¿Qué hacer contra el macrismo? Peronismo o izquierda

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Una repentina nota que Jorge Alemán publicó en Página/12 polemizando con el FIT, dio lugar a un artículo de Eduardo Grüner, publicado en Topía. Una nueva intervención de Horacio González en La Tecl@ Eñe sirvió para respaldar los argumentos principales de Alemán. El debate se plantea sobre las alternativas políticas al neoliberalismo en el marco de una histórica controversia: la cuestión de las relaciones entre peronismo, clase obrera e izquierda en la Argentina. IdZ decidió publicar parte del intercambio, sumando una posterior intervención de Fernando Rosso y Juan Dal Maso publicada en La Izquierda Diario. De este modo nos proponemos acercar a los lectores el estado actual del debate, que seguramente continuará con nuevas contribuciones.

 Número 36, marzo 2017.

 

***

Una modesta polémica con Jorge Alemán (extractos)

Hablando de frente

EDUARDO GRÜNER

Publicado originalmente en Topía, Un sitio de psicoanálisis, sociedad y cultura, www.topia.com.ar.

 

1.

Conozco un poco a Jorge Alemán, y le tengo genuino aprecio personal. Además, hace ya varios años, cuando él era agregado cultural de la embajada argentina en España, tuvo la gran gentileza de invitarme, junto a otros intelectuales (Horacio González, Germán García y los recordados Nicolás Casullo y Josefina Ludmer), a una discusión con filósofos españoles en Madrid. Fue una experiencia bien interesante, por la cual le estaré siempre agradecido. Me resulta importante empezar por aclarar lo anterior, porque me propongo debatir con cierta firmeza con su artículo publicado hace no mucho en Página/12 (“El momento político del ¿Qué hacer?”). Estoy seguro de que comprenderá que se trata de una discusión política, siempre bienvenida y necesaria entre quienes grosso modo estamos del mismo lado, y mucho más necesaria en estos momentos catastróficos que vive nuestro país y el mundo en general.

Alemán, en su artículo de marras, interpela explícitamente al Frente de Izquierda. De ninguna manera estoy autorizado a responderle en nombre de ese agrupamiento. Lo hago en mi propio nombre, como hombre –o individuo, si se quiere decirlo así– de izquierda que, sin pertenencia orgánica a ningún partido, ha apoyado al FIT y lo seguirá haciendo (sin escatimar las críticas que considere pertinentes, va de suyo) mientras sea, como es hoy, la única voz radicalmente anticapitalista que se escucha en el mayoritariamente mediocre discurso político de la Argentina actual.

Alemán, con –no puedo dejar de decirlo– sorprendente arrogancia, nos indica a los “izquierdistas”, en pocos renglones, lo que debemos leer, pensar y hacer para interpretar y transformar el mundo. Empieza por admitir, eso sí, que “Escuchando hablar a los portavoces del Frente de Izquierda, todo lo que describen del momento político argentino actual se presenta como ‘objetivamente’ cierto” (las comillas en “objetivamente” son de Alemán: ¿querrá decir quizá que es una falsa “objetividad”? ¿Pero entonces para qué tomarse el trabajo de decir que es “cierta”?). Por supuesto, a continuación viene el cachetazo: “Pero de inmediato estas mismas certezas pertenecen a un orden de generalidad del tipo ‘el capital se sostiene de la extracción de plusvalía de la fuerza de trabajo bajo su condición de mercancía’, etc. Son expresiones irrefutables para aquellos que reconocemos en Marx el que desentrañó la ley que rige a la sociedad moderna” (…) “Pero éste es un hecho de estructura que no permite una derivación política inmediata”.

¿En serio que no, estimado Alemán? Si lo que usted quiere decir es que hay una compleja trama de mediaciones entre ese “hecho de estructura” y las acciones políticas concretas que buscan articular las estructuras con las situaciones concretas (a las que Alemán llama “contingentes”, con vocabulario característicamente post), nada que objetar. Pero eso no es lo mismo que decir que del “hecho de estructura” no se produce ninguna derivación política (inmediata o muy mediata que sea). Sí se produce, compañero Jorge: la derivación que se produce es nada menos que la estrategia de estar en contra del capitalismo –del capitalismo como tal, no del capitalismo “en broma” al que se le opone un capitalismo “serio”, como proponía una ex presidente–, y entonces orientar nuestras tácticas y prácticas y nuestras formas organizativas, con todas las adaptaciones necesarias a las benditas “contingencias”, en función de ese objetivo estratégico.

Personalmente, como “marxista” –si me atreviera a llamarme así: es una calificación muy seria, por eso ahora yo uso las comillas– me considero muy heterodoxo, a lo mejor demasiado para el paladar de muchos otros marxistas. Soy de los que piensan, por ejemplo, que de ninguna manera basta con el marxismo (o con el psicoanálisis, para el caso) para entender el mundo –aunque sin él el mundo se vuelve totalmente ininteligible–, e incluso que siempre habrá vastas porciones del mundo que permanecerán incomprensibles. Más concreta y cercanamente, soy de los que piensan, por ejemplo, que la Resistencia Peronista fue uno de los puntos más altos de la lucha de clases en la Argentina del último siglo (junto con el Cordobazo), aunque a la larga haya sido desviada hacia objetivos de bonapartismo burgués. Pero una “ortodoxia” a la que no puedo renunciar es el anticapitalismo. Desde ya, no es obligatorio ser de izquierda, pero el que quiera serlo –y sobre todo si empezó por admitir la verdad de los “hechos estructurales” que develó un Marx, para más suscribiendo la célebre frase de Sartre sobre la “filosofía irrebasable” de nuestro tiempo– tiene que admitir que ese objetivo, se logre o no en el mediano plazo o alguna vez (la adscripción a la izquierda no es una mera cuestión de eficacia pragmática ni de optimismo ingenuo), es irrenunciable. No es precisamente lo que estuvieron haciendo los eternamente renunciantes populismos (él los llama “de izquierda”, con considerable laxitud) que para Alemán constituyen el “único modo de indagar la lógica emancipatoria aún por venir” (sí, dice único: rara defensa del “rasgo unario” para un lacaniano, y raro dogmatismo para quien acusa de dogmática a la izquierda). Pero, ¿a quiénes se refiere? ¿A Syriza, a Podemos, al kirchnerismo? ¿En serio, Alemán?

Sí, parece decirlo en serio, e incluso como psicoanalista. Porque a continuación leemos, no sin azoro, que “El momento político del ¿qué hacer? es inevitable. Y siempre, de algún modo vivimos bajo el duelo de esa pregunta”. ¿El duelo? Aparte de que no se ve bien a qué viene el tecnicismo divanesco, cabe preguntarse quién se nos murió, o qué objeto de deseo perdimos irrecuperablemente que nos haya sumido en su melancólica sombra.

En todo caso, lo que sigue es apabullante (“apantallante”, solía decir mi abuela, para indicar estado de sofoco): “El Frente de Izquierda no parece reconocer ese duelo, cuestión crucial, especialmente cuando el neoliberalismo ha logrado superar la ‘alienación’ y ya produce subjetividades a su medida” (otra vez, las comillas en “alienación” son de Alemán). Juro que he leído este párrafo una y otra vez, y no logro que entre en mi dura cabezota. Tal vez haya un problema de redacción, pero, vamos a ver: producir “subjetividades a su medida”, lejos de ser una “superación”, ¿no es el colmo de la alienación (sin comillas)? ¿O se trata de alguna forma inédita de la hegeliana Aufhebung? Eso, para no mencionar que lo de producir “subjetividades a su medida” está lejos de ser una novedad –aunque, admitidamente, en el capitalismo tardío ha alcanzado profundidades abismales, como ya lo habían teorizado Adorno y Horkheimer en la década de 1940–: ese es el gran descubrimiento del fetichismo de la mercancía de Marx que Alemán había empezado por reivindicar. Y es de 1867. Y es válido para todo el capitalismo, no solamente para el “neoliberalismo”. Esto es importante aclararlo porque en ese modo de enunciación me parece redescubrir el viejo truco (bah, no tan viejo: tendrá una docena de años) de aislar al “neoliberalismo” del resto del capitalismo, generando formatos “buenos” y “malos” del Capital.

