Progresistas somos todos, ¿no?

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EDUARDO GRŰNER

 

N.2, agosto 2013

 

Quisiera empezar con una confesión personal: la palabra “progresismo” me provoca cierto rechazo. Entiendo perfectamente que no es lo mismo cuando se la usa desde la izquierda, o desde el discurso “nac & pop”, que cuando la usa un liberal o un conservador, pero igual me fastidia. No puedo olvidarme del Benjamin que decía que hoy en día –y el “día” de Benjamin sigue siendo el nuestro– el concepto de progreso es un arma ideológica de la historia de los vencedores (para quienes por supuesto hubo un “progreso” que los puso en ese lugar), mientras que para los vencidos la historia es una pesadillesca sucesión de regresiones. Dicho más “teóricamente”: aceptar sin interrogación crítica esa idea es someterse a una concepción de la historia del “tiempo homogéneo y vacío”, lineal, evolucionista, y para decirlo todo, colonial/eurocéntrica/clasista

Es una filosofía de la historia que solo pudo concebirse a partir del 12 de octubre de 1492 –por hacer una periodización simbólica pero para nada arbitraria–: es decir, cuando empezó lo que Samir Amin llama la mundialización de la ley del valor del Capital. Esa mundialización, que tenía Amos como los sigue teniendo la “globalización”, deglutió otras temporalidades históricas, otras lógicas de acumulación, otras concepciones del tiempo y de la Palabra. En el propio centro capitalista, la “acumulación originaria” fagocitó otros retazos de modos de producción, otras relaciones sociales. En una típica operación ideológica de pars pro toto, esa deglución transformó en “natural” la idea de la historia occidental y burguesa. Lo que triunfó es toda una metafísica de la temporalidad, y no solamente un modo de producción material. El genocidio y el etnocidio coloniales, y el gigantesco y violento proceso de separación entre los productores y sus medios de producción a nivel mundial, fueron complementados por un cronocidio, si se me permite inventar un neologismo. Eso se terminó de consagrar en el siglo XIX con el positivismo, el cientificismo, el evolucionismo, el “progresismo”, todas ellas expresiones de la consolidación del gran capitalismo industrial (aunque hay que reconocer un precedente filosófico en la Ilustración del siglo XVIII, con su fe ingenua en el progreso de la humanidad a través de la “educación de la sensibilidad”). Es cierto que al mismo tiempo apareció una idea del “progreso social” que implicaba una actitud defensiva contra los efectos más destructivos del capitalismo. Pero la historia del propio capitalismo se llevó por delante incluso esa connotación. El “progreso” –categoría que en verdad no tiene sentido en ningún otro campo que en el de la racionalidad científico-técnica instrumental: ¿qué querría decir “progreso” en el arte, por ejemplo?– se volvió incluso un argumento legitimador de la explotación de clase, la dominación colonial, la esclavitud y el racismo: así como hoy se justifican agresiones imperiales con razones “humanitarias” (una perversión del lenguaje posiblemente inédita en la historia), en el siglo XIX se estaba llevando el “progreso” a las clases, los pueblos y razas “inferiores”, tal como en el siglo XVI se les llevaba la verdadera religión. Pero la historia real es un entrechocarse permanente de tiempos diferenciales, un desarrollo desigual y combinado –para decirlo con un clásico– también de las temporalidades históricas, culturales, simbólicas y hasta “subjetivas”.

¿Para qué puede servir toda esta tediosa perorata de puesta en cuestión del sentido común “progresista”? En principio, debería servir para atemperar la tentación de un entusiasmo acrítico con los gobiernos, los partidos, los movimientos o los líderes políticos llamados precisamente “progresistas” (es curioso que ahora esta palabra sea un elogio, cuando en los años ‘60 y ‘70, incluso para la izquierda peronista, era un anatema, ya que “progresista” se oponía a “revolucionario”), sean oficialistas u opositores. Y también con algunas personas que se autocalifican así, y que a veces se fascinan con el discurso de la “renovación y el cambio”, o de la “profundización de lo que falta”, se lo creen a rajatablas, y después, previsiblemente, cuando nada cambia ni se renueva en serio, se sienten traicionados, lo cual no les impide fascinarse con el siguiente. Eso significó culturalmente (no hablo de la significación político coyuntural) una parte “flotante” (no hablo de los militantes y los convencidos auténticos) del voto a Frondizi, a Alfonsín, al Chacho Álvarez, y posiblemente también a Néstor y Cristina, o a Binner, por decir algo. Al menos el voto de la llamada “clase media”, la de la insaciable aspiración a la “movilidad social ascendente”, para la cual por lo tanto el progreso es su ideología más espontánea: ¿cuándo se escuchó a un obrero o

a un marginal o a un chipaya del altiplano boliviano decir de sí mismo que es “progresista”?

