Re-anudando el hilo rojo de la historia

0
Share Button

LA INTERNACIONAL COMUNISTA PARA EL SIGLO XXI

 

GUILLERMO ITURBIDE

Número 32, agosto 2016.

VER PDF

A modo de adelanto de Los 5 primeros años de la Internacional Comunista (1924) de León Trotsky, de próxima aparición por Ediciones IPS-CEIP.

 

Entre 1847 y comienzos de la década de 1950 transcurre una época donde hay una continuidad, más o menos ininterrumpida, del internacionalismo revolucionario. Este período es el que empieza con la fundación de la Liga Comunista Internacional, para la cual Marx y Engels escribieron su famoso Manifiesto, y culmina con la disolución de la IV Internacional. Desde ese entonces, no hay un estado mayor mundial de la revolución, una Internacional marxista, aunque más no sea como una organización de cuadros, como fue la IV Internacional de Trotsky. Es una gran deuda pendiente.

El punto más alto de este época, en lo que hace a la confluencia del marxismo revolucionario con una porción importante del movimiento obrero mundial, es sin dudas el período que va de 1919 a 1923, el de los primeros cinco años de la III Internacional, la Internacional Comunista de Lenin y Trotsky.

En este libro de 1924, Trotsky logra captar esta particularidad. Es una gran escuela de estrategia revolucionaria. Deja bien en claro, además, cuál es la diferencia específica del internacionalismo de nuestro tiempo, el que inaugura la organización fundada en 19191.

 

Ruptura radical

Lenin y Trotsky comienzan, ya durante la Primera Guerra Mundial, un quiebre fundamental con una pretendida “ortodoxia” marxista: el tipo de internacionalismo que era sentido común en la II Internacional. En 1918, Trotsky escribía:

En el curso de los 14 años que habían pasado desde la época de la I Internacional, en todos los países se habían desarrollado organizaciones del proletariado que llevaban a cabo su actividad en forma independiente en su territorio y que no se adaptaban a una unificación a nivel internacional sobre los principios del centralismo democrático. La celebración del 1° de Mayo debía prepararlas para esa unificación (…) [pero esta celebración] gradualmente se fue transformando, de ser un medio de lucha del proletariado mundial, a ser un medio de lucha de los trabajadores de cada país por separado según sus intereses locales (…) Por lo tanto, junto con las consecuencias progresivas (como resultado de unificar a los trabajadores de un país en particular), también surgía un aspecto negativo, conservador; ligaba demasiado estrechamente a los trabajadores con el destino de un Estado en particular, y de esta manera preparaba el terreno para la desarrollo del social-patriotismo2.

El fenómeno del imperialismo, que se empieza a estudiar a comienzos del siglo XX, es visto por la mayoría de la II Internacional como un fenómeno ajeno al Estado nacional, ligado únicamente al militarismo, que en todo caso era visto como una presión del lobby de intereses de un sector particular, minoritario y “parasitario” de la burguesía: la dedicada a la industria armamentística3. En un clima en el que el capitalismo desarrollaba impetuosamente sus fuerzas productivas sin conflictos militares importantes y sin grandes convulsiones dentro de Europa, el internacionalismo socialista se volvía más bien platónico, y la existencia de la propia Internacional era más bien la de una federación de partidos nacionales, donde las resoluciones mundiales no eran vinculantes, y cada sección llevaba a cabo sus asuntos en forma relativamente independiente de las demás.

Un sector minoritario de la Segunda Internacional planteó por primera vez (en vísperas o en los comienzos de la Primera Guerra Mundial) el problema del imperialismo como una realidad mundial determinante, de la cual el militarismo es solo una de sus manifestaciones4. Esto requería un cambio copernicano en la estrategia socialista que la vieja socialdemocracia era incapaz de realizar, habiéndose transformado en un instrumento del imperialismo con el estallido de la guerra. No es casualidad que esa minoría socialista sea luego la que funde la Tercera Internacional.