Con lo cual –me precipito sobre otra acusación, ciertamente nada original, que nos hace Alemán a los “izquierdistas”– no estoy diciendo que todos los formatos capitalistas sean iguales, ni que lo sean todas las formaciones o partidos políticos que responden a esos diferentes formatos. ¿El Welfare State de Roosevelt no era lo mismo que el totalitarismo nazi? Chocolate por la noticia. Mal podría la izquierda tener ninguna estrategia política si pensara eso. Pero tampoco podría tenerla si pensara que uno es capitalista y el otro no. Mutatis mutandis, por supuesto que la izquierda no “homologa el kirchnerismo, Massa, Macri, como representantes de los mismos intereses del capital y la burguesía”, como quiere creer Alemán (que ha escuchado –mal– a los “voceros” –fea palabreja burguesa– del Frente de Izquierda, pero evidentemente no ha creído que valiera la pena perder tiempo en leer sus copiosos materiales teórico-políticos, lo cual lo lleva, pese a su probada inteligencia, a repetir los prejuicios y lugares comunes del manual K contra la izquierda): se trata de diferentes formaciones políticas que responden a diferentes fracciones del Capital, y no da lo mismo que gobiernen unos que otros. Lo cual no significa que se pueda naturalizar el manifiesto absurdo de demandarle a la izquierda que apoye, o que vote, a una de esas fracciones contra la que sería presumiblemente peor. Es decir, que renuncie a tener una política propia consistente con el objetivo estratégico de pelear contra todas las fracciones del Capital, sin mella de reconocer sus diferencias y adecuar a ellas las debidas “contingencias” (dicho sea de paso, Alemán hubiera tenido un argumento más sólido –no digo que del todo correcto– si nos hubiera pedido que distinguiéramos entre las bases sociales de esos partidos: pero ya se sabe, la lógica populista suele ir de arriba hacia abajo, empezando por los aparatos antes de llegar a las masas).

Porque, a propósito de tales distinciones, Alemán sí nos pide –no muy cortésmente, a decir verdad– que reconozcamos “la política de la memoria llevada adelante en los años kirchneristas, política que no encuentra ningún caso similar en el mundo”. Pero sí, Alemán, lo reconozco, créame. Aunque no me privo de decir que, ya que se hizo ese gesto inédito, se podía haber llevado más a fondo, para incluir no solo a todos los directamente represores sino a tantos empresarios, ex funcionarios civiles o dignatarios eclesiásticos cómplices que caminan tranquilamente por la calle. Pero, bueno, se me dirá que no se puede todo, que siempre faltará algo. Pongamos. Pero entonces no mencionemos solo lo que faltó y hablemos de lo que hubo.

Porque Alemán solo menciona la “política de la memoria” (curiosamente, no cita ninguna otra virtud, que debe existir, de “los años kirchneristas”), pero omite otras “contingencias” que permitan balancear más equitativamente los dichos años: digamos, los negocios con Monsanto, Chevron o la envenenadora Barrick Gold; o la subordinación a los fondos buitres; o la salvaje represión a los qom y muchos otros episodios similares, o el Proyecto “X” y la Ley Antiterrorista (una “liviana herencia” que el actual gobierno, más brutalmente represivo, ya sabrá aprovechar). O Berni, Milani, etcétera. O la lógica política – que lo es también de clase, disculpando otra vez la “ortodoxia”– que remató en las candidaturas del FPV que, en no menor medida, condujeron al impasse catastrófico que le dio el triunfo al macrismo. O, acercándonos más a la actualidad, el hecho flagrante (¿será también él “estructural”?) de que una buena parte de los representantes parlamentarios del FPV, junto a los del PJ, los del FR y la inefable burocracia sindical, son (“objetivamente”) los garantes de la “gobernabilidad” de la derecha macrista. Diferencias, pues, claro que las hay. Hasta que llega el momento de levantar todos juntos la manito en defensa de los intereses de la clase dominante en su heteróclito conjunto.

¿Es con todo eso que Alemán nos demanda que hagamos alianza (es cierto que tiene la delicadeza de añadir: “crítica”)? Lo siento, pero no se puede. Sería renunciar a demasiados principios, hetero u ortodoxos. Al menos de la manera en que el autor parece sugerirlo (si bien sin explicitar las consecuencias de esa sugerencia, consistentes en que la izquierda debería subordinarse al kirchnerismo, lo cual es francamente desopilante). Otra cosa sería hablar de alianzas de hecho y por abajo, en el movimiento de masas, en torno a luchas concretas (“contingentes”, si se quiere) que signifiquen “objetivamente” un avance de ese movimiento, o por lo menos una defensa efectiva contra el avance de la derecha. Nuevamente: chocolate por la noticia. Eso siempre se ha hecho –en las fábricas, los barrios, las universidades, lo que sea– sin pedir credenciales ideológico-partidarias a nadie; y es desconocer (que no es lo mismo que “ignorar”, como bien saben los psicoanalistas) la trayectoria de la izquierda decir lo contrario. Si es esto lo que Alemán quiere decirnos con lo de “reconocerse en sus distintos legados, herencias y linajes simbólicos”, que se despreocupe: está hecho.

 

2.

Sin embargo, Alemán no cesa de no inscribir su desconocimiento –él me disculpará el chiste lacanioso– y de darnos lecciones de marxismo renovado. Nos explica, por ejemplo, que “la lucha de clases no existe de un modo natural y endógeno en el interior del Capital. Hay que construirla políticamente sobre los antagonismos instituyentes que siempre son contingentes  y no se dan necesariamente de forma mecánica”. Más chocolate, y ya estamos al borde de la indigestión: hemos aprendido que hay que llevar a cabo el análisis concreto de la situación concreta, cosa de la que Lenin ya nos había prevenido en 1916, o más filosóficamente, que hay que pasar del en-sí al para-sí, cosa de la que Lukács ya nos había advertido en Historia y Conciencia de Clase, en 1924.

En fin, ¿cuál es la grave consecuencia de esa completa incomprensión que, según Alemán, la izquierda tiene del marxismo? Entre otras, que ella cree “representar directamente a los trabajadores, sin mediación política alguna en la “evidente” lucha de clases” (¿necesito repetir que las comillas en “evidente” son del autor?). Aquí ya la renegación –espero estar usando bien ese concepto freudiano- es entre alarmante y desopilante: ¿Sin mediación política alguna? ¿Lo dice de verdad, Alemán? ¿No ha notado usted que el Frente de Izquierda está conformado por partidos políticos, que participan en las elecciones? ¿No ha observado que tiene diputados en el Congreso Nacional, así como representantes en las legislaturas de varias provincias, incluyendo la CABA? Y a propósito, otra “excepcionalidad” argentina de la que Alemán podría tomar nota es que es el único país del mundo donde la izquierda radical anticapitalista tiene tantos legisladores.

Por supuesto que la izquierda –esa es su diferencia específica- no se limita al juego electoral o parlamentario formal (clásicamente denominado “cretinismo”) en las instituciones burguesas, sino que procura construir desde las bases, con su participación física en la (sí, sí) lucha de clases, organizaciones de la clase obrera y los sectores populares, independientes de los partidos del sistema. Eso no es “representar directamente a los trabajadores”: en primer lugar, porque muchísimos de los/las miembros de las organizaciones que conforman el FIT son trabajadores/as (también, claro, los hay estudiantes, empleados, docentes o intelectuales, que quizá no sean, en sentido estricto, proletarios, pero no por eso dejan de trabajar y por lo tanto de ser explotados), y que no necesitan ser “representados”, pues se presentan a sí mismos en las luchas. Esto se combina, cómo no, con aquellas formas de “representación” clásicas (los diputados, etc.), que en todo caso “representan” a esas luchas, como su cara públicamente visible. Evidentemente, Alemán, no tenemos la misma idea sobre el concepto de representación. Ni tampoco la misma idea de lo que es una “amenaza real para el sistema” (que usted, ya rayando en la ofensa gratuita, afirma que la izquierda no puede serlo: será por eso que en este país hay tantos desaparecidos y asesinados de ese lado). No nos aclara, en cambio, quién  sería una amenaza real para el sistema: ¿tal vez Scioli, a quien se instaba a la izquierda a votar?

Pero la cátedra no termina ahí. En su afán de instruirnos,  Alemán nos manda leer -caramba, no se nos había ocurrido- a Gramsci y a…Laclau, para que aprendamos de una vez por todas el arte de la construcción de una “clase hegemónica” (dice así, créase o no). Dan ganas de ponernos tan arrogantes como él y recomendarle la lectura, si no directamente de los Cuadernos de la Cárcel, del estupendo libro sobre Gramsci que acaba de publicar Juan dal Maso. Allí tal vez podría advertir, no sin algún sobresalto, que, con todas las complejidades y “aperturas” de su noción de hegemonía, el gran sardo jamás renunció a la idea de la lucha de clases, e incluso de dictadura del proletariado.

Tampoco, obviamente, a la de relaciones sociales de producción (son todas cosas que Alemán insiste en escribir entre comillas: nosotros no). Digo esto porque otra cosa que se nos viene a enseñar es que la construcción de la famosa clase hegemónica “no emana directamente de las “relaciones sociales de producción” y que exige la articulación de una voluntad popular, que excede el marco de la relación capital-trabajo y que incluye exclusiones, segregaciones, inmigrantes, desempleados estructurales de tipos diversos”. Pero claro que sí, Alemán, todas esas cuestiones están implicadas, y ni siquiera su des-conocimiento sería suficiente para negar que la izquierda trabaja permanentemente sobre ellas. Lo que no se entiende es por qué ellas no tendrían que ver, o excederían, la relación capital-trabajo (le recuerdo, de todos modos, que un exceso no elimina aquello que excede). Una cosa es decir que las cuestiones nacionales, o de género, o étnico-culturales, o de las marginalidades migratorias –todas ellas en la primera página de la agenda de la izquierda-, tienen una autonomía relativa (que, me permito de nuevo recordar, quiere decir “en relación con”) respecto de las relaciones de producción en el sentido, digamos, técnico de la expresión. Pero resulta que, para el marxismo, esa expresión no es puramente “técnica”, sino que es la lógica fundante del funcionamiento objetivo y subjetivo del sistema (es usted, Alemán, y no yo, el que empezó su artículo mencionando la plusvalía y el fetichismo de la mercancía, que algo deben tener que ver con las relaciones de producción).

