Relatos económicos compartidos

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CLAUDIO KATZ

Economista, profesor UBA, miembro del EDI.

Número 24, octubre 2015.

 

La expectativa de llegar a octubre con las variables bajo control se está disipando. El anclaje del dólar con alta inflación y déficit fiscal ya no alcanza para disimular las turbulencias de la economía. La devaluación se vislumbra en la cotización del blue y salta a la vista la fragilidad oficial para enfrentar la presión cambiaria. Mientras recorta las ventas de divisas para el ahorro y pisa los pagos de las importaciones, el Banco Central pierde 100 millones de dólares por día.

El punto crítico de los próximos dos meses son las reservas disponibles. Si se descuentan los pagos y compromisos queda muy poco. En este escenario Scioli, Macri y Massa han comenzado a exhibir a sus economistas.

 

Ocultamientos conjuntos

El oficialismo atribuye la escasez de divisas al torbellino externo. Afirma que se “cayó el mundo”. Pero el mismo diagnóstico es repetido desde hace siete años para explicar adversidades de distinta índole. ¿Pero cuál es el vínculo entre la falta de divisas y el temblor mundial? Desde el 2008 existe una crisis global que no alteró la apreciación de las exportaciones del país. En los últimos años Argentina obtuvo ingresos externos por sumas que superaron en cinco veces el promedio de los ‘90 y en diez veces la media de los ‘80.

Este ventajoso escenario comenzó a modificarse. El índice Bloomberg de precios de las materias primas registra una caída del 40 % en comparación al 2011. Pero esta disminución no modifica aún el panorama. La tonelada de soja que valía 500 dólares en la primera mitad del 2014 se cotiza actualmente en 320. Muy por encima de la cotización vigente en los últimas dos décadas. El punto crítico de la coyuntura externa se verifica en otro terreno: el realineamiento general de los tipos de cambios. La catarata de devaluaciones de Brasil se extendió al grueso de las monedas latinoamericanas y ha sido coronada con la depreciación del yuan chino. El sombrío diagnóstico que el oficialismo expone desde el 2008 empieza a verificarse en el 2015.

El país cuenta con pocos instrumentos defensivos para afrontar la nueva tormenta. No tiene suficientes dólares en cartera, a pesar de la excepcional captación de divisas de la última década. Esos fondos salieron de nuestras fronteras con la misma rapidez que ingresaron. Los exportadores expatriaron dinero, las empresas transnacionales remitieron utilidades y el gobierno realizó monumentales pagos de la deuda externa.

Esa hemorragia de divisas superó el drenaje consumado durante el menemismo. La emigración de efectivo nutrió las fortunas de los capitalistas argentinos en el exterior, que algunos estiman en 205.000 millones de dólares y otros en 440.000 millones. La sangría oficial no fue menor. Según los datos que orgullosamente difunde el oficialismo, los pagos de la deuda sumaron en la última década 173.000 millones de dólares.

Scioli y CFK silencian el traspié y publicitan el desendeudamiento conseguido mediante el puntilloso cumplimiento con los acreedores. Nunca explican la ventaja de una operación que genera tantas carencias de dólares.

Es cierto que la deuda inicialmente se redujo en moneda dura y en relación al PBI. Pero esa cancelación dilapidó reservas y no se tradujo en mayor autonomía financiera. La escasez de dólares obligó a revertir la pretensión de achicar pasivos y la deuda pública volvió a subir del 39,2 % del PBI (2008) al 43 % (2014).

En los últimos meses la carencia de divisas indujo a buscar billetes norteamericanos a cualquier precio. Algunos analistas calculan que la actual colocación de bonos a altísimas tasas duplicaría el pasivo en siete años.

Macri y Massa cuestionan la falta de dólares que Scioli intenta disimular. Atribuyen ese bache a las restricciones vigentes en el mercado cambiario. Pero el denigrado “cepo” no es una rareza local. Es un instrumento de control utilizado en muchos lugares y circunstancias.

Los economistas de Macri convocan a imitar la seducción de inversores que realizaron los gobiernos neoliberales de otros países. Pero los capitales que ingresaron a esas administraciones generaron más adversidades que beneficios. Encarecieron las exportaciones, abarataron las importaciones, acentuaron la desindustrialización y facilitaron bicicletas financieras de todo tipo.

