Problemas de género

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LAURA VILCHES

Número 30, junio 2016.

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“La palabra es el fenómeno ideológico por excelencia”, dirá Voloshinov. Cada palabra “es una arena de cruce y la lucha por los acentos sociales de diversas orientaciones. La palabra en los labios de un individuo aislado aparece como producto de interacción de fuerzas sociales vivas”1.

La literatura, pensada entonces desde su materia prima, el signo ligústico –“que llega a ser arena de la lucha de clases”– ha sido también arena para la lucha de las mujeres en la conquista por sus propios derechos. En ese particular teatro se va a disputar el sentido de las representaciones sociales de las mujeres, modelos y estereotipos de los que la literatura se hace eco en algunos casos para imponerlos, mientras en otros permite cuestionarlos. La escritora cordobesa María Teresa Andruetto ha rescatado, en la reciente colección Narradoras Argentinas (EDUVIM), el derrotero y la obra de mujeres no registradas por el canon de la narrativa de ficción argentina: Libertad Demitrópulos, Elvira Orphée, Sara Gallardo o Amalia Jamilis son algunas de ellas. En el Foro de Arte, Cultura y Política realizado en mayo en la Universidad de Córdoba –organizado por la juventud del PTS–, pudimos conversar con ella sobre cómo las mujeres escritoras, entre otras, han peleado a lo largo de la historia, también en nuestro país, para acceder a un espacio históricamente reservado a los varones: el de la palabra escrita como palabra pública. Lo que sigue son algunas reflexiones sobre estos problemas2.

 

La disputa por la palabra

Un cuarto propio, de Virginia Woolf, es uno de los textos fundamentales para pensar la relación entre el arte, la literatura y las mujeres. Allí la autora plantea, casi en clave del “materialismo histórico”, cuáles son las contradicciones y los problemas materiales y culturales a los que se enfrentaron las mujeres para poder escribir. La disposición de tiempo ocioso que permite dedicarse a la creación artística confronta materialmente con la “doble cadena” que implica la asignación naturalizada de la maternidad o las tareas domésticas, del mismo modo que la imposibilidad de disponer de espacio propio, de “un cuarto propio”, para la concentración que requiere el trabajo literario. Esas serán, entre otras, las dificultades con las que se encontraría una hipotética “hermana de Shakespeare” que hubiese tenido su mismo talento y capacidad.

Pero una vez que las mujeres conquistaron el derecho al “cuarto propio” y el derecho al uso de la palabra pública que entraña el discurso literario, también allí, en ese terreno en disputa, se fue expresando la lucha de las mujeres por las representaciones literarias (sociales) de las mujeres mismas.

En 1967, Liliana Heker publicaba un ensayo, en diálogo con el clásico texto de Virginia Woolf, titulado Las hermanas de Shakespeare. Allí discutía la existencia de algo así como una “literatura femenina” que empezaba a llenar góndolas de librerías y se transformaba en un “fenómeno” de mercado. Puede pensarse que dicho ensayo expresa, no ya la disputa por el acceso a la palabra literaria que caracterizó a la generación anterior rescatada por Andruetto, sino el derecho a que la escritura de mujeres sea considerada literatura lisa y llanamente, sin marcas de género, o al menos no más que las que posee una literatura escrita por varones, en tanto, dirá Heker,

construir vivencias y lenguajes ajenos es una de las magias de la literatura. En ese aspecto, yo diría que todo creador, hombre o mujer, dispone de una experiencia sin límites. O cuyo único límite lo fijan el deseo de internarse en ese mundo ajeno y el trabajo y talento con que se construye ese mundo3.

Ello no implica que la condición de género, como señaló en la charla Andruetto, no sea una de las tantas “capas”, junto a la extracción de clase, la pertenencia regional, etc., que intervienen en lo que el escritor produce, pero ello no es exclusivo de la literatura escrita por mujeres para hacer necesaria la adjetivación de “su literatura”4.

