¿Por qué triunfó la rebelión de los CEO?

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PAULA VARELA y GASTÓN GUTIÉRREZ

Comité de redacción.

Número 26, diciembre 2015.

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“Cuando advierta que para producir necesita obtener autorización de quienes no producen nada; cuando compruebe que el dinero fluye hacia quienes trafican no bienes, sino favores; cuando perciba que muchos se hacen ricos por el soborno y por influencias más que por el trabajo, y que las leyes no lo protegen contra ellos sino, por el contrario, son ellos los que están protegidos contra usted; cuando repare que la corrupción es recompensada y la honradez se convierte en un autosacrificio, entonces podrá afirmar, sin temor a equivocarse, que su sociedad está condenada”.

Ayn Rand (La rebelión del Atlas)

El libro

Se dice que Mauricio leyó. Se dice además, que leyó un libro y que lo tiene en alta estima por la forma en que valora el “egoísmo racional” como virtud. Allí abreva a la hora de sintetizar el nuevo espíritu del capitalismo PRO según el cual “los hacedores derrotaron a los parásitos” en esta condenada sociedad K. En la fábula americanista de Ayn Rand, del lado de los hacedores están los empresarios y los profesionales que protagonizan una “huelga” memorable contra el Estado, sus impuestos y el clientelismo; mientras que del lado de los parásitos se encuentra la casta política y aquellos que necesitan ayuda para sobrevivir en el mercado. Más pragmático que la filósofa individualista, Macri aún no pudo ajustar a los “parásitos” (de hecho, ganó prometiéndoles sobrevida), pero eso no le impidió, una vez en el poder, armar el gobierno más prístino que los “hacedores” del capital pueden conseguir.

¿Cómo un partido liderado por un empresario y nacido de un think tank conquistó el poder en la Argentina kirchnerista? ¿Cómo pudo articular parte de los retazos de los partidos tradicionales (peronismo, radicalismo, liberalismo) que volaron por los aires con la crisis del 2001? ¿Cómo logró construirse como el astro gemelo del kirchnerismo en el firmamento de la restauración post-2001?

 

Lo nuevo de la nueva derecha

La genealogía de la ideología que hegemoniza el PRO (de dudosa ética protestante) es de larga data. Dos elementos ayudan a comprender el giro que implica esta rebelión de los CEO triunfante: el núcleo duro (político e ideológico) del aparato de esta nueva derecha, y el modo en el que entre kirchnerismo y macrismo tuvo lugar una “sana competencia randiana” por el sentido y las expectativas de los electores devenidos consumidores. El macrismo triunfó interpelando a aquellos que se veían impedidos de recrear virtuosamente el ciclo dinerario por el costo del Estado, los subsidios a las empresas ineficientes y la “restricción interna” del cepo al libre acceso a los dólares. Y lo hizo, acicateando a cada vez más amplias porciones de las capas medias y a fracciones de los sectores populares cuyo consumo depende del circuito mercantil y para quienes, alejados de la “ayuda del Estado”, ésta se les presenta como parte del problema.

Cambiemos es una empresa desigual donde PRO posee la mayoría de las acciones y UCR, CC, dirigentes corporativos empresarios y sindicalistas son socios minoritarios. El enunciado de una Argentina “atendida por sus propios dueños” da cuenta del reparto de ministerios que expresa el peso del capital financiero y del agropower en el nuevo gobierno. Pero para caracterizar la alianza política y social que llegó al poder y las dinámicas que se ponen en juego hacia adelante hay que entender qué es lo nuevo de la nueva derecha, y esto es el PRO.

“mundo ►pro” [1], el libro escrito por Sergio Morresi, Gabriel Vommaro y Alejandro Bellotti, propone una anatomía pormenorizada del partido. Su hipótesis principal es que PRO no constituye simplemente una nomenclatura de clase (un partido empresario) sino que hay que reconocerle cierta autonomía relativa que se expresa en los distintos “mundos pro” que conviven en su seno. Su origen se sitúa en la crisis del bipartidismo del 2001 (que en CABA generó una amplia disponibilidad de cuadros de partidos tradicionales a la caza de oportunidades políticas), y en un think tank que logró “hacer de necesidad virtud”.

