Reflexiones en torno a la obra de Milcíades Peña

1
Share Button

 

 

A propósito de la edición completa de Historia del Pueblo Argentino de Milcíades Peña, en 2012 se realizaron una serie de conferencias en la Universidad de  Buenos Aires y la Universidad Nacional de La Plata en las que Christian Castillo y Hernán Camarero reflexionaron sobre la obra y trayectoria político-intelectual del historiador marxista. Aquí publicamos dos artículos que retoman dichas reflexiones.

 

Peña: un punto de partida ineludible

Christian Castillo

 

La edición completa de Historia del Pueblo Argentino de Milcíades Peña es un acontecimiento intelectual relevante. El libro salió publicado después de años en que el kirchnerismo ha tratado de construir un relato en clave del “revisionismo histórico” sobre la historia nacional. El intento más ambicioso fue la celebración del Bicentenario, donde el gobierno buscó apropiarse de algunas de las mejores gestas del movimiento obrero, mezclando a quienes han sido grandes antagonistas en la historia real. Desde el principio de Historia…, Peña plantea el objetivo explícito de develar una serie de mitos históricos presentes tanto en las interpretaciones liberales como en las revisionistas. Alrededor de este objetivo se va desarrollando la idea fundamental de la ausencia de una burguesía revolucionaria a lo largo de la historia nacional. Según Peña, las distintas fracciones burguesas que se disputaron el poder, empezando por la oligarquía terrateniente, expresaron proyectos que nos condenaron a la dependencia y al atraso. No hubo en nuestro país una verdadera revolución industrial sino una “semi industrialización”, que se desarrolló producto de la capitalización de parte de la renta agraria a partir de mediados de la década de 1930. La burguesía industrial no surgió enfrentada a la oligarquía sino como una división cariocinética de esta. La conclusión es que, para superar la dependencia y el atraso, el proletariado no debe atarse a una burguesía nacional incapaz de lograr la liberación nacional sino que debe conquistar su independencia política encabezando al conjunto de los explotados.

En este sentido, es interesante mencionar la polémica de Peña con Jorge Abelardo Ramos que se desarrolla en numerosos pasajes del libro, teniendo en cuenta que el actual Secretario de Cultura (Jorge Coscia) y el Ministro de Educación (Alberto Sileoni) provienen de la corriente de Ramos1, y no es casual que Revolución y Contrarrevolución en Argentina sea un texto de cabecera y formación para lo que se considera la “izquierda kirchnerista”. José Pablo Feinmann, por su parte, reivindica eclécticamente a la vez a Peña y a Ramos2. A modo sólo de ejemplo ilustrativo de la melange que es el “relato” kirchnerista de la historia, en el que se mezcla la denuncia de Roca como genocida de los pueblos originarios con una tradición que lo consideraba lo contrario; recordemos la habitual ironía con la cual Peña caracterizaba la visión de Ramos sobre el general que comandó la “conquista del desierto”: “Se ha dicho que Roca es, ‘con toda precisión’, nada menos que ‘el genuino jefe de la burguesía revolucionaria argentina’ (…). Puede, desde luego, ponerse en tela de juicio la estabilidad mental de quien eso ha escrito, pero no de sus dotes humorísticas. Pues descubrir que entre 1880 y 1902 existía en la Argentina una ‘burguesía revolucionaria’, y hallar además que su jefe era el general Roca, es una ocurrencia insustituible para obligar a la risa a cualquiera que conozca lo que eran Roca y la sociedad argentina de la época. De Roca se sabe ya bastante. Invariable candidato de la Bolsa de Londres para la presidencia de la Nación Argentina, no lo era a título de líder nacional revolucionario” (Historia del pueblo argentino). No hay mucho que agregar a esto sobre la imposible tarea de congeniar a Peña con “la cortesana roja de Apold”, apodo con el que acostumbraba nombrar al fundador de la llamada “izquierda nacional”.

