¿Qué dejó la segunda vuelta en Brasil?

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El fortalecimiento de la oposición y la decadencia del PT en el movimiento obrero

IURI TONELO

Número  15, noviembre 2014.

 

Dilma Rousseff logró la reelección en la segunda vuelta electoral del pasado 27 de octubre, con un nuevo mandato para el Partido de Trabajadores (PT). Sin embargo, la victoria dejó un sabor agridulce para el gobierno: los resultados muestran la elección más apretada desde la vuelta de la democracia, y una división regional entre el Nordeste pobre y el Sudeste rico.

 

Lo cierto es que el resultado es un gobierno más débil. Esto se debe a que Dilma quedó entre la espada y la pared entre dos fuerzas opuestas. De un lado, la oposición burguesa (con el PSDB a la cabeza), que sale fortalecida; del otro (y también como consecuencia del fortalecimiento de la oposición) la presidenta tendrá que realizar los “ajustes” que exigen los bancos e industriales sobre los sectores que han sido la base de su victoria, contra los salarios y el empleo, con el precedente de que este año tuvo lugar la mayor oleada de huelgas obreras de los últimos veinte años (protagonizadas por un proletariado que todavía no puso a Dilma contra la pared, pero puede hacerlo si profundiza su movilización).

Reflexionar sobre los resultados electorales del PT es clave para comprender el proceso que vive el proletariado brasileño, y las posibilidades que se abren en un país que vivió durante los últimos dos años movilizaciones masivas de la juventud (2013) y una ola de huelgas obreras (2014), sin que medie un cambio de la disposición a la lucha de las masas para el próximo año.

 

En qué contexto se desarrollaron las elecciones

Quienes hayan seguido las elecciones en Brasil, podrían decir a primera vista que los candidatos dominantes fueron del “centro” a “centroizquierda”. Empezando por el fenómeno en que se transformó a Marina Silva, que luego de la muerte de Eduardo Campos (PSB), asumió como candidata y creció en las encuestas diciendo que no era parte de la vieja polarización entre PT y PSDB, sino la “nueva política”. Así, Marina Silva intentaba en un primer momento dialogar con el “espíritu de junio” (las movilizaciones de 2013), pero cuando precisó el “contenido” de su “nueva política”, empezó inmediatamente a caer (por los aspectos conservadores).

El candidato de la derecha de Brasil, Aécio Neves del PSDB, en cambio, creció en las encuestas apoyado en dos temas centrales (muy explotados por la derecha): la corrupción y la “modernización” económica del país. La modernización no iba acompañada de un discurso decidido de “privatización”, “ajustes”, ni retirada de la intervención estatal en el terreno de los derechos sociales. Por el contrario, Aécio mantuvo durante toda la campaña que mantendría planes sociales como la “Bolsa Familia” (plan de ayuda social), el plan “Mi Casa, mi Vida” (programa de viviendas) entre otros, “porque si son buenos, es necesario reconocerlo y mantenerlos”. En este escenario, aunque Dilma Rousseff aparece, entre los partidos principales del régimen, como la variante más de izquierda (que el PSDB, PSB, PMDB), y profundizó el discurso de los programas sociales, la educación, la necesidad de acabar con el hambre, muchos sectores que vienen haciendo una experiencia política con el gobierno del PT, votaron a Dilma como el “mal menor”.

Más allá de eso, como dijo Dilma Rousseff en su último discurso1, la palabra más mencionada durante las elecciones fue “cambio”. Marina con su discurso de “nueva política”, Dilma anunciando que de ser reelegida sería para “continuar el cambio”, y Aécio Neves, desde la oposición de derecha, explotando la “necesidad de cambio”. De esta forma, todos los candidatos lidiaron con la verdadera cuestión que atravesó la elección: la gran crisis de representatividad2.

El resultado fue contradictorio: le dio a Dilma la victoria, pero esa expectativa de “cambio” llevó también al fortalecimiento de la oposición a la derecha del PT. Parece una paradoja que un país que se orienta más a la izquierda, fortalezca una alternativa a la derecha del gobierno. ¿Cómo se produjo ese proceso?