 

5 fuentes, 1 pos-neoliberalismo integrante

Los afluentes que conforman originariamente al PRO configuran 5 sectores: derecha-liberal, peronismo, radicales, empresarios y ONG y thinks tanks. El equilibrio entre las fracciones se articula alrededor del liderazgo de Macri cuyo pragmatismo le permite mutar en función del marketing político y los consejos duranbarbistas del “arte de ganar”. En el transcurso de 15 años esto llevó al partido a atravesar varias mutaciones que lo alejan del tradicional clivaje derechista-liberal. Sin embargo, sería un error confundir causa con efecto: la elasticidad ideológica propia de una nueva derecha pragmática es el efecto de la liquidación de un espacio político liberal clásico a la salida de la convertibilidad.

Como todos saben, no es la primera vez que las empresas instalan a sus CEO en el manejo del Estado. Ya en los ‘60, de la mano del onganiato, un nuevo management formado en la administración de las grandes empresas multinacionales que se instalaron con fuerza en esos años, ocupaba el proscenio. Durante el “proceso de reorganización nacional” figuras del liberalismo también coparon ministerios y modificaron la estructura de la economía nacional al calor del genocidio de clase. Y en los ‘90 Menem cooptó a los liberales de los ‘80 (que también habían tenido su lugar en el alfonsinismo). Pero todos esos fenómenos fueron una suerte de “entrismo” de distintas generaciones de la derecha liberal ya sea en poderes autoritarios o en el seno de “partidos nacional-populares”. La figura de Cavallo, como tipo ideal de intelectual liberal pragmático, es la transición de un momento a  otro. El fin de la convertibilidad marcó el fin de esas experiencias y obligó a un ethos novedoso: el de ser un “partido pro-mercado en tiempos de estatismo” pos-neoliberal.

 

Team leaders

Este pasaje de la derecha liberal clásica a la nueva derecha tiene su impacto en la atemperación de los tópicos ideológicos más conservadores y es la que abre el espacio a la fracción de las ONG como el sector aglutinante: 

… la facción de las ONG parece particularmente interesante porque marca el tono de la ideología de PRO en general. Las respuestas de los integrantes de este grupo se acercan a la media del total de la muestra. La proximidad de los miembros de esta facción con las ideas del catolicismo social hace que la facción de las ONG presente una destacable combinación de valores. Por un lado, son conservadores respecto a cuestiones éticas y culturales (se muestran mayoritariamente contrarios a la discusión de una ley que legalice el aborto) y en aspectos sociopolíticos (apoyan la reducción del poder de los sindicatos en la política). Sin embargo, al mismo tiempo son quienes están menos de acuerdo con la idea de “mirar hacia adelante” en materia de derechos humanos y defienden la intervención del Estado en materia económica[2].

 Eso explica que el PRO pueda exhibir un perfil multi-religioso que va desde el Opus Dei a Ravi Shankar; una juventud reclutada en las universidades privadas y confesionales, pero orientada al trabajo caritativo en los barrios en términos de compasión y caridad religiosa en alianza con asistencialismos más tradicionales; o la aceptación de posturas gay friendly (que le valieron roces con el entonces Cardenal Bergoglio).

 

La superación de los propios límites

Lo que nadie imaginó a priori es que esta nueva derecha pudiera trascender el clivaje tradicional que trae de origen. De hecho, el PRO tuvo siempre muchos problemas para articular una búsqueda expansiva de votos en el salto al escenario nacional:

cada vez que PRO trata de bajar para cosechar votos del hemisferio populista, pierde la adhesión de ciudadanos que están en el hemisferio republicano, a los que rápidamente cortejan otras fuerzas políticas que están ubicadas más arriba y un poco más a la izquierda. Y cuando PRO sube en busca de votos no populistas, el peronismo antikirchnerista ocupa el espacio que deja vacante [3].

Esta debilidad se vio trastocada por dos elementos. El primero, la limpieza del escenario electoral que comenzó con la alianza con el viejo partido radical, y se profundizó con el balotaje, causando un efecto catch all que benefició a Cambiemos con la mitad más uno de los votos. El segundo, de más larga data, la “desintegración del pueblo” que realizó el kirchnerismo.