 

La importancia del punto de vista teórico

La obra de Milcíades Peña desmiente gran parte de la acusación tradicional que hace el populismo contra el trotskismo en nuestro país. La caracterización del trotskismo como una corriente “cosmopolita” (en el sentido de superficialmente internacionalista), que no intenta comprender la historia de su propio ámbito de intervención, está presente en el propio editor de la obra de Peña, Horacio Tarcus. Pero el trabajo de Peña es un golpe en la nariz de quienes sostienen esa falsa visión. Y en esto Peña no ha estado solo. Hay que dar mérito también a la tarea realizada por Liborio Justo (primer maestro de Nahuel Moreno), quien escribió una muy importante obra, Nuestra Patria Vasalla, introduciendo, por primera vez, la tesis de la liberación nacional en la concepción del trotskismo argentino3. Se trata de dos autores que, con sus diferencias, marcan una interpretación de la historia nacional que es punto de partida inestimable para todo aquel que quiera intervenir desde el marxismo revolucionario en los debates sobre la historia nacional.

Es sintomático que diversas corrientes supuestamente “nacionales” tengan que recurrir a un historiador de militancia trotskista como Peña, que desarrolló su producción por fuera de toda inserción académica, para entender qué ha pasado en el país desde la colonización. Y esto no es casualidad sino que tiene que ver no solo con la calidad intelectual del autor sino también con el punto de vista teórico y metodológico del marxismo revolucionario desde el que escribió Peña. Un papel similar fue el que jugaron trabajos realizados por historiadores que han militado en el trotskismo en otros países de América Latina, como la Historia marxista de Chile, de Luis Vitale, o La revolución interrumpida, considerada una de las mejores obras sobre la revolución mexicana de 1910, escrita por Adolfo Gilly; o la Contribución a la historia de Bolivia de Guillermo Lora o el libro de Liborio Justo sobre la revolución de 1952 en ese mismo país, La revolución derrotada. Miradas teóricas donde la teoría del desarrollo desigual y combinado y la teoría-programa de la revolución permanente, permiten una interpretación superadora de la visión esquemática y lineal del desarrollo de la historia, como la que tienen los historiadores estalinistas y los de las clases dominantes. Leer este libro, que es apasionante, tiene que servir también para que nuevos historiadores marxistas tomen la posta de completar, desarrollar y superar esta obra pionera.

 

Aspectos controversiales

Dicho esto, señalemos, a modo indicativo, una serie de debilidades presentes en la interpretación histórica de Peña, haciendo nuestra también la crítica sobre la falta del protagonismo de las masas, en particular la clase obrera, en la explicación del desarrollo histórico.

Un primer aspecto que hay que pensar críticamente es el ángulo más general desde donde interpreta la historia nacional. En el capítulo dedicado a Sarmiento y Alberdi, plantea que en 1957 Argentina sigue estando por detrás de la idea de construirse como una nación moderna, como habían buscado los hombres lúcidos de la burguesía, pero que fueron incomprendidos por la oligarquía y no contaban con una fracción de la burguesía con la capacidad y el interés de llevar  adelante su proyecto. La tarea de construir una Argentina moderna le cabe, según Peña, a la clase obrera. Peña liga la idea de revolución industrial a la de revolución social. Dice que las burguesías de los países semicoloniales no pueden llevar adelante revoluciones industriales. Donde sí las hubo durante el siglo XX fue en los países donde la burguesía fue expropiada, y da los ejemplos de la Unión Soviética y de China donde fue necesaria una revolución social para llevar adelante la revolución industrial.