 

La decadencia del PT entre su base histórica

El primer punto para entender el desarrollo de la relación de fuerzas entre los principales partidos del régimen en Brasil está en localizar un hecho fundamental y dinámico: en cierto sentido, podemos hablar de decadencia del PT o, especialmente, del lulismo (como ciclo de gobierno de pacificación social, relativo crecimiento y amplio consumo).

Por un lado, el período en que el PT podía sostener un gobierno que ofreciera acuerdos salariales por encima de la inflación y crédito amplio para el consumo popular tenía que ver con una situación objetiva: el país no había entrado aún en la crisis internacional y, además, la combinación entre medidas asistenciales (como el plan “Bolsa familia”), el desarrollo de un amplio empleo precario (casi 20 millones nuevos empleos de trabajadores pobres en Brasil), y la autoridad del PT, con una gran tradición histórica en el movimiento obrero, era una combinación perfecta para que ese fuera el partido del régimen con mayor capacidad para pacificar “completamente” la lucha de clases y las movilizaciones en el país (lo que no es tarea fácil en un país con dimensiones continentales).

Sin embargo, esto fue cambiando en el último período, con una experiencia de años del proletariado industrial o de los servicios más importantes con el PT, un debilitamiento de la burocracia sindical3 y, sobre todo, con las movilizaciones de junio de 2013, que llevaron a sectores de masas a chocar de lleno con el PT. Esto se confirmó plenamente en las elecciones presidenciales; como señaló Leonardo Andrade:

 

Podría esperarse que con la polarización del segundo turno, con la salida de Marina Silva que se postulaba como tercera vía de la contienda electoral, el mapa de los votos volvería a su base histórica. Sin embargo no fue eso lo que vimos el domingo pasado. En el ABC paulista, primer cordón industrial alrededor de San Pablo, el PT y Dilma confirmaron la histórica derrota sufrida en el primer turno. (…) En São Bernardo do Campo, cuna política de Lula, el PT volvió a perder en el segundo turno, llegando al 44 % de los votos válidos, contra el 56 % de Aécio Neves. En esta ciudad, el peor desempeño del PT había sido el de la propia Dilma en 2010, cuando llegó al 56 % de los votos en el segundo turno. En Mauá, donde Marina Silva había ganado en el primer turno, el segundo fue de Aécio con casi el 56 % de los votos, agregando una derrota más al PT en el ABC. En Osasco, en la gran San Pablo, el PT perdió también por primera vez. Dilma obtuvo el 41 % de los votos, contra el 59 % de Aécio. Distinto de los 65 %, 58 % y 55 % de 2002, 2006 y 2010. Entre las ciudades de gran concentración obrera del interior de San Pablo, Dilma ganó en Hortolândia, en la Región Metropolitana de Campinas, al igual que en el primer turno. Aún así estuvo muy por debajo de las elecciones anteriores, pasando de 73 %, 75 % y 68 % de 2002 a 2010, al 57 % de ahora (…) En la región, perdieron también en Campinas, Indaiatuba, Vinhedo y Valinhos, como ocurrió en el primer turno4.

 

El PT fue derrotado incluso en San Bernardo, cuna política de Lula. Lo mismo sucedió en Maua, San Caetano, Osasco (grandes concentraciones obreras del Gran San Pablo), así como también en las principales concentraciones obreras del interior, como Campinas y casi todas las ciudades vecinas, y también en concentraciones de Minas Gerais, como Contagen y Belo Horizonte.

Con estos resultados, podemos señalar que vivimos un proceso de ruptura de un sector del proletariado con el PT, el proletariado que hizo el PT, particularmente de los sectores industriales no precarizados. Sin duda ese proceso todavía es desigual, y el PT sigue siendo relativamente fuerte entre el “nuevo proletariado”, pero pierde peso en su base tradicional5. Ante una profundización de la crisis, es imposible descartar que ese “nuevo proletariado”, que muchas veces es informal y actúa en sectores de servicios o la construcción, sea el primero en ser atacado, y el PT quede al frente de un gobierno apoyado sobre una base que se desintegra bajo sus pies.

 

¿Adónde van los que rompen con el PT?