Entonces, bajo la lógica mundializada del sociometabolismo del Capital (como la llama Meszarós), indefectiblemente todas las cuestiones –incluso aunque algunas de ellas puedan ser históricamente anteriores al capitalismo- se intersectan con la relación capital-trabajo, lo cual no es equivalente a decir que pueden reducirse exclusivamente a ella (y a esta altura, me niego a seguir ingiriendo chocolate). Ella es la raíz misma del sistema, y ser de izquierda radical, como decía Marx, es justamente ir a las raíces. ¿Por qué decir esto es importante? Porque una cosa sobre la que Alemán no nos instruye es alrededor de cuál eje se va a articular la famosa construcción de la voluntad popular para que su acción suponga una transformación cualitativa (obsérvese que somos prudentes con el vocablo “revolución”) del sistema, y no una yuxtaposición “rizomática” de conflictos localizados, cada uno de los cuales, sin aquel eje, efectivamente no serían una “amenaza real”. Es decir: nos habla de la construcción de la “clase hegemónica”, pero evita prolijamente decirnos cuál es.

 

3.

Claro que esta es una petición de principios injusta para hacerle al autor, ya que él nos insta a construir “una mayoría popular capaz de gobernar en un sentido contrahegemónico al poder neoliberal”. No, otra vez, al poder capitalista. El tema viene a cuento a propósito de la (esperable) referencia de Alemán a Laclau. También a él lo conocí un poco, y siempre me pareció un tipo macanudo. Ni hablar de su inteligencia. Esa no es la cuestión. La cuestión sería hacer la crítica –“constructiva”, como se dice- de la teoría de Laclau para mostrar por qué ella no es apta para la praxis de la izquierda radical. Para ello conviene correrse del lugar común “politológico” según el cual el concepto laclauiano de populismo es tan elástico que termina calificando a la política en general, con lo cual el “populismo” –incluyendo su compleja historia conceptual que arranca de los narodniki rusos del siglo XIX- pierde incluso su ya lábil especificidad. Esto es todo muy cierto, pero es una crítica más bien superficial por su obviedad.

Es más interesante explorar las insuficiencias del arsenal teórico más abstracto del autor: cosas como Significante-Amo (que deforma reductivamente la categoría de Lacan, confundiendo el Significante-Amo con el Significante –cualquiera- como Amo, en un tributo super-post-estructuralista al textualismo, algo que, con su teoría de lo real, Lacan jamás hubiera podido aceptar), o Significante Vacío (que violenta desaprensivamente el significante flotante de Lévi-Strauss), o Desarrollo Desigual y Combinado (una versión jibarizada y para colmo inacreditada de la teoría de Trotski, absolutamente inadaptable desde una perspectiva teórica populista), o Hegemonía (un abuso de la difícil categoría gramsciana), y así siguiendo. Ese análisis podría captar la contradicción básica en la lógica de Laclau: por un lado, todas esas categorías –aún “abusadas”- deberían servir para mostrar la falacia (ideológicamente interesada, desde ya) de confundir el marxismo –ese modo de producción permanente de praxis crítica, como me gustaría llamarlo- con un recetario dogmático y mecanicista de respuestas dadas de antemano para cualquier cosa, como resultó “degenerado” principalmente (aunque no únicamente) por el estalinismo; por el otro, en cambio, Laclau rehúsa incluir esas “aperturas” críticas en el corpus –siempre abierto- del marxismo, y prefiere llamarlas post-marxismo (conservando pues, pese a todo, el “Significante-Amo”, quizá como testimonio de “la vergüenza de haber sido y el dolor de ya no ser”). Con lo cual abona aquella interesada confusión y retrocede, en efecto, a un pre-marxismo en perpetuo riesgo de deslizarse al anti-marxismo.

Esto está claro en el hecho de que algo tan marxistamente decisivo como la lucha de clases termina siendo uno más de esos points de capiton (otra precipitación seudo-lacaniana), en una dispersión rizomática impotente para la construcción de una estrategia consecuentemente radical  (en el sentido que decíamos antes). En efecto, la radicalización de la democracia puede –y quizá debe- ser un momento constitutivo central del proceso político emancipatorio; pero la paradoja es que, si nos acantonamos en él como objetivo final, nos sustraemos a la plena radicalidad del proceso completo –que es la eliminación del Capital, por más “democrático” que jurídicamente sea su régimen político circunstancial-, y entonces ni siquiera la actual democracia puede ser realmente “radicalizada”: esta es la cara dialécticamente negativa del Desarrollo Desigual y Combinado, cuya traducción política es la revolución permanente, vale decir, en este nivel de análisis, el movimiento perpetuo de destotalización / retotalización del movimiento hacia la reapropiación de la realidad por parte de la sociedad sin clases, movimiento que es lo único que merece recibir el tan noble y tan bastardeado epíteto de “comunismo”.

No debería hacer falta aclarar nuevamente –pero lo hago por si acaso- que esa centralidad de la lucha de clases de ninguna manera excluye la especificidad, o la “autonomía relativa”, de las otras “locaciones” del conflicto político, social o ideológico-cultural: sencillamente les otorga un nudo articulador necesario, puesto que es, nuevamente, la “cuestión” cuya lógica apunta a la supresión de la lógica del Capital.

Y una aclaración más: en el marco de aquel movimiento de “revolución permanente”, no hay para el marxismo un “sujeto” ontológicamente pre-formado o “sustantivado”: más allá de su definición estáticamente sociológica, el proletariado –que pasa por ser tal sujeto ontológico en las vulgatas dogmáticas tanto como en las burlas de la derecha- se constituye como tal, construye progresivamente su para-sí, en el proceso mismo de la lucha de clases, proceso de constitución que solo puede completarse en la sociedad sin clases, es decir cuando ya no tiene sentido hablar de “proletariado” en oposición a “burguesía”. En todo caso, en el marxismo no se trata de un “sujeto” en el sentido, digamos, individualista-cartesiano del concepto: el “sujeto” del marxismo es un proceso histórico, que se llama lucha de clases. Con todo lo cual –si se me permite una boutade módicamente provocativa- se concluye que el marxismo bien entendido es infinitamente más “postestructuralista” que cualquier cosa que puedan decir Foucault o Derrida.

Ahora bien, un poco más arriba usé la expresión destotalización / retotalización. No hace falta recordar de dónde sale. El propio Alemán cita esa fuente. En efecto, Sartre culmina, y en cierto modo hace recomenzar, en los años 60, una larga y riquísima tradición del “marxismo occidental”, que una y otra vez ensaya una permanente renovación del marxismo, en combate decidido contra sus dogmatismos, sus “congelamientos”, y sus tendencias a encerrarse en un monólogo consigo mismo. Ahí están los Cuadernos de Gramsci, Marxismo y Filosofía de Karl Korsch, El Espíritu de Utopía o El Principio Esperanza de Ernst Bloch, Historia y Conciencia de Clase de Lukács, las Tesis de Filosofía de la Historia de Benjamin, todo el inmenso periplo de la primera Escuela de Frankfurt, Las Aventuras de la Dialéctica de Merleau-Ponty, El Marxismo Soviético de Marcuse, y así. Y por supuesto la monumental Crítica de la Razón Dialéctica de Sartre. Es en efecto Sartre el autor de la idea, no  citada por Alemán, de que ir más allá del marxismo suele ser una buena excusa para quedarse más acá de él –por lo visto Sartre, en 1960, ya sabía mucho de “postmarxismo”-. Y también es él el que escribe esa frase (sí citada por Alemán) a propósito del marxismo como “filosofía insuperable de nuestro tiempo”. ¿Quiere decir que se agota, con el marxismo, toda posibilidad de pensamiento crítico? Claro que no: solo (¡solo!) quiere decir que, mientras exista el capitalismo, el recurso a la teoría (y a la práctica) que con mayor profundidad y consistencia ha calado a fondo en la crítica del Capital, es también él absolutamente irrenunciable.

 

4.

Claro está que esa teoría, siendo necesaria, no es forzosamente suficiente, ni mucho menos eterna, o hecha de una vez para siempre: es perpetuamente “corregible”. Y lo es porque, al igual que el psicoanálisis, el marxismo es una teoría de su propia práctica. Por eso, entre otras cosas, su “materialismo” es histórico: sus grandes postulados teórico-filosóficos son básicamente, con toda su complejidad, una guía para la acción, y no meras hipótesis formales que podrían o no refutarse con hipótesis “mejores”. Es ese movimiento permanente de auto-reconstrucción lo que Sartre expresa con su famoso método “progresivo-regresivo” de totalización / destotalización / retotalización, sorteando así la trampa ideológica de la falsa Totalidad cerrada de la que hablaba Adorno, pero al mismo tiempo no renunciando al horizonte de la totalidad –con minúscula-, como quisieran esas teorías “rizomáticas” que postulan una inasible diseminación de fragmentos (o de points de capiton, tanto da), con los cuales el Capital puede convivir alegremente, puesto que no ponen en cuestión su núcleo, y ocultan su fractura básica encarnada en la lucha de clases. Porque, en última instancia, ese es el rol final de la llamada “ideología dominante”: ocultar la hendidura fundacional de lo real del capitalismo –su inconsciente político, como diría Fredric Jameson-. Ocultar que, en definitiva, la totalidad es el modo de producción y sus relaciones sociales, y que sin su transformación radical toda mejora parcial (siempre bienvenida, queda sobreentendido) podrá ser anulada por un nuevo empeoramiento: ¿cuál es, si no, la lección política de la Argentina de hoy mismo?