Este enfoque está influido por cierta “mirada modernizadora” influenciada sin duda por las polémicas de la época, en las que se discutía hasta dónde Argentina había tenido bajo el peronismo una revolución industrial o no. Pero desde la perspectiva de la revolución proletaria la “industrialización” no es un fin en sí mismo y, menos aún, su realización en las fronteras del Estado nacional. Porque, a diferencia de las revoluciones burguesas, la revolución proletaria, pensando desde la lógica de la revolución permanente, no acaba con la conquista del poder por parte de los trabajadores en un país y las transformaciones internas que puede hacer cualquier gobierno obrero, sino que está condicionada por múltiples elementos, en primer lugar el desarrollo del proceso revolucionario en el plano internacional. No necesariamente una revolución dentro de las fronteras nacionales, aún en un país con un territorio amplio como Argentina, podría llevar adelante una “revolución industrial”, sino que esta estará ligado a la extensión de la revolución y la ligazón entre su economía con la de los países vecinos. De ahí la necesidad de poner en pie una Federación de Repúblicas Socialistas de América Latina. Para sintetizar, hay una concepción “modernizadora” en la obra de Peña que debe ser cuestionada. Este punto de vista explica quizás por qué Jorge Schvarzer, uno de los principales discípulos de Peña, pudo deslizarse hacia una interpretación industrialista de la historia argentina. Es cierto que Schvarzer hizo una lectura unilateral de Peña, que hoy es congruente con cierta visión kirchnerista, según la cual el desarrollo de la industria es la medida del progreso histórico, por fuera del análisis marxista más general de las relaciones sociales que sí está presente en la Historia del pueblo argentino. Aunque Schvarzer señala lúcidamente algunas de las contradicciones del desarrollo de la industria argentina, el abandono de una perspectiva de la revolución proletaria (que sí tenía Peña), lo lleva a buscar en el Estado un sujeto que suplante una “burguesía nacional” que es muy débil. Como no está la clase social que puede llevar adelante este proceso histórico, entonces tiene que hacerlo el aparato del Estado. Es evidente que no puede encontrarse en la historia argentina una burguesía nacional con aspiraciones de terminar con la dominación imperialista y encarar un camino independiente. Pero esto no avala la ilusión de que el aparato estatal pueda subsanar la falta de esta clase y crearla “desde arriba”.

Un segundo aspecto a discutir, que no está en este libro sino en otros textos de Peña, es su concepción más general sobre la teoría de la revolución permanente, que toma casi únicamente su primer aspecto, el de la transformación de la revolución democrática en revolución socialista bajo la dirección revolucionaria del proletariado. Peña era un entusiasta defensor del entrismo que hizo la corriente morenista en el peronismo a fines de la década de 1950. En la revista Estrategia escribe un artículo mostrando su visión sobre el proceso revolucionario en Argentina, donde dice que alrededor de la demanda de la vuelta de Perón por la cual se movilizan y organizan los obreros argentinos, estos se armarán y llegarán a la conquista del poder, y que por eso hay que estar dentro del peronismo. Es la justificación más acabada de la táctica entrista que practicó el morenismo, donde está presente la visión objetivista más general que se le critica a esta corriente, que plantea que la fuerza de la lucha de las masas las va a llevar a ir más allá de los límites que pone la burguesía, pudiendo superarla por la dinámica propia de la movilización, y es en esa dinámica que se hace la revolución y la clase obrera llega al poder. Peña plantea esto entre 1956 y 1959, en el momento de ascenso de la resistencia y enorme lucha de clases en Argentina. Uno de los grandes momentos de la lucha obrera, en el que la burguesía golpista comete un error, del cual sacará sus conclusiones en 1976, que fue liquidar la cúpula burocrática de los sindicatos lo que permitió que surja un nuevo activismo obrero, dentro del cual los trotskistas tuvieron una importante influencia sindical, un enorme mérito si partimos de que tenían que ir en contra de la estigmatización de la izquierda, facilitada por la actitud gorila del Partido Comunista en el golpe.