El gran problema detrás de la ruptura de sectores del movimiento obrero con el PT es hacia dónde van (ya que no existe vacío en política): con la decadencia del PT en el movimiento obrero, la cuestión planteada, en primer lugar para la izquierda, fue si alguien capitalizaría el proceso. En un panorama electoral polarizado, el único partido que transcendió relativamente la marginalidad en la que se encuentra la izquierda (en parte por las enormes restricciones del régimen político brasileño), fue el Partido Socialismo y Libertad (PSOL). Sin embargo, la campaña del PSOL se apoyó enteramente en cuestiones de la juventud, como la lucha por la legalización de las drogas o la defensa de los derechos de los homosexuales, que tuvo buena aceptación en general entre los sectores de la vanguardia juvenil, pero permaneció alejado de franjas más amplias del movimiento obrero. No dijo una sola palabra sobre la lucha de los “garis” (recolectores de residuos) de Río de Janeiro, las huelgas del transporte o incluso sobre la larga lucha en curso en ese momento en la Universidad de San Pablo y los estatales paulistas.

Otras expresiones de la izquierda, con una inserción también pequeña entre los trabajadores, como el PSTU, no superaron la crisis de su proyecto político desde las movilizaciones de junio de 2013, crisis que se profundizó con el pobre desempeño electoral. Esto plantea el problema de que el proceso de separación de un sector del movimiento obrero del PT no encuentra todavía una alternativa viable a la izquierda. Esta imposibilidad favorece por ahora las mediaciones a la derecha, que se muestran como algo “nuevo”, aunque tengan un contenido político conservador y antiobrero.

 

El paradójico crecimiento de la derecha

El resultado de las últimas elecciones fue el más cerrado durante el último período democrático. La derecha se fortaleció, pero no con “personalidad propia”. En realidad, el candidato del PSDB, Aécio Neves, supo ver el enorme espacio que había en el movimiento obrero con la decadencia del PT y la ausencia de una respuesta de izquierda.

El primer paso fue mostrar que Marina Silva no representaba la “nueva política”, sino la vieja y, en ese sentido, que Aécio Neves era el candidato que podría ofrecer una oposición fuerte a Dilma. En ese sentido, explotó el perfil de “renovación real”. De esta forma, Neves logró ubicarse como una figura diferente del PSDB (en Minas, adonde gobernó, era llamado de “el más petista de los tucanos-PSDB”, más joven que Fernando Henrique Cardoso, Jose Serra o Geraldo Alckmin, y que intentó todo el tiempo aparecer como el candidato del cambio, de la “modernización”, asegurando los derechos sociales, lo que empalmaba con un sector del movimiento obrero que pensaba “aunque no es lo mejor, por lo menos es una renovación en relación al PT, que está hace doce años en el poder”.

En las elecciones, gran parte de los que votaron a Neves lo hicieron apoyando la idea de “cambio”, aunque en ese momento no parecía primar una adhesión ideológica, sino más bien un fenómeno de “voto castigo” al PT. Pero una vez superada la segunda vuelta, parece abrirse un debate más profundo alrededor de la polarización entre el PT y el PSDB. En esta discusión, el PSDB se viene ubicando a la ofensiva con el objetivo de disputar ideológicamente a sectores del movimiento obrero que tradicionalmente apoyaban al PT, aunque hasta el momento esta estrategia le ha dado mejores resultados entre la clase media sudeste-sur del país”.

Después de las elecciones se extendieron en las redes sociales los ataques de la clase media paulista en contra la gente del Nordeste, que “eligió a Dilma nuevamente solo para mantener la Bolsa Familia”. Cabe señalar que entre estas voces aparece un sector obrero que empieza a decir que “el gobierno no ayuda a los trabajadores, sino solo a los más pobres que no trabajan”. Esto es todavía una expresión molecular en el movimiento obrero, pero sin una alternativa real a la izquierda surge la “paradoja” de que la fuerza de la derecha pueda afianzarse.

 

El futuro gobierno de Dilma

Estos elementos hacen que el próximo gobierno de Dilma esté atravesado por diferentes presiones. Enfrenta, por un lado, una oposición burguesa más fuerte y, por otro, sabe que un ataque al movimiento obrero (ya sea el más calificado o el “nuevo proletariado”) puede profundizar la tendencia a una respuesta más profunda, sin mucho margen para hacer concesiones como en el pasado.