Para el viejo “marxismo ortodoxo”, los países se dividían en maduros e inmaduros para el socialismo. Este punto de vista tenía como punto de partida a los Estados nacionales considerados como entidades separadas. Consideraba que el lazo entre los países atrasados y los avanzados consistía en que los primeros debían esperar a que los segundos llegaran al socialismo, para que, por vía de los lazos coloniales o semicoloniales, las naciones periféricas se fueran modernizando gradualmente hasta llegar, mediando un largo período, a la etapa socialista. El nuevo internacionalismo comunista partía desde la realidad del capitalismo imperialista como determinación mundial, algo que fue corroborado con la guerra mundial como conflicto interimperialista, y con el comienzo de la revolución socialista en uno de los países considerado a priori como de los más “inmaduros” para tal tarea: Rusia. Para la Internacional Comunista, la burguesía de los países centrales acudía a la exportación de sus capitales a los países atrasados, un rasgo central del imperialismo, entre otras cosas para incrementar su propio peso social y para volcar a su favor la balanza de la relación de fuerzas frente a la clase obrera de sus propios países, consiguiendo mayor margen de maniobra, más “grasa” para quemar, e incluso para, de ser necesario, tener un excedente mediante el cual otorgar concesiones a su proletariado con el fin de que éste no cuestione de fondo su dominio. Al mismo tiempo, el capital imperialista entra en los países atrasados, de tal manera que, paradójicamente, desarrolla un proletariado nativo donde antes había campesinos y viejas relaciones sociales de producción. Lo cual objetivamente fortalece a esa clase obrera colonial o semicolonial, pero al mismo tiempo deja a una burguesía nativa débil. Así, en la visión de la III Internacional, la revolución en los países atrasados no son solo “revoluciones nacionales”, en el sentido de que solo socavarían el poder de las burguesías nativas, sino que, debido a la existencia del imperialismo, adquieren una dimensión internacional, porque también minan el poder de la burguesía de los países centrales de la cual dependen. Este proceso demuestra que el proletariado de los países imperialistas por un lado, y los trabajadores y pueblos oprimidos de los países atrasados por el otro, objetivamente se necesitan y deben ser aliados. La Internacional Comunista tiene que hacer consciente esta necesidad en los países donde actúa, en el centro y en la periferia.

A comienzos del siglo XXI, la profundización de la interdependencia de las relaciones económicas, sociales y políticas (el fenómeno llamado, desde la década de 1990, “globalización”) le dan una renovada vigencia al internacionalismo obrero revolucionario en la clave de la Internacional Comunista, más aún que hace casi un siglo, cuando estas tendencias estaban todavía lejos de desarrollarse al nivel actual. La propia burguesía, al mismo tiempo que sigue defendiendo férreamente las fronteras de sus propios Estados nacionales y sus intereses particulares, sigue “homenajeando” la tendencia “globalizadora” del imperialismo, poniendo en pie múltiples instancias de coordinación que actúan, parafraseando a Engels, como un comité internacional de los asuntos comunes de las clases dominantes, llevando hasta altos grados de sofisticación las formas de conspiración y secretismo en foros y todo tipo de “estados mayores burgueses” internacionales, como por ejemplo en el llamado “Club Bilderberg5.

 

Entre las presiones reformistas y la impaciencia

Otra diferencia específica del nuevo internacionalismo comunista es su percepción novedosa del tiempo en la política y de la construcción partidaria. El imperialismo está cruzado por una acumulación de fenómenos de crisis políticas y económicas, de conflictos militares y de revoluciones. Pero no hay una correspondencia mecánica de la política y de la economía. Esta nueva forma de pensar, no obstante, no fue un patrimonio inmediato de toda la Internacional, sino, en un principio, fundamentalmente de sus principales dirigentes, en particular de quienes habían pasado por la escuela de la revolución rusa, y debió abrirse paso entre sus filas sorteando numerosos obstáculos y discutiendo en sus congresos.

Los viejos partidos socialistas eran como semillas que en forma gradual y orgánica, cada uno dentro de su Estado nacional, iban creciendo, madurando y floreciendo en un tiempo largo. Las organizaciones comunistas surgen, en la mayoría de los países, como el resultado de pequeños desprendimientos de los grandes partidos reformistas. En este desfasaje de política y economía, la Internacional Comunista, que en principio hereda parte del bagaje teórico y organizativo de la II Internacional, corría serios peligros de reproducir su vieja práctica de construcción. En Europa Occidental hay países puntuales donde la III Internacional tiene grandes partidos comunistas, como en Alemania, o atrae hacia ella a viejos partidos socialistas de masas, como en Francia e Italia. En estos dos últimos países pesan las viejas tradiciones de la democracia burguesa y sus mil y una formas de corrupción de los dirigentes obreros, tan arraigadas en sus respectivas organizaciones socialdemócratas, que ahora se orientan hacia el comunismo. En las páginas de este libro, Trotsky da una dura lucha por transformar a esos partidos en verdaderas organizaciones revolucionarias, contra todos sus hábitos y psicología conservadores. Es que, al contrario de la tradición de la vieja socialdemocracia, la IC no estableció relaciones “diplomáticas” o “federativas” con sus secciones nacionales. Como describimos más arriba, el internacionalismo comunista no era platónico, sino de acción, ya que los fenómenos convulsionados de la década de 1920 barrían las fronteras y exigían respuestas internacionales militantes.