Si se quiere revertir ese vaciamiento hay que revisar los pagos externos e investigar la deuda, mientras se exige el reingreso de los fondos expatriados. Quienes colocaron sus fortunas en el exterior hacen negocios y tienen activos en Argentina. Si no se adoptan medidas contra estos sectores, el costo de recolectar los dólares recaerá sobre los trabajadores.

 

¿Devaluaciones benignas?

Los dos mecanismos regresivos que tradicionalmente utiliza la clase dominante para obtener divisas adicionales ya están activados. La devaluación y el endeudamiento son igualmente propiciadas por Scioli, Macri y Massa.

Se presenta la aplicación de ambas medidas como un devenir inexorable y sólo se discute la forma de atemperar las consecuencias de esas disposiciones. Como se ha naturalizado la desvalorización del peso, el debate gira en torno a la instrumentación contundente o gradual de esa depreciación.

Hay teorías que resaltan el carácter benigno de una fuerte devaluación acompañada de cronogramas escalonados de endeudamiento. Otros promueven financiar con mayor crédito externo un proceso devaluatorio más pautado. El oficialismo tiende a transformar esta contraposición en una disputa entre “dos modelos” y el macrismo lo presenta como un ejemplo del contraste entre “el cambio y la continuidad”.

Ciertos economistas de Scioli atribuyen todos los males de un shock devaluatorio al macrismo, para demostrar las virtudes de tomar deuda en mayor escala (Bein). En cambio los voceros de Macri realzan las ventajas de sincerar la desvalorización del dólar ya consumada en el mercado paralelo (Melconian). Pero nadie puede anticipar el momento y el alcance de la alteración cambiaria. La convertibilidad colapsó sin aviso previo y Kicillof sorprendió con su devaluación del 2013-2014. Hay muchos cálculos sobre el debut de la nueva cotización del dólar, pero pocas estimaciones sobre la forma en que concluiría ese ajuste. Otra variante es el desdoblamiento del tipo de cambio, con una tasa alta para el turismo y las finanzas y otra baja para el comercio (González Fraga).

La principal preocupación del establishment no es el porcentaje sino el “éxito” de la devaluación. Consideran que ese logro se alcanza cuando la desvalorización del peso no se traslada en la misma proporción a los precios internos. En ese caso la diferencia es capturada por los exportadores y los banqueros.

Por eso los voceros del poder demandan que no se repita lo ocurrido hace dos años, cuando la devaluación fue íntegramente licuada por la inflación. El mismo recuerdo de operación fallida legó el “Rodrigazo” de 1975.

El principal ejemplo de una “devaluación exitosa” fue el desmoronamiento de la convertibilidad. El elevado desempleo y la depresión económica del 2001-2002 neutralizaron el traslado del desplome cambiario a los precios internos. Espert, Broda y los cavernícolas de FIEL son los promotores actuales de una cirugía equivalente. Pero semejante shock supone una guerra social que es desaconsejada por los hombres de negocios. Todos recuerdan la rebelión popular del 2001.

Ese temor induce a la clase dominante a bendecir propuestas gradualistas de devaluación para achicar salarios sin demolerlos. Su implementación exige un recorte concertado de los ingresos populares, mediante la intermediación de la burocracia sindical en la desactivación de las protestas. Los presidenciables ya negocian con los jerarcas afines de la CGT la aceptación de una pérdida inicial de salarios, en los meses posteriores a la devaluación.

 

Buitres o buitres

Los voceros del sciolismo-kirchnerismo presentan el endeudamiento como un mal menor, frente al shock regresivo que atribuyen al PRO. Omiten recordar cómo la atadura crediticia asfixió una y otra vez a la economía argentina. Todos se adaptarán a las circunstancias seleccionado el combo de endeudamiento y devaluación que imponga la coyuntura.

Si falla la generalizada predilección por el sendero gradual recurrirán a alguna variante de la ortodoxia. Los ministros posibles del trío presidencial tienen experiencia en la gestión del ajuste. Bein fue funcionario de la Alianza, Melconian trabajó con Menem y Lavagna fue un hombre de Duhalde-Kirchner.

Todos priorizan un rápido arreglo con los buitres para reiniciar el endeudamiento en gran escala. Ya se habla más de “hold outs” o “fondos de inversión” que de los buitres.

