Qué hacer con Tulio Halperin Donghi

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OMAR ACHA

Número 16, diciembre 2014.

 

Toda auténtica obra intelectual acarrea dificultades de interpretación. Es un desafío qué hacer con ella. Así acontece con los escritos del recientemente fallecido historiador Tulio Halperin Donghi.

Forjador de una concepción de la historia argentina, Halperin Donghi lega un conjunto de escritos que, esto es lo que argumentaré, 1) disiente de los hábitos académicos predominantes en la maquinaria universitaria y 2) puede ser objeto de una lectura productiva desde la izquierda. Indómito ante los cánones progresistas de la historiografía académica mejor reconocida, malogra además las sencilleces en que se entretiene el revisionismo histórico nacional-populista. Y si una historiografía de izquierda no podría ser halperiniana, queda todavía por explicar el tenor de un diálogo posible.

 

Tres temporalidades históricas en Halperin

Una obra, cuando es tal, contiende a sus lecturas. Respecto de Halperin en primer término por las dificultades de seguirlo, de desentrañar una prosa deliberadamente barroca. Halperin se entiende en la precisa medida en que el lector acepte sumergirse en los vericuetos de una respiración literaria y argumentativa de fisonomía única. Este elitismo impenitente que su escritura segregaba no debe ser celebrado, en esencia porque su idea del conocimiento era demasiado estándar para asilarlo en una experiencia estética. Pero convengamos que Halperin jamás forzó a nadie a leerlo.

Halperin fue un historiador que formuló una visión integral del proceso formativo de la Argentina y lo hizo desbordando sus propias afinidades ideológicas, los prejuicios transmitidos por el “capital simbólico” en un pensamiento (por circunstancias familiares y sociales Halperin estaba predispuesto a ser una mente luminosa). Por ejemplo, ante el usual reproche nacional-populista según el cual Halperin habría sido un liberal, cabe decir que el autor de Revolución y guerra fue uno de los pocos historiadores que desafiaron coherentemente la concepción liberal de la historia. Pues para Halperin los individuos no hacen la historia. Más bien la sobrellevan. Y los más lúcidos –esto es, los intelectuales-políticos– pueden comprenderla solo para bregar y perderse al pretender enmendarla.

Por otra parte, Halperin subrayó las tenacidades “unanimistas” de una “tradición política” liberal que alcanza, por eso, incluso hasta Perón. Nunca concibió una travesía fulgurante hacia la democracia liberal, ni celebró el sitial argentino en el “pacto neocolonial” de mediados del siglo diecinueve. La idea halperiniana de la historia argentina es inconveniente para legitimar un despliegue triunfal. Halperin concibió la historia como un teatro en el que se reconocen tres tiempos. Que tales temporalidades no cristalizaran el acontecer en un retrato paralizado es lo que el gran historiador francés Fernand Braudel creyó haber transmitido a Halperin, un interlocutor predilecto.

En primer término el escenario de la historia argentina de Halperin se dibuja en nuestra modesta “larga duración” consentida por la implementación del Reglamento de Libro Comercio de 1778. Esa reforma decretada por el rey Carlos III habilitó los intercambios con otros puertos de las posesiones de la corona castellana en América. Partícipe del mismo movimiento de reforma que un par de años antes había conducido a la creación del Virreinato del Río de la Plata, el Reglamento involucró un doble viraje de consecuencias todavía vigentes: 1) el relevo del eje limeño con primacía para la región Noroeste por la cuenca del Plata con centro en la ciudad de Buenos Aires y 2) la orientación productiva agraria principalmente destinada a mercados externos. Ambos rasgos, que comenzaron a consolidarse mientras ocurría la ruptura revolucionaria de 1810, solo habrían de profundizarse sin que fuera decisivo que en el gobierno prevalecieran Rivadavia, Rosas, Mitre, Roca, Yrigoyen o Perón. Si éste último, pero también Frondizi y Onganía, quiso alterar la matriz de 1778, la historia reciente mostró sin ambigüedades, incluso hasta el siglo veintiuno, la perseverancia del primer escenario histórico argentino. La soja de 2014 podrá sustituir al ganado lanar de 1850 o al trigo de 1910, pero la mecánica económica es la misma, como también sus cíclicas decepciones. Desde 1930 soportó una “larga agonía” (creo que debería haberla llamado una “interminable agonía”) de la cual la “Argentina peronista” es apenas una manifestación.

Un segundo tiempo incrustado en el primero, pero irreductible a él, se construyó en las mutaciones demográficas ocasionadas por el prolongado desplazamiento del eje limeño al eje porteño. Ese desplazamiento originó una convulsión de la relación entre vida rural y urbana, que la revolución y las guerras civiles, pero también la inserción argentina en el mercado mundial avanzado el siglo diecinueve, exacerbaron. Así se generó un dilema para los nacientes e inciertos elencos de élites dominantes desde 1810: cómo dirimir el poder, la primacía social y económica, las formas de Estado, ante una movilización popular animada por razones socio-económicas pero también por las formas políticas nacientes. No obstante la historia política no compuso un interés importante en el pensamiento histórico de Halperin, pues ante las mutaciones y desplazamientos seculares los enfrentamientos políticos siempre serían inciertos. Las fracturas políticas son más propias de una “historia natural”, donde hay ciertamente emergencia de lo nuevo, pero que instituye más un enigma que la realización de la voluntad humana.

