Reseña de LA BALA NO MATA SINO EL DESTINO

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de Mario Murillo (La Paz, Plural, 2012).

 

DANIEL LENCINA

Número 19, mayo 2015.

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Este pequeño volumen que ofrece Mario Murillo es a la vez intenso y apasionante; es una crónica de la revolución boliviana de 1952, de los tres días que duran los combates de aquel abril revolucionario, entre el día 9 en que se produce el estallido y el 11 en que se asegura la victoria de los insurrectos.

El autor hace una crítica en torno a la bibliografía sobre la revolución del ‘52: por un lado, a la visión que reduce los hechos a sus resultantes, manteniendo especial énfasis en el MNR (Movimiento Nacionalista Revolucionario) y sobre todo en sus líderes; y por otra parte, a una serie de interpretaciones ambiguas que ofrecen un “significado nunca fijo de esos sucesos”. De esta manera, el autor propone que “esta reconstrucción de la insurrección popular de abril de 1952, una crónica de aquellos sucesos, tiene como base los testimonios de personas que los vivieron de manera directa”. Luego de algunas aclaraciones metodológicas, el trabajo se va introduciendo en el “núcleo duro” del mismo. En el capítulo “Cuatro batallas y una victoria” se ofrece una reconstrucción detallada, multidimensional, de los días de la insurrección.

Contrastando varios reporteados, se reconstruye que los combates en La Paz se iniciaron en horas de la madrugada el día 9 y que duraron todo el día en las inmediaciones del barrio Miraflores, donde hoy se encuentra el estadio de futbol Hernando Siles. Por otra parte es un lugar estratégico porque muy cerca se encuentra el Palacio Quemado (casa de gobierno). Los insurrectos ganan este combate, y trepando el cerro Laikakota toman el Estado Mayor, asegurándose armas y apresando a los militares.

En Villa Victoria, que era un barrio obrero fabril (se encontraban allí las fábricas más grandes y combativas), es donde se librará la segunda batalla. Muchos obreros de este barrio fueron partícipes de la Guerra del Chaco con el Paraguay, por lo que se distinguían en el manejo de armas.

Los entrevistados notan que los obreros que habían participado de esa guerra son los mejores en su puntería, en asestarles golpes certeros a los militares, y que además actúan como líderes naturales del levantamiento. En la retaguardia del barrio obrero un testimonio recuerda que “habían muchas mujeres, vecinas, que se organizaban para ir detrás de ellos, con medicamentos, comida, refrescos para ayudarlos y apoyarlos”. En este barrio, al conocerlo, los obreros maniobran de la mejor manera; obteniendo posiciones defensivas y ofensivas en una clara guerra de guerrillas, van asestando el segundo golpe mortal al Ejército que ya se repliega en la Base Aérea de El Alto.

En este momento se pliegan a la lucha los mineros de Milluni. Reunidos en asamblea votan marchar a pie a la ciudad de La Paz ubicada a 32 km. Se dividen en dos grandes grupos: uno baja hacia Villa Victoria y otro se dirige hacia El Alto a confluir con los campesinos.

Llegan el 10 de abril a la madrugada, aportan dinamita y combatividad, aumentando la moral general de los contingentes obreros. Como primer acción se proponen tomar el Polvorín cerca de la Terminal. Mineros y fabriles cercan el lugar a dinamitazos y se apoderan del armamento pesado del Ejército. Los insurrectos parten desde Villa Victoria y el Cementerio para subir hacia El Alto a tomar la Base Aérea; escalan los cerros en un “movimiento de pinzas”. Así lo recuerda uno de sus protagonistas:

 

… la subida no hemos ido directo, hemos ido del Cementerio hacia la izquierda hacia el Faro de Murillo, por donde hay ese camino, Llojeta, hemos ido a ese lado, por medio de barrancos hemos subido casi a lo que es ahora Satélite y los otros estaban de este otro lado, entonces hemos ido avanzando así [hace un movimiento de tenazas que se intentaban juntar en la zona de la Fuerza Aérea], era como cosa de película.

