Puentes entre ecología y marxismo

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REFLEXIONES SOBRE LA OBRA DE JOHN BELLAMY FOSTER

 

SANTIAGO BENÍTEZ-VIEYRA y MATÍAS RAGESSI

Número 32, agosto 2016.

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Gran parte de la población del planeta enfrenta condiciones de vida degradadas asociadas a la combinación de crisis ecológicas y económicas, lo que vuelve a los problemas ambientales un centro de atención cotidiano. La posibilidad de que la temperatura media de la Tierra se eleve en más de 2° C con consecuencias desastrosas, no es el único cambio peligroso producido por acción humana, si bien es uno de los más evidentes. Existe un amplio consenso en la presencia de nueve límites planetarios que se han traspasado o que están próximos a traspasarse1: (1) el cambio climático, (2) la acidificación de los océanos, (3) la desaparición del ozono estratosférico, (4) la alteración de los ciclos biogeoquímicos del nitrógeno y del fósforo, (5) el uso del agua dulce, (6) los cambios en el uso de la tierra, en particular la deforestación, (7) la pérdida de biodiversidad, (8) el incremento de los aerosoles en la atmósfera y (9) la contaminación química. La comunidad científica se ha expedido, en forma casi unánime, sobre los peligros que enfrenta la humanidad de superarse cada uno de estos límites. Pero uno de los aspectos más peligrosos del cambio ambiental, señalado por David Harvey2, es que el mismo capitalismo no está necesariamente amenazado por los cambios ambientales ya que “el capital nunca se ha amedrentado a la hora de destruir a las personas en su afán de lucro”, por el contrario “el capital ha convertido los asuntos medioambientales en una gran área de actividad empresarial”. Sin embargo, según afirma Naomi Klein3 “la derecha está en lo cierto” en percibir el combate contra el cambio climático como una amenaza al capitalismo, porque las acciones necesarias en este combate desafían, directamente, al paradigma económico dominante.

En este marco, en el terreno de la izquierda la crisis ecológica actual impone debatir cómo abordar problemáticas cuya resolución, a primera vista, parecen contrarios. Por ejemplo, cuando el foco es la erradicación de industrias contaminantes, en ocasiones se desconoce la realidad de los trabajadores de esas industrias, que habitualmente son los primeros en sufrir los efectos de sus condiciones insalubres e inseguras de trabajo. Pero, si esto es un caso puntual, más notable ha sido el auge de modelos extractivistas en América  Latina, legitimados por los gobiernos posneoliberales como una vía para atacar la pobreza y destinar recursos para el desarrollo de una industria nacional. Estas contradicciones fueron abordadas en años recientes por varios intelectuales, lo que ha aportado una base teórica al fenómeno nuevo del ecosocialismo. Movimientos que, según Michael Löwy, pueden definirse a partir de una constatación esencial: la protección de los equilibrios ecológicos del planeta, la preservación de un medio favorable para las especies vivientes –incluida la nuestra– son incompatibles con la lógica expansiva y destructiva del sistema capitalista. Para comprender mejor cómo pueden establecerse estos puentes, en esta nota analizamos las opiniones de John Bellamy Foster, publicadas en recientes editoriales de Monthly Review4.

Las razones de este desacople entre el movimiento ecologista y el marxismo, se remontan, según explica Foster, a la misma división dentro del marxismo sobre la aplicabilidad de la dialéctica a la esfera natural. Engels argumentó que el razonamiento dialéctico era esencial para nuestra comprensión de la complejidad y el dinamismo del mundo físico. Pero los pensadores asociados a la tradición filosófica conocida como marxismo occidental alegaron que el razonamiento dialéctico, dado su carácter reflexivo, se aplicaba únicamente a la sociedad y a la historia humana, y no a la naturaleza independiente de la historia humana5. El marxismo occidental desarrolló, según Foster,

… críticas ecológicas filosóficas y abstractas, estrechamente asociadas a las preocupaciones éticas que posteriormente serían dominantes en la filosofía ambiental, pero distantes de la ciencia ecológica y de los problemas del materialismo. El desdén por los desarrollos de las ciencias naturales y un fuerte giro antitecnológico impusieron agudos límites a las contribuciones de la mayoría de los marxistas occidentales al diálogo ecológico.