Pero esa concepción objetivista pagó después su precio. Al no haber educado y formado a la vanguardia obrera en el marxismo, cuando el activismo obrero de la “Resistencia” declinó, el morenismo quedó nuevamente muy debilitado. Y luego vino otro momento, donde se frenó el activismo, y la lucha de la resistencia empezó a ser canalizada por un nuevo proceso de burocratización, del cual Vandor fue un ejemplo claro.  Peña había depositado sus expectativas en ese activismo obrero, que luego se ven defraudadas políticamente. El artículo posterior sobre el “quietismo” de la clase obrera explica en parte este estado de ánimo. Allí Peña, ya fuera del morenismo, pone el acento sobre un supuesto conservadurismo general de la clase obrera, y no sobre les errores que pudieron haber cometido quienes trataron de construir una organización revolucionaria en ese momento. Peña nunca hizo un balance crítico del entrismo de Palabra Obrera en el peronismo, a pesar de que en los años del entrismo seguía en relación íntima con la corriente de Nahuel Moreno. El Cordobazo y el ascenso revolucionario más general abierto en nuestro país en mayo de 1969 desmintieron completamente la tesis del “quietismo”.

Un tercer tema es la interpretación del peronismo. En este terreno, podemos decir que la visión de Nahuel Moreno en su Método de interpretación de la historia argentina y otros textos es más sofisticada que la de Peña, quien ve a Perón esencialmente como un “agente inglés”. Si bien toma datos ciertos sobre como los británicos saludan la victoria de Perón (algo ignorado por los revisionistas y peronistas) la suya es una evaluación unilateral del nacionalismo burgués. Los diversos movimientos nacionalistas burgueses latinoamericanos surgen en medio de la puja de intereses y enfrentamientos interimperialistas. En este sentido, Moreno juega mejor con la idea de que es sobre esta contradicción de intereses que se desarrolla el bonapartismo peronista, apoyándose en las masas obreras para resistir el avance del imperialismo norteamericano en la región. Peña, tomando incluso la definición de bonapartismo, se desliza más hacia la idea de que Perón actuaba como un agente británico, sin considerar los análisis de Trotsky sobre los “bonapartismos sui generis” desarrollados en relación al cardenismo mexicano.

Finalmente, no descartemos que el intento de apropiación de la figura de Peña por parte de ciertos intelectuales kirchneristas se les termine volviendo en contra. La visión de Peña es no solo antiliberal sino también antipopulista. Por ejemplo, en “El gobierno del como si. 1946-1955”, dice: “Precisamente, el peronismo fue en todo el gobierno del ‘como si’. Un gobierno conservador que aparecía como si fuera revolucionario; una política de estancamiento que hacía como si fuera a industrializar al país; una política de esencial sumisión al capital extranjero que se presentaba como si fuera a independizar a la nación, y así hasta el infinito”4.

Quizás puedan matizarse algunas de esas definiciones, pero seguramente no les caerán bien a los kirchneristas. Ojalá los consejos de Feinmann hagan que los kirchneristas lean a Peña porque en seguida que uno lo lee, le surge que el kirchnerismo es otro gobierno del “como si” pero ni siquiera llegando a ninguno de los puntos que señalaba Peña sobre el legado de diez años del primer peronismo. Retroceso de la participación de los asalariados en la renta nacional, continuidad del trabajo precario en un 38%, el pago de la deuda externa como nunca en la historia, y varios etcéteras. Y uno podría decir: el gobierno que hizo como si tuviera una política independiente en la deuda externa cuando le pagó como nunca al FMI y los especuladores internacionales; el gobierno que hizo como si representara los intereses de los trabajadores cuando los empresarios se la llevaban “en pala”; el gobierno que hizo como si industrializara, mientras mantenía una estructura primarizada de la producción industrial como muestran tanto los semikirchneristas más honestos que analizan la estructura económica del país. Quizás Peña sea un puente intelectual hacia quienes creyeron sinceramente en que el kirchnerismo emprendería un camino de desarrollo independiente y hoy se ven frustrados. Leer a Peña también permite ver esta especie de parodia que es el kirchnerismo, entre su propio relato y la realidad.

