de los genes en la religiosidad; e incluso a la identificación de un supuesto “gen de Dios”4. El cuarto desarrolla estudios sobre drogas y neurotransmisores asociados a experiencias religiosas. El quinto, además de exaltar nuevamente la experiencia religiosa, la asocia con ciertas experiencias culturales, retoma las tesis reduccionistas de Richard Dawkins sobre la religión como “virus cultural”.

Los ejemplos provienen mayormente del contexto norteamericano, y de ámbitos religiosos. Así, abundan investigaciones que presuponen la naturaleza religiosa del ser humano, y si bien aparecen algunos conceptos y autores interesantes, como el de “exaptación” planteado por Stephen Jay Gould y Richard Lewontin contra una visión teleológica de la evolución quedan opacadas por las premisas iniciales. Prevalecen tesis fuertemente deterministas como las de Daniel Dennett, Dawkins y la sociobiología de Edward Wilson, mientras brillan por su ausencia –sintomáticamente– las críticas de Gould y Lewontin hacia esas posiciones5.

 

Retomar la tradición crítica anticapitalista en ciencia

Sobre la religión, digamos solo que, lejos del carácter natural que le adjudica Golombek, y que constituye el aspecto más reaccionario de libro (y su idea central), se trata de un fenómeno social, históricamente determinado. La práctica científica, por su parte, tampoco escapa a esas determinaciones sociales, y justamente mucho del fervor determinista de las neurociencias que leemos en Las neuronas de Dios se explica por la mercantilización creciente del conocimiento y la salud.

Afortunadamente, contamos con toda “otra biblioteca”. Autores como Gould y Lewontin, por ejemplo, formaron parte de colectivos como Ciencia para el pueblo, criticando la ideología del determinismo biológico y la mercantilización capitalista de la ciencia. La obra de Steven Rose6 y la de Hillary Rose en sociología de la ciencia son un gran aporte también7. Es necesario retomar –y recrear– esta rica tradición.

 

1. Facundo Manes (ver IdZ 9), Estanislao Bachrach, y Golombek figuran entre los divulgadores más leídos. Sus libros se ubican al tope de ventas y circulan constantemente por los grandes medios.

2. Clarín, 13/12/14.

3. Nature 432, 9/12/04.

4. Acá el autor crítica el libro de un tal D. Hamer, El gen de dios (2004), cuyo título es “una afirmación abiertamente provocadora que, al avanzar las páginas, ni si quiera él mismo puede sostener”. Parafraseando a Marx: de te fabula narratur! La crítica vale para el mismo Golombek.

5. “Fundamentalismo darwiniano”, por ejemplo, tituló Gould su –devastadora– crítica al libro de Dennet La peligrosa idea de Darwin (2008).

6. Ver IdZ 7.

7. Por ejemplo: No están en los genes (Crítica, 1984), de Steven Rose, R. Lewtonin, y L.Kamin; y los más recientes Tu cerebro mañana. Cómo será la mente del futuro (Paidós, 2008), de Steven Rose, y Genes, cells and brains (Genes, células y cerebros; Verso, 2013), de Steven y Hillary Rose.

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