¿Qué queda de nuestros amores marcusianos?

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A 50 años de El hombre unidimensional

EMMANUEL BAROT

Número 11, julio 2014.

 

“Si por revisionismo entiende usted el partido socialdemócrata alemán, he de decir que desde mi propia conciencia política, o sea, desde 1919, he estado combatiendo ese partido. En 1917-1918 fui miembro del partido socialdemócrata: salí de él tras el asesinato de Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht, y desde entonces critiqué la política de ese partido. No porque crea poder trabajar en el marco de lo existente, pues eso lo hacemos todos, todos utilizamos la menor posibilidad de transformar lo existente desde el marco de lo existente; no por eso, pues, he combatido al partido socialdemócrata alemán, sino porque ha trabajado en alianza con fuerzas reaccionarias, destructivas y represivas. Desde 1918 he oído repetidamente hablar de la existencia de fuerzas de izquierda en la socialdemocracia, y siempre he comprobado que esas fuerzas de izquierda se iban pasando cada vez más a la derecha, hasta que no quedaba nada de la izquierda. Comprenderán ustedes que no esté nada convencido de esa idea de la posibilidad de algún trabajo radical dentro del partido socialdemócrata.”

Herbert Marcuse, El final de la utopía, 1968

 

Desde la década de 1980 Marcuse ha desaparecido del paisaje político-ideológico de la izquierda revolucionaria, contrariamente al rol que había jugado en las dos décadas anteriores, en particular alrededor de 1968 y las revueltas estudiantiles de masas que, como en el caso de Francia, constituyeron el preludio de luchas obreras históricas. Una inversión tal de la situación no es de extrañar: el periodo post 68 estuvo rápidamente marcado por un reflujo de las teorías progresistas y del marxismo, una expresión específica del largo reflujo del movimiento obrero luego de un decenio de ascenso a nivel internacional, y que el colapso de la URSS en 1991 acentuó, abriendo un período de descomposición teórico-político de la izquierda, del que recién empezamos a salir penosamente en la década del 2000. Pero es sorprendente que Marcuse, en el contexto actual de reactivación gradual aunque cualitativamente muy desigual del marxismo, siga confinado a los cajones como si hubiera en él algo explosivo que debiera ser dejado prudentemente de lado. El cincuentenario de El hombre unidimensional, publicado en Estados Unidos en 1964, que se celebra este año, es la ocasión ideal para comenzar a reabrir el expediente de aquello que es instructivo en él.

 

El laboratorio de juventud: disolución progresiva de Heidegger en la matriz hegeliana-marxista

Marcuse nació en 1898 y falleció en 1979 en Alemania, luego de pasar una parte esencial de su vida, a partir de 1934, en los Estados Unidos. Elaboró durante más de medio siglo un pensamiento en el que se pueden distinguir tres grandes períodos. El primero tiene comienzo con su tesis de 1922 sobre la novela de aprendizaje alemana, está marcado por Hegel y Lukács, y se detiene en los comienzos de la segunda guerra mundial. Miembro del consejo de soldados de Berlín en 1919, influenciado por los spartakistas y en ruptura profunda con el SPD, el joven Marcuse se forma en la escuela de la fenomenología del también joven Heidegger que vino a romper las cadenas de los mandarines del viejo neokantismo que dominaba la universidad alemana. A partir de 1928 intentará hibridar fenomenología y materialismo histórico –inaugurando una tradición que contará con numerosos intentos más adelante– proponiéndose la tarea, que perseguirá toda su vida, de determinar los medios adecuados para pensar, preparar y realizar la emancipación radical, a la vez, individual, “existencial” y colectiva, a través de la revolución proletaria. No se puede comprender su itinerario si se minimiza la continuidad de esta postura (condensada en su momento por Marx en la tercera Tesis sobre Feuerbach) que combina comprensión macro-social e histórica de la lucha de clases en el capitalismo (en particular en la fase fascista), y la exploración de los mecanismos subjetivos y psíquicos de la alienación. Cuando en 1932 es el primero en comentar la “bomba” que significaron los Manuscritos de 1844, recién publicados en alemán, en los que descubre que el joven Marx ya había atacado (y mejor) la cuestión de la alienación que Heidegger, y ya dentro de esta perspectiva, que constituye su “laboratorio” de juventud, producirá dos obras claves sobre Hegel, en particular Razón y revolución de 1939, y pasará a convertirse en una de las grandes figuras de la “teoría crítica” frankfurtiana exiliada en los Estados Unidos desde 1934, y en un ardiente defensor de una matriz hegeliano-marxista iniciada por Lukács y Karl Korsch, y continuada por el segundo Sartre y Kosik.