Sin embargo, la existencia de la discusión planteada daría cuenta de que se produjo, a  mediados de los años ‘50, un cambio en el mapa literario producto de las conquistas de las mujeres de esa generación previa –como el acceso a la educación superior o el voto–, que hará emerger cuantitativamente las cifras de mujeres que escriben, evidenciando que la literatura no es escrita solamente por hombres.

 

Un signo propio

Si bien ya las escritoras de las generaciones anteriores a la década del ‘60 van a cuestionar los estereotipos de género, es en las mujeres de la década siguiente donde se observarán las mayores rupturas (no solo estéticas) –en un marco signado por el ascenso obrero y popular, con hitos como el Cordobazo–, poniendo en discusión no solo el rol de la mujer en la sociedad sino el conjunto de las condiciones sociales en el que las mujeres desarrollaban su vida junto a los explotados por el capitalismo. Podemos observar que comienza a ser una constante la puesta en cuestión de los roles femeninos a través de la construcción de los personajes en la narrativa de autoras de esa generación como la propia Liliana Heker, Luisa Valenzuela (como en El gato eficaz o Hay que sonreír), Silvia Molloy (En breve cárcel), Tununa Mercado (Canon de alcoba) o María Teresa Andruetto (La mujer en cuestión), ya sea que publiquen en los años ‘60 o a la salida de la dictadura cívico militar.

Las influencias que sobre las mujeres (sobre todo de clase media, entre las que podemos ubicar a las escritoras) ejerció el feminismo de la “segunda ola”, en la Argentina de los años ‘60, con demandas de libertades democráticas elementales como el derecho al aborto legal, la salud reproductiva o la denuncia de la violencia sexual, así como el surgimiento de los estudios sobre el origen de la opresión de las mujeres y su historia5, se combinó con el proceso de ascenso en el que también las mujeres de la clase trabajadora y los sectores populares entraban en la vida pública por la vía de la lucha gremial o política, y cuestionaban en ese movimiento su rol de madres, hermanas, esposas.

Este proceso de radicalización política, social y cultural que se dio entre fines de los ‘60 y principio de los ‘80 a nivel mundial, fue cerrado por concesiones a las masas en los países centrales y por golpes contrarrevolucionarios en la periferia (Argentina), lo que dejó a la defensiva al movimiento obrero y popular y junto con ello, a las mujeres. La larga “noche neoliberal” que se impuso tras la derrota significará la fragmentación de los trabajadores a nivel mundial, el avance de la explotación y la degradación social y el triunfo del individualismo como ideología de masas. Esto convivió con la incorporación de algunas demandas de derechos democráticos planteados por los “movimientos sociales” (incluido el feminismo) en las agendas de la políticas públicas para gestar un nuevo pacto entre las clases.

Las feministas que hasta entonces eran “antiinstituciones” y cuya pelea era en las calles junto a los oprimidos, se integraron a la academia, recluyéndose en cátedras universitarias donde hubo una especie de “hiperespecialización”6 en los estudios de género; fueron cooptadas por las instituciones del Estado y sus gobiernos, o bien fueron recluidas en las ONG, para las que fluyeron cuantiosos fondos de los organismos de crédito internacional. Por otro lado, reducidos grupos de activistas (muchas de ellas, antiguas militantes de organizaciones políticas) se mantuvieron independientes y evitaron la cooptación gubernamental pero quedaron actuando molecularmente, reuniéndose cada tanto en espacios como los Encuentros Nacionales de Mujeres –una instancia que comenzó siendo reducida y que en las últimas décadas fue ganando en masividad y visibilidad–.

 

Generaciones e hilos de continuidad

Sin embargo, podemos observar que uno de los efectos de esas peleas, aunque se dieran en general disociadas, podría encontrarse en los escritores y escritoras que Elsa Drucaroff, en su libro Los prisioneros de la torre, llamó la “generación de post dictadura”: una generación que comparte, entre otras características, el hecho de haber nacido después de la década del ‘60, que comienza a publicar a partir de los años ‘90 y para la cual la dictadura es una referencia del pasado, una piedra de toque, pero sin tener ella la experiencia directa de la derrota.

