¿Qué querés María? Las ocho horas queremos…

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Historias de vida que niegan el relato oficial

LUCHO AGUILAR

Número 5, noviembre 2013.

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Toda la historia de la moderna industria demuestra que el capital, si no se le pone un freno, laborará siempre, sin miramientos, por reducir a toda la clase obrera a la más baja degradación”. Lo dijo Marx hace casi 150  años, tiene hoy plena vigencia.

-Marina me dijo que estaba mal, que había renegado con el supervisor. “Los trató de negros, que no trabajan. Le dije que si fuéramos vagos de dónde viene la plata que ganan ellos. Me molestó que les diga negros, yo también soy boliviana”, me dijo Marina. En ese momento la llaman por el parlante “Marinaaa”, y salió para la oficina. A los 10 minutos bajó. Estaba toda morada, pensé que estaba llorando. La vuelvo a mirar y se estaba cerrando el chaleco negro. Creí que era el reflejo del sol que entraba por la ventana, pero estaba ardiendo. Caminó en llamas. Entonces grité. Los chicos de plancha corrieron y la apagaron. Ahí veo que el jefe de producción nos estaba mirando. Le grité “¡¿esto es lo que querías?! Mire lo que están haciendo con nosotros”. Ahí llega la dueña. La mira en el piso y le dice “Marina, si no te has hecho nada, levantate”. Y el jefe que venía con ella nos dice al resto: “vayan a trabajar”. Pero no se movió ninguno. Ninguno. “De aquí en adelante no hacemos caso a nadie”, se escuchó. Entonces el jefe se dio vuelta y se fue…

***

Así recuerda María el mediodía de este 29 de julio. Marina Bovarin no aguantó más el maltrato patronal. Desesperada, se prendió fuego en Textil Elemento. María cuenta el principio de la historia. “Yo arranqué trabajando en negro, varios años. Tenía 4 hijas y era madre y padre. A veces lloraba del maltrato, pero aguanté, como muchos trabajadores que somos inmigrantes. Producíamos para muchas marcas: Cheeky, Port Said, Carrefour”. Elemento es una de las marcas de ropa que en esta década aprovecharon la precarización de la industria textil heredada de los ‘90. Eduardo es salteño, tejedor y más joven que María, pero parte de la misma historia. “Las horas extras no las pagaban, el sueldo era bajo, se trabajaba 12 horas y también los sábados”. Lo que María y Eduardo cuentan no es más que el “Modelo De Mendiguren”. El dirigente de la UIA logró que los empresarios de la moda ganen millones a costa de la superexplotación. Tercerizan su producción en talleres “clandestinos”, el 60% de los trabajadores está en negro, con jornadas laborales agotadoras, no les pagan las horas extras ni tienen organización sindical porque sus sindicatos están vendidos. La misma precariedad los lleva a hacinarse en piezas alquiladas en villas porteñas. Hasta esos barrios llega también la tuberculosis: es el polvillo que tragan los costureros.

De Mendiguren le confeccionó un “modelito” a medida; el ministro Tomada lo compró. Como el incendio del taller de Luis Viale en 20061, la tragedia de Marina desató la rebelión. Sigue Eduardo: “El dueño quería que volvamos a trabajar, pero ya habíamos bajado de las máquinas. Salimos a la calle e hicimos una asamblea. Estábamos todos: paraguayos, bolivianos, argentinos, era la primera vez que se rompía la barrera”. A la unidad en la fábrica se sumó el apoyo de delegados de Coca-Cola, el CeProDH y jóvenes de la agrupación Cociendo Conciencia. El petitorio que presentaron pedía las 8 horas, una hora de almuerzo, que a Marina la trasladen a un mejor sanatorio y la renuncia del gerente de producción. Ese viernes estaba emocionada –cuenta María–, era la primera semana que trabajé 8 horas en 12 años”. La rebelión contra el modelo textil “nacional y popular” siguió con los despidos de María y Eduardo. Mientras esta revista sale a la calle, sigue la campaña por su reincorporación.

 

“Te estoy dando parte de mi cuerpo”

Hace algunos años, cuando los vertiginosos ritmos de producción habían enfermado sus manos y brazos, algunas obreras de PepsiCo ya no podían continuar con las mismas tareas. La empresa las mandó entonces a una especie de jaula. Allí limpiaban con alcohol los pequeños juguetes que salían en los paquetes de papas fritas (¡sorpresa!). El depósito de cajas se había convertido en depósito humano. Cuenta Stella, delegada de base de Kraft Foods: “El convenio de la Alimentación es de los noventa y sigue vigente, da mucho margen a las patronales. Pero aparte hoy las empresas nos dividen más: están los efectivos, siguen los contratados, después los tercerizados. Están encuadrados en otros gremios, trabajan en condiciones de seguridad e higiene pésimas, no pueden acceder al comedor ni otros beneficios que tienen los efectivos. El último rango son los changarines, que bajan las cargas de los camiones”.