Finalmente se encuentra el tiempo específico en el que Halperin se sintió más desahogado: la historia intelectual, en un primer plano turbado por los dos escenarios antes mencionados. Las determinaciones impuestas por los otros tiempos históricos jamás podrían ser transfiguradas en las ideas. Incluso las más brillantes siempre estuvieron a destiempo de las cárceles de la duración y las veleidades de la política. Es verdad que Halperin escarneció irónicamente las confusiones de la razón ante las incertidumbres de la acción y su impotencia ante lo que no puede ser modificado. Pero debe notarse a la vez la admiración halperiniana por la lucidez del pensador que, sin ilusiones, descubre lo que cada época depara a sus habitantes. Así se pensó a sí mismo: como una inteligencia demasiado aguda para crearse ficciones consoladoras. Y tamizó la historia intelectual argentina e hispanoamericana con ese escalpelo desmitificador y deslumbrado (por ejemplo con Sarmiento, con Fray Servando Teresa de Mier, con Juan B. Justo).

 

Una canción de otoño en la primavera académica

Es fácil captar hasta dónde el pensamiento histórico de Halperin difiere de una historiografía académica que en gran medida lo venera. No voy a detenerme en esta tesis que me reprimiré a solo enunciar: la imaginación histórica de Halperin tiene poco en común con la historiografía universitaria que lo reclama como su máximo exponente. Halperin nos presenta una historia sin enseñanzas de justicia, ciudadanía o modernización. O más exactamente, las trata a condición de develar sus ilusiones y menguas. Y si para él el desarrollo histórico argentino fue relativamente exitoso, fue también relativamente infructuoso en las moderadas posiciones que le fueron reservadas en el orden mundial.

La Argentina de Halperin es un país imposible. En varias oportunidades pareció que alcanzaba promesas extraordinarias: muy pronto las previsiones se revelaron exageradas. Y eso que con cierta razón los peronistas le reprochan del desprecio hacia las promesas de la “Nueva Argentina” de 1950, en verdad fue el talante perdurable en su inquisidora mirada de historiador. Por todo esto son misteriosos los casi unánimes panegíricos difundidos por representantes de la historiografía académica mainstream en ocasión de la muerte del improbable maestro del pensamiento. O bien utilizan pragmáticamente un legado rebelde a encuadrarse en moldes progresistas como los pautados en los estudios universitarios dominantes, o bien no saben lo que hacen. Quiero creer que se trata de la primera actitud.

 

Halperin Donghi y una historiografía de izquierda

¿Y con la izquierda historiográfica qué? Me refiero a la izquierda radical, porque la izquierda reformista y progresista tiene –ya lo dije– un desacuerdo filosófico básico con Halperin Donghi. Sin duda, la concepción historiográfica annaliste de Halperin posee insuperables obstáculos para una lectura amistosa desde la izquierda. Creo que es su más peligroso adversario. He mencionado la predilección por las élites, por los intelectuales, sin desmedro de una historia social y económica que puede dialogar con preocupaciones marxistas-estructurales. Pero Halperin entiende al capitalismo como una “sociedad de mercado”, y por ende no distingue una lógica del capital atravesando las temporalidades mencionadas. Carece también de una noción de contradicción social. Su percepción histórica se desinteresa de toda historia desde abajo que consienta capturar mejor las incertidumbres en que vacila toda historia desde arriba. Los pobres de 1810, los gauchos de 1850, los proletarios de 1900, las trabajadoras de 1930, componen siempre un coro; jamás son protagonistas. Su pesimismo antropológico y social le impide captar eso que Walter Benjamin llamó el “tiempo ahora” de la lucha contra el dominio. Pienso que Halperin es un interlocutor útil para la izquierda historiográfica en la exacta medida en que es un aguafiestas, un dañador serial de los ensueños de la historiografía del “progreso argentino”, e incluyo aquí las variantes socialdemócratas y liberales que se preocupan por las intermitencias de una modernización difícil.

Desde un punto de vista halperiniano esas candideces históricas merecen un carcajeo mordaz. Pero también es inoportuno, e incluso impiadoso, con las ñoñerías “revisionistas” de una historia resuelta en pugnas entre traidores extranjerizantes y héroes nacional-populares. Al leer a Halperin una historiografía de izquierda no solo puede nutrirse de innumerables trazos que socavan tanto las convicciones liberal-progresistas como las nacional-populistas en materia histórica; puede pensarse a sí misma midiéndose con un pensamiento demasiado rico para ser entregado a apologías acríticas o a denuestos incompetentes. Una historiografía de izquierda no podría ser halperiniana. Porque para Halperin las cosas no podrían ser muy distintas de lo que son. Tampoco para él las voluntades colectivas son capaces de torcer los destinos de larga duración. Entonces se sitúa en las antípodas de cualquier izquierda coherente.

Entiendo sin embargo que una izquierda historiográfica no debería privarse del diálogo crítico con una obra densa y difícil, ciertamente más estimulante que las miradas academicistas que lo celebraron como propio cuando era –y esa es su dignidad– uno de los tres más originales historiadores argentinos del siglo pasado (los otros dos fueron José Luis Romero y Milcíades Peña). En cuanto a perspectivas y problemas el pensamiento de Halperin permaneció anclado en 1960. Más allá de Halperin, una historiografía de izquierda necesita repensarse en el siglo veintiuno para escribir críticamente la historia.

 

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