En esta generación de post dictadura Drucaroff observará, no solo en escritoras mujeres sino ya en los varones, una mirada “femenina” (o “masculina nueva”, “femenizada”) en el sentido de “observar el mundo desde el interés explícito o implícito del género oprimido, una mirada que pierde la certeza cómoda del viejo estereotipo” sobre lo que “son” o “deben ser” las mujeres7.

Así, los textos narrativos de esta generación se caracterizan, en general, por representar mujeres a partir de realizar un “trabajo literario” que antes, según la autora,

pocos estaban dispuestos a encarar”, en tanto había que esforzarse por presentar a los personajes femeninos no en función de estereotipos de género (como objetos de deseo –amadas, amantes fieles, putas o histéricas– o madres abnegadas o castradoras),

sino personas que “además” son mujeres. A las mujeres les “ocurren otras cosas entre las cuales también puede estar parir, criar bien o mal, sentir o inspirar deseo sexual”8.

El cuestionamiento a los roles de género también puede observarse en la construcción que los propios escritores varones hacen de los personajes masculinos, que se despliegan como personajes dolientes y contradictorios por verse conminados a asumir el rol de “machos” poderosos y fuertes, completos u orgullosos.

En el caso de la escritura de varones, basta con pensar en dos novelas de Pablo Ramos: La ley de la ferocidad y En cinco minutos levántate María. En la primera, se narra la vida de un adulto joven, Gabriel, que sufre falta de un padre cariñoso que le prodigara algo tan elemental como un abrazo, y lo manifiesta ante el mundo en clave de autodestrucción. En la segunda se narran, desde el monólogo interior, las reflexiones y conclusiones de la madre de Gabriel en torno a la relación del padre con su hijo, y las formas en que se expresó o no el amor, también hacia ella.

Otro ejemplo de varones escribiendo en discusión con los estereotipos femeninos es Sergio Olguín, autor de Las Extranjeras, donde se aborda desde una ficción en clave policial, la historia de las dos turistas francesas asesinadas en Salta en 2011. En esta novela, así como las otras dos de la serie de Verónica Rosenthal –La fragilidad de los cuerpos y No hay amores felices–, la protagonista adquiere gran complejidad: una joven periodista que vive libremente su sexualidad, desoye el mandato de la maternidad y se mueve de manera independiente. Verónica es un personaje sumamente contradictorio y no deja de “derrapar” a pesar de su conciencia sobre los modelos y conductas que impone el patriarcado a las mujeres.

Según la autora de Los prisioneros de la torre, se está por primera vez ante una “sensibilidad que entiende que el sexo y los géneros son algo cultural, artificioso, atravesado por la injusticia social y así merece ser examinado”9.

En el caso de las mujeres escritoras, siguiendo los hilos de continuidad en una política de representación del género de algunas escritoras de la “generación de la militancia” setentista y profundizándola, podemos observar la construcción de los personajes femeninos que abordan Gabriela Cabezón Cámara en su trilogía La virgen cabeza, Le viste la cara a dios y Romance de la negra rubia o Selva Almada con su novela Ladrilleros, donde se aborda el amor homosexual, así como en la crónica sobre los femicidios que se abre paso en Chicas muertas, por citar solo dos ejemplos10.

Si ha surgido una nueva sensibilidad dispuesta a pensar el género desde otro lugar, para por otro lado, no poner en juego la verosimilitud en la construcción de los personajes, sean masculinos o femeninos, también tendrá que ver con aquello que referíamos sobre el derrotero de la lucha de las mujeres; como señala Drucaroff, muchos de los y las escritoras de post dictadura, hicieron su paso por las universidades en los ‘80 y ‘90, aunque sus espacios de consagración no estuvieran estrictamente vinculados con aquellas.