 

1 La tradición política conocida como “Izquierda Nacional” surge cuando la corriente trotskista que dirigía Ramos apoya a Perón. Intentará, al principio, una especie de sincretismo entre Trotsky y el marxismo por un lado, y el nacionalismo burgués de Perón por el otro. Con el paso del tiempo esta corriente irá perdiendo todo intento de identificarse en el trotskismo y girará cada vez más a la derecha, transformándose en apologistas de las fuerzas armadas y de la burguesía argentina. J.A. Ramos terminará sus días como embajador de Menem en México.

2 José Pablo Feinmann y Horacio González, Historia y pasión. La voluntad de pensarlo todo, Buenos Aires, Planeta, 2013.

3 Para un relato de los orígenes del trotskismo argentino en la década de 1930 y la discusión sobre el problema de la “liberación nacional” en sus filas, ver Alicia Rojo, “El trotskismo argentino frente a la Segunda Guerra Mundial”, en Cuadernos del CEIP León Trotsky 2, 2001.

4 M. Peña, Historia del pueblo argentino, Buenos Aires, Emecé, 2011, pág. 495.

 

**

Milcíades Peña como intelectual trotskista

Hernán Camarero

milciades-pena-historia-del-pueblo-argentino_MLA-F-2977534251_082012

Milcíades Peña fue uno de los más importantes intelectuales marxistas de la Argentina durante el siglo XX. Su presencia aparece evocada en estos días, al cumplirse ochenta años de su nacimiento, en la ciudad de La Plata en mayo de 1933. Pero más aún, al haberse reeditado, el año pasado, y con afortunadamente muy alto impacto, lo que sin dudas constituyó su obra más importante: Historia del pueblo argentino. Puede resultar oportuno, entonces, ofrecer algunos apuntes y ensayar ciertas reflexiones sobre los significados de su experiencia político-intelectual. El eje de estas consideraciones se orienta a restablecer la herencia en la que Peña se halló firmemente inscripto, que es la del trotskismo. Ello supone una impugnación a ciertos planteos que han tendido a desencajar a este intelectual de dicha tradición ideológico-política y a ubicarlo en otro terreno “identitario”. Se ha esbozado una suerte de disputa por los “usos de Peña”. No han faltado los que lo definieron como representante de una corriente “crítica, trágica, heterodoxa, inclasificable” distante de su adscripción marxista de origen, los que lo recuperaron como un ensayista neutro y descafeinado del cual podían utilizarse algunas categorías de análisis histórico-sociológico de uso académico sin conexión con el sentido general de su obra o, peor aún, los que en tiempos más recientes pretenden recuperarlo desde el campo de un nacional-populismo de izquierda afín al gobierno kirchnerista.

 

La escuela del compromiso político

En muchos sentidos, el derrotero de Peña fue peculiar. No contó con estudios universitarios y, antes que un autodidacta libre, ejerció el papel de intelectual formado en la escuela del compromiso político. Desde muy joven, se inició en la vida política, en las filas del Partido Socialista. Hacia 1946, junto a un puñado de jóvenes de esa fuerza, ingresó a la organización trotskista liderada por Nahuel Moreno: el Grupo Obrero Marxista (GOM), luego convertido en Partido Obrero Revolucionario (POR). Allí colaboró con Moreno en el estudio de la teoría marxista y el análisis de la historia y la economía argentinas, intentando comprender los cambios ocurridos tras el advenimiento del peronismo.