 

¿Y el pueblo dónde está?

En el discurso del macrismo no hay colectivos: no existen los trabajadores, ni el pueblo, ni siquiera los pobres. Existo “yo, que te hablo a vos, que me votaste a mí, que confiaste en él, para que te ayude a vos”. María Eugenia Vidal parece haber hecho un doctorado en trabalenguas de pronombres personales que evitan el plural. Allí apuntó Horacio González en su análisis de la derrota: el macrismo es la desintegración de la noción de pueblo. Y es verdad. Desintegración como ausencia en la interpelación discursiva y, si pueden, como proyecto político. Lo que no dice González es que la interpelación de Scioli era exactamente igual: “yo, que soy previsible, que superé la adversidad, que siempre me preparé para esto”. La apelación al individuo y a su mérito personal para superarse fue el pilar de ambas campañas. Apelación que se basa (como todo discurso meritocrático) en negar que aquellos que se presentan como ejemplo de superación (el empresario no querido por su padre y el motonauta accidentado) tienen condiciones privilegiadas para la salida heroica (no así un albañil que pierde el brazo en una “accidente” de trabajo que la ART no reconoce como tal, ese individuo seguramente no progresa). ¿Por qué, luego de años de un kirchnerismo que todo lo transformó en batalla cultural de “colectivos en pugna”, se terminó en una batalla electoral que le regaló el triunfo al “individualismo radical” de Mauricio?

 

Ganó Levitsky

La tensión entre lo individual, que González signa de “pre-político”, y lo “colectivo-político” está en el origen del kirchnerismo como producto del 2001. La primera estrategia ante esa tensión fue doble: hacia los movimientos de desocupados (colectivos político-sociales de aquellos a quienes el neoliberalismo había encorsetado en los barrios de la desocupación) se dio una estrategia de desarticulación vía la absorción en el Estado de la mayoría y la criminalización de los que resistieron; hacia el movimiento obrero ocupado se propuso un fortalecimiento de los sindicatos (y sus burocracias) para anticiparse a la fuerte recomposición social y gremial de los trabajadores apalancada en el crecimiento del empleo. Esta última política fue leída por varios del modo en que el mismo gobierno la publicitó: como retorno del Gigante (o, en clave de González, retorno del “pueblo-trabajador”). Sin embargo, el retorno de ese “pueblo-trabajador” (construcción de un populismo con base obrera) era un retorno imposible [4] en la medida en que no se tocaran los pilares de la fragmentación que el neoliberalismo provocó en el colectivo “pueblo-trabajador”. Y el kirchnerismo no tocó esos pilares del neoliberalismo porque construyó la recomposición del mercado de trabajo sobre las bases de la precarización laboral de los ‘90. En ese sentido el kirchnerismo es pos-neoliberal, no porque haya revertido o superado el neoliberalismo, sino porque basó su propia construcción sobre las bases intocadas de éste. He allí los límites infranqueables de la reconstrucción del “pueblo-trabajador” y con él, del clivaje peronista. Esos límites no están en el terreno de las campañas electorales, los candidatos o los discursos, sino en el terreno del “modelo”, es el “modelo kirchnerista” el que imposibilitó la construcción del “pueblo trabajador” (por mucho que Scioli haya hablado de él en los últimos quince minutos de campaña). La consumación de esa imposibilidad tiene como fecha el año 2012 con tres giros en la política del segundo gobierno de Cristina: el ataque abierto a los trabajadores y a sus procesos de lucha y organización, cuyo destinatario inicial fueron las docentes en huelga, acusadas de vagas por sus “tres meses de vacaciones” (cualquier semejanza con la idea de “parásitos” es pura afinidad política); la ruptura con Hugo Moyano y con ella el fin de la “revitalización sindical por arriba”, que ratificó el triunfo de los barones del conurbano dando la razón a Steven Levitsky y su análisis del pasaje del PJ sindical al PJ clientelar; y la guerra declarada a aquellos empeñados en politizar (y colectivizar) a los colectivos obreros en los lugares de trabajo (básicamente la izquierda trotskista).