De alguna manera, podemos establecer la existencia de ciertos “hilos de continuidad” en la lucha de las mujeres (que algunos hombres también han tomado en sus manos) para imponer en la palabra, la orientación acorde a sus demandas y disputar contra los vestigios de la cultura patriarcal que asoma en la literatura y en la vida. Un sentido emancipador de las mujeres que, a su vez, puede volver a la “arena” de la lucha de clases: las calles, los lugares de trabajo, las escuelas y las universidades.

 

Dos veces junio

No siempre la aparición de estos temas o tratamientos implica que haya una conciencia acabada, en los y las escritoras de la generación de post dictadura, de la continuidad de esta pelea. Sin embargo, desde hace unos años, comenzamos a ver nuevamente a mujeres y hombres que, tras la ruptura del orden conservador de la restauración burguesa que signó las últimas décadas y se agudiza al calor de una nueva crisis mundial, no solo disputan sentido en las palabras sino contra las instituciones directamente responsables de la opresión machista: la Iglesia, la Justicia, la policía, los empresarios, el propio Estado capitalista. La movilización masiva convocada el 3 de junio de 2015 contra los femicidios y la violencia de género, surgida de mujeres que “trabajan” con la palabra (escritoras, periodistas, intelectuales) entre las cuales se encontraron algunas de las aquí nombradas, parece marcar que nuestra lucha vuelve a las calles y anticipa una nueva etapa para la pelea por las reivindicaciones pendientes de las mujeres y otras identidades en el orden cultural, simbólico y material.

El carácter de la nueva movilización que se desarrolló este junio11, donde se avanza señalando la directa responsabilidad del Estado capitalista en los femicidios, es un signo auspicioso porque empezamos a confluir en las calles quienes decimos basta a la opresión en cualquiera de sus formas, indicando la única perspectiva para exigir no solo el derecho a no ser encasilladas en representaciones estereotipadas, sino para que todas y cada una de quienes habitamos este mundo tengamos derecho al disfrute del arte y a la creación como experiencia de la más absoluta libertad.

 

  1. Valentin Voloshinov, El marxismo y la filosofía del lenguaje, Bs. As., Ediciones Godot, 2009, p. 73.
  2. Aquí una apretada síntesis: “Córdoba: Sigue el Foro de Arte, Estética y Marxismo ‘La cultura en la encrucijada’”, La izquierda diario, 14/05/2016.
  3. Las hermanas de Shakespeare, Bs.As., Alfaguara, 1999, p. 124.
  4. María Angélica Bosco, autora de la novela policial La muerte baja en ascensor, también daba cuenta de la existencia de esta discusión en una entrevista otorgada meses antes de su muerte. Allí sostenía que su dedicación a la literatura policial fue un modo de escapar al “rótulo” de literatura escrita por y para ser consumida por mujeres, que se asociaba a determinados géneros y temas que “aburren a los lectores” (“Soy liberal, desobediente y rebelde de profesión”, Página/12, 16/01/06).
  5. Para estudiar en profundidad este proceso, ver capítulos VI, VII y VIII del libro Pan y Rosas. Pertenencia de género y antagonismo de clase en el capitalismo de Andrea D’Atri (Bs. As., CEIP-IPS, 2013).
  6. Es elocuente en este sentido, el capítulo “La política de la amnesia” en Después de la teoría de Terry Eagleton, Bs. As., Random House Mondadori, 2005.
  7. Los prisioneros de la torre. Política, relatos y jóvenes en la postdictadura., Bs. As., Planeta, 2011, p. 267.
  8. Ibídem, p. 269.
  9. Ibídem, p. 270.
  10. Ideas de Izquierda ha publicado entrevistas a varios de estos escritores y escritoras. Allí estos temas, entre otros, fueron parte de la conversación.
  11. Para ampliar sobre la cuestión, ver en este mismo número el artículo de Andrea D’Atri.

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