Por otra parte, Alemán, que tanto nos catequiza, podría explicarnos cómo se casan las posiciones postmarxistas laclauianas –tan tributarias de esas diseminaciones postestructuralistas- con las de Freud o Lacan, que por definición jamás podrían renunciar a esa fractura básica representada por el sujeto dividido, que ciertamente no es lo mismo que fragmentado (el postmarxismo, como se ve, no solo es contrario al marxismo, sino también al psicoanálisis).

El escamoteo de esa fractura, en el marco de una multiplicación no jerarquizada de los points de capiton dentro de los límites del capitalismo, solo puede tener un resultado: la deriva del poder hacia aquellos que estén en mejores condiciones de capturarlo, a saber, esta o aquella fracción de las clases dominantes, en conjunción con el Estado, malgré Foucault y Cía. No vamos a repetir que no es lo mismo que sea “esta o aquella” fracción. Lo que nos interesa subrayar es que cualquier clase de “frentismo” con una de esas fracciones (aun cuando fuera una presuntamente “desarrollista” burguesía nacional, a la cual tendrán que indicarnos dónde encontrarla en la era del Capital mundializado) solo sirve para secuestrar la sacrosanta “voluntad popular”, impidiendo que la clase obrera y el pueblo desarrollen su propia acción autónomamente.

Es lo que hacen sistemáticamente los populismos estatalistas, incluido el último. El fracaso de esas posiciones en las elecciones de hace un año, repitámoslo, no se debió únicamente a un “error táctico” en la selección de los candidatos, a las corruptelas de funcionarios, etcétera: acantonarse en esa pobre “autocrítica” es des-responsabilizarse de la perspectiva de clase que supone el populismo, incluido el “de izquierda”, cuando sobredimensiona la independencia del Estado, olvidando su rol (más o menos directo, indirecto o “mediado”, según la fracción gobernante) de reproductor político de las relaciones de producción (sí, las relaciones de producción) dominantes.

Ya que Alemán nos recomienda lecturas, es difícil resistir la tentación de sugerirle que él también “se de una vuelta” por el XVIII Brumario de Marx –que lo ayudaría a meditar sobre lo que se llama bonapartismo– o varias cosas de Lenin o Trotski. Aunque, por supuesto, ya lo hizo: desde el propio título de su artículo –y un par de otras veces en el texto- se permite citar, interpreto que no sin intención irónica, el canónico Qué Hacer de Lenin; lástima que la intención le haya impedido leer la respuesta que el autor de ese texto da a su propia pregunta: construir el partido revolucionario. Y esa es una tarea que ninguna acumulación de “contingencias” podrá resolver: se requiere una estrategia más “estructural”.  Cualquiera está en su derecho de discutir o redefinir esa respuesta, así como el propio concepto de revolución, o lo que sea. Pero siempre conviene que alguien que escribe y/o habla, se haga cargo de los significantes que usa, que no siempre son vacíos ni flotantes: ¿o es que necesitaremos recordarle a Alemán que la lengua también tiene historia? No lo creo.

Comoquiera que sea, lo a largo plazo más preocupante del texto de Alemán es que sintomatiza inmejorablemente lo que en alguna parte me atreví a bautizar como repetición novedosa. Los psicoanalistas saben mucho más que yo de esto; pero mi fuente no es tanto Freud o Lacan, sino Sören Kierkegaard, quien a mediados del siglo XIX explicó que una auténtica repetición es aquella que precisamente se le aparece al sujeto como una novedad. La historia política argentina es un repertorio inagotable de semejante síndrome. Cada vez que se agota la paciencia ante un gobierno de derecha, se nos pide apostar a alguna forma de “centrismo” más o menos socialdemócrata, progresista, nacional-popular o lo que fuere. Eso fue Frondizi, hasta los contratos petroleros. Eso fue a su modo Illia, deslegitimado por la proscripción del peronismo. Eso fue el camporismo, hasta que el General llegó y “mandó parar”. Eso fue el alfonsinismo, hasta que perdió su santidad en Semana Santa. Eso fue el Frepaso, hasta que el Chacho se fue a su casa sin dar pelea. Y eso fue, claro, el kirchnerismo, hasta que lo frenó el “viento de frente”. Es decir: cada vez una frustración y una vuelta a empezar, siempre cercados por los límites de (perdón) clase, con “modelos” que en el mejor de los casos se detienen ante ¿adivinen qué? Las benditas relaciones de producción dominantes. ¿Por qué, con qué nuevos-repetidos argumentos habría que imaginar algo diferente para el presunto Frente Ciudadano o algo similar, si es que llegara a constituirse (de lo cual confieso que tengo serias dudas)? No, estimado Jorge: es hora de apostar a alguna novedad no tan repetitiva.

¿Será eso el Frente de Izquierda? Sinceramente, no lo sé. No es que me obceque en que lo sea, es tan solo que por el momento no se ve nada más en el horizonte que suponga esa auténtica novedad. Soy consciente de las dificultades, límites, contradicciones y tensiones internas que atraviesan al Frente (tal vez el Frente tiene problemas de fondo, como reza un candombe uruguayo referido a otro Frente, el Amplio). Pero la apuesta “pascaliana” a la única voz que postula, y actúa en consecuencia, aquella transformación radical, organizada desde abajo, con toda la pluralidad de “identidades” y cuestiones “contingentes” que sea necesaria, pero liderado por la clase obrera y los sectores populares con independencia del Estado y de todos los partidos del sistema, con el objetivo estratégico del socialismo, esa apuesta, digo, sostenida con todo el pesimismo inteligente y el optimismo voluntarioso (ya que tanto se habla de Gramsci), es la que se puede permitir decir que no es, en nuestro país, una repetición. Alemán nos invita a “juntarnos”: y bien, bajo estas premisas la izquierda, estoy seguro, tiene sus fraternales brazos abiertos.

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Sobre la polémica Alemán-Grüner

De mi parte

 HORACIO GONZÁLEZ

El artículo fue originalmente publicado en La Tecl@ Ñ, www.lateclaene.com, el 16/02/17.

 

He leído en las páginas de Topía la respuesta de Eduardo Grüner (“Hablando de frente”) a Jorge Alemán (al artículo de éste que salió hace semanas en Página/12 (“El momento político del ¿Qué hacer?”). Me gustaría agregar algunas consideraciones por apreciar a los dos escritos de gran interés, sin pasar por alto algunas cuestiones de estilística polémica, que también importan. En cuanto a esto: no vi ninguna falta de respeto en Jorge Alemán en su forma de dirigirse a la izquierda, ni el intento de enviarla hacia lecturas complementarias o dar lecciones que nadie le pide. Creo que debemos comenzar por reconocer lo genuino de la discusión. Veo en ella una de las pocas oportunidades de proseguir con la ardua tarea de revisar o reponer un cuerpo de ideas críticopolíticas que puedan desentrañar más agudamente la grave situación mundial y nacional. Aparece de inmediato la cuestión de la alienación. Desde luego, es un punto de vista que no puede ser descartado fácilmente. Cuando se señala hacia el clásico concepto de alienación se parte de la extrañación hegeliana que abarca toda la historia del sujeto, y se la corrige con una característica del capitalismo que del joven Marx, al Marx de El capital, significa un apropiamiento de la existencia real productiva de los colectivos laborales, que se convierten en proletarios al quedar solo como propietarios de la fuerza de trabajo, que con su porción no remunerada sostienen el excedente o acumulación capitalista.

Si escribo de memoria estos obvios conceptos –sin saber si los recupero con fidelidad, en todo caso, siempre con interés hacia ellos–,es porque ensayo también que me suenen, me impliquen o me reverberen de modo a dirigirme hacia lo que el propio Marx pensaba, siempre según mis recuerdo de lectura –no volví a los textos, o escribía esto o me ponía a estudiar otra vez–. Desde el punto de vista del pensar concreto Marx llamaba ir de lo concreto a lo abstracto y de lo abstracto a lo concreto. Situación en la que luego de dar esos tres pasos científicos o metodológicos, se llegaba otra vez, pero más enriquecidos, a lo concreto. La expresión que utilizaba era volver de nuevo a la población, a lo que entonces sería, recuerdo bien la frase, un retorno en el que encontraría “su rica totalidad”. No veo mal definir la discusión entre Eduardo Grüner y Jorge Alemán –el primero es el que recogió el guante–, como una discusión sobre esa rica totalidad. Cuando Marx vuelve a la “población” –no nos preguntemos ahora sobre la raíz última de este concepto tan antiguo–, la enriquece analíticamente con reflexiones que ordenan su condición heteróclita con ideas como mercancía, lucha de clases y alienación, esta última anterior al Capital, pero que allí late no tan secretamente. Lo que se aliena es el trabajo, es claro, lo cual pertenece a una dimensión colectiva, a un cuerpo activo que sin embargo está dominado primero por la maquinaria fabril y luego por un sistema de horarios, órdenes, procedimientos, disciplinas, etc., que han mutado históricamente y se puede preferir, como no, ver estas mutaciones en la “era del neoliberalismo” como derivaciones más complejas aún, de lo que vio Marx en su momento respecto a la plusvalía.

