Primeras lecciones de la lucha del pueblo catalán por su independencia

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DEL REFERÉNDUM A LA REPÚBLICA CATALANA Y EL GOLPE INSTITUCIONAL

 

SANTIAGO LUPE

Número 41, noviembre 2017.

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El pasado 1 de octubre, más de 2 millones participaron en el referéndum de autodeterminación catalán, a pesar de la represión de la policía enviada por el gobierno central de Mariano Rajoy. Dos días más tarde se vivió una jornada de huelga general para denunciar esta represión –que dejó un saldo de más de 1.000 heridos– y en defensa del resultado de la votación, en la que ganó el sí a la independencia por un 90 %.

Aquellas jornadas manifestaron la voluntad mayoritaria del pueblo catalán de constituir su propio Estado en forma de república y en ruptura con la monarquía española y el Régimen del ‘78. El mes que le ha seguido han sido semanas en las que se ha tratado de desconocer esta voluntad.

Finalmente, el 27 de octubre se proclamó en el Parlament de Catalunya la República catalana, y ese mismo día el Senado y el gobierno central ordenaban la disolución de la cámara catalana, la destitución de todo el gobierno catalán y la convocatoria de elecciones autonómicas forzosas el 21 de diciembre. Días más tarde se cursaba una querella por rebelión y otras causas contra toda la Mesa del Parlament y el Govern, para acabar encarcelando a 8 consellers y cursar órdenes de detención para los otros 4 y el presidente catalán, que se habían trasladado a Bélgica. Un verdadero golpe institucional que pretende cerrar de forma reaccionaria y recentralizadora la crisis catalana y que, hasta el momento, no está siendo contestado por la dirección burguesa del proceso. Sin embargo, la profundidad del mismo indica que la cuestión catalana, más allá del resultado inmediato del golpe en curso, ha venido para quedarse.

 

La cuestión catalana y la crisis del Régimen del ‘78

El impacto de la crisis capitalista sobre los cimientos del Régimen heredero del franquismo le abrió una profunda crisis. La brutal caída de las condiciones de vida y trabajo de las masas extendió un amplio rechazo a la casta política, como se expresó en el “no nos representan” del 15-M. Un año más tarde en Catalunya se producía el surgimiento de un vasto movimiento por la independencia.

La burocracia sindical de CCOO y UGT jugó un rol clave para desactivar la movilización social, evitando que la clase trabajadora pudiera salir con fuerza a la escena. La crisis de representación provocó un cambio en el sistema de partidos, con el surgimiento por derecha de Ciudadanos y por izquierda de Podemos. Pero la adaptación del nuevo reformismo ha sido acelerada, abandonando toda impugnación del Régimen, para conformarse con intentar servir de socio a su pata izquierda, el PSOE.

Sin embargo, la crisis catalana seguía siendo una “piedra en el zapato”. La honda aspiración del 80 % de los catalanes a poder decidir su relación con el resto del Estado no desaparecía. Esto impidió poder avanzar en una redefinición del modelo territorial y, a su vez, que se pudiera formar una mayoría alternativa al PP en el año 2016 –un año sin gobierno hasta que se repitieron las elecciones generales– que terminara de ofrecer una cierta “regeneración” al Régimen.

 

El golpe institucional del 155 y el proyecto de restauración reaccionaria del Rey

La reacción al 1-O ha sido una sucesión de golpes represivos, como el encarcelamiento de los presidentes de la Asamblea Nacional Catalana y Omnium Cultural para, tras el 27- O, aplicar el artículo 1551 de la Constitución y dar un golpe institucional con el “manto democrático” de unas elecciones teledirigidas, con cada vez menos credibilidad con el encarcelamiento de buena parte del gobierno catalán.

La brutal reacción del Estado central contra el 1-O y el 27-O, con el Rey a la cabeza de una “gran coalición” formada por el PP, el PSOE y Ciudadanos, tiene que ver con esta crisis general. Su apuesta es imponer una firme derrota al movimiento catalán que reavive el “españolismo” en todo el Estado, neutralice al nuevo reformismo y abra las puertas a una restauración del Régimen del ‘78 en clave recentralizadora, con un gran recorte de derechos y libertades democráticas y formas más bonapartistas de gobernar con apoyo en la Judicatura y las fuerzas policiales. Un régimen restaurado en clave reaccionaria que desde una nueva legitimidad siga pasando los planes de ajuste pendientes para resolver, sobre las espaldas del pueblo y los trabajadores, la restructuración del capitalismo español y la crisis fiscal de la Hacienda.

 

¿Quién está al frente del proceso catalán?

En Catalunya, la crisis de representación afectó al partido histórico de la burguesía catalana –Convergencia i Unió–, que había sido el “virrey” catalán del régimen durante la mayor parte de la etapa democrática. Esto se expresó en el 15-M, pero también en 2012 en la primera Diada2 masiva en favor de la independencia. Como trasfondo estaba la profunda crisis fiscal del Estado. El gobierno central, en manos del PP, apostaba por una recentralización, mientras CiU quería lograr un pacto fiscal que mejorara la financiación catalana.