Pero también había otro peligro análogo, el de la “impaciencia revolucionaria”, que busca zanjar la discordancia de los tiempos mediante la búsqueda de atajos. Este es el peligro del “izquierdismo”, del cual habla Lenin en su famoso libro de 1920 y que fue escrito como un material para la discusión del Segundo Congreso de la Internacional. El izquierdismo se materializó en la búsqueda de “apurar” la revolución realizando “acciones ejemplares” que “electrifiquen a las masas” o directamente en intentos fallidos de putsch o golpes de mano con vistas a tomar el poder, que terminaron en desastres, como fue el caso de la llamada “Acción de Marzo” de 1921 llevada a cabo por el PC alemán6.

Por lo general, ambos peligros, el de las presiones reformistas y el de la impaciencia, se alternaban en las mismas organizaciones a veces a lo largo de pocos meses. Parte de las causas de ambos problemas tenía un origen teórico: la antigua división socialdemócrata entre el “programa mínimo” de reivindicaciones de reformas inmediatas, posibles bajo el capitalismo, y el “programa máximo” de la sociedad sin clases, el comunismo. Entre ambos programas… no había nada, ningún puente que los conectara. El grueso del movimiento socialista no lo consideraba necesario previo a la Primera Guerra Mundial, en la medida en lo que verdaderamente “importaba” eran la obtención paulatina de reformas en el marco de un capitalismo en pleno desarrollo de sus fuerzas productivas.

Este problema teórico cardinal fue comenzado a saldar por el Tercer Congreso (1921), por lo cual es un verdadero parteaguas, mediante la introducción del concepto de programa de transición y una de sus principales tácticas, la del frente único7. Mediante esta adquisición teórica, los comunistas podían salir de la trampa de quedar condenados solo a la propaganda y/o la espera pasiva hasta que llegara la revolución, o a la tentación blanquista o anarquizante de resumir toda la política a “pelear hasta las demandas parciales con los métodos de la guerra civil”. El Cuarto Congreso (1922), seguirá desarrollando estas tácticas, sumando la de “gobierno obrero”, que se derivaba de a su vez de la del frente único8.

***

El punto de inflexión que clausura toda esta rica etapa de una gran escuela internacional de lo mejor de un marxismo “de combate” sobreviene con la derrota de la revolución alemana de 1923 y la primera derrota de la Oposición de Izquierda de Trotsky que se forma ese mismo año.

Cuando Trotsky publica este libro, las lecciones de los cuatro primeros congresos de la Internacional Comunista empiezan a ser tiradas por la borda, abandonadas y remplazadas por un crudo empirismo, propio de una burocracia estalinista cada vez menos preocupada por la revolución internacional y más por su propia sobrevivencia como casta privilegiada separada de los trabajadores. En 1924, con el Quinto Congreso de la III Internacional, comienza otra etapa. Las ideas de Lenin (muerto a comienzo de ese año) y de aquellos primeros cinco años de la Internacional Comunista, vuelven a ser patrimonio de una minoría que pelea completamente a contracorriente, la que finalmente, en 1938, funda la IV Internacional. Confiamos en que este libro sea un aporte a esa re-anudación del hilo rojo de la historia en el presente.

 

  1. Para conocer las circunstancias en las que Trotsky publicó este libro en 1924, remitimos a un artículo publicado hace un año en estas mismas páginas, ver “Trotsky como dirigente de la Tercera Internacional”, IdZ 22, agosto 2015 y “Una escuela de estrategia revolucionaria”, La Izquierda Diario, 01/05/2016.
  2. L. Trotsky, “May Day and the International”, 01/05/1918, en marxists.org.
  3. R. Luxemburgo, “Utopías pacifistas”, mayo de 1911, en Lenin, Trotsky y otros, Marxistas en la Primera Guerra Mundial, Ediciones IPS-CEIP, Buenos Aires, 2014.
  4. Ver Marxistas en la Primera Guerra Mundial, ob. cit.
  5. Alejandro Arias, “Nueva reunión secreta del club Bilderberg, el foro de los poderosos”, La Izquierda Diario, 10/06/2016.
  6. Sobre este hecho, ver también “Trotsky como dirigente de la Tercera Internacional”, ob. cit.
  7. Nuevamente, remitimos a “Trotsky como dirigente de la Tercera Internacional”, ob. cit., donde se discute extensamente el Tercer Congreso, el programa de transición y el frente único.
  8. Sobre este tema, ver el punto 1, “El origen de las divergencias en la III Internacional. Frente único y gobierno obrero en la Internacional Comunista” en Matías Maiello y Emilio Albamonte, “Trotsky y Gramsci: debates de estrategia sobre la revolución en ‘occidente’”, Estrategia Internacional 28, 2012.

No comments

Te puede interesar

Número 06

Diciembre 2013 EL “NUEVO GOBIERNO” KIRCHNERISTA Christian Castillo IZQUIERDA Y MOVIMIENTO OBRERO EN LA HISTORIA ARGENTINA Hernán Camarero CLASE Y TERRITORIO Paula Varela y Adriana ...