Veo el mismo problema que ve Alemán en el modo que Marx trata en El Capital el pasaje de esta estructura productiva a la conciencia de clase y de ahí a la formación de partidos de izquierda. El problema tiene estatura clásica y no me equivoco al decir que fue reconocido por Lenin, Lukács, Gramsci, en fin, por todos los que se preguntaron, por más tímidamente que fuera, por qué razón Marx apenas insinuó la cuestión de las clases sociales en El Capital sin integrarla a su gran análisis de la acumulación primitiva, la formación del proletariado despojado, los enclaustramientos rurales expulsando campesinos, etc. ¿Hay un vacío entonces entre una “experiencia real operaria” y el modo de producción capitalista? Es claro que la hay, sin ir más lejos, es el único tema vigente en la Crítica de la Razón Dialéctica de Sartre, que entre tantos otros conceptos, lo llamó “rareza”. El mismo Althusser vio la “brecha”, con perdón de este concepto, al postular que hay un modo de producción capitalista y “formaciones económicos sociales”, que deben entenderse como un ámbito de mayor historicidad, por lo menos, la que podía tolerar el propio Althusser. Y no es novedad que el propio Marx lo percibe al indicar cómo deben leer los obreros reales su libro: comenzando no por lo “abstracto” del fetichismo de la mercancía, sino por lo concreto histórico, de cómo funciona una fábrica, cómo se creó históricamente, es decir, aprendo lo que podríamos llamar “historia social de inglesa”. Comprendo el momento político del ¿qué hacer? que menciona Alemán de esta manera: se trata precisamente de situar de dónde proviene la conciencia propia de los ámbitos proletarios, y la respuesta de Lenin citando en ese momento a Kaustky (siempre recurriendo a mi memoria) dice que esa conciencia precisa de un previo estadio de configuración intelectual, teórica y conceptual, tiene una “exterioridad constitutiva” si lo hacemos hablar a Lenin con el lenguaje de Laclau. Y por eso, el partido debe superar el empirismo, el economicismo y apelar a armazones previas, que si no recuerdo mal, llama organizadores o “andamios colectivos”, en ese momento los periódicos partidarios, Iskra, que se hacía en el exilio. Hoy diríamos lo mismo, pero deberíamos agregar como dilema que causa vasta perplejidad: ¿qué tipo de organizador colectivo son la televisión, Facebook, Instagram, los twiters, etc., cambia o no la cuestión de la conciencia social?

Con toda estima, Eduardo, no veo problemas en la frase de Jorge –estamos hablando entre amigos, lógicamente– en la cual se dice que “de algún modo vivimos bajo el duelo de esa pregunta (la del qué hacer). El Frente de Izquierda –prosigue Jorge–, no parece reconocer ese duelo, cuestión crucial, especialmente cuando el neoliberalismo ha logrado superar la ‘alienación’ y ya produce subjetividades a su medida. El Frente de Izquierda elude esta cuestión situándose como representando directamente a los explotados y eludiendo cualquier lectura política de lo que implica la estructura actual del poder neoliberal contemporáneo”. Veo sí que debemos proseguir esta discusión, incluso advirtiendo que el empleo de la palabra “duelo” es para cuidar la discusión, no para destilar cierto elegante desprecio irónico llamándola frase de diván. Palabra que emplea Eduardo. No era necesario, porque estamos hablando de personas serias, que sabemos lo que es el psicoanálisis, que Jorge lo es, que Eduardo no, ni yo tampoco, pero que algo sabemos, además de Eduardo escribir y ser parte muchos años de la gran revista Conjetural, que renovó, con otras, nuestro medio intelectual, y algo más: duelo es gran concepto. Tiene muchas derivaciones, y si me pongo estricto, traduce un modo mismo de pensar, y precisamente un modo crítico que involucra un enfrentamiento singular con posibilidad de muerte o reparación honorífica. Si lo presentamos en relación al modo de pensar la política en su condición dramática real, el duelo es concepto imprescindible. En todo sentido, es una discusión que pertenece a la historia de las izquierdas. Me aparto un poco del modo que la usa Jorge y el modo en que la critica Eduardo, pero no del modo en que en el marxismo apareció el tema. Cierto que Marx era contrario al duelo, pero era una discusión con los socialdemócratas alemanes como Lasalle. Tendría razón Marx en ese caso, pero convengamos que el mismo debate Grüner-Alemán es una forma de duelo si lo tomamos como modelo polémico entre una tipología de izquierdas y… ¿como diría?, “otra tipología de izquierdas”.

Duelo, tal como lo propone Alemán, sería seguir la ruta histórica de las dificultades por la cual el hacer siempre registra intervalos difíciles de definir o conceptualizar entre el capitalismo como concepto múltiple (económico, político, cultural, comunicacional), y el sujeto activo, sea cual sea su condición laboral. La alienación es un concepto vinculado al duelo, en este caso de una manera específica que diferencio de la que dice Jorge: un arrebato que agrega opacidad y dificulta la comprensión sobre la racionalidad en sí y para sí; revela que lo que llamamos sujeto nunca estabiliza su auto-comprensión, ya sea por exceso (duelo) y ya sea por carencia (alienación). Sacando esto de lado, que es otro tema, entiendo perfectamente qué se quiere decir con la frase “el neoliberalismo superó la alienación y fabrica sujetos”, es decir, subjetividad a su medida. Esto no involucra escindir capitalismo y neoliberalismo, pero no son instancias semejantes. Revisar las tesis sobre la alienación no es nada nuevo; sin olvidar que el propio Marx tuvo una tendencia a hacerlo. Pero podemos recordar Historia y conciencia de clase de Lukács, que luego termina afirmando que postuló una conciencia proletaria apriorística, para escapar del economicismo, pero recayendo en un error “idealista”, aunque creo que no lo dijo así. Lo cierto es que quien dice alienación trata con una conciencia originariamente mutable en autoconciencia crítica. El problema sigue en pie, excepto que ya no es fácil determinar un sector “alienado” en la vida social y productiva, que contenga la autoridad crí- tica como para enunciarlo como mengua al mismo tiempo que propone niveles educativos de “elevar la conciencia popular y colectiva”, al decir de Gramsci. “Neoliberalismo” apela al cierre del caudal de conciencia de la historia, incluso de la conciencia política de tránsito hacia un compromiso con las condiciones efectivas de reproducción de la vida.

Todavía hasta mediados del siglo XX podía indicarse, como hace el propio Marx en El Capital, que se abre una posibilidad educativa para el proletariado que el naciente capitalismo masacraba. En ese sentido podemos considerar El Capital como un libro también educativo, que traza una esperanza desalienadora luego de describir un horizonte social pavoroso en materia de trabajo fabril, hace ya exactamente un siglo y medio. Neoliberalismo sería una conciencia adosada, pero en el interior mismo de la reproducción del lenguaje biopolítico –concedo este vocablo–, lenguaje que sale de una manufactura existencial donde ya no sabemos si la lengua que se escucha “espontáneamente” en la calle sale de las agencias públicas o secretas del neocapitalismo informático, o ésta de sus aparatos de escucha permanentes, nutrido de viejos estudios de “multitudes”, creación de arquetipos, “el vendedor de choripán de Mataderos” (Durán Barba) o lo que sale del patio de las escuelas públicas y privadas, que ya no son tanto delicias de estudiantina sino un desgarrón en el ser del lenguaje social. A eso llamamos neoliberalismo productivo de sujetos, fábrica semiológica, o como se quiera. Es una lengua de dominación presentada como libertad total en el habla. Ni una menos lo descubrió y lo plantea muy bien, con absoluta originalidad. Del interior de esa lengua salen actos fatales. Puede decirse que está “alienada”, pero lo correcto es verla como parte de una productividad social novedosa, contemporánea a la llamada revolución tecno-comunicacional.