La mayoría de los contratados y mercerizados son jóvenes, que van “de fábrica en fábrica”. Peor es la situación de la mujer trabajadora. “Es un gremio con muchas mujeres, siempre excluidas con las categorías. Años de trabajo manual, de tareas repetitivas, dejan un tendal de compañeras enfermas, porque además la productividad estos años ha aumentado”, plantea Stella. “Las compañeras dicen: sacamos mucha más producción y nos mantenés el salario, encima te estoy dando parte de mi cuerpo”. “Basta”, dijeron muchos. En PepsiCo se logró la efectivización de todos los contratados y las categorías para las mujeres. En Kraft hicimos paros en defensa de nuestra salud y en el último conflicto efectivizamos a 50 contratados”. Hay otro hecho que quedará en la historia de Kraft-Pacheco: en la madrugada del 28 de septiembre de 2011, un paro que comenzó en el sector pastas se extendió a toda la planta. Fue en solidaridad con una obrera que, además de ser hostigada por su “líder”, era víctima de acoso sexual. Después de una “década ganada” todo sigue igual. Por eso cuando la Agrupación Bordó enfrentó al burócrata Rodolfo Daer con el lema “pase a planta, categorías para las compañeras, 8 horas 5 días a la semana, no queremos dejar la vida en las fábricas”, recibió el apoyo del 40% de los obreros en las elecciones del gremio.

 

“Me gustaba tocar la guitarra”

Leandro trabaja en la autopartista Lear y se mira las manos cuando habla. Hace mazos de cable para la Ford. “Me gustaría seguir tocando pero llego a casa y me duele de la punta de los dedos al hombro. Cuando entré en 2005 te renovaban todos los meses, si no hacías horas extras te despedían, cuando te ‘rompías’ te descartaban”. El boom automotriz de la década se hizo a costa de los nervios y los músculos de miles de mecánicos. Para eso, las terminales acordaron con el gobierno y el SMATA los convenios por empresa. El primero fue con Mercedes Benz (212-2005): contratos a plazo fijo, banco de horas, categoría inicial más allá de las tareas asignadas. General Motors y Ford usaron el mismo modelo, y durante la crisis de 2008-2009 se volvió a firmar convenios flexibles. Los nuevos trabajadores, en su mayoría jóvenes, ingresaban en esas condiciones. Contratados y efectivos, de planta y tercerizados, la división marchaba sobre ruedas.

Entre 2002 y 2007, la cantidad de vehículos producidos en relación a la cantidad de trabajadores contratados se incrementó un 70%2. En las autopartistas, la realidad fue más cruda. Sigue Leandro: “En Yazaki a muchas compañeras las manos les quedan como una pata de gallina, porque pierden fuerza en los tendones. No pueden alzar sus nenes. En Kromberg no hay rotación, meses en el mismo puesto. Cuando se equivocan, de un parlante sale ‘operaria tanto, se está equivocando’”.

En Lear la comisión interna, opositora a la conducción del SMATA, se opuso a este régimen. Cuenta Rubén Matu, delegado de base: “Antes te renovaban contrato mes a mes. Cuando sacaban un compañero de la línea y volvía con el supervisor era porque le habían renovado, si volvía con el de seguridad lo habían descartado. Hoy los compañeros quedan efectivos a los 6 meses, incluso a los 3. Esto lo logramos con la interna, pero llevó una discusión: esos pibes que se la pasan rodando de fábrica en fábrica son nuestros compañeros y no puede haber trabajadores de segunda”.

La empresa y el gremio buscan venganza. Desde que se negaron a firmar un acuerdo que afectaba derechos obreros, debieron enfrentar sumarios de expulsión armados por el SMATA. Además, Matu y otros delegados de Lear tuvieron que declarar ante la justicia penal: la empresa les inició una causa por sus medidas de lucha contra el modelo automotriz “nacional y popular”.

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La realidad de María, Eduardo, Stella, Leandro, de millones, desmiente el relato oficial. Como lo desmiente cada rebelión. Allí están las fuerzas y el odio de clase que permitirán a la izquierda obrera organizar el ejército de esclavos que sepulte el capitalismo.

 

1. El 30 de marzo de 2006 se incendió un taller clandestino en Flores. Fallecieron 6 inmigrantes bolivianos, 4 de ellos eran niños que vivían en el lugar donde trabajaban sus padres.

2. Guevara, Sebastián, “Reactivación de los conflictos obreros en la industria terminal automotriz”, Trabajo y Sociedad 19, Buenos Aires, 2012.

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