Perry Anderson, Gramsci y la hegemonía

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JUAN DAL MASO

Número 35, noviembre-diciembre 2016.

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En el número 100 de New Left Review, publicado en julio/agosto de este año, Perry Anderson dedica un artículo a la valoración de la obra de los que considera los principales herederos de Gramsci: Stuart Hall, Ernesto Laclau, Ranajit Guha y Giovanni Arrighi.

El artículo, titulado “The Heirs of Gramsci”, es sumamente interesante para retomar el debate sobre la cuestión de la hegemonía en el pensamiento de Gramsci, concepto cuyos alcances exploraron y ampliaron en distintos modos los autores elegidos y que fuera también objeto de análisis del propio Anderson en Las antinomias de Antonio Gramsci, publicado hace 40 años1.

De Stuart Hall destaca sus análisis de la crisis del consenso post-bélico en el Reino Unido, la impotencia del viejo laborismo para entenderse con nuevos actores sociales y culturales y el surgimiento de la hegemonía neoliberal, criticando su escaso énfasis en la cuestión “nacional” (según Anderson, mejor considerados por Tom Nairn) y su posición ante el surgimiento del “nuevo laborismo” de Tony Blair.

En el caso de Laclau, realiza una crítica de su evolución hacia la teoría de la hegemonía como una teoría del “populismo” cuya imprecisión intrínseca anula cualquier análisis específico de la sociedad a transformar, abriendo a su vez la vía a una política oportunista como la de Podemos, que se declara “socialdemocracia” al día siguiente de denunciarla.

De Ranajit Guha destaca su análisis del poder colonial en la India a partir de una reformulación de las relaciones entre dominación y hegemonía que se compone de los siguientes términos: Dominación y Subordinación, distinguiendo a su vez la Dominación por Coerción o por Persuasión y la Subordinación por Colaboración o por Resistencia. Anderson sostiene que el aporte de Guha es fundamental en cuanto a la comprensión de la cuestión de la hegemonía, incluso precisando cuestiones que en Gramsci habrían quedado indeterminadas, pero que el autor subestimó la constitución de una hegemonía “normal” en la India con posterioridad a la independencia y bajo los gobiernos del Partido del Congreso.

Sobre Arrighi, Anderson destaca que su desarrollo teórico creativo para pensar el desarrollo del sistema mundial, incorporando en el centro de la cuestión hegemónica la de la superioridad económica. Reivindica sus previsiones sobre el rol de China en la economía mundial pero critica sus ilusiones en el desarrollo de un capitalismo no imperialista con base en Oriente.

 

De la contingencia a la intemperie

Los autores reseñados tienen en común haber desarrollado de modo específico, a veces unilateral, más lejos o más cerca de Gramsci, distintos aspectos que ya estaban presentes o esbozados en la propia teoría gramsciana: aquellos relativos a la problemática de la hegemonía y la voluntad nacional-popular, las clases subalternas, la “guerra de posición” en el sistema de Estados y la temática de “Gran Potencia”.

El problema, planteado por Anderson, de la falta de alternativas políticas de estos autores en tanto avanzaban en sus definiciones teóricas, tiene como telón de fondo una situación contradictoria desde el punto de vista del desarrollo del marxismo. La expansión desde mediados de los ‘70 y durante los años ‘80 de diversos estudios sobre la problemática de la hegemonía, se da en un momento de transición entre la derrota de los procesos del ‘68 y la consolidación del neoliberalismo. En este contexto, se impone la problemática de la hegemonía como algo opuesto a la centralidad de la clase obrera como sujeto revolucionario, bien sintetizada en la crítica de Laclau y Mouffe al “esencialismo”.

El resultado de estas operaciones teóricas en un contexto de retroceso del movimiento obrero tradicional tanto como del marxismo clásico, fue la separación de la problemática de la hegemonía y el pensamiento estratégico marxista, disuelto este último en diversas lecturas de la contingencia de lo político, que de algún modo tocaron un límite práctico en el fin de ciclo de los gobiernos posneoliberales en América Latina y en la desdichada experiencia de Syriza en Grecia.

