Reseña de JOSÉ ARICÓ. ENTREVISTAS 1974-1991

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arico

de Horacio Crespo (comp.).

EDUARDO CASTILLA

Número 15, noviembre 2015.

La Editorial de la Universidad Nacional de Córdoba acaba de publicar José Aricó. Entrevistas 1974-1991, una compilación de Horacio Crespo que vio la luz originalmente en 1999. A lo largo de casi 500 páginas se puede recorrer el pensamiento de quien fuera una suerte de alma mater de los “gramscianos argentinos” e impulsor, junto a otros intelectuales, de la revista Pasado y Presente (PyP) y de los Cuadernos del mismo nombre, entre otros emprendimientos.

A excepción de una, la totalidad de las entrevistas pertenecen al período del exilio y posterior retorno a la Argentina. Las mismas permiten adentrarse en un amplio abanico de polémicas y debates que sería imposible reseñar aquí. Precisamente por eso hemos elegido algunos puntos que podemos considerar nodales en la trayectoria política e intelectual de Aricó, advirtiendo al lector que muchos temas quedarán fuera de esta nota.

 

Historias de vida

El primer apartado del libro permitirá al lector adentrarse en las vivencias juveniles de Aricó, su acercamiento y militancia en la juventud del PC y el “descubrimiento” de Gramsci como una alternativa al marxismo fosilizado de aquella organización, que parecía incapaz de dar pasos en superar el abismo entre masas (peronistas) e intelectuales (comunistas).

En esta contradicción y en la enorme convulsión de la revolución cubana –que el PC criticaba– deben buscarse los orígenes de Pasado y Presente. Después de su expulsión del PC, la trayectoria de PyP estará marcada, según Aricó, por un permanente “deambular detrás del sujeto político” y por la “imposibilidad de pensarse como grupo autónomo cultural” (26). Este deambular los hará transitar por la relación con el pequeño grupo guerrillero de Massetti (EGP), el acercamiento a los sindicatos combativos y clasistas en Córdoba y, finalmente, la ligazón a Montoneros en 1973. Aricó afirmará “es lógico que la izquierda peronista fuera vista por nosotros como el punto terminal de un largo recorrido (…) solución al fin, del ‘encuentro’ de intelectuales y masas que propugnamos desde el inicio de la experiencia de Pasado y Presente” (73).

En esa entrevista y en lo que constituye una clara definición estratégica, Aricó señalará: “Nunca fuimos montoneros (…) estábamos convencidos de que era a través de la lucha por la transformación de la sociedad argentina que (…) la cultura peronista podría agrietarse, entrar en descomposición para luego recomponerse de un modo que compatibilizara a la clase trabajadora con su ideología de clase” (74). Lamentablemente no es posible encontrar un balance profundo de esta apuesta estratégica ni a lo largo del libro ni en el conjunto de la obra de Aricó.

 

El exilio: fin de la idea de revolución

Aricó –como parte de una franja importante de intelectuales de izquierda de los ‘70– abandonará en el exilio la perspectiva de la revolución social. Esa ruptura lo llevará incluso a plantear un relato del período en la misma tónica de la teoría de los dos demonios afirmando, por ejemplo, que se había tratado de “una suerte de guerra civil entre dos fuerzas preparadas para enfrentarse y de la que la población sufrió las consecuencias sin haber sido partícipe” (81).

Si previamente al golpe los Cuadernos de PyP significaron “un intento de implementar una perspectiva crítica del marxismo que admitiera la dimensión pluralista” (27) –lo que condujo a un cierto eclecticismo teórico–, el exilio estará marcado por un creciente cuestionamiento a los postulados centrales del marxismo y, esencialmente, a la idea de la centralidad revolucionaria de la clase obrera que “aparece como una clase en extinción” (226). Se atravesaría entonces una “crisis epocal del marxismo” (222) que obligaba a una revisión radical de la cultura de izquierda. Revisión “que pasa esencialmente por la liquidación de la idea de revolución, y lo digo brutalmente para que pueda ser entendido” (291).

Liquidadas las premisas de la revolución, se impondrá repensar la relación entre democracia y socialismo. La democracia será “más el resultado directo de la derrota sufrida por el movimiento social argentino que la maduración de una profunda reflexión cultural y política” (334). El socialismo se convertirá en un “concepto ideal para referirnos a todas aquellas formas económicas, políticas y culturales que apuntan a la construcción de una nueva igualdad” (252), una suerte de imperativo categórico para recubrir discursivamente a la democracia, el régimen verdaderamente realizable. Aricó afirmará que “la izquierda debe hacer todo lo que esté a su alcance para impedir la ruptura del orden institucional (…) defender la institucionalidad democrática, aunque sea democrática parcial” (203). En 1984 dirá “enfrentamos un mundo de escasez (…) la austeridad, el recorte de exigencias, una extremada dosis de paciencia y responsabilidad (…) deberá constituir el supuesto de toda acción política (…) aceptar que en el conflicto se pierde o se gana pero en el interior de reglas de juego aceptadas y mantenidas” (339). Esta valoración del régimen democrático como un fin en sí, casi despojado de su contenido social, implicará que Aricó y el Club de Cultura Socialista reciban críticas HASTA de los intelectuales peronistas (Casullo, Feinmann y otros) por menospreciar el peso de la Deuda externa en el desarrollo nacional (343-355)1.

Al retorno del exilio, en la justificación del régimen de la democracia burguesa y sus reglas, para Aricó jugará un rol esencial la defensa política e ideológica del gobierno de Alfonsín. La fundación del Club de Cultura Socialista y la revista La Ciudad Futura serán fundamentales para ese objetivo.

 

Alfonsín, la esperanza que no fue

“Objetivamente, estamos colocados en un terreno de convergencia con el gobierno de Alfonsín y manifestamos nuestro rechazo y desagrado por la forma y por los contenidos de la contraposición sindical y política a su gestión (…) por primera vez en nuestra historia un gran líder político, que es la vez jefe del Estado, muestra tener una profunda convicción democrática y la vez una firme voluntad de reformas” (364). Esas palabras datan de setiembre de 1986. La alegría será efímera. Apenas un año después Aricó decía que había una “pérdida de perfil del gobierno radical (…) el modo en que se tramitó la crisis de Semana Santa, en que por primera vez vimos un presidente que desde Plaza de Mayo decía un discurso que no reproducía la verdad” (405). La decepción no se detendrá. En abril del ‘88 expresaba: “el alfonsinismo fue una esperanza y si hay algo que este pueblo está comenzando a reprocharle a este presidente es no haber efectivizado esa demanda” (424).

Aricó expresaba desazón ante un proyecto al cual había apostado estratégicamente. Pocos días antes de su muerte –el 22 de agosto de 1991– dirá: “éste es un país decadente (…) que mira al pasado y no mira al futuro. Está anclado en un pasado mítico que se niega a admitir que estamos en un mundo que ha cambiado” (471). El abandono de una perspectiva revolucionaria y la ausencia de un balance de su intervención política en los ‘60 y ‘70, terminaron llevándolo a un profundo escepticismo político. En sus últimas entrevistas se definirá como “escéptico de los grandes cambios” y será un crítico furibundo de la pasividad de la “sociedad” en general. Esto queda plenamente reflejado en el último apartado del libro.

 

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1.Ver “La quiebra intelectual”, dossier de IdZ 10.

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