Sus primeros textos fueron publicados en Frente Proletario, el periódico del GOM-POR, en los que Peña fundamentó la caracterización de su organización acerca del peronismo, al cual luego la corriente definió como un “bonapartismo sui géneris”, inconsecuente en sus reclamados objetivos antioligárquicos y antiimperialistas. Posteriormente, a partir de nuevos planteos de Moreno, readecuó su caracterización, destacando la base obrera del justicialismo y sus inevitables colisiones con el imperialismo. Bajo estos presupuestos, participó de la experiencia del Partido Socialista de la Revolución Nacional, desde su Federación Bonaerense y el periódico La Verdad, y desde allí se opuso al golpe militar de 1955 (tal como es explicado en su folleto “¿Quiénes supieron luchar contra la ‘Revolución Libertadora’ antes del 16 de septiembre de 1955?”). En los años siguientes se insertó en el proceso de la Resistencia, siempre relacionado con el “morenismo”, apoyando y teorizando la estrategia que esta corriente emprendió de “entrismo” en el peronismo, desde el grupo Palabra Obrera. En el último lustro de vida, se distanció orgánicamente de esta organización, convirtiéndose en un intelectual marxista independiente. Su suicidio, en diciembre de 1965, cerró de manera inesperadamente temprana (tenía apenas 32 años) una vida ya reorientada a la experiencia de una solitaria elaboración como marxista sin partido y emancipado de vínculos con el movimiento social.

 

Sus principales preocupaciones teóricas

Las elaboraciones y reflexiones de Peña discurrieron por una serie de temáticas recurrentes. Sus aportes más importantes se ubicaron en dos dimensiones, estrechamente relacionadas. Una, la propuesta de una reconstrucción histórica global del país en base a ciertos ejes de análisis. La otra, la que lo condujo a un detenido estudio de los rasgos de la estructura económico-social del capitalismo argentino y de su clase dominante. El valor de esta obra sigue siendo muy destacable, incluso a pesar de las inevitables limitaciones que hoy pueden y deben advertirse en el diseño de semejante empresa, la cual reclama, entonces, una lectura necesariamente crítica y no apologética.

En el terreno de la investigación histórica, que Peña que encaró sobre todo entre 1955-1957, se sucedieron varios artículos y una serie de pequeños libros que muchos años después pudieron ser reunidos bajo el título pretendido por él mismo: Historia del pueblo argentino. Allí se propuso cubrir la totalidad de la historia nacional, desde la colonización española hasta la Revolución Libertadora. Su objetivo era proponer un conjunto de argumentaciones e hipótesis disruptivas, que hicieran inteligibles algunos de los clivajes esenciales del entramado social desde 1500 a 1955; en especial, intentando explicar las razones que históricamente impidieron a la Argentina salir de su condición atrasada y colonial. Auxiliado con la teoría de la revolución permanente, la ley del desarrollo desigual y combinado y otros aportes de la teoría marxista, Peña  buscó desentrañar la estructura económico-social del país y las causas y lógicas con las que se desenvolvieron las confrontaciones entre sus clases.

Paradójicamente, son las clases dominantes, sobre todo, en sus limitaciones objetivas y subjetivas para comportarse como un factor avanzado de la historia, las que aparecen más atendidas (y enjuiciadas) en el análisis, antes que el pueblo argentino invocado en el título, sobre cuya comprensión apenas se adelantan algunos elementos. A pesar de su ubicación como historiador marxista y trotskista, el estudio del movimiento obrero no fue una temática sobre la que aportara significativamente. Y cuando reflexionó sobre ello, como en su conocido artículo, “El legado del bonapartismo: conservadorismo y quietismo en la clase obrera argentina”, los resultados fueron muy pobres e inadecuados. En ese texto combinó los defectos de una conceptualización excesivamente sociologista con un acendrado escepticismo político. Antes que sacar un balance productivo de la estrategia del “entrismo” de Palabra Obrera (que implicó cierta concesión a la conciencia peronista, es decir, burguesa, de los trabajadores), concluyó con un planteo derrotista y paralizante, que lo indispuso para comprender la situación presente y futura de la clase obrera. El ángulo preponderantemente elegido por Peña para encarar su gran propuesta de reconstrucción histórica de la Argentina fue el de una impiadosa crítica historiográfica, escrita con su distintivo estilo punzante, en donde el uso descarnado de la mordacidad y la acidez se combinaban las referencias más eruditas.