 

Para una “topografía” de la hegemonía proletaria

Una de las principales ideas de Las antinomias de Antonio Gramsci es que lo central del tratamiento de la hegemonía en los Cuadernos de la cárcel pasa por la extensión del concepto de su sentido original (hegemonía del proletariado en la revolución democrático-burguesa en Rusia) al análisis del poder burgués en Occidente. Sin duda este es un aspecto muy importante de la reflexión carcelaria de Gramsci, pero si lo separamos del tratamiento de la cuestión de la hegemonía proletaria, el resultado puede ser una lectura unilateral, que es complementaria con otra de tipo “moral”: al no identificar los análisis sobre la cuestión de la hegemonía proletaria realizados por el propio Gramsci, esto busca subsanarse con una idea general de que nunca abandonó el horizonte revolucionario, cuando en realidad un análisis más preciso está al alcance de la mano.

En este sentido, retomando un leitmotiv de Anderson (inspirado en esto por Althusser) que es el de determinar la “topografía” de la hegemonía, podríamos señalar que en los Cuadernos de la cárcel la hegemonía proletaria es la resultante de un conjunto de prácticas, relaciones y definiciones que pasamos a enumerar:

  • El rol fundamental del grupo social en la actividad económica de la sociedad. En líneas generales, las lecturas predominantes sobre la cuestión de la hegemonía destacan su carácter “superador” del “corporativismo de clase”. Gramsci asimismo era un acérrimo crítico de la lectura en clave corporativa del interés histórico de la clase obrera y por ende un crítico del economicismo y del sindicalismo. Pero la crítica gramsciana contra Benedetto Croce contiene precisamente la objeción a la idea inversa: cuando Croce quiere presentar una historia “ético-política” sin lucha entre bandos enfrentados y como expresión de un momento evolutivo de expansión cultural y política, está retomando la ideología conservadora de los moderados del Risorgimento que propugnaban la unificación pero sin reforma agraria. Es decir, Gramsci cuestiona la idea de una hegemonía “ético-política” que no implique cambios estructurales revolucionarios. Por este motivo, las lecturas que oponen a la hegemonía con el interés de clase y por esa vía buscan transformarla en una teoría de la superación de la centralidad proletaria, están defendiendo la posición de Croce y no la de Gramsci. Precisamente debatiendo contra ambas posiciones, Sorel de un lado y Croce del otro, Gramsci destaca que la hegemonía no puede ser solamente ético-política sino también económica, porque se basa en el rol decisivo que el grupo que hegemoniza juega en la actividad económica (C13 §18)2.
  • La conquista de autonomía. En distintos pasajes de los Cuadernos de la cárcel, Gramsci señala la importancia que tuvo la experiencia de L’Ordine Nuovo en el movimiento turinés de los consejos de fábrica. Plantea que a través de la experiencia de la democracia fabril y el control obrero de la producción, logrando identificar la diferencia entre las exigencias de la producción y el interés de clase del capitalista, la clase deja de ser subalterna. Esta experiencia “espontánea” es para Gramsci la base para el desarrollo de una “dirección consciente” cuya diferencia con la espontaneidad es una diferencia “de grado”, es decir, la teoría puede ser traducida a la experiencia práctica y viceversa (C3 §48, C9 §67 o C22§2).
  • La independencia política y la política hegemónica. En su célebre pasaje sobre los análisis de situaciones y relaciones de fuerzas, Gramsci identifica la independencia política con una forma intermedia de la consciencia de clase, que supera la comprensión del interés común a escala de una sola fábrica o región, pero todavía se mantiene restringida al propio grupo social y orientada a conseguir mejoras en los marcos de la “legislación vigente”. Mientras que la política hegemónica indica la comprensión de que los intereses del grupo social deben expandirse y confluir con los de los demás grupos oprimidos en lucha por un nuevo tipo de Estado. Esta política hegemónica encarna en un partido revolucionario, que Gramsci identificaba con el mito-Príncipe, inspirándose en Maquiavelo (C13 §17).
  • La relación de fuerzas militares. En el mismo pasaje sobre análisis de situaciones y relaciones de fuerzas, la hegemonía aparece como mediación entre la relación de fuerzas sociales objetivas y las relaciones de fuerzas militares, que son las inmediatamente decisivas. Gramsci señala que el desarrollo histórico oscila entre las relaciones de fuerzas sociales y las militares, con intermediación de las relaciones de fuerzas políticas. Esto plantea por un lado, que la política hegemónica no reemplaza la resolución por las armas de los conflictos que tienen su origen en las relaciones sociales objetivas pero a su vez la relación de fuerzas militares expresa hasta dónde se ha vuelto hegemónica una clase o mejor dicho hasta dónde una clase que ya es dirigente de los grupos aliados puede volverse dominante de los grupos enemigos (C13 §17).
  • La filosofía de la praxis. La importancia asignada por Gramsci a la cuestión de la hegemonía en la teoría y la práctica política, tiene su correlato en la defensa del marxismo como una teoría independiente de las distintas variantes de la ideología burguesa, que contiene en sí todos los elementos para crear un “humanismo laico” en los marcos de un nuevo tipo de Estado. El carácter hegemónico del proletariado se juega también en este plano, poniendo al marxismo como la síntesis más avanzada de la cultura de occidente, capaz de combinar la cultura de masas y la alta cultura (C11 §27, C11 §70)3.