Marx no vio este problema porque entonces no era posible hacerlo. Pero encaró otras situaciones. Basta leer los interesantes pies de páginas de El capital, donde Marx toma informes parlamentarios, médicos y jurídicos, sobre el trabajo femenino e infantil. Comprueba el grado de explotación de cuerpos indefensos sometidos a 12 horas laborales inhumanas, y ese punto de partida podemos pensar que está más allá, mejor dicho más acá, en un grado anterior. Relata cómo algunos niños están fuera del conocimiento común más vulgar e incluso de toda forma elaborada del lenguaje. Queda implícito que se debe hacerlos pasar hacia un estadio de comprensión, que siquiera llega al nivel de quienes expropiados de sus instrumentos de labranza y sujeción territorial a ella, se los arroja en las grandes ciudades donde no pierden impulsos de rebelión, que llegan incluso a llevarlos a quemar fábricas y máquinas, y como es sabido, Marx no acepta ese método de lucha aunque habla de él con respeto al describirlo. Pero se trataba de atacar a las relaciones sociales y no a las maquinarias, un tema que nunca se ha agotado en su carácter polémico, como lo demuestran las tantas críticas a la racionalidad instrumental que conviven con los neo-desarrollismos de todo tipo. El tema de la alienación no está antes de la masacre de personas implicadas en el primer nivel de ocupación fabril durante gran parte del día y la noche de niños y mujeres, lindante con la esclavitud. El tema crucial de la alienación, se puede decir, comienza con la construcción del proletario y el inicio de la conciencia por derechos, que puede iniciarse con la “lucha económica” –otra vez Lenin– pero precisa de la entidad teórica-crítica, que la retire de su manifestación primera, en aquel momento llamada “espontaneísmo”.

Pues bien, se pude decir que esa teoría de la conciencia debe ser la misma hoy para los partidos de izquierda e incluso para los reformismos de todo tipo que pululan dificultosamente, y a los que Grüner no les cree, ni a Podemos, lo que ya es decir bastante. Si por un lado es cierto lo que dice Jorge “lo que clásicamente nombró Marx como ‘fetichismo de la mercancía’” es un hecho de estructura que no permite una derivación política inmediata”, no habría problemas en postular las mediaciones correspondientes –sabido que son dificultosas–, para crear ámbitos de discusión política e incluso frentes de izquierda con la derivación dialéctica que surge luego de cancelar los obstáculos evidentes que desde siempre, de Kornilov en adelante, se oponen a las posiciones “anticapitalistas”. No obstante, nadie consciente de la decisión anticapitalista que ha tomado, mira todos los puntos de conflicto de una sociedad para aplicarla unánimemente, por ejemplo, a la reivindicación de género, a las distintas categorías del empresariado, a las desiguales formas laborales, a lo que en las últimas décadas se llamó trabajo inmaterial, a los trabajadores informáticos y los periodistas de los medios concentrados, a los medios concentrados mismos, a los despedidos del Estado, de las metalúrgicas o de Clarín, a las distintas remuneraciones según especialidades laborales, desde Silycon Valley a los “desocupados blancos de Detroit” de los que tan bien se ocupó Trump. Esa iluminación unánime sobre toda la escena con un anticapitalismo esencialista, precisa, es evidente, distintas elaboraciones políticas, de distinta historicidad, formas expositivas diversas y disposiciones pedagógicas que nunca son las mismas. Conozco, como todos, el concepto de lo “desigual y combinado”. ¿Se extraen de él las consecuencias más profundas? Concebido en su significación extensa, no sería extraño que lo podamos conjugar con la decena de páginas que escribe Laclau a propósito de este núcleo fundamental del pensamiento de Trotsky, en Nuevas reflexiones sobre la revolución de nuestro tiempo, un libro antiguo de él, poco leído.

Si la cuestión fuera pasar de las grandes estructuras de dominio abstracto a las formas de resistencia, oposición y lucha es correcto decir que la izquierda tiene hoy en el país una infrecuente representación parlamentaria –y agrego yo, con destacadas diputadas y destacados diputados–, pero la cosa cambia según esos representantes electorales piensen que los trabajadores sufren alienación generalizada (incluso los que deciden ser “peronistas” o “radicales” aun conociendo la teoría de la alienación). Seguiríamos en la tarea educativa, reuniendo a la condición de proletarios con sus intereses últimos no enteramente sabidos por ellos, y convirtiendo su intuición en conciencia intencional. Y donde está la clase productiva clásica, se ganarían progresivamente elecciones, como en muchos casos ha ocurrido en varias fábricas y núcleos operarios del conurbano. Nada que objetar. Son luchas legítimas.

Que abren sin embargo una discusión sobre el tema del que estamos amigablemente charlando. La alienación procedía de una insuficiencia de la clase obrera obligada a la sobrevivencia, despojada de sus propias capacidades de deliberar sobre su vida pues había sido desenraizada de ella (Simone Weil describe muy bien ese proceso en La condición obrera en los años ‘40), y todavía se podía esperar que la cultura proletaria real, su lenguaje extraído de culturas pre-capitalistas, se juntara con planos de conciencia producida por su propia lucidez ante la situación y el tejido de textos y lecturas que los militantes hacían circular. El neoliberalismo, en cambio, ya hace nacer individuos en el interior de un lenguaje que ha colonizado la vida cotidiana creando culturas populares que no cuentan por el momento de horizontes de salida, pues tienen su cierre en las propias fronteras que crea la revolución comunicacional, que trae nuevas pulsiones, nuevos usos del repertorio de objetos “a la mano” con su propuesta de igualación de consumo según “pulsos en la red”, y accesos a una neo-lengua que combina miedos ancestrales, satisfacciones con simulacros hedónicos inmediatistas y un sentimiento de ilegalidad en la producción de la mercancía-dinero que se comparte en muchos casos con la que implementa en gran escala el empresariado financiero internacional, reproduciéndose por vía de una ilegalidad estructural constante, que así dicha, no estaba formulada por el marxismo originario por lo menos de una manera profunda.

Daré un ejemplo complejo para aclarar, si es posible, la cuestión de cuál es el agitado océano moral, intelectual y humano que encuentra la izquierda en sus trabajos (en el plano social popular obrero: creencias, simbolizaciones, modos de consumo, ideales de familia, estilos conversacionales, sexuales y educacionales, formas de esparcimiento, ocio (viejo tema marxista desde el siglo XIX, que va de Lafforgue a Lefebvre, y que mereció en las últimas décadas numerosas historias de la vida privada, historias de la sexualidad, etc.). Leo en el muy buen periódico Izquierda Diario una encuesta entre trabajadores de la fábrica de neumáticos cuya representación sindical obtuvo el Frente de Izquierda, antes al cuidado de un secretario general que es miembro de la CTA. Perfectamente puede la izquierda considerarlo un avance en su proyecto de dirigir el mundo sindical, pero ocurre que no se comienza por camioneros o metalúrgicos, sino por un gremio enrolado en un sindicalismo diferente. Pero aclaro: no critico esta opción, sería otra discusión, y los militantes de izquierda saben lo que hacen, esta decisión que han tomado de antiguo, no forma parte de esta polémica. No obstante, recuerdo haber leído en la mencionada publicación que la mayoría de los votantes de esa elección sindical – se hizo una encuesta a cargo de los propios militantes del Frente de Izquierda–, eran “jóvenes despolitizados”. Espero no deformar la cita, no tengo la publicación delante de mis ojos. Bueno, ese sí es un tema. La llamada despolitización es un mar encrespado constituido por un mundo pulsional creado por el neoliberalismo. Se dirá que la izquierda sabrá lanzar allí sus propuestas educativas, politizantes, no lo dudo.

Pero no estamos en el mundo de Marx, que hacía también encuestas, donde era posible el trabajo nítido del educador anticapitalista, cuya teoría finalmente desarrolló Gramsci llamándola “mito del Príncipe Nuevo”. Mucho hay que decir sobre esto, y ya que Grüner recomienda el libro sobre Gramsci de Dal Maso, yo también lo leí gracias a la gentileza de militantes del PTS que suelen acercarme sus publicaciones. Lo digo porque lo leí con gusto y acuciado por discusiones imaginarias que será en otro momento la oportunidad de hacer. En principio, cualquier mención al respecto de Gramsci no puede desconocer el punto al que llegó la revista Pasado y Presente y la evolución política posterior de sus directores y adherentes. Es una parte esencial de la historia intelectual argentina. No digo que el libro que mencionamos la desconozca, todo lo contrario. Digo que hay allí un “fracaso” que es la carne viva de las dificultades que tiene el acto de “traducción” de las estructuras generales del dominio capitalista hacia la vida real de la politicidad sobre la que actuamos y conversamos. Basta que Grüner diga en su respuesta a Alemán que “Más concreta y cercanamente, soy de los que piensan, por ejemplo, que la Resistencia Peronista fue uno de los puntos más altos de la lucha de clases en la Argentina del último siglo (junto con el Cordobazo), aunque a la larga haya sido desviada hacia objetivos de bonapartismo burgués”, para saber que en esa frase hay contenido mucho más de lo que las tantas líneas que yo he escrito quisieron decir. Allí sí podemos encarar –Jorge, Eduardo, todos los que se animen, no me excluyo–, el próximo capítulo de estos trabajos de repensamientos y replanteos de lo político en una época de oscuridad.

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Una vez más: peronismo e izquierda

FERNANDO ROSSO Y JUAN DAL MASO

 

La polémica que se abrió a partir del artículo de Jorge Alemán, con la posterior intervención de Eduardo Grüner y la respuesta de Horacio González, vuelve a poner sobre el tapete el tema de la relación entre la clase obrera, el peronismo y la izquierda.