Sin duda los defendibles cuestionamientos a la hegemonía cultural –más que a la económica– del denominado “neoliberalismo”, en la última década, han contribuido a la naturalización del paradigma “progre”. Y ya sabemos que “naturalización” quiere decir neutralización: hoy, en la Argentina, todo el mundo es progre, con lo cual ese vocablo no tiene más sentido. Algunos gobiernos latinoamericanos, en efecto, se han tenido que hacer cargo de aquel cuestionamiento al neoliberalismo y son calificados como “progresistas”. Con lo cual se enfrentan a la necesidad de que al menos algunas de sus decisiones estén a la altura de la calificación.

No minimizo el hecho: si más gente puede comer, si hay más ocupación, si se pueden revisar algunas de las políticas más retrógradas de las décadas pasadas, si se reparan cosas en el campo de los Derechos Humanos, si se pone en cuestión el anterior sentido común neoliberal, bienvenido sea (son muchos “sis” que no siempre se cumplen, pero, pongamos). El problema es que, aun admitiendo las mejores intenciones, el postulado de un mero progresismo “etapista” fuerza a pactar con lo que hay, incluyendo las multinacionales, las burguesías locales, las burocracias sindicales, los “barones” políticos corruptos.

El resultado irónico es que aquello que se está obligado a hacer a favor del progreso así entendido, es precisamente lo que lo impide. En esos términos no se puede (aun cuando subjetivamente se quisiera) transgredir los límites de lo que Mészaros llama el sociometabolismo del Capital. Las medidas “reparatorias” que puedan adoptar nada tienen que ver con una ruptura con la lógica de fondo del “sociometabolismo”. No se trata de lo que “falta”, o de lo que hay que “profundizar”: en verdad, no falta nada ni hay nada que profundizar: el “modelo” es así, como se lo ve hoy. Aunque se pudieran ampliar cuantitativamente las medidas reparatorias –algo bien poco probable en medio de la tremenda crisis mundial– ello no significaría, sin embargo, ninguna ruptura estructural de la lógica del “modelo”, como no la significó el tan mentado “Estado de Bienestar” keynesiano, cuando lo hubo. Y por otra parte, para abusar del paralelismo, también ese “EBK” fue una respuesta a las luchas sociales de la época que, dialéctica obliga, se constituyó como un freno para esas propias luchas: todo progreso inmediato para las masas (celebrable en sí mismo, en especial si es un triunfo de su movilización), cuando se mantiene dentro de los rígidos límites del sistema puede resultar a la larga en regresión. Pero además hay que tomar en cuenta que los tiempos del propio mundo dominante ya no son tan pausados y ordenados como quisieran el evolucionismo o el reformismo “progresista”.

Estamos cotidianamente viviendo las turbulencias crecientes de una crisis del “sociometabolismo” que muy bien podría ser terminal. Por todas partes –de El Cairo a Londres, de Trípoli a Atenas, de Tel Aviv a Madrid, últimamente de Río de Janeiro a Estambul– vemos rebeliones todavía confusas, ambiguas, contradictorias, pero que en algunos casos ya empiezan a advertir que el problema no es solo el liberalismo, sea antiguo o neo: es el capitalismo. Se aceleran los tiempos en que tendremos que decidir si queremos otro “modelo” (y no una mera corrección reparadora de lo existente con todos sus elementos restauradores), o si nos resignaremos a precipitarnos en la barbarie, que como decía Rosa Luxemburgo (esa que fue asesinada por la muy progresista socialdemocracia alemana, que por esperar pacientemente la siguiente etapa de progreso se chocó con Hitler), es la única consecuencia posible de la crisis del capitalismo cuando no hay una auténtica alternativa.

En suma: ¿estamos, como pretenden los progresistas, en el “post-neoliberalismo”? Puede ser, a condición de que –como han propuesto algunos autores para el vocablo “post-modernismo”– entendamos el prefijo post como indicativo de una nueva fase de la misma lógica, y no como una tajante ruptura con ella. ¿Hemos salido realmente del “liberalismo”? ¿Y cómo podría hacerse eso a fondo dentro del capitalismo, aunque siempre conviene por supuesto una mayor voluntad redistributiva por parte del Estado? De la respuesta a esta pregunta dependen muchas otras: ¿se ha dejado de pagar la deuda externa? ¿Se ha hecho una reforma tributaria profunda y progresiva (que no es lo mismo que “progresista”)? ¿Se ha hecho una reforma agraria que permita diversificar los cultivos en pequeñas unidades equitativas y salirnos del cerrojo del comercio exterior “sojero”? ¿Se han re-estatizado completamente los recursos energéticos? ¿Tenemos “soberanía alimentaria”? ¿Se toman medidas de fondo contra la minería contaminante y extranjerizada? ¿Se ha solucionado la cuestión qom? ¿Se ha creado un impuesto a la riqueza que afecte de verdad a los grandes capitales y sirva a objetivos redistributivos? ¿Se ha logrado eliminar el altísimo porcentaje de trabajo “en negro”? Y así podríamos seguir preguntando indefinidamente, y la respuesta sería No, y no se va a hacer, y no se puede hacer en serio.

