Reseña de La violación de Lucrecia, de Miguel del Arco (dir.)

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TEATRO SAN MARTÍN, 2015.

 

FERNANDO CASTELLÁ

Número 21, julio 2015.

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“¿Por qué violan los reyes sus propias ordenanzas?”

William Shakespeare, La violación de Lucrecia

 

El arte: ni martillo ni espejo. Shakespeare y La violación de Lucrecia en la actualidad

La experiencia de estar presente en el mismo espacio físico en el que Nuria Espert1 representa los 1855 versos que componen La violación de Lucrecia, es algo difícil de transmitir. Por lo pronto quizás sea atendible pensar que, si como sostiene incansable Mauricio Kartun, el teatro no es ni más ni menos que la presencia de un cuerpo conmovido ocupando un espacio, bañado por una luz, y es allí donde yace el carácter eterno de su vigencia, pues bien, la combinación del poema shakesperiano y el trabajo de la notable Espert redunda en algo bastante próximo a la idea del teatro en su más plena expresión.

La violación de Lucrecia, poema escrito por un joven Shakespeare en 1594, narra la historia mítica que dio lugar al final de la monarquía y a la fundación de la república en Roma, en el siglo VI a.C. El príncipe etrusco Sixto Tarquino, general del ejército, aprovecha su poder y el estado de indefensión en que se encuentra Lucrecia, sola y de noche en su habitación, para violarla. La belleza, inteligencia y castidad de la joven víctima son los argumentos que expone el victimario para culparla, según reflexiona, por no poder evitar la pulsión de avanzar sobre ella y forzarla violentamente. Los hechos se desencadenan de forma arrolladora y derivan en el suicidio de Lucrecia, presa de la culpa y la deshonra. Este hecho brutal, bajo el amparo político del rey, constituyó el punto cúlmine en la desaprobación popular hacia los Tarquino, dando lugar a una serie de revueltas, aprovechadas por Lucio Bruto, opositor político a la familia real, pariente de Lucrecia y amigo del viudo Lucio Colatino, proceso que terminó con la expulsión de los Tarquino de Roma y el origen de la República.

El monumental y desgarrador poema, escrito en verso, aborda de manera entrecruzada la relación existente entre el abuso de poder, la decadencia moral de los gobiernos y el correlato político inevitable de la ira popular; y los asuntos humanos más hondos y oscuros, como la ambición de poder, la culpa, el oprobio, la humillación, en esencia, el desdén por la mujer. En la impunidad del poder político, la violencia contra la mujer encuentra un aliado perfecto, todo lo cual queda retratado crudamente por el gran poeta, quien no ahorra en largas imágenes de violencia explícita, de apariencia por demás moderna.

En la puesta de Nuria Espert durante los meses de mayo y junio en el porteño Teatro San Martín, en una sala en condiciones deplorables, con dirección de Miguel del Arco y traducción de José Luis Rivas Vélez, la actriz se multiplica para encarnar tanto al narrador como a Lucrecia, Tarquino, Colatino y Bruto. Se trata de una obra maestra de la concepción actoral desplegada a lo largo de los casi 80 minutos que dura la obra, alternando entre los extremos de la angustia, el dolor, la lujuria, la lascivia, la ira y la venganza. El paso frenético de un estado emocional al otro es albergado por la propia subjetividad de Espert, a quien el recorrido pleno por el conjunto de los estados de ánimo le toma lo que, al común de los mortales, un abrir y cerrar de ojos.

 

La obra en su condición de arte

La consideración de la mujer como un objeto para la satisfacción de los deseos del hombre, más aún como mera propiedad (“El deseado dulce, en ácido se torna, desde el mismo momento en que lo llamamos nuestro”, dice Lucrecia), tan necesariamente en discusión en los tiempos que corren, tiene sus raíces en la larga y penosa historia humana. Por caso, en la magistral y vanguardista denuncia de Sor Juana Inés de la Cruz con su “Hombres necios que acusáis, a la mujer sin razón”, se retrata la deshonra que debía cargar la mujer violada, y su descendencia, ya como un asunto extendido y presente desde tiempos inmemoriales. Los femicidios de hoy tienen un origen tan antiguo como la historia humana escrita.

Por su parte, la doble moral de los gobernantes también cuenta con una larga historia: tanto como la de las clases sociales. En el poema de Shakespeare la degeneración de la familia real aparece como una abominación inconcebible: esos individuos que parecieran colocarse por encima de los intereses sociales para velar por ellos, administrar el bien común y hacer gala de su honradez y vocación de servicio,   constituyen en verdad desalmados criminales dedicados a abusar de su poder e impunidad, “rodeados de podredumbre” como considera la propia Espert.

Lo que Shakespeare logra en su poema es, como tantas otras veces, la trascendencia histórica de la obra de arte, en el momento exacto en que logra captar e inmortalizar quizás la forma más trágica y universal del drama humano: la violencia contra la mujer, amparada, cuando no promovida, desde el poder político. Hace 2600 años, en el siglo XVII o en la más actual de las realidades (¿qué es sino la aún criminal negativa del derecho al aborto?), la situación social de la mujer presenta algunas continuidades propias de la barbarie. Si bien Shakespeare no se propone elaborar una denuncia directa, es cierto que tampoco se posiciona desde el lugar de la prescripción social o la receta. La violación de Lucrecia se encuentra más cerca de la definición que hiciera Trotsky en Literatura y revolución, cuando sostenía que al arte no hay que considerarlo “como martillo ni como espejo”. Su función no se centra en la transformación de la realidad según su gusto ni tampoco en reflejarla a secas, sin más, sino que de lo que se trata es de lograr una representación estética de los grandes dramas de la historia humana en general, combinación última entre las condiciones sociales de las cuales la obra es producto y la propia subjetividad del artista. Y en particular en la imbricación que se produce cuando las más desgarradoras tragedias individuales se proyectan socialmente. Y viceversa.

La venganza popular suscitada por la violación de Lucrecia se convertiría en el símbolo de la rebelión contra el despotismo de la Monarquía romana, y como tal, en la inspiración de decenas de obras de arte que siguen constituyendo parte de las fuentes del relato mítico histórico. Es probable que el poema de Shakespeare represente la pieza de oro en la narración de la tragedia de Lucrecia como uno de los símbolos universales de la violencia hacia la mujer, pero entre los ilustres que abordaron desde distintas formas del arte el mismo drama se encuentran Dante, Maquiavelo, Sor Juana Inés de la Cruz, Durero, Rembrandt, Tiziano, Rafael, Botticelli, etc.

Como escribió Andrea D’atri en diciembre del año pasado, para el número 16 de Ideas de Izquierda, el mandato patriarcal se escribe con sangre. A pesar de las enormes conquistas alcanzadas por las mujeres en el último siglo y medio, la constante de la violencia y la consideración como objeto hacia las mujeres tiene una historia larga que resulta cada vez más urgente terminar. La obra de Shakespeare en la interpretación de Espert no hace más que confirmar tal necesidad.

 

1. Barcelona, 1935. Hija de actores de teatro callejero, en un barrio de inmigrantes del cordón obrero de la ciudad. Actriz de teatro y cine, directora de ópera. Una de las figuras más destacadas de la escena española y del teatro occidental. Interpretó a Shakespeare, Calderón de la Barca, Lope de Vega, Miller, Brecht, Sartre, Casona, Chejov. En esta puesta encarna, a sus 80 años y durante 75 minutos sin cortes, a cuatro personajes más el narrador. En 2003 fue una de las primeras y principales figuras del arte español en movilizarse contra la invasión norteamericana en Irak. Considera al teatro “una muleta para una sociedad que sufre”.