Plejánov: padres, herencias y “parricidio”

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SEBASTIÁN QUIJANO

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En 2016, aprovechando el boom editorial que traería aparejado el centenario de la Revolución rusa de 1917, Siglo XXI reeditó Plejánov: El padre del marxismo ruso, el clásico libro de Samuel H. Baron editado originalmente en 1963.

 

Aunque el derrotero político de Plejánov se fue degradando de manera inversamente proporcional al desarrollo de la revolución misma, hasta transformarse en adversario del poder soviético, el centenario de la Revolución rusa merece también el reconocimiento y análisis crítico de sus “padres”.

Lamentablemente, el erudito trabajo de Baron acompaña demasiado el propio derrotero de Plejánov y pierde objetividad, imponiendo sus prejuicios políticos antibolcheviques junto a parcialidades históricas evidentes. Hay que decirlo con claridad: el trabajo de Baron reproduce todos los lugares comunes de los autores liberales.

Por lo tanto, el justo reconocimiento y balance de los aportes al marxismo en general (y el ruso en particular) de “el padre”, está aún por hacerse y necesariamente será obra de sus “hijos”, quienes en actitud tan bolchevique como freudiana, deberán emprender la tarea de “asesinar” dialécticamente a su progenitor.

 

La seducción de la pasión

Esta sería una justa forma de describir las primeras etapas de la vida de Plejánov, desde sus 19 años, cuando abandonó sus estudios y comenzó su entera dedicación a la lucha revolucionaria.

Su primer compromiso político, en 1876, fue como parte del movimiento naródnik (populista) en la organización Zemliá i Volia (Tierra y Libertad), fuertemente influenciada por las ideas de Pietr Lavrov y Mijaíl Bakunin.

La idea general del movimiento residía en que en las comunidades agrarias colectivas anidaba una resistencia a las tendencias capitalistas sobre las cuales apoyarse para destruir el yugo absolutista y construir el socialismo, sin caer en la trampa del yugo capitalista de Occidente. Así, las libertades políticas, lejos de ser algo a conquistar, eran concebidas como una trampa. El fracaso de las campañas populistas entre 1874 y 1876, conocidas como “Id al Pueblo”, donde jóvenes estudiantes se trasladaban a las zonas rurales para difundir el ideario socialista, generó el primer cisma en la naciente organización. El campesinado recibía con frialdad a los jóvenes y sus ideas emancipatorias, incluso los delataban a las fuerzas represivas del Zar.

Las diferencias entre Lavrov, proclive a la agitación y “educación” socialista, y Bakunin, proclive a la acción directa para el levantamiento inmediato, se tradujo al interior de la organización. El desprecio de Plejánov contra el gradualismo paciente propio de “teólogos cristianos” fue una de las salvaciones del bakuninismo. Sin embargo, en el Congreso que reunió a veinticuatro delegados entre mayo y junio de 1879, Plejánov peleó casi en soledad contra el ala terrorista, sin rechazar por ello la violencia política.

La división de Zemliá i Volia se precipitó meses después. Los terroristas fundarían Naródnaya Volia (La voluntad del pueblo). Quienes se inclinaban por la acción de masas y en especial entre los obreros, Chorni Peredel (La redistribución general). Plejánov sería el alma de esta nueva organización. Tras una redada policial en enero de 1880, Plejánov, Vera Zasúlich y Lev Deutsch partieron al exilio.

El fracaso de la perspectiva “iluminista” llevó a grandes rupturas y replanteos políticos, teóricos y estratégicos, pero Plejánov no logró desembarazarse de ella, aunque la mayor parte de su vida la mantuviese desde una perspectiva marxista. Esta herencia no saldada, y no problematizada por Baron ya que es partidario de ella, será fundamental para entender el derrotero posterior del ruso.