 

Detrás del freudomarxismo: ¿proletariado “integrado” y premisas de posmodernismo?

La segunda fase va de la Segunda Guerra Mundial a 1968, dominada por Eros y civilización en 1955, El marxismo soviético en 19571 y El hombre unidimensional, es por la cual Marcuse es más conocido, la de cierto “freudomarxismo” al que es reducido a menudo apresuradamente. Es el período en el que sus grandes tesis sobre el totalitarismo tecnológico, la reificación de la “sociedad industrial avanzada” y la “integración” del proletariado al capital y la identificación de los “fundamentos instintivos” de la alienación, se articulan mediante la constatación de un mundo escindido entre un glorioso “capitalismo tardío”, capaz de anestesiar por el fascismo cotidiano cualquier potencial subversivo, y la esclerosis represiva de la URSS, lo que dejaba definitivamente poco lugar a la esperanza.

Esto no le impide seguir buscando el agente para una revolución (que sigue siendo tan indispensable como improbable), del cual ve premisas en las revueltas de los estudiantes, las minorías oprimidas y los movimientos anticolonialistas, “outsiders” que parecen ser los últimos portadores de una revuelta absoluta contra el orden establecido. Alejándose del modelo leninista, reivindicando el espíritu de Rosa Luxemburgo esboza, “avant la lettre”, una teoría “antiautoritaria” de las “multitudes”, y casi la idea de un anti-capitalismo basado en una amplia “base de masas” integrando movimientos feministas, antirracistas, ecologistas, y nuevas fracciones asalariadas, en particular de las “clases medias”, otorgando a las vanguardias intelectuales un rol particularmente marcado. Para lo cual funda una teoría de la hegemonía a través de un consenso ampliado de fracciones oprimidas o alienadas, fundado sobre todo en el rasgo subjetivo común de una oposición al sistema experimentada como una contradicción vital, que compense políticamente la desintegración de una base social proletaria, pretendidamente muy erosionada, al precio de caer en el riesgo de una autonomización de la política con respecto a determinantes económicos objetivos. En este período mantiene una posición ambivalente con respecto al marxismo.

En efecto, es un período en el que va a trabajar a pleno la conceptualización teórico-crítica, interrogándose sobre la eventual obsolescencia de Marx. ¿El capitalismo no se ha estabilizado cuando debía explotar? ¿El proletariado no parece haber abdicado de su misión revolucionaria? ¿El “aparato” mundial de la dominación tecnológica no ha absorbido y nivelado las contradicciones del capitalismo dentro de una historia en la cual devino el verdadero sujeto? ¿La “tolerancia represiva” y la “conciencia feliz” han fallado en vampirizar los espíritus de toda “bidimensionalidad” (es decir, de todo pensamiento “negativo” capaz de evaluar aquello que es en los términos dialécticos de aquello que todavía no es2)? ¿En resumen, la sociedad unidimensional de confort y de control burgués no nos ha derrotado ya? Marcuse está atrapado patentemente entre dos fuegos: se niega a abandonar el proyecto revolucionario y la matriz marxista, pero se pregunta acerca de la capacidad de éste para estimular la teoría y la praxis.

En sus oscilaciones es fácil ver que se anticipan muchos de los posmarxismos explícitos o implícitos que afectan a la extrema izquierda en la actualidad. Concentradas de manera emblemática en El hombre unidimensional, cae en una hipostatización, presentando como novedad estructural a un momento coyuntural del capitalismo, y más precisamente, la forma coyuntural de un tipo de organización, también históricamente determinado, del proletariado en los países centrales del capitalismo. En resumen, él presupone una homogeneidad ficticia de la clase obrera, para, a continuación, dejarse cegar por el aburguesamiento relativo de sus sectores más favorecidos y por el peso de los aparatos reformistas y contrarrevolucionarios (partidos y sindicatos socialdemócratas o estalinistas), que efectivamente están bien integrados al poder del capital. Marcuse intentó elevarse a sí mismo de estas ambigüedades después de 1968, pero nunca pudo despojarse de ellas completamente.