Los gobiernos “progres”, en general, combinan el clásico concepto de “bonapartismo” creado por Marx en El XVIII Brumario de Luis Bonaparte –es decir, la utilización del Estado como árbitro social, pretendidamente mediador entre las clases o fracciones de clases contrapuestas– con formas presuntamente un poquito más controladas, un poquito más “intervenidas”, de liberalismo económico y político. Y en algunos casos –y justamente cuando admiten que “falta” y que “hay que profundizar”– logran establecer lo que podríamos llamar un fuerte efecto performativo (se dice: “Vamos hacia el socialismo del siglo XXI”, o “Vamos hacia la plena inclusión social”, y muchos pueden creer que en efecto ya estamos ahí), que puede conseguir, “viento de cola” mediante, un apoyo importante de masas más o menos organizadas desde el Estado.

Pero ese optimismo performativo tiene patas cortas. En algún momento, indefectiblemente, los “éxitos” bonapartistas se encuentran con el impecable descubrimiento de Marx a propósito del límite que la lucha de clases le impone al arbitraje de clase. Y entonces, para el “bonapartismo”, tarde o temprano suena la hora de la verdad: por ejemplo, si como efecto de la crisis mundial y/o local se tiene que volver a ciertas políticas de “ajuste”, y aumenta de modo importante la conflictividad social, suele suceder que el “equilibrio” bonapartista se rompa (le sucedió al mismísimo Perón en 1973/74), y entonces, ¿hacia qué lado se inclinará la balanza estatal (porque el Estado, no olvidemos, es ante todo un aparato represivo)? Es una pregunta retórica, se entiende: como si no supiéramos la respuesta. Pero es una pregunta a la cual los seguidores “progres” deberían estar atentos. Pero se prefieren facilidades dicotómicas como la de una presunta batalla cultural que en última instancia sería la del Estado versus el Mercado, y dejan escapar que ambos “contendientes” están atravesados por la lógica de clase, articulada con la de una dependencia del “sociometabolismo” mundial que no ha desaparecido por arte de magia.

En el último decenio, se nos dice, la política ha llegado, por fin, para sustituir a la economía: una acabada muestra de que, contra lo que se suele pensar sobre el “realismo” de los progresistas, ellos son los verdaderos utopistas: creen en serio que dentro del dispositivo “sociometabólico” del Capital la economía se va a ir a otra parte, o por lo menos se va a subordinar a la política. Va de suyo que hay una autonomía relativa de la política: no hacía falta esperar a los progres del siglo XXI para enterarnos; desde Maquiavelo –para no mencionar a Marx, Engels, Lenin o Trotsky– se sabe eso abundantemente. Pero lo relativo de esa autonomía, en buen romance, quiere decir autonomía en relación a… ¿qué cosa? ¿El sexo de los ángeles? No: como reza una famosísima afirmación, “Es la economía…”.

Así, el logos progre –no importa cuánto alucine haber sometido a la “economía”– se transforma en una gran planilla de contabilidad, con sus prolijas columnas de Debe y Haber: esto se hizo bien, aquello no tanto, esto lo tenemos, aquello nos falta. Muy bien: sumemos y restemos, hagamos rayita y veamos el balance. Casualmente el Haber nos da un poquito más, así que estamos en el buen camino. Y si da un poquito menos, será que nos equivocamos en la cuenta, a ver, a ver… Por supuesto, al progre ni se le pasa por las mientes que a lo mejor la hoja de contabilidad está mal diseñada, menos aún que es la propia lógica de lo contable lo que habría que desechar para pensar otra cosa. Porque el logos progre es crasamente cuantitativo: si su candidato/a “mide” bien en las encuestas, si su partido obtiene un apreciable porcentaje de votos, si su gobierno preside sobre un puntito más del PBI, ya se ha desocultado el Ser y el progre se siente cálidamente bañado por la luz de la Verdad: ese deslumbramiento numérico lo autoriza, por ejemplo, a mirar de reojo y con sorna la “ineficiencia” de los que lo corren por izquierda (como la Historia es puro progreso lineal, se ha olvidado de sus discontinuidades cualitativas: por ejemplo, que los jacobinos o los bolcheviques eran una estricta minoría casi el día anterior a las respectivas revoluciones): ¿no es raro que gente tan convencida de la superioridad de la política sobre la economía –esas dos cosas tan diferentes, recuérdese– esté tan obsesionada por la aritmética?