 

La pasión por la razón

En este período, donde comienza su larga y creciente separación de la agitación práctica y su voluminosa producción teórica, conocerá de cerca las organizaciones, dirigentes e intelectuales marxistas por quienes, en principio, mostraba las mayores reticencias por lo que consideraba una excesiva “moderación y regularidad”.

Pero su pasión por el estudio de la realidad, del cual es producto La ley del desarrollo económico de la sociedad y los problemas del socialismo en Rusia (1879), lo llevó a una radical conversión y a sentar las bases teóricas del marxismo ruso junto a Zasúlich y Deutsch, con quienes fundó el Grupo Emancipación del Trabajo en 1883.

Este no fue muy bien recibido por los marxistas alemanes, entre quienes se encontraba el propio Engels, que pese a criticar las bases teóricas del populismo ruso y negar la posibilidad de una revolución socialista en la tierra de los zares antes de una revolución burguesa, sostenía que la única organización vigorosa y activa contra “la reacción rusa” residía en estos grupos. La autoridad de Marx y Engels estaba del lado de los populistas. La fortaleza de espíritu de Plejánov debe haber sido sorprendente para encarar la tarea de construir una organización marxista contra las declaraciones de los padres fundadores.

Tras un concienzudo estudio del Manifiesto comunista y los escritos de Marx y Engels de la década de 1840, Plejánov escribió su primer folleto marxista conocido como Socialismo y lucha política (1883), donde pervivían intentos de reconciliación con los populistas, aunque atacaba duramente las concepciones terroristas que despreciaban la lucha por las conquistas políticas.

En Nuestras Diferencias (1885) la ruptura con el populismo fue total y destruyó las bases teóricas que fundamentaban la posibilidad de construcción socialista en las comunidades agrarias colectivas. Las fuerzas arrolladoras del capitalismo eran irreversibles. La verdadera organización revolucionaria no podía negar esta realidad, sino replantear su programa y formas de acción.

Para Plejánov era imposible saltear la etapa capitalista en la atrasada Rusia, y por lo tanto, las demandas políticas serían centrales para el movimiento revolucionario. Sin embargo, la creciente influencia populista, que bajo la promesa de la revolución adquiría notorio peso en la juventud, lo llevó a recuperar los textos estratégicos de Marx y Engels sobre la experiencia fallida del levantamiento alemán de 18481. Si bien la etapa de la revolución burguesa no podía ser salteada en el esquema de Plejánov, el proletariado debería tener una organización independiente para lograr las mayores conquistas posibles junto a las mejores condiciones para comenzar el trabajo de su propia revolución.

Podemos decir que la comparación entre los problemas estratégicos de Oriente y Occidente tienen en Plejánov el primer analista serio2. Estas serían las bases angulares en las que se educó la inmensa mayoría de los marxistas rusos, empezando por Lenin.

 

La guerra contra los desapasionados

En 1889, Bernstein publicó una serie de artículos en Die Neue Zeit con sus críticas a las tesis de Marx. Kautsky, principal teórico y editor de la revista, los publicó sin ningún comentario crítico. Plejánov fue uno de los primeros en detectar la relación entre la desviación economicista al interior del naciente POSDR y el revisionismo bersnteiniano en el seno alemán.

Ese mismo año, a los 43 años de edad, Plejánov escribió a su camarada y amigo Axelrod: “Amé a Hegel porque… estaba lleno de pasión teórica… En Bernstein, esa pasión falta por completo y su lugar solo hay un montón de vulgaridad autosatisfecha”3.

Su batalla contra Bernstein tuvo que enfrentar la moderación centrista del propio Kautsky, y el conjunto de las tibias resoluciones de 1899, 1900, 1903 y 1904, ya que se toleraba la permanencia de los revisionistas en la Internacional contra la posición del ala izquierda y Plejánov.