En particular, emprendió una faena de aniquilación de las visiones en ese entonces hegemónicas, que él definió como expresiones intelectuales de la burguesía y puras versiones mitológicas del pasado: la del liberalismo en buena medida mitrista, que había instaurado la línea Mayo-Caseros como evolución progresiva del país; y la del revisionismo histórico, que había impugnado a aquella, en reivindicación de los supuestamente derrotados (Rosas o caudillos provinciales). También impugnó a quienes introducían sólo variantes en ellas: los intelectuales vinculados al socialismo reformista y al comunismo estalinista, traductores pretendidamente “marxistas” del punto de vista liberal; y los nacional populistas de izquierda o de “izquierda nacional” (Rodolfo Puiggrós, Jorge Abelardo Ramos), incapaces para superar a la falsa opción liberal-revisionista. En directa vinculación a estos empeños historiográficos estuvieron los estudios que Peña realizó sobre los rasgos que en la Argentina asumieron el capitalismo agrario, el subdesarrollo industrial y la dependencia con respecto al imperialismo y, a partir de ello, acerca de las características de la clase dominante argentina.

Entre otras publicaciones, su libro, como todos, editado póstumamente bajo el título Industria, burguesía industrial y liberación nacional, es el más representativo de este tipo de elaboraciones, junto a algunos artículos aparecidos en la revista Fichas de investigación económica y social, que el propio Peña fundó en 1964 y dirigió hasta su muerte.

Peña no solo desnudó el carácter atrasado y colonial de la economía capitalista local, sino que destruyó el modelo clásico y hegemónico que existía en el campo intelectual y político del país para definir a su burguesía. Tradicionalmente ella era entendida como escindida en dos grupos con intereses orgánicamente contradictorios: un sector terrateniente poderoso, arcaico, antiindustrial y cautivo de sus beneficios en la tierra; y otro industrial, más débil, subordinado e instrumento de los auténticos valores “nacionales” o “modernos”. Según este análisis, fue la pugna entre ambas alas la que habría caracterizado la evolución del país desde inicios del siglo XX. Y habría sido un Estado sirviente de los intereses rurales el garante del mantenimiento del modelo agroexportador y de la postergación del desarrollo industrial. Peña impugnó esta idea argumentando, a partir de una muy consistente base empírica, que lo que había existido desde siempre era una unidad y complementariedad de intereses entre ambos grupos burgueses, una suerte de fusión. Se trataba de la misma clase, diversificada en actividades diferenciadas. Esta idea es de enorme importancia y actualidad para mantener la independencia teórica y política de la clase obrera, al comprender que no existe un “campo burgués progresivo” a apoyar en contra de otro por parte del proletariado en algún tipo de alianza policlasista. Los dos conducían al mantenimiento del subdesarrollo, la dependencia y la explotación de los trabajadores. De este modo, quedaba en manos de la clase obrera, como caudillo de la nación y del conjunto de los oprimidos, la tarea histórica de romper con aquellas trabas y cadenas en un proceso de transformación que inevitablemente derivaría en una perspectiva socialista. Toda esta interpretación se hallaba informada por un intento de aplicación de la teoría de la revolución permanente elaborada por Trotsky.

 