 

Este acto “de película” da lugar a la batalla de El Alto: claramente favorable a los insurrectos que bajan a la ciudad de La Paz, victoriosos, en medio del fervor popular que ofrece refrescos y frutas a los combatientes. Mientras tanto, en Oruro, el regimiento Camacho del ejército será rodeado por los civiles y una vez más aquí también aparecen los mineros de San José, armados de dinamita, para asediar la posición hasta que logran quebrarla, partiendo a la fuga los soldados en desbande. Allí son apresados los pocos que quedan dentro del regimiento y el suboficial a cargo, que son colgados de un pino. Pero en Oruro habrá mas combates dentro de la ciudad. Los regimientos de distintos puntos del país pasan por allí para aplastar el levantamiento, pero son emboscados por los trabajadores y vencidos en su propio terreno, apostados en las calles, en cada esquina. La indignación popular empujaba a estos militares vencidos hacia una muerte segura (ya estaban preparados para colgar a los oficiales), pero la aparición del obispo lo impidió: con la excusa de “confesarlos” maniobro y logró que los lleven presos a La Paz. Así, se impone una victoria aplastante sobre las fuerzas represivas representantes del régimen oligárquico conocido como “la rosca”.

Como decíamos más arriba, el autor critica la bibliografía sobre el tema, pero llamativamente no menciona el aporte de Guillermo Lora y el POR (a lo que bien podría sumarse también el clásico Bolivia: la revolución derrotada, de Liborio Justo). Cuando explica el triunfo del levantamiento, enfatiza como antecedente –casi exclusivo– a la Guerra del Chaco con el Paraguay (1932-1935). En ningún momento menciona las Tesis de Pulacayo; una omisión importante, porque tal documento moldeó a la vanguardia minera en los principios de clase y revolucionarios (desde 1946), sin los cuales es difícil comprender los días de abril. De esta manera el autor practica un reduccionismo al aspecto predominantemente militar. Por otro lado, hace un reconocimiento formal del marxismo cuando dice “la lectura marxista acierta en constatar que la insurrección como tal fue llevada a buen término por el proletariado boliviano”, para luego decir que “con dificultades se encuentra el materialismo dialéctico en Bolivia, un país donde las categorías socioeconómicas no están mínimamente delimitadas como deberían en un Estado moderno industrial preparado para ser escenario de una revolución marxista”. Sin embargo, para los marxistas, lo que explica el triunfo de la revolución proletaria “como tal” en Bolivia es el desarrollo desigual y combinado, categoría dialéctica elaborada por León Trotsky para explicar cómo un país atrasado como la Rusia zarista de 1917 pudo establecer un gobierno obrero y campesino, basado en los consejos de autodeterminación de las masas.

Más allá de estas observaciones, nos parece que el libro de Murillo es sin dudas un aporte a la bibliografía sobre la revolución boliviana. Mucho mas aún, tiene el mérito de llenar esas páginas con vivos y apasionantes testimonios.

Sería extraño, para cualquiera que no conozca esta historia, el recorrido hoy por las callecitas de Huanuni (distrito minero); observar los retratos de León Trotsky, o frases prolijamente pintadas en la radio del pueblo como “La liberación de los trabajadores, será obra de los trabajadores mismos-Karl Marx”, o ver en la cúspide de la fachada del edificio de la Central Obrera Departamental de Oruro al retrato de Marx, Lenin y Trotsky, y decenas de imágenes y monumentos en el país con el minero levantando el fusil, rompiendo cadenas, desafiante. Esas son las raíces que se hunden en la historia de una de las revoluciones más impresionantes del mundo y de Latinoamérica.

1 comment

  1. Critica a “Revolución de Bolivia” de Canal Encuentro | Tinta Roja blog 4 septiembre, 2015 at 20:02 Responder

    […] Esa guerra trajo como consecuencia que amplios sectores de la población tengan instrucción militar, sobre todo los jóvenes provenientes del medio obrero y campesino. Por eso los obreros, en los días de la Revolución del ‘52, se pusieron al frente de las milicias y actúen como líderes naturales en las barricadas. Lo harían, instruyendo en el manejo de armas y coordinando las acciones en la lucha contra el ejército y maniobrando de la mejor manera en las barriadas fabriles de La Paz. […]

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