Foster vuelve a las bases del marxismo para retomar lecciones valiosas que permitan abordar la problemática ambiental. En su camino realiza un estudio del pensamiento del propio Marx sobre la naturaleza, que desarrolla en profundidad en su libro La Ecología de Marx6. Para Foster,

… Marx vio la tensión antagónica entre el valor de uso y el valor de cambio como un factor clave tanto en las contradicciones internas del capitalismo como en el conflicto de éste con su ambiente natural externo.

Así, en el capitalismo solamente se incorpora el trabajo en el cálculo del valor económico por lo que

… se asegura que los costos ecológicos y sociales de producción sean excluidos del cálculo final. Esto se refleja todavía hoy en nuestras estadísticas de ingresos o producto bruto interno (PBI) nacional, que representan el recimiento económico en su totalidad en términos del valor añadido de los servicios humanos, medido en forma de salarios o de rentas de la propiedad (…) Los poderes de la naturaleza son, para el sistema, un regalo directo al capital en sí mismo, para el que no es necesario el intercambio. Esto significa, en verdad, que la naturaleza o la riqueza real, es robada7.

Una de las grandes contribuciones de Foster es su rescate de la “teoría de la brecha metabólica”. En la segunda mitad del siglo XIX, la preocupación por la pérdida de la fertilidad de los suelos fue constante en Europa y América del Norte. Marx se vio influenciado, particularmente, por las críticas del químico alemán Justus von Liebig a la agricultura capitalista británica. Liebig observó que los nutrientes esenciales del suelo, como nitrógeno y fósforo, eran extraídos del suelo con las cosechas, enviados bajo la forma de alimento a las grandes ciudades y finalmente se perdían, ya que los residuos de las ciudades no eran utilizados para fertilizar el suelo. La economía británica debía reponer estos nutrientes importando huesos de los campos de las batallas napoleónicas, guano de Perú o salitre de los yacimientos de Tarapacá y Antofagasta (cuya posesión provocó la Guerra del Pacífico en 1879). Liebig expandió, de esta forma, el concepto de metabolismo referido a los intercambios de materia y energía en el cuerpo, a los ciclos biogeoquímicos de los sistemas naturales. Un aspecto notable del análisis de Marx, según Foster, es su énfasis en el intercambio ecológico desigual, o imperialismo ecológico, por ejemplo en la referencia de Marx a que Inglaterra ha “exportado indirectamente el suelo de Irlanda”8, socavando la fertilidad a largo plazo de la agricultura irlandesa.

Sobre el “metabolismo universal de la naturaleza”, el “metabolismo social” y la brecha metabólica, Marx escribió en El Capital:

… la preponderancia incesantemente creciente de la población urbana (…) por una parte acumula la fuerza motriz histórica de la sociedad, y por otra perturba el metabolismo entre el hombre y la tierra, esto es, el retorno al suelo de aquellos elementos constitutivos del mismo que han sido consumidos por el hombre bajo la forma de alimentos y vestimenta, retorno que es condición natural eterna de la fertilidad permanente del suelo (…) todo progreso de la agricultura capitalista no es sólo un progreso en el arte de esquilmar al obrero, sino a la vez en el arte de esquilmar el suelo9.

Foster señala cómo la reflexión sobre la brecha metabólica brinda a Marx las bases para definir el socialismo en términos ecológicos, al requerir que:

… el hombre socializado, los productores asociados, gobiernen el metabolismo humano con la naturaleza de una manera racional (…) llevando esta tarea a cabo con el menor gasto de energía y en las condiciones más dignas y adecuadas para su naturaleza humana.