Las elecciones y la polarización entre el PT y el PSDB sirvieron como un “aliento” para el régimen en Brasil tras la crisis de representatividad. Partiendo de un amplio cuestionamiento, las elecciones permitieron despertar las pasiones de dos proyectos dominantes en disputa. Pero pasadas las elecciones, los problemas de un país que vive hoy crisis estructurales como la falta de agua en el Sudeste, un amplio cuestionamiento como los escándalos de corrupción en Petrobras, una situación económica que puede afianzar la recesión económica, entre otros problemas, pueden transformar un simple aliento en falta de aire, y puede fortalecerse al cuestionamiento del gobierno de Dilma, que ha salido debilitado a mediano y largo plazo.

Los principales diarios dicen que uno de los ejes de la campaña de Dilma, la reforma política, ya empieza a retroceder cuando dice que no va a necesitar un “plebiscito” para impulsar la reforma (según había prometido la presidenta reelecta). Los sueños de “cambio”, que esperaban un giro a izquierda de Dilma, se desvanecen en el aire con su primer discurso de “unidad nacional”.

 

1. Ver “El discurso de Dilma Rousseff frente a la reelección”, en La Izquierda Diario, 28/10/14.

2. Ver “Elecciones en Brasil: nuevos discursos, vieja política”, Ideas de Izquierda 14, octubre 2014.

3. El número de diputados cayó a casi la mitad, de 86 a 43, según los datos del Departamento Intersindical de Asesoría Parlamentar (DIAP).

4. Ver “El PT es derrotado en los principales polos industriales del país”, La Izquierda Diario, 29/10/14.

5. En realidad existen dos fenómenos en este sector: la ruptura-separación política con el PT, y la renovación en la industria (el proletariado joven), que no tiene la “tradición” de los años ‘80 o incluso los ‘90, cuando todavía quedaban algunos elementos de combatividad en el discurso petista.

 

México: “Pienso, luego me desaparecen”

La masacre de Iguala

Sergio Moissen

Número  15, noviembre 2014.

 

La masacre de Iguala marca un antes y un después de la historia de México. A los más de 160 mil muertos de la “guerra contra las drogas”, los 25 mil desaparecidos y más de un millón de desplazados, se suma hoy la masacre de los estudiantes de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa, y la explosión de una crisis con final abierto en el régimen político mexicano.

 

El 26 de septiembre de 2014 en Iguala, en el estado de Guerrero, fueron desaparecidos 43 estudiantes normalistas de la Escuela Rural de Ayotzinapa. Días después la historia se tornó aún más aberrante: 6 asesinados, decenas de heridos, 22 cuerpos sin identificar, y por lo menos dos decenas de fosas clandestinas descubiertas en la cercanía de Chilpancingo. Dos días más tarde se difundieron en la prensa videos que mostraban camionetas de la Policía Municipal huyendo de la escena con los estudiantes.

En redes sociales, por el día 2 de octubre, se viralizó una foto en la que se veía un cuerpo desollado, sin rostro y sin ojos, que correspondía a uno de los normalistas. El cuerpo fue encontrado en las cercanías de Iguala. Existen desde ese momento múltiples hipótesis, hay policías detenidos, se habla de la actuación conjunta de fuerzas policiales y parapoliciales; las sospechas llegaron hasta el propio alcalde, a quien se vincula directamente con el narcotráfico y que más tarde se dio a la fuga.

A la barbarie se suma más horror: el padre Alejandro Solalinde sugiere que los 43 normalistas desaparecidos fueron quemados vivos1. Los más de 25 cuerpos encontrados en fosas clandestinas no corresponden a los de los normalistas. Se reproducen las denuncias, y también las protestas que reclaman: “Vivos se los llevaron, vivos los queremos”. Antes de cumplirse un mes de la desaparición, el gobernador perredista de Guerrero debe alejarse del palacio de gobierno del estado.

Los métodos utilizados contra los estudiantes son similares a los de la guerra sucia de los años ‘70 en nuestro país. La investigadora Laura Castellanos en su México armado señala que bajo los métodos de la guerra sucia del PRI fueron asesinados y desaparecidos miles de luchadores sociales2. La masacre de Iguala muestra la descomposición del Estado mexicano y la podredumbre capitalista contra la juventud y luchadores sociales.