 

A comprar

En lugar del “pueblo trabajador” el kirchnerismo construyó el “pueblo consumidor”. Aumento de consumo para el trabajador en blanco y también para el trabajador precario que se encontró ante la posibilidad de comprar celulares, zapatillas, motitos (posibilidad que enerva, por supuesto, a los gorilas de toda laya). Pero hete aquí un problema: el consumo, por definición, no es un conformador de colectivos sociales, es más bien el terreno de la descolectivización (por eso el liberalismo lo levanta como el mecanismo de integración social). Para decirlo en términos de las metáforas que Denis Merklen utilizó en su “pobres ciudadanos”: si la desarticulación de los derechos laborales y sociales que habían conquistado los trabajadores durante el siglo XX, produjo el pasaje de la lógica del agricultor (aquel que a través del trabajo es integrado y asciende socialmente) a la lógica del cazador (aquel que vive al día en la caza de recursos ya sea del Estado, la iglesia, una changa, una ONG o un robo), el aumento del consumo no revierte ese proceso sino que profundiza la lógica del cazador pero con más abundancia. El “pueblo consumidor” del kirchnerismo construyó las bases de la individualización pre-política sobre las que triunfó el macrismo. La escasez de recursos para mantener los niveles del consumidor hizo el resto del trabajo de 2012 en adelante. Así se conformaron dos sectores. El afectado por el impuesto al salario (muchos de los cuales son medidos como clases medias en las estadísticas) que pasó a ser parte de la nueva base del PRO con la expectativa de sostener sus niveles de consumo. El más atado a los recursos provenientes del Estado que fue contenido en su emigración al PRO gracias a la campaña del miedo del último Scioli y el acento en la importancia de la ayuda estatal (notable en la primera y tercera sección del GBA). La diferencia entre estos dos sectores no es ideológica (como gustaría a los kirchneristas que sonríen ante las cifras de La Matanza), sino más bien del origen de los recursos: quienes obtienen los recursos del mercado votaron mayoritariamente al PRO y quienes los obtienen del Estado lo hicieron mayoritariamente al FPV.

 

No se puede vivir del amor

Por último, hay otro factor que hizo a la desintegración del pueblo y en el que tiene particular responsabilidad el propio González y los intelectuales K: la independencia que cobró el relato frente a los hechos y la deslegitimación de las ideologías que esa distancia abonó. La mayor importancia que los votantes otorgan al “dealer de la esquina de su casa” que a la relación con los fondos buitres no es producto de la fatalidad de un orden de preferencias inexpugnable que privilegia lo cotidiano pre-político por sobre lo ideológico-político. Ha sido, más bien, una construcción del kirchnerismo a través de la banalización de una ideología que libra las más heroicas batallas en los pasillos del Palacio, mientras niega las más prosaicas realidades inflacionarias en los pasillos del supermercado. Esa banalización de la ideología fue, además, la base sobre la que se relativizó (también por parte de los intelectuales) el surgimiento de una casta política millonaria cuya obscenidad en la exposición de su riqueza era una cachetada al mismísimo “pueblo-trabajador”. Allí anidó la verosimilitud de la eficiencia de la gestión que cubre de brillo a la revolución de la felicidad.

 

Castas, clivajes y clases

Marcos Peña dijo “Nosotros representamos más el momento de crecimiento económico, la expectativa a futuro, que el kirchnerismo” [5]. Intentó así hacer un justo reconocimiento entre las dos fuerzas políticas surgidas del 2001 y el papel que cada una de ellas debía jugar en la restauración. Hacia el kirchnerismo (con Duhalde incluido), el de haber piloteado la “salida del infierno”. Ese “momento kirchnerista” debería haber dado paso al “momento macrista” en que el Estado adopte su forma estrictamente pos-neoliberal, no como negación del Estado sino como adaptación a la persistencia de la herencia neoliberal en un contexto de crecimiento económico. El kirchnerismo pegó ese giro pero lo hizo lenta y escalonadamente: la primera curva fue el segundo gobierno de Cristina y la segunda fue la apuesta a Scioli. El desarreglo de velocidades en la restauración fue la que le dio espacio al macrismo para preparar su “sana rebelión” (Macri dixit) de los CEO.