Los consejeros del trío que compite por instalarse en la Casa Rosada están buscando la forma de derogar las leyes cerrojo, que disponen marginar de toda negociación a quienes no intercambiaron viejos títulos del pasivo por nuevas emisiones. Todos sugieren, además, la anulación de la reciente ley de pago soberano, que induce a los tenedores de bonos a cobrar sus dividendos en Buenos Aires. Como nadie aceptó ese cambio de jurisdicción, las condiciones anteriores serían restauradas con la misma velocidad que fueron modificadas.

A cambio de estas concesiones los economistas de Scioli, Macri y Massa esperan lograr algún alivio en las formas de pago. Apuestan a una quita o a mayores plazos de cancelación.

Hasta ahora no hay señales de la próxima movida de los buitres. Conviene recordar que también Kicillof imaginaba un tránsito sereno hacia el reendeudamiento, luego de acordar con el CIADI, el Club de París y Repsol. Los buitres juegan a varias puntas porque su especialidad es la extorsión.

 

Tarifazos con falacias

El reendeudamiento no será gratis. Probablemente exigirá la restauración de la auditoría que realiza el FMI sobre el grueso de los deudores. Blejer conoce en detalle las exigencias de los futuros prestamistas.

Los auspiciantes del endeudamiento tampoco aclaran el destino del dinero. Despliegan pomposos discursos sobre el “desarrollo” y la “infraestructura”, pero ocultan que los créditos inmediatos servirán para solventar el gasto corriente. El principal objetivo de los próximos préstamos será engrosar las reservas para financiar el ajuste.

Como los banqueros conocen ese propósito seguramente exigirán un ajuste fiscal para asegurarse los futuros cobros. El alcance del agujero que acumulan las cuentas públicas es un dato tan enmascarado como las reservas, la tasa de inflación o el número de pobres.

Algunas estimaciones ubican ese déficit en 6-7 % del PBI, es decir el porcentaje que rodeó a todas las grandes crisis de Argentina. Se sabe que ese desbalance comenzó en el 2008 y que el rojo del 2015 duplica al vigente en el ejercicio anterior. El desfasaje se financia hasta ahora con emisión, deuda y la caja del ANSES.

Ciertos admiradores de la heterodoxia keynesiana estiman que ese desequilibrio no es preocupante. Suponen que permite aceitar la economía y contrarrestar las falencias del sector privado. Pero olvidan que ese auxilio opera en un régimen capitalista regido por el principio del beneficio. En este sistema las ventajas que aporta el gasto público se transforman en obstáculos cuando falla el financiamiento. Y justamente ese límite afronta actualmente Argentina.

Ninguno de los presidenciables propone remediar el desbalance fiscal con impuestos progresivos. Ese camino obliga a aplicar los recortes fiscales que demandan los financistas. La restricción del gasto que se avecina no sólo conduce a congelar sueldos e ingresos al empleo público. También implica efectivizar el aumento de tarifas que el kirchnerismo ensayó y demoró en reiteradas oportunidades.

 

Los baches estructurales

Las presiones del establishment por devaluar y tomar deuda no obedecen sólo a urgencias financieras. Por primera vez en muchos años Argentina afronta serias carencias de dólares comerciales. El superávit generado por las exportaciones decayó abruptamente en el último ejercicio y el achique se acentuaría este año.

Las devaluaciones de Brasil y China anticipan un agravamiento del problema. Algunos analistas incluso consideran que el país soportará el primer déficit comercial desde el fin de la convertibilidad.

Ese desbalance obedece a trastornos en tres planos: la dependencia de la soja, el agujero energético y el estancamiento de la industria. Son falencias que reavivan las pesadillas de retroceso estructural en comparación a las economías comparables.

Las nefastas consecuencias de la sojización del agro comienzan a salir a flote. La declinante producción de trigo ha encareciendo la canasta alimentaria y el stock ganadero ha quedado congelado al cabo de una gran liquidación de animales.

Los problemas de los cultivos regionales son mucho más graves y no se reducen a la “pérdida de competitividad” que subraya el empresariado provincial. El trasfondo de las adversidades ha sido la expansión del mono-cultivo sojero a costa de la agricultura diversificada. La norma capitalista indujo a concentrar todas las inversiones en un producto de alta rentabilidad inmediata.

La única solución que avizoran Scioli, Macri y Massa para este deterioro del agro es la reducción de impuestos. No establecen ninguna distinción significativa entre grandes y pequeños productores. Nunca aclaran cómo esperan compensar el desfinanciamiento del Estado que generaría esos recortes.