 

Negativa a la liquidación del marxismo: entre el giro de 1968 y la Nueva Izquierda

Por el profundo impacto que causó en él la emblemática “revolución cultural” francesa de mayo de 1968 va a producirse un giro mayor en su itinerario posterior a la guerra, ubicándolo en el terreno de la dialéctica materialista, batallando con Lukács, Sartre, Mandel o incluso Althusser3, y alejándose del camino liquidacionista del marxismo que siguieron otros. Perry Anderson lo clasificaba entonces con razón dentro ese “marxismo occidental” cuyo centro de gravedad se desplazó, tras las derrotas de los años ‘30 y la segunda guerra mundial, de la economía política a la filosofía, siguiendo un movimiento de desconexión parcial, pero tendencial, de la teoría con una implicación militante organizada. Por lo tanto 1968: tercera etapa, o momento, donde su máquina prospectiva se inicia de nuevo, donde la esperanza ha renacido, no solamente bajo la forma de “Gran Rechazo” de las “desesperanzas” (evocación de Benjamin, con la que concluyó, en un gesto de honor, El hombre unidimensional), sino haciéndose eco de la búsqueda de renovación de las dos grandes clases de condiciones para la praxis revolucionaria. Reafirmando, por un lado, la centralidad de la crítica marxista de la economía política, que él extiende al nivel de las condiciones subjetivas, con los esquemas de Eros y civilización, en el sentido de una investigación sobre los “fundamentos biológicos del socialismo”, de los cuales, como en 1932, los Manuscritos de 1844, prolongados por la metapsicología freudiana, otorgan los ejes principales, que se correlacionan ahora con la “nueva sensibilidad” estética de la que el Flower Power era su rostro más mediático.

Su texto de 1969 Un ensayo sobre la liberación, tiene un subtítulo evocador: Más allá del hombre unidimensional. Marcuse retornará regularmente sobre la cuestión estratégica y organizacional, todavía cabalgando entre Marx, el consejismo de Luxemburgo y una forma compleja de vanguardismo, en pos de la reconstrucción de una “base de masas”, la única capaz de transformar la revuelta en una real potencia política coherente, de las que Contrarrevolución y revuelta en 1972, y Actuels en 1974 serán las expresiones. Pero a semejanza de la Nueva Izquierda –precursora del altermundialismo y el anticapitalismo “amplio”– con la que dialoga, no volverá a encarar, de manera sistemática, la cuestión del proletariado, y nunca clarificará su visión de la base material de la estrategia revolucionaria.

 

El peso del factor subjetivo

Sin recaer en las utopías pre-marxistas, Marcuse es, por otro lado y correlativamente, de los que, en las “corrientes cálidas” del marxismo, militaron en favor de la defensa de un gran relato de la esperanza revolucionaria. Su teoría de la utopía concreta, es decir del “fin de la utopía” en el sentido de la desaparición como utopía de un proyecto de sociedad socialista, y al contrario, de la existencia objetiva de las posibilidades reales de su construcción, resuenan notablemente a E. Bloch o al “mesianismo” de W. Benjamin (que constituyeron una pujante inspiración para Daniel Bensaïd en su Walter Benjamin, sentinelle messianique); pero si Marcuse, a diferencia de Benjamin, aún no ha sido objeto de ningún “revival” en el espacio intelectual del último período, tal vez sea precisamente porque su enfoque, punto por punto y explícitamente (aunque en ocasiones tome un aspecto formal y a pesar de su insistencia, a veces, hipertrofiada en el factor subjetivo), se basa en la evolución combinada de las relaciones de clase y de los aparatos productivos del capitalismo. De aquí que el límite de la gran narrativa de Marcuse no es abandonar la dialéctica materialista, sino sobre todo, no estar a la altura de su propia exigencia materialista. Esta es su gran y paradójica lección; muestra retrospectivamente el error que no hay que cometer, y él lo ha cometido con más claridad que los que lo siguen cometiendo hoy: olvidar que la búsqueda materialista científica de qué es el proletariado, en sus estructuras y transformaciones, es la condición de toda elaboración estratégica consecuente y de una visión justa de donde reside su “crisis de subjetividad” y de sus recomposiciones en este plano.

