Reseña de El año del pensamiento mágico

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DE JOAN DIDION (BS. AS., LITERATURA RANDOM HOUSE, 2015)

 

LETIZIA VALEIRAS

@Letiziav83

Comité de redacción.

Número 24, octubre 2015.

 

La vida cambia deprisa.

La vida cambia en un instante.

Te sientas a cenar y la vida que conocías se acaba.

La cuestión de la autocompasión.

 

Así comienza una narración desgarradora, de una tristeza honda, persistente, porque se trata de la narración de la muerte. Una narración de la muerte pero no en general, una narración de la muerte de otro que amamos, una narración de la muerte que un día sucede, en un instante.

“Te sientas a cenar y la vida que conocías se acaba”. Y resulta que una narración de la muerte de esta manera se convierte en única. Y se hace parte del duelo. En el caso de Joan Didion [1], quizá por ser escritora, quizá no, se hace parte obligada del duelo. Se hace necesaria para atravesar el dolor, para ponerlo en palabras, y de esa manera sacarlo (si acaso es posible) del cuerpo.

Se trata de la primera edición en español de un libro que la escritora y periodista norteamericana comenzó, de alguna manera, en enero de 2004. Apenas pocos días después de la muerte de su marido, el destacado escritor John Gregory Dunne. Apenas una semana después de que la hija de ambos, Quintana, entrara en un estado de coma que la tendría varios meses hospitalizada, producto de una fuerte infección, que causaría lentamente su muerte. Recién en octubre Didion volvió a esas primeras palabras y continuó su relato.

El año del pensamiento mágico –que recibió el Premio Nacional de no-ficción en Estados Unidos y que junto a Noches azules, en el que narra la lenta agonía de su hija, la terminaron de consagrar como autora de nonfiction– titula precisamente esos doce meses de duelo, donde realidad y fantasía por  momentos no hacen más que fundirse. El desgarramiento y la fragilidad que produce la muerte se sienten desde la primera a la última página y al leer no podemos más que sumergirnos en una tristeza que no siempre podemos terminar de comprender en toda su profundidad.

El duro momento del duelo que atraviesa Didion, y que parece no terminar nunca cuando la muerte –lenta esta vez– le quita a su única hija, hace de su obra una pieza única, y el coraje de poner en palabras el dolor se valoriza al avanzar cada página y descubrir una relación con Dunne que los convertía en compañeros en la vida y en su tarea de escritores. Dunne y Didion llegaron a conformar una comunidad literaria e intelectual basada no sólo en proyectos comunes (como los guiones de varias películas, uno de los más conocidos es Pánico en el Parque Needle) sino en la colaboración mutua permanente. Pasaron 40 años juntos. De esa pérdida también se trata su duelo, de ese mismo borrador de sus escritos del cual su marido ya no sería su primer lector.

Este es mi intento de asimilar el período que vino a continuación: las semanas y después los meses que se llevaron por delante cualquier idea fija que yo pudiera tener de la muerte, de la enfermedad, de la probabilidad y de la suerte, tanto buena como mala; del matrimonio, los hijos y los recuerdos; del dolor y las formas en que la gente afronta y no afronta el hecho de que la vida se termina; de lo superficial que es la cordura, de la vida en sí misma.

Alternando el relato de los hechos desde la distancia de quien escribe una ficción, con el armado meticuloso de un rompecabezas de recuerdos y documentos e investigaciones médicas, Didion logra hacernos transitar, con la cadencia que la caracteriza y casi a la par suya, esa búsqueda de significados de un duelo inexplicable, que parece desarmarlo y cuestionarlo todo.

