Reseña de EL RADICALISMO Y EL MOVIMIENTO POPULAR (1916-1930), de Joel Horowitz

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BUENOS AIRES, EDHASA, 2015

9789876283557

HERNÁN CAMARERO

Historiador, docente UBA.

Número 22, agosto 2015.

 

La llegada de Hipólito Yrigoyen a la presidencia de la Nación, como representante máximo de la Unión Cívica Radical (UCR), en 1916, significó el inicio no sólo de una nueva experiencia en la Argentina, caracterizada por el intento de forjar una democracia capitalista ampliada a una mayor participación de las masas en la vida política, sino también el comienzo de un período complejo y desafiante para el movimiento obrero. Durante la década y media siguiente, en la que se sucedieron las administraciones de Yrigoyen (hasta 1922), Marcelo T. de Alvear (1922-1928) y nuevamente Yrigoyen (hasta el golpe militar de 1930), se produjo un intento relativamente novedoso de integración de ciertos sectores sindicales a mecanismos “consensualistas” de la política burguesa, los cuales, necesariamente, debieron combinarse con la represión a las tendencias a la conflictividad que al mismo tiempo estallaron.

Un libro importante aborda nuevamente esta problemática: El radicalismo y el movimiento popular (1916-1930), del historiador norteamericano Joel Horowitz. La obra ya se había publicado en inglés hace ocho años, pero ahora fue traducida y editada en el medio local. El autor, doctor por la Universidad de California (Berkeley) y profesor en la Universidad de Pennsylvania, es referenciado en la historiografía de la clase obrera argentina. Su tesis de doctorado (1979), difundida en castellano a través de artículos, recién fue publicada íntegramente (con reelaboración) en Argentina en 2004, bajo el título Los sindicatos, el Estado y el surgimiento de Perón, 1930-1946. Horowitz se especializó en la historia de la poderosa Unión Ferroviaria (UF), a cuya conducción caratuló como primera configuración de una “elite obrera” en el país. Para la presente obra consultó decenas de colecciones de periódicos, folletos, documentos y publicaciones sindicales, políticas, empresariales y estatales, que en algunos casos no habían tenido hasta el momento una indagación tan sistemática y detenida.

El objetivo del texto es comprender la lógica de la política estatal del radicalismo, no tanto examinar el proceso desde el movimiento obrero. Este último más bien aparece en escena en función de servir de explicación a las iniciativas del partido gobernante. Las preocupaciones del autor se dirigen a explorar lo que entiende como primer y fallido ejercicio de “democracia política” en el país durante el siglo XX. Horowitz se coteja con una obra de trascendencia, la que publicó hace cuatro décadas el historiador británico David Rock, titulada El radicalismo argentino, 1890-1930. Allí se había cuestionado el contenido sociológico esencialmente pequeñoburgués de la UCR (y por ello su inconsecuencia incluso como expresión reformista), proponiendo la hipótesis de que ésta conformaba, más bien, una coalición, esencialmente conservadora del orden existente, de impronta policlasista, pero fundamentalmente estructurada como alianza entre una “clase media dependiente” y un sector de la clase dominante, en donde era esta última la que poseía carácter dirigente. Tal hegemonía se garantizaba con el aumento del gasto público, el cual permitía un “sistema de patronazgo estatal” que “clientelizaba” a los sectores medios y los mantenía sometidos al redil del sector burgués expresado por el radicalismo. En ese estudio, las estrategias “obreristas” o de intento de acercamiento a los sindicatos por parte de la UCR gobernante, eran retratadas como experiencias asistemáticas y efímeras, esencialmente limitadas a los años 1916-1919 y, en parte, al breve ciclo del retorno de Yrigoyen al poder en 1928.

En comparación al enfoque de Rock, el de Horowitz representa un retroceso y un avance. Lo es en el primer sentido, al no lograr erigir ninguna interpretación del contenido social o de la orientación política general que poseía el radicalismo (terreno en el cual Rock sí procuraba aportar), apelando en cambio a argumentaciones, en ciertos tramos, algo superficiales o fenomenológicas sobre ese partido. A esto contribuyen sus recurrentes señalamientos de que la UCR, en definitiva, podía definirse como un partido obsesionado por multiplicar el número de votos y por ganar más adeptos en las clases populares, aquejado por un personalismo irreductible (sobre todo en la figura de Yrigoyen) e irrespetuoso de las formas republicanas. Sin embargo, el aspecto interesante de la obra de Horowitz es que tiende a replantear el excesivo peso que Rock otorgaba al patronazgo y clientelismo de sectores medios como factor explicativo esencial de la experiencia gubernativa de la UCR. Sostiene que esos fueron, más bien, eficaces para ganar más afiliados internos pero no necesariamente más “popularidad” hacia afuera. Para él, lo central para obtener esta última fue el “obrerismo”, es decir, la sistemática política de seducción y acercamiento a una serie de sindicatos que los gobiernos radicales se dieron en casi todo su período (incluyendo a la etapa de Alvear, frecuentemente señalada como más “moderada” y de la “elite”). Con ello, Horowitz está señalando el peso objetivo que la clase obrera y el movimiento sindical tenían en los años ‘10 y ‘20 y su importancia para explicar cualquier proceso político general en el país. Allí donde toda una tradición historiográfica, dominante desde la década de 1980, ponía el hincapié en la clase media, en el papel de los comités barriales y en los mecanismos de integración ciudadana, Horowitz ilumina el papel central que tuvieron las relaciones entre el Estado y el movimiento obrero.

El libro muestra la orientación estratégica del radicalismo por intentar ganar apoyo entre los trabajadores (concibiéndola como una clara prefiguración de lo que luego retomaría el peronismo). Y presenta sus instrumentos: la apuesta pretendidamente mediadora y paternal de un presidente inclinado a construirse bajo una imagen popular; los contactos directos con los cuadros gremiales sobre todo sindicalistas, aunque también socialistas; el decisivo rol que hizo jugar a la policía y al DNT en la resolución de los conflictos. Es en el análisis meticuloso del modo recurrente en que Yrigoyen, y en menor medida Alvear, llevaron a cabo estas políticas, donde se halla el aporte fundamental del texto. Sin embargo, el serio problema que aqueja a éste es la excesiva subestimación del lugar del conflicto en el entramado explicativo. No es que falten señalamientos a la enorme cantidad de huelgas y luchas obreras que signaron al período, pero ellas son atendidas en función de exhibir las inmediatas respuestas que tuvieron desde el Estado, a través de instancias de negociación o legislación. Son las expresiones más pragmáticas y moderadas del movimiento obrero las que Horowitz expone en su estudio. Como ya había ocurrido con su trabajo sobre el ciclo 1930-1946, aquí vuelve a centrar todo el análisis sobre los gremios de transporte y servicios (ferroviarios, marítimos, municipales y otros), algunos de ellos, estratégicos y vitales para el funcionamiento de la economía agroexportadora argentina. Allí fueron los sindicalistas y socialistas los que conquistaron posiciones hegemónicas y, por ende, los actores principales en el relato del libro. El problema de este análisis es que deja casi fuera de examen al movimiento obrero industrial, donde las condiciones laborales eran mucho más adversas, las tendencias a la negociación y arbitraje de los radicales fueron muy escasas o ineficaces, y las corrientes dominantes se alejaban del eje sindicalista-socialista privilegiado por el autor, pues allí tenían peso los anarquistas y, cada vez más los comunistas. En síntesis, Horowitz acierta al destacar uno de los primeros intentos de cooptación del movimiento obrero desde el Estado, pero no a los elementos que contrarrestaron este escenario.

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