El trotskismo en los años formativos de Peña

Fue durante sus primeros años formativos y de militancia en las filas del trotskismo, los que van de 1947 a 1952, cuando se cimentaron algunas de las concepciones básicas de Peña que acabamos de señalar. Durante ese período, Peña es un adolescente de entre 14 y 18 años, que aún no ha escrito ningún trabajo significativo pero que colabora junto con Moreno en la recolección de bibliografía y datos estadísticos, y en las labores de redacción en el periódico Frente Proletario y la revista Revolución Permanente. Si uno examina con detenimiento las ideas centrales de los textos programáticos del GOM-POR en esa etapa, elaborados por Moreno, encuentra allí una serie de ideas significativas, que luego reaparecen, sin duda, con elementos reformulados, en la obra de Peña. En especial, este es el caso de cuatro trabajos fundamentales: “Cuatro tesis sobre la colonización española y portuguesa”, “Tesis agraria”, “Tesis industrial” y “Tesis latinoamericana”, todos ellos escritos en 1948. Entre muchas otras cosas, en aquellos textos se sostenía, en discusión con las visiones imperantes, que la colonización europea en América durante los siglos XV al XVII había sido esencialmente capitalista y no feudal. Afirmaban que las expediciones y la producción se habían organizado para obtener grandes ganancias colocando mercancías en el mercado mundial, sin inaugurar un sistema de producción capitalista, pues no había en esta región un ejército de trabajadores libres ni un mercado de fuerza de trabajo asalariada. Por otra parte, se definía al subcontinente, a partir de los años treinta y en clave comparativa entre países, bajo la categoría de “semicoloniales y atrasados”, como “apéndice de los EE. UU.” (la Argentina aparecía como un caso específico, por su mantenimiento bajo la esfera británica). En este contexto, se examinaban las características de la producción agraria y la industria con el prisma del “desarrollo combinado”, así como el rol desempeñado por el capital financiero extranjero. Asimismo, se analizaban las clases sociales latinoamericanas en sus rasgos, función y dinámica, deteniéndose en los terratenientes, la burguesía agente del imperialismo, la pequeña burguesía y el proletariado, al tiempo que se exploraba al Estado y los movimiento políticos del área, haciendo especial énfasis en la categoría de “bonapartista o semibonapartistas” para varios de los gobiernos existentes (como el peronismo). Aparecía un esfuerzo por comprender el carácter de la movilización obrera y de masas en la posguerra, así como la naturaleza de los movimientos nacionales antiimperialistas.

En otro orden, en estos mismos textos se apuntaba a diseccionar el carácter atrasado, dependiente y subsidiario de la industrialización argentina con respecto a los terratenientes y el imperialismo. Se advertía sobre el dominio que ejercían los ingleses sobre la economía y la política del país, y el modo en que los grandes consorcios, controlaban la mayor parte de los bancos, empresas comerciales y de servicios e industrias.

Por último, señalemos los análisis sobre la estructura agraria. Se estudiaba la decisiva importancia que en la economía argentina poseía la producción agraria y el consiguiente papel subordinado que jugaba la industria, evidencia del carácter “atrasado” del desarrollo capitalista. Se indagaba en la baja mecanización en el trabajo agrícola, su escaso rendimiento y su carácter extensivo, relacionándolo con la amplitud y nivel de concentración de las explotaciones. También se atendía el papel del Estado, sosteniendo el carácter dominante de la clase terrateniente en alianza con el imperialismo y el modo en que todos los gobiernos la habían defendido. Quienes conocen la obra de Peña pueden reconocer fácilmente el modo en que todas estas caracterizaciones recién expuestas iluminan gran parte de su obra, incluso en los aspectos más discutibles o escasamente fundamentados. Resulta casi innecesario aclarar que no todo lo que éste luego elaboró se debe o se puede explicar a partir de las experiencias políticas, planteamientos teóricos e hipótesis embrionarias producidas en y con el trotskismo que aquí hemos señalado. Pero nos parece evidente que la ignorancia o subestimación de esta dimensión no puede ocasionar sino una visión tergiversada de Peña. Las relaciones de éste con la corriente trotskista en la que militó no fueron apacibles, incluso, lo fueron tormentosas, y revelan las dificultades históricas existentes entre intelectual y partido. Restablecer la complejidad en la que ésta se desenvolvió, poder explicarla y sacar las conclusiones del caso podría representar una oportuna vía para la reconstrucción de una intelectualidad socialista comprometida orgánicamente con la lucha teórica y política revolucionaria.

VER PDF

1 comment

  1. Roberto Rapalo 15 agosto, 2013 at 13:01 Responder

    ¿Qué se sabe de la vida personal de Peña? ¿De las razones de su suicidio?¿Qué implicancias tuvo la política en su detrminación de quitarse la vida?

Post a new comment

Te puede interesar