Y a su vez, nos hace parte de una reflexión sobre el tiempo, que puede con el solo transcurrir de un segundo, trastocarlo todo: el que vivía y disfrutaba de la lectura recién llegado a casa de visitar a su hija “de repente… ya no existía”, la compañera de toda su vida –llevaban 40 años juntos– se va a encontrar con que los momentos cotidianos compartidos no van a estar más, y con el cambio de su propia vida atravesada por el dolor de la ausencia. “El instante normal”, escribe sin poder salir del estupor, Joan Didion. Y comparte su sorpresa con el lector. Fue justamente lo normal de todo lo que había sucedido esa noche lo que le iba a impedir creer que realmente había pasado, que su compañero había muerto. “Necesitaba estar sola para que él pudiera volver”, recuerda de esa primera noche de ella, que había sido la última noche de él. Y eso la lleva a la travesía que iba a significar el pensamiento mágico, la idea infantil de influir con los pensamientos para revertir lo irreversible, el testarudo deseo de que su marido siguiera vivo. Y la resistencia de la propia ausencia en un enfrentamiento constante: “Te sientas a cenar”, escribe recordando la vuelta a su casa aquella noche. Y ya no estás”, le dice a su marido dos líneas después.

Me detuve en la puerta de la habitación.

No pude dar el resto de sus zapatos.

Me quedé allí un momento plantada y entonces me di cuenta de por qué: si John quería volver le iban a hacer falta zapatos.

El ser consciente de esta idea no la erradicó en absoluto.

Todavía no he intentado averiguar (por ejemplo, deshaciéndome de los zapatos) si la idea ha perdido su poder.

El tiempo y la muerte se tocan y se entrecruzan en dos relatos, la muerte instantánea, la del paro cardíaco de John Dunne, y la muerte lenta, que no termina incluso en este libro, de su hija Quintana, y que Didion también escribe como forma de atravesar el vacío en Noches azules, publicado en Argentina por Random House antes que El año…, en 2011, en el que no cesa de repetir “el tiempo pasa”.

Como también se trata de la marca que deja el tiempo en determinados días, en determinadas horas, en determinados segundos, las fechas tienen una importancia capital en la narración. Las fechas suenan y se repiten como un mantra. Y cada instante reconstruido de la noche del 30 de enero se plasma en la combinación de la distancia de quien es parte de ese momento sin estar totalmente ahí, una Joan Didion enajenada, casi autómata, con la rememoración del detalle de las últimas palabras de él, del frío de la sala en la que se informa la muerte, de su propias respuestas enajenadas, ausentes, de mujer fuerte, como reflexiona luego Didion en relación a los roles, los estereotipos, lo que se espera respecto de cómo actuar en esos momentos, lo que se espera de las mujeres.

Las fechas son muchas. La extendida agonía de su hija, que moriría poco antes de la publicación de este libro, dos años después que su padre, a los 39, se recrea penosa, se recrea refugio, se recrea ancla mutua para sobrevivir, y se ve atravesada por la reflexión sobre la relación de una madre con su hija, por los recuerdos, por el relato autobiográfico, por el dolor.

Y es también en esa insistente reconstrucción en la que la autora se encuentra, aunque no desaparezca la ausencia. Es en esa insistente reconstrucción en la que el consuelo viene de la mano del recuerdo, en la que se salva a sí misma, ayudada incluso por las palabras y los momentos y códigos compartidos: “John nunca tenía miedo. Había que sentir el cambio de oleaje. Había que seguir aquel cambio”. Lo mágico deja lugar a la realidad, permite la vuelta a algunas certezas, permite volver a habitar su mundo: “Me lo dijo. No hay nada contemplando al gorrión, pero él me lo dijo”.

 


[1] La autora recibió en 2009 y 2011 dos Honoris Causa en letras: el de la Universidad de Harvard y el de Yale. Empezó a escribir a los 5 años, y es una reconocida novelista, guionista y periodista en Estados Unidos. Ha sido incluso considerada una de las mejores cronistas del siglo XX. Con varias novelas publicadas, y muchísimos ensayos de no-ficción y escritos periodísticos, los más importantes de ellos compilados en Los que sueñan el sueño dorado por la misma Random House; con su marido John Dunne, también coescribieron guiones para Hollywood, entre ellos Íntimo y personal, protagonizada por Robert Redford y Michelle Pfeiffer, y Confesiones verdaderas, con Robert De Niro y Robert Duvall.

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