Cabe señalar que la tendencia inherente a la acumulación en una escala siempre mayor es un elemento central de la dinámica destructiva del capitalismo. Esto conduce a la creciente contradicción entre los imperativos de crecimiento ecológico y resiliencia y sostenibilidad ecológica. El sistema capitalista no posee un sistema de retroalimentación que prevenga la degradación ambiental, ya que los mismos impactos ecológicos negativos se designan como “externalidades” dando a entender que su consideración no está dentro del sistema10. Esto choca abiertamente con la necesidad de establecer una relación racional con la naturaleza. Marx introduce, en El Capital, un concepto de sostenibilidad:

Ni siquiera toda una sociedad, una nación o, es más, todas las sociedades contemporáneas reunidas, son propietarias de la tierra. Sólo son sus poseedoras, sus usufructuarias, y deben legarla mejorada, como boni patres familias [buenos padres de familia], a las generaciones venideras11.

 

Foster y las contradicciones en una revolución por etapas

Foster plantea dos crisis estructurales a largo plazo como consecuencia de la lógica de acumulación del capital es su fase actual (monopolista-financiero). Por un lado la crisis ecológica propiamente dicha, prácticamente invisible para el valor contable. Y por otro, pero ligado, que toda salida al estancamiento económico es el crecimiento por cualquier medio: lo que por lo general implica la propagación del desastroso capitalismo neoliberal, extendiendo la miseria en todo el globo. Es por esto que, para Foster, la lucha ecológica y social debe ser revolucionaria y tomar sus fuerzas de las capas de la sociedad más precarizadas, que desarrollarán su lucha en dos etapas:

Una fase ecodemocrática en el presente inmediato, tratando de construir una amplia alianza –una alianza en la cual la inmensa mayoría de la humanidad, fuera de los intereses dominantes, se verá obligada por sus condiciones inhumanas [de vida] a exigir un mundo de desarrollo humano sostenible. Con el tiempo esto debe crear las condiciones para una segunda fase ecosocialista, más decisiva de la lucha revolucionaria, dirigida a la creación de una sociedad de la igualdad sustantiva, la sostenibilidad ecológica y la democracia colectiva12.

En esta revolución por etapas, a pesar de que Foster aclara que quedan afuera los intereses dominantes, la definición no tiene límites claros, y al igual que para Löwy (otro referente del ecosocialismo) no distingue cuál es el sujeto social al que interpela. En este sentido, se orientan más hacia los movimientos sociales y a los “verdes” que a la clase trabajadora y a las organizaciones del movimiento obrero13. Esto último no es un problema menor. En algunas entrevistas, Foster remarca que la única forma de luchar contra el imperialismo es con la unidad de los trabajadores a nivel mundial (particularmente define un emergente “proletariado ambiental” en la periferia del mundo capitalista, oprimido por las condiciones ambientales)14. Sin embargo, hay una evidente contradicción en Foster que luego del camino recorrido, en el que recupera valiosas lecciones del propio Marx en un aporte para la izquierda anticapitalista, adhiere como posible alternativa a un modelo extractivista como el de Chávez15.

Esta contradicción impide identificar claramente una alternativa para los países de fuerte dependencia extractivista donde los problemas ecológicos están vinculados con los problemas más generales del capitalismo actual. El ecólogo uruguayo Eduardo Gudynas da cuenta de esto, y afirma que los gobiernos de Sudamérica, como el de Chávez, colocaron el extractivismo en el centro de sus estrategias de desarrollo y que ya sea la senda conservadora o la progresista, profundizaron su dependencia del agronegocio, la minería y la producción de hidrocarburos16. Solo por poner un ejemplo, el proyecto de la ruta del TIPNIS (área protegida de un elevado valor ecológico y cultural) en Bolivia respondía, sobre todo, a las presiones generadas para aumentar las reservar y explotación de los posibles yacimientos de hidrocarburos, para dar respuesta a un mercado de exportación. Solo la fuerte resistencia indígena, que cobró resonancia internacional, tiró por la borda el plan que el gobierno de Evo Morales anunciaba en nombre del “desarrollo” y “superar el atraso”. Plan que dio cuenta de la condición histórica extractivista a la que sigue sujeta la economía boliviana y continúa dejando grandes conflictos sin resolver.