El macrismo comparte con el kirchnerismo el impulso a salidas por arriba a la crisis del 2001. Estaba en el ADN de estos astros gemelos consumar la restauración. Tres problemas, que suelen quedar fuera de la panorámica de los enfoques de clivajes politológicos, se le presentan al PRO para llevar adelante su empresa. El primero, la confesión de Marquitos: “representamos el momento de crecimiento económico” en una economía que dejó de crecer. En cierto sentido el PRO llega a la fiesta cuando la noche mágica se está apagando. El segundo, la diferencia entre medios y fines. El PRO y su impronta de team leaders pragmáticos es un doble vehículo: de configuración de una nueva casta gerencial del Estado, y de un copamiento directo por las multinacionales del poder ejecutivo. A tal punto eso se volvió evidente en los nombres del gabinete, que Clarín se vio obligado a preguntarle a Peña si no habría “conflicto de intereses” entre los ministros y sus cargos (o sea, entre el interés privado y el “general”). Estos dos problemas llevan a un tercero: la necesidad de aplicar un ofensivo programa de clase.

 

1. Bs As., Editorial Planeta, 2015.

2. Vommaro y Morresi, “Unidos y diversificados: la construcción del partido PRO en la CABA”, revista SAAP V. 8, N° 2, Nov. 2014, p. 23.

3. Op. cit., p. 427.

4. Paula Varela, La disputa por la dignidad obrera. Sindicalismo de base fabril en la Zona Norte del Conurbano bonaerense, Bs. As., Imago Mundi, 2015.

5. Op. cit., p. 306.

7 comments

  1. Hernán Díaz 2 diciembre, 2015 at 12:54 Responder

    Los felicito por el texto. Ya que hablaron del discurso del macrismo, que apela tanto a los pronombres personales (“yo te hablo a vos”, etc.), creo importante señalar también la constante apelación a los nombres de pila de los candidatos y otros políticos. Rodríguez Larreta ya era solo Horacio, Vidal era María Eugenia, y hasta el trotskismo dejó de ser el viejo cáncer apátrida para transformarse en Nicolás. Abrazos

  2. Nicolas 3 diciembre, 2015 at 08:49 Responder

    “Hasta el trotskismo dejó de ser el viejo cáncer apátrida para transformarse en Nicolás” jajajaja.
    Suponer que el trotskismo argentino (y algunos pensarán incluso que el internacional!!) es Nicolás del Caño es mirar la realidad con antejos con mal aumento (demasiado aumento diría yo!!). Eso piensa el PTS en todos sus órganos de prensa (sea La Izquierda Diario, Ideas de Izquierda, etc.-) mucha autoproclamación y sectarismo, nada nuevo en el PTS. Lo que si es nuevo es su ferviente electoralismo y parlamentarismo y claro esta la sed por las cámaras televisivas u ondas radiales.
    Volviendo al artículo de “¿Por qué triunfó la rebelión de los CEO? ” parece que lo hubieran escrito periodistas-militantes del kirchnerista Página/12 más más que miembros del PTS que se reivindican del “trotskismo”.

  3. Fernando Manuel 4 diciembre, 2015 at 15:38 Responder

    saben por que triunfo la rebelion de los ceo?por que ustedes mandaron a votar en blanco cararrotas,hagabse cargo una vez de las cagadas que se mandan

  4. Antonio Soto 4 diciembre, 2015 at 17:13 Responder

    Fernando: pensar que el peronismo dependa de los votos troscos, no solo es señal de derrota , es verificación de la catástrofe en que cayeron. Si vos crees que esa es la razón de la derrota es que no tienen remedio.

  5. Daniela 6 diciembre, 2015 at 13:21 Responder

    Recién termino de leer el artículo de la revista, está muy bueno sobre todo porque deja en claro la múltiple colaboración partidaria y empresarial para cerrar el ciclo de reconstitución del estado post crisis de 2001.
    Panorama que también deja en claro la incapacidad de las izquierdas para poder capitalizar cualquier tipo de descontento popular..
    y el pueblo dónde está?
    quizás siempre fue parte de la fábula creada por el peronismo al mejor estilo “patria o muerte”
    En fin…
    Muy interesante, les felicito

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