Los revisionistas creían posible y deseable, establecer un armisticio ventajoso con la burguesía y buscar la conciliación, dejando la perspectiva de la organización socialista de la producción para un futuro lejano. Uno de los seguidores de Plejánov describió brillantemente la paradoja:

“Es sorprendente: la burguesía, atemorizada por la creciente conciencia de clase del proletariado, hace algunas concesiones. Los representantes de este último, viendo signos de debilidad en la burguesía, en lugar de envalentonarse y hacerse más revolucionarios, por el contrario, empiezan a ceder.”

Las respuestas del ruso se centraron en los aspectos filosóficos de las tendencias neokantianas de Bernstein y Konrad Schmidt, quienes planteaban al socialismo como un ideal ético o imperativo categórico, condenando el movimiento al escepticismo absoluto, a la vez que introducían tendencias idealistas.

Como han sostenido diversos intelectuales, esta batalla la hizo desde un retorno a Hegel pero controversial, ya que Plejánov sostuvo una cierta visión ontológica y monista del marxismo.

Ninguna de estas contradicciones es señalada por Baron. No es por desconocimiento. Más bien, es en este momento de su obra (exactamente a la mitad) que el estudioso comienza a traficar, sin vergüenza alguna, sus propias posiciones. Baron opina que la resistencia de Plejánov era por una ortodoxia de la fe, un miedo a la disgregación, una respuesta dogmática a cuestiones ciertas planteadas por Bernstein.

 

Teoría, práctica y estrategia

La creciente disputa entre Plejánov y Lenin sucederá con inmediata posterioridad al segundo congreso del POSDR en 1903. Baron aquí toma partido descarado y no brinda más que sesenta páginas del más vulgar antibolchevismo recurriendo al clásico argumento de que en Lenin residía el germen de Stalin, pero en su versión sui generis, sería en la intransigencia de un joven Plejánov, idealista y absorto por la fe, donde residía el germen del propio Lenin. Así, Baron reproduce lo peor de la ontología política, junto a lo peor del idealismo, donde los individuos y las ideas son todo, y la realidad de los procesos sociales no es nada.

Esta caricaturización reduce la disputa a un problema organizativo que solo encontraría explicación en la sed de poder. Los debates sobre el programa de Lenin hacia el campesinado, que ya Plejánov había señalado como ahuyentador de la burguesía liberal, aparecen como anecdóticos. Lo mismo sucede con “la cuestión organizativa”, una forma cuanto menos infantil de tratar el tema de qué tipo de organización construir para qué tipo de revolución.

Así, en sesenta páginas, no solo deforma a gusto y piacere la historia del marxismo ruso, sino que tira por la borda las heroicas batallas que le reivindicó a Plejánov en las trescientas páginas precedentes.

Preferimos pensar seriamente problemas de igual seriedad. Después de veinte años de iniciada “la propaganda de las ideas socialdemócratas dentro de la literatura revolucionaria rusa”, Plejánov continuaba su discurso de apertura señalando que “en este momento son extraordinariamente favorables para nuestro partido”4.

Tras este optimismo desmedido, anidaba la visión de que la tarea estaba ya cumplida. Después de años de lucha teórica, el avance de la organización del marxismo ruso solo debería preocuparse por el programa y la táctica. Y es aquí donde no solo la historia se repite como farsa, sino incluso la historia individual. Será Plejánov quien, al calor de los avances de la socialdemocracia rusa primero, y de las revoluciones rusas definitivamente, “en lugar de envalentonarse y hacerse más revolucionario, por el contrario, empieza a ceder”.

Pero lo que debía desarrollarse plenamente era la discusión estratégica. Y aunque fue el propio Plejánov el que sostuvo en dicho Congreso que “el éxito de la revolución es la ley suprema”, fue Lenin quien se mantuvo férreo en esa dirección, “envalentonándose y haciéndose más revolucionario”.

Aunque los problemas referidos a la estrategia aparecerán plenamente desarrollados en la III Internacional5, en todas las luchas fraccionales, desde la prehistoria del marxismo ruso, anidaban esos elementos.

