Reseña de ISIS. EL RETORNO DE LA YIHAD

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De Patrick Cockburn (Bs. As., Ariel, 2015).

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JUAN DUARTE

Comité de redacción.

Número 20, junio 2015.

 

Desde los atentados contra las torres gemelas y el lanzamiento de la “guerra contra el terrorismo”, Medio Oriente [1] (y el mundo musulmán en general) ha sido la prioridad de la política exterior norteamericana y lo que allí sucede tiene consecuencias cada vez más globales. Han cobrado notoriedad la acción de grupos islámicos fundamentalistas en países centrales (atentados en Francia, por ejemplo) y el creciente reclutamiento de combatientes para el Estado Islámico de Iraq y el Levante (ISIS) en países europeos con comunidades árabes de peso. El irlandés Patrick Cockburn es corresponsal en Medio Oriente desde inicios de los ‘90 para medios como Financial Times y The Independent y es editor de la revista de periodismo independiente Counterpunch. El libro se centra específicamente en el surgimiento de ISIS, el proceso de conquista de un poder territorial que ocupa el norte de Irak y el noreste de Siria (un territorio del tamaño de Gran Bretaña) y en las perspectivas para esos países y la zona en general. Escrito en clave periodística, contiene análisis e información de primera mano, indispensable para ir más allá de la bruma (des)informativa y abonar un análisis marxista. Como contracara, el registro del análisis político estratégico, se plantea fragmentariamente.

Cockburn plantea que los grandes medios de información y los países imperialistas (EE. UU., Inglaterra, Francia) construyeron un relato a medida sobre los procesos revolucionarios de la Primavera Árabe en 2011 [2], ocultando sus raíces sociales y económicas y ubicando las demandas democráticas en el centro, en pos de un desvío del proceso hacia meros cambios de régimen funcionales a sus intereses geopolíticos. La emergencia impactante del califato de ISIS viene a derribar este relato y deja al descubierto el dramático fracaso de esa estrategia en Siria, sumida en una guerra civil de final incierto y en Irak, con un tejido estatal semidestruido. EE. UU. utilizó el 11S para fortalecer sus métodos policiales a escala global y llevó adelante la guerra y destrucción del Estado afgano e iraquí. Pero manteniendo al mismo tiempo su alianza con las monarquías árabes sunitas (y el ejército pakistaní), los verdaderos responsables del surgimiento de Al Qaeda (AQ). Es que el gobierno saudí, en disputa con los gobiernos chiítas de Irán, Siria y Jordania, es promotor financiera y políticamente del ala más fundamentalista del islamismo, el wahabismo, una “versión fundamentalista del Islam del siglo XVIII que impone la ley sharia, relega a las mujeres a ser ciudadanas de segunda clase y considera a los musulmanes chiitas y sufíes como no musulmanes que deben ser perseguidos junto con cristianos y judíos”. Concretamente, ilustra cómo el intento imperialista de conducir los levantamientos en Siria hacia la caída de Assad terminó armando y financiando grupos opositores fundamentalistas tipo AQ (fundamentalmente Jabhat al-Nusra e ISIS), permitiendo que Arabia Saudita condujera las operaciones y fortaleciendo así a ISIS, que desde allí avanzó imparable en el norte de Irak. Cocbkurn resalta también el papel clave del gobierno Turco, que permite el ingreso y abastecimiento en su frontera con Siria.

El libro recorre el camino a la victoria militar de ISIS en Mosul en junio de 2014 (ciudad sunita clave, de la cual Saddam escogía sus ministros de defensa), en la cual 1.300 combatientes derrotaron a un ejército iraquí de 60 mil. Más allá de las sofisticadas tácticas militares de ISIS, leemos que se trató en realidad de la desintegración desde arriba de un ejército minado por la corrupción (con generales que podían convertirse en comandantes de división por 2 millones de dólares, para recuperar su inversión cobrando sobornos en puestos de control vial). Luego de Mosul, siguieron Tikrit, avances con respecto al ejército Sirio, el Kurdistán iraquí y el sirio y hasta la toma de Kobani (luego recuperada). Acentúa también la impotente política represiva del gobierno Iraquí moldeado por Washington (“una casta que se reparte la renta petrolera”) y el repudio popular frente a un ejército visto como tropa de ocupación.

Por supuesto, no faltan ejemplos de la brutalidad de ISIS, caracterizado por su decisión (los hombres bombas son un recurso usual) y su política basada en el terror, pero que resulta un mal menor para sectores sunitas. Leemos la historia de Abu Bakr al-Baghdadi, el dirigente máximo de ISIS, que luego de pasar 5 años prisionero de los norteamericanos se convirtió en líder de AQ en Irak, envió combatientes experimentados a Siria y fondos para conformar Jabhat al-Nusra (JAN) como su socio allí (luego enfrentados) hasta llegar al control del territorio sirio-iraquí (aún antes de ganar Mosul, por ejemplo, cobraban impuestos por 8 millones al mes).