 

De la negatividad a la negación: dar de nuevo un contenido estratégico al gran relato del “fin de la utopía”

“Mi única objeción es que la democracia no existe en ninguna de las sociedades existentes, desde luego que tampoco en las que se llaman democráticas. Lo que existe es una cierta forma muy limitada de democracia, ilusoria, empapada de desigualdad, y las verdaderas condiciones de la democracia están aún por producir. Respecto del problema de la dictadura: sólo he formulado una pregunta, porque no me puedo imaginar cómo podría mutar en su contrario, por vía evolutiva, esta situación de adoctrinamiento y homogeneización casi totales. Me parece que de un modo u otro tiene que producirse una intervención, que de un modo u otro será necesario oprimir a los opresores, pues éstos, desgraciadamente, no se reprimen a sí mismos”4.

 

En su gran lectura de Hegel (en particular de la doctrina de la esencia de la Ciencia de la Lógica) en Razón y Revolución, Marcuse había profundizado la distinción, antimecanicista por excelencia, entre la negatividad objetiva del capitalismo, totalidad estructurada por una serie de contradicciones que se basan, en última instancia, en la contradicción de trabajo y capital; y las condiciones de su negación revolucionaria. Él escribió que:

 

La negación del capitalismo comienza al interior del capitalismo mismo […] Mientras que la revolución depende de una totalidad de condiciones objetivas. Sin embargo, estas condiciones adquieren un carácter revolucionario cuando son guiadas y orientadas por una actividad consciente en pos del objetivo socialista. La transición del capitalismo al socialismo no está garantizado por ninguna necesidad natural, ni por ningún automatismo inevitable5.

 

Poner en el centro de la reflexión esta “actividad consciente” es mantenerse en el terreno, tan apreciado por Lenin y Trotsky, del factor subjetivo. Por lo tanto, si restauramos hoy –en términos de sus propios criterios– la centralidad objetiva del proletariado, y escrutamos cuidadosamente sus recomposiciones subjetivas actualmente ascendentes, entonces el contenido estratégico del “Gran Rechazo” y de su famosa “opresión de los opresores” no puede ser otra cosa que la reactualización de la teoría de la transición revolucionaria por la dictadura del proletariado, junto con la reafirmación y profundización del proyecto comunista.

Fifty years after, Marcuse es apreciado por nosotros de diferentes maneras. Sin haber cedido jamás a la tentación oportunista, con una verdadera altura de miras y en algunas décadas por anticipado, se enfrenta a los retos de la mayoría de la extrema izquierda actual (incluyendo en Europa ciertas tendencias del trotskismo, entre otras), concentrando sus dudas, pero también encarnando sus impasses. Que esta extrema izquierda no esté globalmente a su misma estatura, ni tenga los hombros suficientes para no doblegarse bajo el yugo de su propia descomposición, puede explicar su negativa de enfrentar a Marcuse hasta el momento. A menos que ella ya sepa que Marcuse representaría una mala conciencia, muy perturbadora, ya que merece las mismas críticas que se le han dirigido frecuentemente a él.

 

Traducción: Gastón Gutiérrez

VER PDF

1. M. Van der Linden, Western Marxism and the Soviet Union. A Survey of Critical Theories and Debates Since 1917, Chicago, Haymarket Books, 2009.

2. H. Marcuse, Raison et révolution. Hegel et la naissance de la théorie sociale, París, Minuit, 1968.

3. Ver “Sur le concept de négation dans la dialectique” en Pour une théorie critique de la société, Parangon, Lyon, 1969.

4. H. Marcuse, El final de la utopía, Barcelona, Planeta-Agostini, 1986.

5. H. Marcuse, Razón y revolución, Hegel y el surgimiento de la teoría social, Madrid, Alianza Editorial, 1995.

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