 

México: una gran fosa común

En una poderosa imagen literaria, Daniel Sada, escritor mexicano de Mexicali, en su libro Porque parece mentira la verdad nunca se sabe, pareciera profetizar sobre el México del año 2014: “Llegaron los cadáveres a las tres de la tarde. En una camioneta la trajeron –en masa, al descubierto– y todos balaceados como era de esperarse. Bajo el solazo cruel miradas sorprendidas, pues no era para menos ver así nada más paseando tanta carne apilada”3. Según cifras oficiales, por lo menos 6 cuerpos al día son enterrados en fosas clandestinas desde 2011, año en el que inició la “guerra contra el narcotráfico”4. La “verdad” en México supera el horror: porque parece mentira la verdad nunca se sabe.

Las fosas clandestinas irrumpieron en la conciencia nacional en 2010 cuando fueron encontrados más de 72 migrantes centroamericanos en San Fernando Tamaulipas. Según datos oficiales, los migrantes fueron asesinados por el grupo “Los Zetas”. Otro caso emblemático fue el de Durango en 2013. En 14 fosas clandestinas ubicadas en la entidad fueron encontrados 331 cadáveres. Tan solo en Guerrero han sido localizados más de 150 cuerpos en fosas clandestinas5. El daño es incuantificable.

A la par del aumento de las fosas, el asesinato a luchadores sociales en los últimos años se volvió sistemático. El Estado mexicano usa grupos paramilitares del narco para hacer el trabajo “sucio”, como podría mostrar hoy con el cartel Guerreros Unidos. Los estados más golpeados con estos métodos, además de Guerrero, son Chihuahua y Michoacán. En 2010 Marisela Escobedo, luchadora feminista, fue asesinada en las afueras del palacio de gobierno. La creadora del lema “Ni una muerta más”, Susana Chávez, fue asesinada en 2011 supuestamente por sicarios del narcotráfico. En octubre de 2011, Carlos Sinuhé Cuevas, activista de la UNAM, fue asesinado a balazos. Con este último compartí un par de años de lucha en la Facultad de Filosofía y Letras.

En noviembre del mismo año, Nepomuceno Moreno del Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad fue asesinado en Sonora por grupos “supuestamente al servicio del crimen organizado: le arrancaron la vida con siete balazos y con ello la esperanza de encontrar a su hijo, Jorge Mario Moreno León”. En México hay decenas de casos de asesinatos a luchadores sociales.

 

Crecen las protestas y se agudiza la crisis política

Este escenario ha agudizado las consecuencias de la crisis en el régimen, que no solo toca de cerca al gobierno del PRI, sino que ya alcanzó al PRD, que gobierna el estado de Guerrero. Si durante el gobierno del PAN encabezado por Felipe Calderón se había hecho evidente la connivencia con el poder del narcotráfico en varios estados, a nivel municipal, el gobierno del PRI vino a confirmar que la relación es mucho más profunda y llega hasta las más altas esferas del poder. Esto es lo que explica que hasta el opositor PRD haya sido salpicado por esta crisis y no pocos se pregunten si es el momento de diagnosticar su muerte política:

 

La conducta de los dirigentes del Partido de la Revolución Democrática (PRD) en la crisis actual plantea claramente esta pregunta para miles, sino es que para cientos de miles de fieles y no tan fieles seguidores de este partido. Para muchos de ellos los desfiguros absolutamente desastrosos de los dirigentes mayoritarios perredistas, los Chuchos, los están convenciendo que el PRD no es de ninguna manera el partido que supuestamente se identifica como de izquierda, democrático y revolucionario como su nombre lo anuncia6.

 

La crisis caló tan hondo, que las sospechas llegaron hasta MORENA (Movimiento de Regeneración Nacional) liderado por Andrés Manuel López Obrador; que en un acto debió explicar su relación con el alcalde de Iguala. A los ojos de millones, es cada vez más clara la descomposición del Estado, los vínculos entre los partidos del régimen y el narcotráfico. Y es incalculable la magnitud que puede tener esta crisis política. El gobierno está arrinconado por las protestas y no puede garantizar la estabilidad para los negocios imperialistas. La imagen de Peña Nieto pasó rápidamente de garante de buenos negocios a ser el blanco de todas las críticas. La onda expansiva de las movilizaciones, con epicentro en Guerrero, llegó hasta la casa de gobierno en el DF.