Sin embargo, los “convergentes” se pusieron a la cabeza de esta demanda democrática, tanto para intentar salvarse de la “crisis de representación” y evitar que tomara un curso independiente e incierto, como para usarlo como herramienta de presión al Estado. El hecho de que éste no haya querido negociar absolutamente nada en estos cinco años y que el movimiento de masas se haya seguido expresando en grandes movilizaciones, ha hecho que la misma dirección viviera cambios fruto de este juego de presiones.

Desde 2015, la dirección del PDeCAT –la marca de la refundada “Convergencia”– basculó a un sector más abiertamente independentista, expresión del programa de una parte de la pequeña y mediana burguesía. No así de los grandes capitalistas catalanes, contrarios a la independencia, aunque “dejaran hacer” en confianza de que se reconduciría y que podría servir de cara a una nueva renegociaicón de la financiación territorial.

 

Referéndum y huelga general: una gran movilización social con elementos de autoorganización

El éxito del 1-O se debió sobre todo a la masiva movilización de los días previos, a la red clandestina que hizo llegar las urnas y papeletas, y a elementos de autoorganización como los comités de defensa del referéndum de barrios y pueblos y, sobre todo, a la ocupación de más de 1.300 colegios electorales. Estos hechos, que fueron tolerados por el Govern –que quiso además evitar la imagen de que fuera la policía catalana la que cerrara colegios–, tuvieron un alto componente de espontaneidad y creatividad del movimiento de masas. Sin ellos el 1-O no hubiera pasado de colas y concentraciones en los colegios sin posibilidad de que se votara por las prohibiciones judiciales de los días previos.

A este resultado se sumó la huelga general del 3 de octubre, que había sido convocada inicialmente por los sindicatos de izquierda o alternativos. Desde las entidades civiles, li­gadas al gobierno catalán, trataron de convertirla en un paro cívico en acuerdo con la pequeña y mediana patronal. Sin embargo, en muchas empresas los trabajadores pararon a pesar de la oposición de sus empresarios, y en sectores como la educación, la sanidad, la administración, comercio o el transporte, el paro fue muy exitoso. El punto más débil fue la industria. Allí, la burocracia sindical de CCOO y UGT se negó a sumarse a la huelga y la incidencia fue muy baja.

 

La claudicación de la dirección burguesa del proceso catalán

A día de hoy los golpes más contundentes de la represión del Estado vienen cayendo sobre la dirección burguesa del proceso, pero esto no quita, para poder hacer un balance de cuál ha sido su rol, que por otra parte ha dejado vía libre a la ofensiva represiva.

Lo vivido entre los días previos al referéndum y el 3 de octubre marcaba el camino a seguir para poder hacer efectivo el resultado del 1-O: la movilización y autoorganización popular, y sobre todo la posible entrada en escena de la clase trabajadora. Pero esta no era la “hoja de ruta” de su dirección burguesa, que realmente se espantó de la posibilidad de que el movimiento pudiera escaparse de su control. El miedo se convirtió en “guerra económica” de parte de la burguesía más concentrada, que promovió el cambio de sede de cerca de 2.000 firmas, entre ellas los principales bancos, aseguradoras e inmobiliarias.

La dirección burguesa y pequeñoburguesa optaron entonces por desinflar la movilización social, una “vuelta a la calma”, mientras buscaba impotentemente la mediación inter­nacional y un gesto del Estado que permitiera abrir alguna negociación. De aquí que se negara a proclamar la independencia hasta el día 10, para suspenderla pasados 8 segundos, y que hasta el día anterior a que el Parlament la votara, el 27, se buscara la posibilidad de abandonar la idea y convocar, desde el Govern, a nuevas elecciones autonómicas des­oyendo el resultado del 1-O.

La reaccionaria UE cerró filas con Rajoy, como era de esperar. No quiere abrir la “caja de pandora” de las naciones sin Estado de Europa, y menos que se perciba que un derecho como el de autodeterminación se puede arrancar a un Estado miembro por medio de la movilización social. El Régimen tampoco se movió: el Rey había dado la orden de forzar la mayor claudicación posible. En ese callejón sin salida, la dirección decidió proclamar la república catalana pero para, acto seguido, no tomar medida alguna –ni legal ni menos aún de resistencia– para constituirla y defenderla del golpe institucional del Estado.

Tras la proclamación, el Govern se tomó el fin de semana de vacaciones, el lunes se entregó la Generalitat y Consellerias a los enviados del gobierno central, y todo el bloque aceptó las elecciones del 155. Esta vergonzante claudicación fue secundada por las entidades civiles soberanistas que se negaron a convocar a ninguna movilización. Tras el encarcelamiento del Govern, es posible que se convoquen algunas movilizaciones, como la gran manifestación prevista para el sábado 11 de noviembre o la posibilidad de un nuevo paro de 24 horas.