El trío presidenciable es mucho más permeable a esos reclamos que el kirchnerismo y descarta de plano contrarrestar esas presiones con mayor regulación oficial de la actividad agraria. Rechaza el monopolio estatal del comercio exterior, que Argentina necesita para canalizar la renta hacia inversiones prioritarias.

El desbalance energético entraña un desequilibrio de mayor gravedad. Ha restaurado las importaciones de combustible que el país había superado hace mucho tiempo. La nueva carencia –que el gobierno denomina “restricción energética”– no obedece al “intenso crecimiento” de la última década. Ningún ciclo de recuperación anterior derivó en semejante insuficiencia de petróleo.

Ese faltante es consecuencia de la depredación perpetrada por Repsol y otras compañías. Extrajeron el crudo ya localizado sin implementar inversiones compensatorias de exploración. La reestatización de YPF sobrevino cuando ese despojo amenazó la provisión básica de energía. Pero en lugar de extender la estatización a todo el sistema petrolero y anular la legislación privatista que enriquece a las compañías, el kirchnerismo extendió a esa actividad las normas neoliberales vigentes en la minería a cielo abierto. Bajo el comando de la nueva YPF se generalizan los contratos inaugurados con Chevron.

Las adversidades energéticas podrían acentuarse si se desvanecen las expectativas creadas en torno al yacimiento de Vaca Muerta. La extracción de crudo con los métodos del shale resulta impracticable con los actuales precios internacionales de 40-50 dólares el barril. Seguramente el trío presidenciable utilizará esa imposibilidad, para otorgar mayores concesiones a los compañías que extraen petróleo con formas convencionales.

Finalmente, los desequilibrios actuales en la industria resucitan problemas de larga data. Por enésima vez un ciclo de crecimiento fabril queda sofocado por el desbalance comercial, que afecta a una actividad dependiente de los insumos importados. La economía ya no tiene los dólares requeridos para adquirir las piezas que demanda la producción. Esta carencia frena la actividad industrial desde hace décadas.

Scioli, Macri y Massa compiten con promesas de subsidios a los grupos industriales, que están reorganizando sus cúpulas para afinar presiones sobre el próximo equipo económico. Esos lobbies demandan devaluaciones para los bienes exportados y tipos de cambio preferenciales para las piezas importadas. Con lenguaje tecnocrático y demagogia productivista ocultan que esos subsidios se financiarán con el ajuste a los ingresos populares.

 

Balance del modelo

La economía del ciclo K concluye en un escenario inverso al imperante al inicio de ese período. Scioli, Macri y Massa postulan programas semejantes, a partir de balances diferentes de la etapa concluida. El candidato del gobierno reitera todas las muletillas de la “década ganada”, sin registrar que generaliza lo ocurrido durante la prosperidad del 2003-2007. En los años 2007-2012 irrumpieron todos los desequilibrios actuales al compás del rebrote inflacionario. Posteriormente comenzó la turbulencia cambiaria y la economía se frenó, en medio de políticas defensivas destinadas a tapar agujeros.

Macri estima que se cierra una “década desperdiciada” por el estatismo, el populismo y las desmesuras. Sólo olvida mencionar que cuando gobernaron los neoliberales perpetraron el mismo derroche del gasto público. Los ejemplos latinoamericanos que presenta como modelos a seguir están corroídos por la vulnerabilidad financiera y la primarización exportadora.

Massa sostiene que finaliza una “década frustrada”. Repite el libreto de los economistas que desertaron del kirchnerismo. Considera que los éxitos de la primera etapa quedaron anulados por la mala praxis posterior.

Pero los problemas del esquema K no obedecen sólo a desaciertos de política económica. Una explicación más consistente de lo ocurrido bajo el kirchnerismo exige notar las consecuencias de una “década repetida” por la continuidad de desequilibrios estructurales del capitalismo dependiente. El modelo mantuvo una política impositiva regresiva, descapitalizó al país con los pagos de la deuda externa, afianzó la primarización sojera, acentuó el extractivismo minero-petrolero y perpetuó la estructura industrial concentrada. Además, recreó un sistema financiero proconsumo y antiinversión sin modificar los pilares de la desigualdad.

Un proyecto productivo con mejoras sociales requiere transitar el camino que comenzará a forjarse en la resistencia al ajuste. En esa acción emergerán nuevas ideas para gestar una economía al servicio de las mayorías populares.

 

Página del autor: www.lahaine.org/katz.

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