Si la llegada del PRI al poder había sido vista como una garantía de pacto con el virtual aparato paraestatal del narcotráfico en varias zonas del país, la respuesta del gobierno de Peña Nieto a la crisis desatada por la desaparición de los estudiantes puso una vez más en jaque la credibilidad, no solo del PRI, sino de todas las representaciones burguesas tradicionales. Ni el PRI, ni el PAN ni el PRD pueden resolver hoy las contradicciones abiertas en el sistema político mexicano y su carácter profundamente represivo y autoritario. Luego de la desaparición de los normalistas surgieron en Guerrero brotes espontáneos de protesta: ni más ni menos que el sindicato del magisterio (CETEG), junto a los normalistas, incendiaron el palacio de gobierno del estado. El presidente Enrique Peña Nieto envió a grupos especiales antiinsurgente al mismo tiempo que tomó por asalto las fuerzas estatales con el envío de la gendarmería nacional militarizando todo el estado mientras endurece su política contra la policía comunitaria (CRAC PC) y tiene en prisión a Nestora Salgado, dirigente de Olinallá.

 

Ante la barbarie, la esperanza: un nuevo y amplio movimiento democrático

Las protestas se extendieron a todo el país; más de 100 mil personas, mayoritariamente estudiantes y jóvenes, se movilizaron en el Distrito Federal. Las marchas siguieron a asambleas en varias Universidades, como la masiva asamblea estudiantil de la UNAM, realizada en el mítico auditorio Che Guevara, sede del Consejo General de Huelga de la larga lucha universitaria de 1999. La bronca crece a la sombra de la profunda indignación de amplios sectores populares que ven en la desaparición de los estudiantes de Ayotzinapa la confirmación de los atropellos a las libertades democráticas, la relación estrecha con el narcotráfico, y los ataques a los trabajadores y la juventud.

En una parodia del “cogito ergo sum” de René Descartes, una marea humana el 22 de octubre de 2014 plasmó en decenas de paredes de la Ciudad de México: “Pienso, luego me desaparecen”. Esta consigna que llega a miles en la fuente del Paseo de Reforma dice mucho de lo que pasa en México. La masacre de Iguala es sin duda alguna la peor masacre estudiantil en décadas: solo comparable con la masacre de Tlatelolco en 1968 y el “Halconazo” de 19717.

Miles de estudiantes han realizado dos jornadas de paro nacional. De Chihuahua a Veracruz, de Chilpancingo a Jalisco, la juventud irrumpió de nueva cuenta y se puso a la cabeza del descontento nacional pero con más experiencia acumulada: el #YoSoy132 y los paros en solidaridad con el magisterio de la CNTE. Cada día que pasa se suman expresiones de apoyo y protesta por las desapariciones, muestra de esto es la multiplicación de iniciativas como “Ilustradores por Ayotzinapa”, donde más de cien artistas gráficos exigen respuestas sobre el destino de los normalistas, o “Escritores por Ayotzinapa”, que reúne figuras de la literatura. “México se ha convertido en una tumba sin nombre donde caen todas las víctimas y los desaparecidos”, denuncia la carta pública que firman figuras del progresismo, muchas de ellas cercanas al PRD y a MORENA, como Elena Poniatowska, Paco Ignacio Taibo II, Juan Villoro, y actores como Gael García Bernal, Demián Bichir y Daniel Jiménez Cacho, entre otros.

Este movimiento amplio ha logrado sensibilizar a miles en todo el mundo. Desde grupos de rock como Massive Atack, intelectuales como Umberto Eco, o artistas como Rubén Blades, han mostrado su solidaridad. Incluso el Parlamento Europeo ha mostrado su rechazo a la política de México en torno a los 43 normalistas desaparecidos. El 22 de octubre se realizó una jornada de solidaridad internacional que reunió en las principales ciudades de América Latina, Estados Unidos y Europa, miles de personas frente a embajadas y consulados mexicanos para exigir su aparición con vida.