 

Una izquierda entre la subordinación a Puigdemont y a la Corona

La izquierda que pelea por la independencia de Catalunya desde posiciones anticapitalistas, las candidaturas de Unidad Popular, han practicado una política de confianza y subordinación al bloque formado por el PDeCAT y ERC. Desde el inicio del proceso se han negado a promover una “hoja de ruta” independiente, basada en la movilización social, y en unir esta lucha democrática con un profundo programa de demandas sociales capaz de sumar a la clase trabajadora. Llegados al momento crítico, tras el 1-O, se han limitado a exigir que Puigdemont proclame la independencia, sin alertar de que ésta solo se podrían hacer efectiva y defender por medio de la autoorganización obrera y popular, construyendo una dirección alternativa a la que ya estaba dando claras señales de que quería claudicar, y poniendo en pie un gran movimiento con paros, cortes, control de infraestructuras y empresas claves para derrotar el golpe.

Por otro lado la izquierda reformista, representada por los “comunes” en Catalunya y por Podemos e Izquierda Unida en el resto del Estado, ha adoptado una posición realmente criminal, constatación de su cada vez mayor integración en el Régimen. En un principio se negaron a apoyar el referéndum aludiendo a que éste no había sido acordado con el Estado central, el mismo que niega explícitamente el derecho a decidir. Finalmente llamaron a participar con la boca pequeña, sin reconocerle el carácter de referéndum y por lo tanto tampoco su resultado. En el mes de octubre ha intentado facilitar, sin éxito, alguna salida que implicara renunciar a la república catalana a cambio de alguna mesa de negociación, y cuando ésta fue finalmente proclamada, se negaron a reconocerla y mucho menos a defenderla. Aunque manifestaron su oposición al 155 –sin llamar ni participar en ninguna movilización en contra del mismo–, el rechazo más fuerte y contundente ha sido al reconocimiento de la voluntad mayoritaria del pueblo catalán, ubicándose como el ala izquierda del golpe institucional comandado por la Corona.

 

Por una República catalana socialista y una federación de repúblicas socialistas ibéricas

Su dirección y la ubicación de las principales corrientes de la izquierda son dos de los grandes límites a superar por parte del movimiento democrático catalán. Es imprescindible poner en pie una izquierda de los trabajadores que se disponga a construir un ala socialista para disputar la dirección del movimiento a los representantes políticos de la burguesía que han demostrado que solo pueden conducirlo a la derrota o la claudicación.

Hasta ahora una parte importante de la clase trabajadora no siente como propia la lucha por la independencia debido al carácter burgués de su dirección –responsable además de la peor agenda de recortes en décadas– y el contenido que ésta le quiere imprimir a la república, una república de los capitalistas catalanes.

Para que la potencia social de la clase trabajadora se sume a la lucha por constituir una república catalana, único modo de derrotar la ofensiva del Régimen, es necesario plantear claramente medidas de expropiación y control obrero de los grandes capitalistas que son parte de la “guerra económica” contra la independencia, el reparto de horas de trabajo sin reducción del salario, o expropiar todas las viviendas vacías en manos de los especuladores. Es decir, luchar por construir una república de los trabajadores y socialista.

Este es el único modo de unificar las filas de la clase trabajadora de todo el Estado en una lucha común contra el golpe institucional en curso, por la libertad de los presos políticos, por el reconocimiento y la defensa de la República catalana, por acabar con la Corona y el Régimen del ‘78 e imponer asambleas constituyentes libres y soberanas en Catalunya y en el resto del Estado. Una verdadera ofensiva contra el veneno españolista que se quiere extender entre los sectores populares –y que es la base de la restauración en curso– que abra el camino de construir una libre federación de repúblicas socialistas ibéricas, en la perspectiva de luchar contra la UE de los capitalistas por unos Estados Unidos Socialistas de Europa.

La experiencia que se está haciendo en estas semanas con la dirección del proceso y con las corrientes de la izquierda que se han subordinado a la misma, debe ser transformada en lecciones. Sobre éstas está el reto de avanzar en el agrupamiento de aquellos jóvenes y trabajadores que busquen una estrategia revolucionaria para conquistar una república independiente catalana, que solo podrá ser socialista y de los trabajadores. Un importante paso en la dirección de construir un partido revolucionario de trabajadores, una tarea histórica fundamental para acabar con la Corona, el Régimen del ‘78 y el capitalismo español y catalán.

 

Barcelona, 4 de noviembre de 2017

 

  1. Se refiere al artículo 155 de la Constitución que prevé la suspensión del autogobierno de una comunidad Autónoma como Catalunya.
  2. Día de la Catalunya.

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