Reseña de KRYPTONITA

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DE LEONARDO OYOLA (4.TA EDICIÓN, BS. AS., PENGUIN RANDOM HOUSE GRUPO EDITORIAL, 2015).

Oyola_completa

 

EDUARDO CASTILLA

Número 26, diciembre 2015.

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Toda reseña es un recorte. Tiene el elemento de arbitrariedad que impone quien decide reseñar y eso implica, casi siempre, una pérdida.

Empecemos por lo básico. Superman no ha llegado a las zonas rurales que se encuentran –suponemos– cerca de Metrópolis. Ha caído en el partido de La Matanza, el más poblado de la Provincia de Buenos Aires y uno de los distritos más importantes del país. “Viniste de las estrellas” dicen que dijeron sus padres, reafirmando esa procedencia intergaláctica.

Las diferencias son evidentes. Por empezar no hay alter ego al estilo Clark Kent, que finja torpeza y timidez. No existe tampoco su contracara en un superhéroe perfecto, dotado de los mejores súper-poderes, pero también de los mejores rasgos que la humanidad debería, según el parámetro de Hollywood, tener. Ni bondad ilimitada, ni amor a la humanidad, ni devoción y entrega desinteresada por las causas nobles.

Nafta Súper –el Superman matancero– dirige una banda de delincuentes, una de las dos más importantes de Castillo. Enemigo de la Bonaerense y amigo de los suyos.

El capo de una banda es el que sabe invertir el dinero robado o el del cobro de peajes o protección de negocios, o lo que sea a lo que nos dediquemos. Invertir la plata en más y mejores armas. Y en algo que la haga multiplicarse. Generalmente frula. Un buen jefe es el que sabe hacer buenos negocios. Con el que prosperás en el delito. Todo esto es Pinino. ¡Perdón! Todo esto es también Pinino. Alguien con las pelotas bien puestas. Capaz de sacrificarse por los suyos. Como lo hizo. Su famoso: “Para eso estoy acá”.

Pinino es, como ya lo intuyen, Nafta Súper. Quien habla es Lady Di, que conoce a Pinino de toda la vida. O de casi toda la vida según sus propias palabras. Travesti. Ojos azules. Enorme y aguerrida. A su lado, atrás, adelante, el resto de la banda de Nafta Súper. El lugar, una sala de urgencias del Hospital Paroissien en Isidro Casanova. La noche, 29 de junio de 2009, de madrugada. Afuera, decenas de policías de la Bonaerense y grupos especiales aguardan, ansiosos, el momento para lanzarse sobre la banda y terminar lo que empezó El Pelado, una suerte de Lex Luthor del Conurbano que, en lugar de tratar de conquistar el mundo, trabaja con la Bonaerense del Gatillo Fácil y los negocios turbios.

Pero Kryptonita es más que un relato de aventuras con héroes transportados a nuestros pagos. Es mucho más. Es una pintura del Conurbano profundo. Allí, en cada historia, están los pasajes que recorren cada villa, las casillas de material, las persecuciones de la policía y los aprietes de las bandas delictivas. Están los bares y boliches donde la banda de Nafta Súper juega de local o de visitante. Están las fiestas donde “se cuela rancho” por el primer hueco que se encuentre.

Esa pintura del Conurbano está también en cada uno de los integrantes de la banda. Es el mundo de Lady Di conociendo a Las Amazonas del Atalaya y decidiendo que Daniel deja de existir; el del Fede, oscuro y enigmático, un Batman de Castillo pero nacido en el centro de la Capital; es el mundo del Faisán y la Cuñataí Güirá, que solo habla en guaraní a lo largo de 215 páginas. Es el mundo de Juan Raro y su hablar monosilábico que, sin embargo, lo dice todo.

Es también el mundo de Pinino, de su amor por la Lu y el Monchi, de su admiración por su madre –Doña Ina– y de las lisonjas de su padre. Por suerte, el Superman del Oeste está años luz adelante en humanidad del que surcaba los cielos de Metrópolis.

Kryptonita es también la postal de la crisis de la salud pública, con sus médicos “nocheros” y la falta de personal. Es, asimismo, una pintura del poder casi omnímodo de la policía Bonaerense que deja o no vivir a los pibes pobres. Ahí están, para demostrarlo, el doctor González –que no es el doctor González–, Hilda, la enfermera que resiste estoicamente la noche más áspera de su vida, y el oficial Ventura. Kryptonita es la postal en movimiento de un mundo donde laburantes, pobres, policías y lúmpenes se cruzan, se fusionan, chocan y se hacen amigos o se matan. Es el mundo donde la ley son las costumbres que se van creando en la villa, donde los poderes sobrenaturales entran en los cuerpos de tipos normales pero no de cualquier normalidad, sino aquella cruzada por los negocios turbios que imperan en el Conurbano. En Kryptonita los buenos alteran el orden. Van por las calles de Castillo o Isidro Casanova imponiendo el caos. Ellos te pueden matar para salvar la vida de un amigo. Los malos son, precisamente, los integrantes de las fuerzas del orden, con el Corona y el Cabeza de Tortuga, valga la redundancia, a la cabeza. Ellos solo matan para garantizar sus negocios turbios.

A pocas páginas de terminar, el Faisán, como si le estuviera hablando a múltiples narradores futuros, apunta “cuéntenla como quieran. Que somos dioses, que somos hombres, que somos buenos, que somos malos… Pero que se entienda que no somos fantasía”.

Con una narración a ritmo acelerado, Leonardo Oyola [1] fusiona la vida con el cómic. Ni cualquier vida ni cualquier cómic. El Conurbano profundo con los héroes de nuestra infancia. Vértigo puro como resultado.

Cuando éramos niños sentíamos ansias de volar como Superman o pelear como Batman. Ellos encarnaban “el bien”. Leyendo Kryptonita es imposible dejar de sentirse cerca de Pinino, Lady Di, el Ráfaga, Juan Raro y el resto de la banda. Los buenos son ellos. Los héroes, también.

 

[1] “Entre lo fantástico y lo real”, entrevista a Leonardo Oyola en IdZ 25, noviembre de 2015.

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