El autor plantea un “resurgimiento del yihadismo” en Irak: en su punto más bajo antes de 2010, emergió en 2011 “con una campaña bien planeada, donde los ataques sistemáticos a las prisiones constituyeron un elemento importante”: “rompiendo los muros” estuvo compuesta por ocho ataques separados para liberar prisioneros, culminando exitosamente con Abu Ghraib y Taji en el verano de 2013. Ahora bien, sobre Al Qaeda el autor desnuda el uso discrecional del término que hace el imperialismo, en función de construir mediáticamente sus victorias. En realidad, pos 2001 se trata más de una idea, “un grito de guerra”, que de una organización centralizada (como la presentan) y fortalecida al máximo justo cuando Obama fanfarroneaba con haber asesinado a Bin Laden.

Sobre la situación de Siria, despliega una interesante y compleja caracterización:

 

…la guerra comenzó con una revuelta popular genuina en contra de una dictadura brutal y corrupta, pero pronto se entrelazó con el conflicto de los sunitas en contra de los alauitas, y eso se alimentó del conflicto shiita–sunita en la región como un todo, con un empate entre EE. UU., Arabia Saudita y los Estados sunitas, por un lado, e Irán, Iraq y los chiítas libaneses por otro. Además, existe una guerra fría revivida entre Moscú y Occidente, exacerbada por el conflicto en Libia, y recientemente empeorada debido a la crisis en Ucrania.

 

Sobre los aspectos críticos del libro, el más importante es su punto de vista estratégico. Respecto del balance de la Primavera Árabe, Cockburn se pregunta “por qué una alternativa revolucionaria progresista a los estados policiales y a los movimientos jihadistas como ISIS ha fracasado de manera tan rotunda”. Y plantea en respuesta que los levantamientos populares de 2011 fueron presentados por las direcciones opositoras y sus patrocinadores extranjeros como guiados sólo por demandas democráticas, dejando de lado sus raíces sociales y económicas, de modo de asimilarlos a los levantamientos como los anticomunistas y prooccidentales de la Europa del Este en 1989. Así, “Saddam, Assad y Gaddafi fueron tan demonizados que se volvió difícil diseñar algo que se acercara a un acuerdo mutuo o a una transición pacífica del antiguo al nuevo régimen.” Desde allí, afirma que el nacionalismo sería el único elemento de cohesión estatal para los nuevos estados posrevolucionarios (Irak, Libia, Siria). Los líderes árabes nacionalistas de la década de 1960 (Gaddafi y Hafez al-Assad, Nasser), “no fracasaron del todo” y “sin el nacionalismo –aun donde la unidad de la nación es algo perteneciente a la ficción histórica– los estados carecen de una ideología que les permita competir con las sectas religiosas o los grupos étnicos”. En definitiva, se trata de un punto de vista geopolíticamente “realista” (basado solo en consideraciones de poder militar estatal, marginando el papel de la lucha de clases), que lo lleva a apoyar a líderes nacionalistas burgueses, como única alternativa posible. Según el autor, por ejemplo, las masas sirias no tienen posibilidad de incidir en el curso de los acontecimientos, por lo cual las perspectivas que ve son sombrías, y se limitan a un cese al fuego y a “restablecer la vida normal en Siria” (dependiendo de las direcciones actuales).

Cockburn deja de lado a priori una perspectiva revolucionaria para llevar las demandas sociales y políticas que iniciaron la Primavera Árabe a una resolución progresiva, lo cual implicaría la lucha por una revolución social y política que daría lugar a Estados obreros transicionales en los cuales podrían convivir las diferentes etnias y sectores religiosos. Si bien la ausencia de organizaciones obreras revolucionarias de peso implica un importante límite a esta perspectiva, son un factor indispensable para desarrollar las fuerzas sociales necesarias para terminar con el terror fundamentalista de ISIS y enfrentar al imperialismo en la región.



[1] Para una caracterización de la situación en Medio Oriente y la Primavera Árabe, así como de las discusiones estratégicas planteadas, ver Claudia Cinatti “Medio Oriente o la geopolítica del caos” en esta misma revista.

[2] A los que caracteriza como rebeliones populares a partir de crisis social, económica y política, con un gran componente espontaneo pero carentes de perspectiva histórica y estratégica.

CockburnISIS

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