Al cierre de esta edición podemos afirmar que la crisis política no solo no está cerrada sino que se profundiza. El gobierno mexicano ensaya diversas formas para detener la crisis, hasta ahora sin resultados. La entrevista del presidente con las familias de los normalistas el 29 de octubre terminó en una amarga decepción. En la conferencia de prensa posterior, los familiares declararon: “No confiamos en su gobierno”, y señalaron como insuficientes las acciones para encontrar a los estudiantes.

Un elemento muy importante en la situación política actual es la entrada en escena los trabajadores afiliados a las centrales sindicales opositoras al gobierno federal como la Unión Nacional de Trabajadores (UNT), como los trabajadores de TELMEX y los trabajadores universitarios (STUNAM, SITUAM). El 28 de octubre la dirección de la UNT se vio obligada a movilizarse bajo la consigna de “Vivos se los llevaron, vivos los queremos”. Se suman así a los combativos maestros de la CETEG, que en Guerrero se movilizan desde el primer día.

La juventud y el movimiento estudiantil se movilizan por la aparición con vida de los 43 normalistas, y en esa lucha suman un valioso aliado contra un régimen cada vez más autoritarios y en defensa de sus libertades democráticas más elementales.

 

1. “Padre Solalinde: a los 43 estudiantes ‘los mataron’ en estado mexicano de Guerrero”, piensachile.com, 22/10/2014.

2. México, ERA, 2007, p. 25.

3. México, Tusquets, 1999, p. 1.

4. Ver Ideas de Izquierda 13, septiembre 2014.

5. “Guerrero, zona de fosas clandestinas”, El Universal, 26/10/2014.

6. Manuel Aguilar Mora, “El descalabro del PRD y el gobierno de Peña Nieto”, La Izquierda Diario, 28/10/2014.

7. El 2 de octubre de 1968 en Tlatelolco el gobierno del PRI asesinó a cientos de estudiantes. En 1971 un grupo de paramilitares reprimió una movilización del Instituto Politécnico Nacional.

 

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LA TRADICIÓN DEMOCRÁTICA MEXICANA

En México existe una larga tradición de lucha contra los atropellos perpetrados por la democracia de los ricos y poderosos. En 1994, la ofensiva militar contra la rebelión indígena-campesina de Chiapas despertó importantes acciones en las ciudades, solidarias con el movimiento encabezado por el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN). Ese año dejó una huella profunda, y en los años siguientes se forjó una nueva generación juvenil. Como señala Pablo Oprinari: “En febrero del 2000, el gobierno quebró una huelga en la UNAM de más de 9 meses, con la ocupación policíaco-militar (del predio universitario, NdeR). Eso provocó una histórica movilización que obligó al Partido de la Revolución Institucional (PRI) a liberar a la mayoría de los estudiantes presos. Más recientemente, en el año 2006, ante el fraude que llevó al conservador Felipe Calderón a la presidencia, millones se movilizaron en todo el país durante semanas. Eso hizo rememorar las protestas masivas que en 1988 surgieron contra otro fraude, en aquel entonces contra el candidato del Partido de la Revolución Democrática (PRD), Cuauhtémoc Cárdenas. Asimismo, la represión salvaje al magisterio oaxaqueño en junio de ese año abrió el camino para una heroica lucha de todo el pueblo de ese estado y el surgimiento de la Comuna de Oaxaca”1.

El nuevo movimiento que recorre las calles mexicanas es expresión de este fenómeno que resurge ante el ataque a las libertades y derechos más elementales. Pero, como se hace notar, en este acto de barbarie se muestra un estado de descomposición mayúsculo: no solo se observa el uso de los métodos de la guerra sucia, sino que se hace visible el uso de grupos del crimen organizado contra luchadores sociales.

Con ello se evidencia las ligazones y complicidad del Estado mexicano con el narcotráfico. Esta masacre además desmiente la idea de una alternativa democrática a la barbarie pues fue perpetrada por el PRD y el propio alcalde de Iguala fue apoyado por Andrés Manuel López Obrador en meses anteriores. Todos los partidos están manchados de sangre: el régimen político mexicano se apoya sobre una gran fosa común.

 

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1. Pablo Oprinari, “Un amplio movimiento democrático en las calles mexicanas”, La Izquierda Diario, 21/10/2014.

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