Compartimos la rigurosa respuesta de Grüner prácticamente en su totalidad. No nos tomaríamos el trabajo de intervenir –a riesgo incluso de deteriorar lo que Eduardo ya hizo con su habitual solvencia–, si no fuera porque el nuevo artículo de González vuelve a poner en circulación los argumentos de Alemán, con mejor pluma y mayor sofisticación. Además, incorpora algunos elementos nuevos que intentan concretizar las abstracciones que Alemán volcó en el texto que originó la polémica. Alemán utiliza la imagen de Sartre que define al marxismo como horizonte irrebasable de nuestro tiempo en términos teóricos, pero concluye –al igual que Horacio González– que el “populismo de izquierda” es el horizonte político insuperable de nuestra época, signada por el dominio absoluto del neoliberalismo. Luego de refutar el supuesto esencialismo marxista, Alemán sentencia que toda indagación emancipatoria en esta oscura era que nos tocó vivir será populista o no será nada.

Como el “populismo de izquierda” no existe como fenómeno “puro” en Argentina (¿existe en algún lugar?), la conclusión obvia es que la izquierda –como bien dijo ya Eduardo– debe subordinarse al peronismo y especialmente al kirchnerismo que sería su fracción “populista-progresista”, en cierto modo viviendo de las “glorias” del pasado (Alemán habla de la política de DD. HH.) y hoy muy golpeada luego de la derrota electoral ante la derecha de Mauricio Macri, pero con una figura (Cristina Fernández) que por diversas razones sostiene una importante base electoral.

Una primera conclusión preliminar: el texto que Alemán escribe desde el Estado español al comienzo de un año electoral, pretende intervenir en las luchas políticas argentinas en un escenario abierto e incierto y en un año clave. Si todo texto es político, algunos lo son más que otros. Traducido: es una exigencia al FIT para aliarse al Frente Ciudadano o las “nuevas mayorías” a las que convoca Cristina Fernández a todos y todas, desde la derecha peronista a la centroizquierda e izquierda. Como tal lo tomamos, como un fundamento intelectual de ese corto horizonte político.

No obstante las intenciones del primer polemista, el desarrollo posterior de la discusión comenzó a abarcar muchas aristas. En ese contexto, Horacio González intenta concretizar algunos puntos enunciados por Alemán, defendiendo el núcleo duro de sus argumentos y aportando otros.

En esta contribución, vamos a abordar cuatro órdenes de argumentos: 1) cómo pensó y problematizó el marxismo (el real y el de sus mejores exponentes, no el que inventa Alemán para luego refutar su propia caricatura con posterior respaldo de González) la expresión o “traducción” de la condición obrera estructural a la acción política en las propias elaboraciones de Marx; 2) la relación entre teoría y práctica en Lenin y el clásico ¿Qué hacer? que titula el texto de Alemán y en el que intenta apoyarse; 3) la experiencia de la clase obrera con el peronismo y la izquierda en la historia de la Argentina y 4) los mitos y realidades sobre los “horizontes emancipatorios” de nuestra época.

 

Marx, la ciencia y las clases

Pareciera que tanto para Alemán como para González, hay un Marx que explicó genialmente el mecanismo de explotación capitalista, pero dijo poco y nada sobre las clases y sus modos de organización social y política, su estrategia y la conformación de su conciencia. Especialmente González intenta reforzar esta interpretación en la “incompletitud” de una obra como El Capital. Es más, destaca esa “rareza” en términos de Sartre o la “brecha” de acuerdo a las proposiciones de Althusser.

Ambos postulan un Marx, ejem…, “cientificista”, para poder oponerle con mayor facilidad el “arte de la conducción” peronista o la “contingencia” laclausiana.

Sin embargo, este Marx a-político pareciera existir solo en su imaginación. Si no, qué podemos decir del Manifiesto Comunista, de la Carta al Comité Central de la Liga de los Comunistas o de folletos de clara intervención política como El 18 Brumario de Luis Bonaparte, La Lucha de clases en Francia 1848-1850 o La guerra civil en Francia. No son textos de explicación de los mecanismos objetivos del capitalismo, sino obras en las que la interpretación histórica, la política y la estrategia (al nivel de desarrollo que tenía en ese momento de la historia del movimiento obrero) se combinan para plantear una “lógica política emancipatoria” que une la condición de clase, las potencialidades revolucionarias de la naciente clase obrera y los modos posibles de articulación política de ésta con otras clases y fracciones de clases.

¿No está esbozada parcialmente en Marx la propia idea de hegemonía en el planteo de que el proletariado debía elevarse a “clase nacional” o que debía levantar un programa alternativo al de la burguesía republicana y la pequeñoburguesía democrática en las revoluciones de 1848, que Marx denominó “revolución permanente” y que Trotsky recogería medio siglo más tarde, en otras condiciones y con otras complejidades?

La conclusión general de las revoluciones europeas de 1848 sobre la necesidad de la independencia política del proletariado con respecto a la burguesía republicana y la desconfianza hacia la pequeñoburguesía democrática es, quizá, la gran lección estratégica del siglo XIX.

Transformar el marxismo (de Marx) en un discurso “científico” que no llega al mismo status en su formulación política y hacer de ello el punto de partida de una argumentación ¿no es demasiado básico? González ratifica este primer “pifie” de Alemán, autor de un escrito sorprendentemente elemental desde el punto de vista político, con conceptos más refinados pero no por eso más precisos.

 

El momento del ¿Qué hacer?: ¿desde afuera o desde arriba?

Segunda cuestión: la conciencia de la clase obrera y su relación con las mediaciones políticas. Tanto en González como en Alemán, el “momento del ¿Qué hacer?” coincide con un rescate –a su manera– de la “conciencia desde afuera” que había postulado Lenin en su clásico libro.

Hay una diferencia sustancial entre el ¿Qué hacer? de Lenin y el de Alemán-González: sostener que la conciencia socialista deba introducirse “desde afuera”, que no surge de la propia práctica del movimiento obrero que tiende al tradeunionismo, no es lo mismo que defender que la “conciencia antineoliberal” (por llamarlo de un modo más acorde a los interlocutores) debe introducirse “desde arriba”, es decir, a través de un aparato político ligado directamente a las estructuras del Estado, transformado éste en un elemento favorable a las clases populares, idea contra la cual Marx ya había polemizado hace casi un siglo y medio con Lasalle. Una polémica que puede ser muy útil para pensar los límites del “antineoliberalismo” actual, bien descritos por Grüner.

Pero volviendo al ¿Qué Hacer?, debemos señalar que Lenin, siempre abierto a lo que venía desde abajo, modificó parcialmente su posición “anti espontaneísta” a partir de la experiencia de la Revolución rusa de 1905, en especial, a partir del surgimiento de los soviets y los problemas de articulación que se planteaban entre estos organismos y el partido político.

El planteo de González apunta a que la clase obrera, en una interpretación unilateral del ¿Qué hacer?, solo puede lograr una conciencia más o menos conciliadora, frente a la cual la práctica “educadora” de la izquierda es necesaria pero estratégicamente impotente. Sin embargo, la cuestión no es tan sencilla. Menos si tenemos en cuenta la propia experiencia histórica de la clase obrera argentina.

 

“Doble conciencia”

Antonio Gramsci, a quien con cierta audacia nos mandaron a leer a los militantes del FIT, señalaba que el “hombre activo, de masa”, elabora prácticamente, pero sin una “clara conciencia teórica de su obrar, que sin embargo es un conocimiento del mundo en cuanto lo transforma”. Y agregaba: “Su conciencia teórica puede estar, históricamente, incluso en contradicción con su obrar. Casi se puede decir que tiene dos conciencias teóricas (o una conciencia contradictoria): una implícita en su obrar y que realmente lo une a todos sus colaboradores en la transformación práctica de la realidad; y otra superficialmente explícita o verbal, que ha heredado del pasado y ha aceptado sin crítica”. La cita puede leerse completa en la página 1385 de la edición de los Cuadernos de la Cárcel de Valentino Gerratana.

Esta “doble conciencia” tuvo una expresión peculiar en la experiencia histórica de la clase obrera de nuestro país desde la constitución del peronismo, sintetizada por Adolfo Gilly en la idea de la “anomalía argentina”: un movimiento sindical fuertemente estatizado por arriba tenía su contrapeso en el peso por abajo de la comisión interna, que retomaba las viejas experiencias de autoorganización y cuestionaba simultáneamente el poder del capital en el lugar de trabajo y el del Estado como disciplinador del movimiento sindical.

En la actualidad, la identidad peronista de la clase trabajadora es algo mucho más difuso y cuestionable (la “despolitización” a la que hace referencia González, aunque no es homogénea en todos lados) pero un legado central del peronismo en el movimiento obrero sigue siendo el movimiento sindical estatizado, frente al cual la democracia de base continúa siendo la única alternativa posible, no ya para conquistar un conciencia socialista, sino para defender algunas demandas elementales. Una vez más, el “momento del ¿Qué hacer?” no puede prescindir del momento del “desde abajo”.