Estos gobiernos no dieron claros intentos de llevar adelante el propio programa reivindicado por el ecosocialismo, como los explicitados en el Acuerdo de los Pueblos sobre el Cambio Climático de Cochabamba, Bolivia, de 2010. En su lugar, legitimaron el extractivismo y profundizaron una estructura dependiente del capital financiero y extranjero, en base al mercado de las commodities, en un proceso que el mismo Foster, basándose en Marx, podría reconocer como un intercambio ecológico desigual. Esto funcionó mientras los precios del crudo, minerales y productos agrícolas se mantuvieron en alto, y durante este periodo de grandes ganancias con crecimiento récord nunca se llevó adelante ningún plan para, por ejemplo, cambiar la matriz energética de estos países o diversificar su economía. La actual crisis capitalista, abierta en el 2008 y que cerró el ciclo virtuoso para América Latina desde el 2013, tiene su propia dinámica en cada país de la región, pero promete extender la miseria y la destrucción de la riqueza natural con métodos cada vez más agresivos. Esto interpela a la izquierda anticapitalista y a aquella que retoma las lecciones del marxismo, la que tiene como tarea poner en pie un alternativa que asegure la resiliencia y sostenibilidad ecológica.

 

  1. Rockström, J., et. al., “A safe operating space for humanity”, Nature 461(7263).
  2. Harvey, D., Diecisiete contradicciones y el fin del capitalismo, Quito, Editorial IAEN, 2014.
  3. Klein, N., This Changes Everything: Capitalism vs. the Climate, Toronto, Penguin Random House, 2014.
  4. Foster, J.B., “The Great Capitalist Climacteric. Marxism”, “System Change not Climate Change”, y “Marxism and Ecology. Common Fonts of a Great Transition”, Monthly Review 67(6).
  5. Lukács, G., Historia y consciencia de clase, México, Grijalbo, 1965.
  6. Foster, J.B., La Ecología de Marx. El Viejo Topo, Barcelona, 2004.
  7. Foster, J.B., “The Great…”, ob. cit.
  8. Marx, K., El Capital. Crítica de la economía política. Tomo 1, Vol. 3, Buenos Aires, Siglo XXI Editores, 2003.
  9. Marx K. El Capital. Crítica de la economía política,Tomo 1, Vol. 2, Buenos Aires, Siglo XXI Editores, 2003.
  10. Foster, J.B., “Marxism and…”, ob. cit.
  11. Marx K, . El Capital. Crítica de la economía política,Tomo 1, Vol. 8, Buenos Aires, Siglo XXI Editores, 2002.
  12. Foster, J.B., “The Great…”, ob. cit.
  13. Sobre las posiciones de Michael Löwy, ver nota de Juan Luis Hernández, “Marxismo y ecología”, IdZ 12, agosto 2014.
  1. En Sudáfrica, por ejemplo, la lucha de clases es ahora un tanto ambiental como económico –lucha que ya muestra síntomas de la emergencia de una clase trabajadora ambiental. También en zonas de Asia, donde se combina un rápido desarrollo con algunas de las más agudas contradicciones de clase (ver Weston, D., The Political Economy of Global Warming, Nueva York, Routledge, 2014, pp. 113– 52). El resultado lógico es la unión de las revueltas contra el sistema, a lo que David Harvey se refiere en forma útil como lucha “co-revolucionaria” (ver Harvey, D., The Enigma of Capital, Londres, Profile, 2010, pp. 228–35). Esto se ejemplifica de la mejor forma por el movimiento global de justicia ambiental/climática y por el movimiento radical de acción directa que Naomi Klein llama “Blockadia” (Klein, ob. cit., pp. 293–336).
  1. “John Bellamy Foster: The only force that can combat imperialism today is a worldwide struggle of workers”, ahtribune.com, 17/04/2016.
  2. “Consecuencias del extractivismo en América Latina”, La Izquierda Diario, 13/05/2016.

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