El problema con este logos es que cuando la crisis aprieta, cuando el “andamiaje” muestra sus fisuras, cuando su gobierno se derechiza ostensiblemente (si es oficialista), cuando su partido no es capaz de concebir una mejor alternativa (si es “opositor”, palabra que debe ir encomillada, pues auténtico opositor es el que tiene una alternativa), cuando la aritmética empieza a no “cerrar”, el progre queda totalmente inerme: como ya decidió que no hay nada fuera de la “línea”, o del “andamiaje”, o de la planilla contable, queda sumido en el desconcierto –que no es lo mismo que la siempre atendible duda–. Solo le queda, una vez más, confiar en el progreso: la Historia, sin duda, sabe lo que hace, puesto que llegó hasta aquí. Puede, incluso, que crea en las ventajas del socialismo: eso sería un progreso ¿verdad?

Y bien, de una u otra manera, la “astucia de la razón” de la línea llevará hasta allí, arrojando a las costas de ese río indetenible “lastres” como la ley antiterrorista, el proyecto X, la minería, Monsanto, Chevron o Milani. Que no nos gustan, desde ya, pero el ineluctable progreso bien merece aguantar algunos chubascos. La mala noticia es que no hay tiempo. Benjamin (conviene volver a él, sin pasar por alto un par de las Tesis de Filosofía de la Historia que lo revelan como un furibundo anti-progresista que apuesta a un metafórico mesianismo apocalíptico que interrumpa de una buena vez el logos lineal), ya en los años treinta, recomendaba estar atentos a/apuntar hacia el acontecimiento del instante-ahora que podría emerger “a la vuelta de la esquina”, y que él todavía denominaba revolución: la confianza en el progreso, por sí mismo, solo promete más ruinas. Y hoy con más razón. No hace falta siquiera ser muy de izquierda para constatar eso (aunque sí hace falta no ser un optimista progre): se puede apenas ojear el New York Times o The Economist para comprobar el pánico generalizado que cunde entre las clases dominantes de las grandes potencias capitalistas (incluso las “emergentes”, como China): desocupación, pauperización, derrumbe de los restos de “Estado de Bienestar”, degradación de los servicios de salud y educación, catástrofe de la vivienda, etcétera. Y no para allí: guerras, terrorismo, racismo, fundamentalismos de todo tipo. La crisis, ahora sí, no es una mera cuestión económica: es una gigantesca descomposición política, social, cultural, moral y hasta psicológica. El villano de esta historia no está muriendo de “muerte natural”, sino de su propia podredumbre interna. Su misma historia es un cáncer nauseabundo que lo mina desde la raíz. Como en el famoso cuento del señor Valdemar de Edgar Allan Poe, ya está muerto y descomponiéndose, solo que ni él ni los progres que aún confían en curarlo terminan de darse cuenta. Ahora bien, no es cuestión de esperar que su “destino” se cumpla. Porque, mientras tanto, esa peste nos contamina a todos –puesto que todos, nos guste o no, somos partículas del sociometabolismo del Capital–, y va a terminar arrastrando a la humanidad al abismo. Y desde ahí, no se progresa.

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2 comments

  1. Juan Morris 3 septiembre, 2013 at 18:21 Responder

    Detroit ciudad fantasma https://www.youtube.com/watch?v=tLlRCmgySwQ
    La sociedad nunca entendió que cuando (se abolió) la esclavitud de los africanos, en realidad no se estaba aboliendo la esclavitud, simplemente pensaron ¿para que nos vamos a conformar con los negros si también podemos esclavizar a los blancos? a mayor oferta de mano de obra menor valor del sueldo. Hoy las empresas se fugan de sus países originarios en busca de mano de obra aún mas barata (la idea del primer mundo es insostenible). La población emigra en busca de trabajo, imagínense cuando en China (1.300.000.000 hab) pase lo mismo que pasó en Detroit.

  2. danilo castelli 22 septiembre, 2013 at 14:17 Responder

    Está buenísimo el artículo y es muy útil, pero se podría sintetizar mucho más y expresar las cosas en un tono menos superado.

    Creo que hay mucha necesidad de socializar muchas cosas de las que se dicen aquí (sobre todo lo del método progre de la planilla contable). Puede servir tomarlo como una cuestión metodológica de análisis político, de esa manera no genera tantas resistencias en lectores progres. Lectores que, de entrada, se van a sentir estigmatizados leyendo este artículo (si es que lo leen o si es que lo terminan).

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