Reseña de El sueño de los murciélagos

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DE PABLO RAMOS (BS. AS., ALFAGUARA, 2015, REEDICIÓN)

 

NICOLÁS BENDERSKY

Politólogo (UBA) y docente de escuela media.

Número 24, octubre 2015.

 

Los niños se consideran superhéroes. Comparten su convencimiento de que pueden resolver casi cualquier cosa del mundo adulto. No hay barreras infranqueables, no hay muros ni obstáculos: simplemente arreglos y soluciones con la sola concurrencia de la voluntad y la pasión. Desde evitar el posible cierre del taller de bobinas de un padre –a causa de la importación de unas coreanas, producto de la apertura industrial indiscriminada de la época de Martínez De Hoz–; hasta impedir el remate del colectivo familiar, sumergido en escabrosas deudas, propias de los pequeños comerciantes ante el inevitable avance de los grandes –una tendencia que el capitalismo lleva como su ADN–.

De todo eso (en parte) trata la edición del libro El sueño de los murciélagos del escritor argentino contemporáneo Pablo Ramos. De un ejemplo de la omnipotencia que fluye cuando un niño se propone algo y se apoya en su barra de amigos para lograrlo.

La aventura se plantea desde la primera hoja. Una bruja que según cuentan “te puede hacer crecer serpientes en los intestinos”, habría sugerido un rito mediante el cual se solucionan completamente los problemas económicos familiares. Un simple conjuro de sangre donde el sacrificio de un murciélago blanco primogénito sobre la tumba de una persona santa actuará como desatanudos universal. Y qué mejor que darle a un grupo de niños de 12 años un objetivo o empresa, donde pondrán toda su capacidad e infinito entusiasmo para ir “hasta las últimas consecuencias”, sorteando viento y marea.

La novela, como una suerte de hipervínculo de otra anterior llamada La ley de la ferocidad, es parte de una de las historias que Gabriel –el alter ego del autor– ya adulto, le cuenta a sus hijos para hacerlos dormir. Y les narra una historia muy personal, de esas que se llevan muy adentro porque dejan marcas indelebles para toda la vida. Un periplo reconvertido en aventura que, sin importar el objetivo final, el protagonista lo concibe finalmente como un rito iniciático del paso al mundo adulto. Un mundo que, sin excluir los sueños y la fantasía, está gobernado por altas dosis de realismo del que carece la magia del mundo infantil.

En la convocatoria, Gabriel incluye a su hermano Alejandro, a la vecina Marisa y a algunos chicos de la barra del barrio, quienes serán sus lugartenientes en la travesía. La aventura los lleva a tratar con personajes extraños y en parte estrafalarios que son retratados con profunda sensibilidad y humanismo: la misma bruja Sara, quien brinda los materiales del rito pero que valora ante todo la valentía que implica llevarlo adelante; Rolando, el sepulturero amigo aficionado al alcohol, que los conducirá al interior del cementerio y facilitará su prosecución; o Icnia, la guardiana deforme del cementerio que, sin poder hablar más que con chillidos, pone en cuestión los paradigmas de lo bello, en clara (anti)reflexión estética.

La aparición del fantasma del cementerio, un obrero en bicicleta rondando por las noches buscando la tumba de su mujer, no solo no es ningún impedimento tenebroso, sino que promoverá reflexiones existencialistas por parte de Rolando, quien asegura que “los fantasmas no existen pero si cerrás los ojos se van (…) porque existe todo lo que nosotros queremos que exista y puede hacernos el daño que nosotros le permitamos que nos haga”.

El escritor nacido en Avellaneda, Pablo Ramos, es autor de varias novelas como El origen de la tristeza, La ley de la ferocidad o En cinco minutos levántate María. Además de novelista, es guionista y músico. Recientemente ha puesto al aire un programa llamado Animal que cuenta, que ha tenido excelentes críticas, donde recorre la vida y los pensamientos de escritores argentinos contemporáneos (como él), basándose en la lectura de algún cuento, trasvasado por la dramatización del mismo, la reflexión y análisis de otros comentaristas, y entremezclado con la dimensión que constituye la propia entrevista al autor. Es allí donde Ramos se destaca mostrando sus excelentes dotes de entrevistador, logrando ser incisivo en las preguntas y obteniendo la profundidad necesaria para extraer lo mejor de cada escritor.

El sueño de los murciélagos fue editada hace algunos años pero como parte de una colección juvenil. Una decisión tomada por la editorial a partir de sus protagonistas y de la propia estructura del libro, tan aficionada por los jóvenes. No obstante, la reedición actual de esta obra para adultos, más propia de una colección de narrativa argentina, se debe a que las reflexiones que motoriza exceden el momento adolescente y permiten llegar profundamente a apropiarse de las conclusiones que induce, a un vasto público de todas las edades.

El contexto en que transcurre la novela es el de los años de la última dictadura militar. Algunas pocas marcas que muestran el mundo de terror que implicaron aquellos tiempos de plomo, cargados de asesinatos y desapariciones forzadas de activistas y militantes, están vistas por los ojos traslúcidos de un niño. Y el autor quiere mostrar justamente eso. Una mirada que si bien logra captar sensaciones, miedos y corazonadas, no termina de comprender profundamente qué es lo que sucede. Como cuando se encuentran en el cementerio con un grupo de tareas de hombres con ametralladoras que bajan de un Falcon medio destartalado, y Rolando les dice a los querubes que no le cuenten a nadie lo que vieron, pero que tampoco olviden los paseos por la necrópolis de esos bigotudos.

A manera de los viejos cuentos para niños que poseen moraleja o enseñanza final, la novela explicita la suya propia. Un sentido dotado a la historia que lleva a la reflexión sobre los fines y los medios.

Las huellas profundas que dejan los caminos recorridos por sus protagonistas, nos permiten entender la frase que Ramos exalta: “El camino es parte de la meta. No son dos, camino y meta, sino uno. Como todo en este mundo”.

Pablo Ramos

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