Si bien es cierto que la teoría es la generalización de la experiencia y la previsión en base a leyes tendenciales, también lo es que en base a una “misma” teoría se pueden formular diferentes estrategias. La división entre bolcheviques y mencheviques es muestra de ello.

El enorme realismo de Lenin, en la lucha de fuerzas vivas entre la educación teórica del partido y los objetivos estratégicos, siempre corrigió a la primera con la segunda. En el Congreso de 1903 lo hizo como heredero legítimo de las batallas pasadas de Plejánov, defendiendo el carácter reaccionario de la burguesía liberal, la necesaria independencia del proletariado y su partido, la alianza con los campesinos pobres e incluso innovando programáticamente para garantizar una alianza revolucionaria que debilite de manera inversamente proporcional a la burguesía, como así también el carácter del partido revolucionario como vanguardia organizada contra toda tendencia economicista o del automatismo socialista.

Pero esta característica de Lenin no era episódica sino constitutiva, como demostró nuevamente en 1917, cuando enfrentó al conjunto de la dirección bolchevique que se mantenía fiel a la teoría de la dictadura democrática de obreros y campesinos por él mismo formulada y defendida, ya que el gobierno provisional de Kerensky (sobre todo en su segunda conformación) era precisamente su materialización basada en los soviets conciliadores. La vieja teoría desarmaba al partido, lo llevaba hacia la conciliación con la burguesía liberal y a no plantear la toma del poder por el proletariado. Las “Tesis de Abril” es, tal vez, el más breve y contundente documento de reorientación estratégica jamás escrito, y este fue, punto por punto, en confrontación con la teoría.

Para Plejánov, la irrupción de la revolución triunfante fue el aborto del verdadero desenvolvimiento histórico que necesariamente debería haber llevado a la democracia liberal occidental. La lucha de las fuerzas vivas, tanto de las masas como de las organizaciones revolucionarias, debían aceptar los preceptos teóricos.

Para Lenin, quien sostuviera que un milímetro de diferencia en la teoría se transforma en kilómetros de distancia en la política, quien desconfiaba del desenvolvimiento espontáneo de la historia sin la acción consciente de los sujetos organizados, en los momentos decisivos, tan heredero como parricida, podía decir junto a Goethe: “Toda teoría es gris, querido amigo, y verde es el dorado árbol de la vida”, esa que protagonizan las masas al tomar el destino de sus vidas en sus propias manos y corrigen cualquier teoría.

 

  1. Especialmente el Mensaje del Comité Central a la Liga de los Comunistas de 1850, que tendrá también enorme importancia para el debate sobre el permanentismo de la revolución, como señala Alain Brossat en En los orígenes de la revolución permanente.
  2. La actualidad de este debate a la luz de la contraposición del pensamiento de Trotsky y Gramsci se puede leer en Albamonte y Maiello, “Trotsky y Gramsci: debates de estrategia sobre la revolución en Occidente”, Estrategia Internacional 28.
  3. Baron, Samuel H., Plejánov. El padre del marxismo ruso, Madrid, Siglo XXI, 2016, p. 387.
  4. Ibídem, pp. 310-311.
  5. “El concepto de estrategia revolucionaria solo se formó en los años de posguerra, bajo la influencia inicial, indudablemente, de la terminología militar. Pero no fue por azar que se ha afirmado. Antes de la guerra, solo habíamos hablado de la táctica del partido proletario; esta concepción correspondía exactamente con los métodos parlamentarios y sindicales predominantes entonces, y que no sobrepasaban el marco de las reivindicaciones y de las tareas corrientes. La táctica se limita a un sistema de medidas relativas a un problema particular de actualidad o a un terreno separado de la lucha de clases. La estrategia revolucionaria cubre todo un sistema combinado de acciones que tanto en su relación y sucesión como en su desarrollo deben llevar al proletariado a la conquista del poder”. Trotsky en Stalin, el gran organizador de derrotas, Buenos Aires, Ediciones IPS-CEIP León Trotsky, 2012, p. 131.

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