Pero también Trotsky ha problematizado la cuestión de la conciencia de manera sencilla pero con mucha precisión: “Es seguro que ‘el ser determina la conciencia’. Pero eso no significa para nada que la conciencia dependa directa y mecánicamente de las circunstancias externas. La existencia se refracta en la conciencia según las leyes de esta última. El mismo hecho objetivo puede tener un efecto político diferente, a veces opuesto, según la situación general y los acontecimientos precedentes” (La lucha contra el fascismo en Alemania, IPS-CEIP).

Lejos está el Frente de Izquierda de creerse “representando directamente a los explotados y eludiendo cualquier lectura política”, como sostiene livianamente Alemán. En los referentes más serios del marxismo, la problematización de esta cuestión no tiene nada que ver con el remedo que construye el autor de la nota de Página/12.

 

Peronismo, sindicatos y Estado

No es la primera vez que se discute: cuál es y hasta dónde puede llegar la conciencia de la clase obrera en general y de la Argentina en particular. Quién la representa más genuinamente, el peronismo o la izquierda.

Milcíades Peña, uno de los marxistas más importantes que dio la historia de nuestro país, representó en su propia trayectoria los dos extremos de esta interpretación: a fines de los ‘50, desde la revista Estrategia sintetizaba bajo la fórmula “peronismo y revolución permanente” la idea de que la lucha por la legalidad del peronismo y la vuelta de Perón solo podía ser satisfecha si la burguesía tenía “el fusil obrero en la nuca” y por ende llevaba a la revolución proletaria. A mediados de los años ‘60, desde Fichas, señalaba que la clase obrera argentina era “conservadora y quietista” y que ambas características eran un “legado del bonapartismo”. Entre ambos polos oscila la experiencia histórica real de la clase obrera argentina, como planteábamos a propósito de la “doble conciencia”. Pero Alemán y González quieren fijar su límite preciso en el “populismo [no tan] de izquierda”, al margen de que aquella lo excede ampliamente.

A diferencia de antaño, cuando reducía el trotskismo a la táctica del “entrismo” y cuando afirmaba con graciosa ironía que no se sabía quién ganaba más si el entrista o el entrado, González ahora reconoce un peso relativamente importante al FIT (los diputados, diputadas y La Izquierda Diario), y algunas comisiones internas o gremios “diferentes” (como el del neumático-Sutna que ahora conduce la izquierda y pertenecía a la estructura de la CTA y no del tradicional sindicalismo peronista de la mayoría de los gremios). Pero en el mismo acto en que reconoce ese avance, casi “reprocha” que el intento de conducción y desarrollo de la izquierda no se inicie por gremios como los camioneros o los metalúrgicos.

Sin embargo, esto es hasta cierto punto falso. Cuando la izquierda clasista comenzó y avanzó entre los mecánicos (más estratégicos que los metalúrgicos), por ejemplo en la autopartista Lear donde condujo la comisión interna, no fue un problema de “atraso” de la conciencia de los obreros el que bloqueó su desarrollo, sino de fuerzas físicas: un sólido frente entre la conducción del Smata, en ese momento adherente al “populismo de izquierda”, el Ministerio de Trabajo del mismo “populismo” y su Gendarmería comandada por un “populista de derecha” como Sergio Berni (como vemos el “populismo” es muy elástico), declararon una guerra a la comisión interna que comenzaba a generar influencia en las grandes automotrices. Por esos enfrentamientos, alguna vez el propio González afirmó que en los piquetes de la Panamericana se escuchaba la más maravillosa música.

El “populismo de izquierda” en su versión criolla sostuvo a una burocracia sindical (¡Pedraza!) que tuteló la conciencia de gran parte de la clase trabajadora, no con las herramientas del consenso y la persuasión, sino con las crudas armas del totalitarismo sindical y los métodos policíacos y de patota avalados por el Ministerio de Trabajo.

No es una queja, porque estos son, como se dice, los gajes del oficio, pero hay que reconocer que la conciencia de la clase trabajadora está moldeada –entre otras cuestiones– por estas condiciones y no por la libre discusión democrática en la cual los trabajadores “optan” por sus dirigentes “populistas”. Aunque hasta ese título le quede “grande” a muchos dirigentes sindicales que acomodan los principios a la magnitud de las prebendas.

La lucha por la conciencia se choca con la combinación del despotismo de fábrica y el totalitarismo sindical apoyado por las dádivas del Estado. Los intelectuales deberían ser “conscientes” de esta realidad, incluso hasta cuando escriben sobre populismo, izquierda y clase obrera.

Estos son solo unos ejemplos de un trabajo profundo que la izquierda (en particular el PTS) viene realizando hace años en el movimiento obrero y que hoy cobra un poco más de notoriedad, mientras los restos de “populismo de izquierda” se debaten entre la impotencia ante la “nueva derecha” y –parafraseando a Borges–, las sórdidas crónicas policiales que envuelven a muchos de sus exponentes.

 

Horizontes posmodernos

Eduardo Grüner interroga a Alemán por el famoso “duelo” que presuntamente la izquierda no se atreve a asumir.

“¿El duelo? Aparte de que no se ve bien a qué viene el tecnicismo divanesco, cabe preguntarse quién se nos murió, o qué objeto de deseo perdimos irrecuperablemente que nos haya sumido en su melancólica sombra”, dice un poco irónicamente Grüner.

En su “defensa”, González explica que el “duelo, tal como lo propone Alemán, sería seguir la ruta histórica de las dificultades por la cual el hacer siempre registra intervalos difíciles de definir o conceptualizar entre el capitalismo como concepto múltiple (económico, político, cultural, comunicacional), y el sujeto activo, sea cual sea su condición laboral”.

Pero en una conversación1 con el líder de Podemos, Pablo Iglesias, Jorge Alemán definió sin muchas vueltas el famoso “duelo” de un modo que posiblemente pueda ser útil para este debate: “La izquierda clásica sigue diciendo: ‘bueno, no superaron el modelo extractivista, no tocaron las estructuras profundas del capital…’. Pero ¿a cuántos tendríamos que haber matado y cuántos de nosotros tendríamos que haber vuelto a morir? Esto es lo que no añaden nunca en el análisis. Claro, por supuesto, si ha sido tan fácil de desmontar (se refiere al legado kirchnerista NdR), es verdad que no se produjo la revolución, porque, entre otras cosas, vivimos en el tiempo histórico del duelo de esa palabra” (el destacado es nuestro NdR).

Si no se pudo avanzar más en las experiencias “populistas” que estuvieron al frente de los gobiernos de casi todo un continente entero es porque no solo ha muerto Dios, también murió la revolución. Interesante paradoja, la ausencia de un horizonte de revolución serviría para justificar tanto la inevitabilidad del “populismo” como sus inconsecuencias, no con un programa revolucionario que nunca sostuvo y nadie le exige que sostenga, sino con su propio programa de “reformas”.

 

Soberana “astucia de la razón”…

En un intervención reciente, el prestigioso intelectual cubano Fernando Martínez Heredia señalaba que la mayoría de los jóvenes en Cuba no se sienten identificados con el socialismo. Lo mismo sucede en la Argentina, donde las identidades políticas de masas están dictadas desde hace décadas (con neoliberalismo y posneoliberalismo) por razones pragmáticas: consumo, “voto castigo”, “mal menor”.

Pero ¿por qué ser tan exigentes con los hombres y las mujeres de a pie, a quienes se presenta como meros “efectos de neoliberalismo” mientras se dice poco y nada del carácter ultraconservador que están jugando intendentes, gobernadores, diputados, senadores y sindicalistas del peronismo?; quienes ante la derecha en el poder se han transformado en lo que el inefable Jorge Asís definió con ingenio como “dadores voluntarios de gobernabilidad”.

Es por lo menos llamativo el balance, porque durante los últimos años en la Argentina y en América Latina, se han sobreproducido relatos y múltiples cartas abiertas en las que se aseguraba que las experiencias “populistas” eran lo opuesto absolutamente a la lógica neoliberal. Cuando desde la izquierda se mostraban todos los límites, la respuesta era que adjudicábamos las “concesiones” al imperio de las circunstancias (condicionamientos impuestos por la crisis del 2001, “viento de cola”, etc.) cuando en realidad eran resultado de la capacidad y voluntad de transformación progresista de los gobiernos posneoliberales, en especial del kirchnerismo.

Pero cuando se desmoronan, como se dice, sin pena ni gloria, resulta que el neoliberalismo es todopoderoso y todo lo domina y a lo sumo habilita muy de vez en cuando algunos brotes de tímido “populismo”, porque, lógicamente la revolución ha muerto. Y en una curiosa operación cercana o que le concede a los críticos o historiadores de derecha, se identifica a la revolución con muchas muertes.

Hiperoptimistas de la voluntad en el período anterior, son super pesimistas de la inteligencia en la actualidad (un gramscismo un poco “bipolar”).

Finalmente, la culpa la tienen el neoliberalismo, el pueblo que es mero reflejo subjetivo de esa estructura y, como siempre, para no perder la costumbre, un poquito la izquierda. ¿No será mucho?

 

  1. Otra vuelta de Tuerka (www.youtube.com/ watch?v=b-LxeTKs38w).

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