 

Algunos problemas estratégicos actuales

Habiendo destacado los elementos que componen la hegemonía proletaria en el pensamiento de Gramsci, intentaremos reinsertar el concepto en un marco estratégico para pensar su actualidad.

Desde ese ángulo, hay una primera cuestión a considerar: la diferencia abismal en la realidad actual de la clase trabajadora y aquella en la cual Gramsci realizó sus reflexiones. La clase obrera actual es mucho más precarizada, mucho más femenina y mucho más inmigrante que la clase obrera en épocas de Gramsci y esta realidad nueva tampoco es una uniformidad, sino que se combina con el movimiento obrero tradicional y sindicalizado. Esta heterogeneidad plantea como tarea de primer orden la lucha por conquistar la unidad interna de la clase obrera, que para Gramsci era una condición prácticamente dada. Relacionado con este problema, se plantea el de la independencia política de la clase obrera, que abarca las tareas de la lucha por la independencia de los sindicatos respecto del Estado, la defensa de una programa independiente de las distintas variantes políticas patronales y la necesidad de una organización política propia.

En segundo lugar, el crecimiento durante las últimas décadas de distintos movimientos sociales organizados alrededor de objetivos puntuales plantea la necesidad de una política hegemónica propiamente dicha, es decir, aquella que recoge las demandas de todos los sectores oprimidos, señalando la necesidad de unirlas con las de la clase trabajadora como fuerza social fundamental.

La realidad actual de la clase obrera, mucho más heterogénea que durante los “años dorados” del marxismo clásico y la existencia de corrientes que hacen hincapié en la división en múltiples movimientos centrados en reclamos parciales, hace que la lucha por la unidad de la clase y la lucha por una política hegemónica sean inseparables o por lo menos tengan una relación muy estrecha. Esto significa que no puede conquistarse la unidad interna de la clase obrera sin considerar cuestiones como las de los derechos de los precarizados, los inmigrantes y las mujeres, que a su vez hacen a la política hegemónica hacia esos mismos sectores cuando se organizan como “movimientos sociales” y todos los sectores que son aliados potenciales de la clase obrera.

Esta unidad de independencia y hegemonía pasa por un programa que articule las demandas de cada sector con las de la clase obrera y todas ellas con el cuestionamiento revolucionario del capitalismo (formulado por Trotsky como programa de transición) pero también por una práctica que demuestre en los hechos, aunque sea en pequeña escala, que esa articulación es posible.

En síntesis, la lucha por la independencia política de la clase trabajadora, por una política hegemónica y por un programa transicional revolucionario, constituyen los puntos de apoyo para una práctica de partido que supere las alternativas caricaturescas de las últimas décadas en gran parte de la izquierda internacional: o pequeñas sectas dogmáticas o sectas “amplias” quejumbrosas, ambas cómodas en su impotencia estratégica.

 

Hegemonía y dualidad de poderes

En un pasaje de su Historia de la Revolución Rusa, León Trotsky relaciona la hegemonía proletaria con la dualidad de poderes, planteando que una clase no pasa de subordinada a dominadora de la noche a la mañana sino que es necesario que ya en la víspera ocupe un grado de extraordinaria independencia respecto de las otras clases y que en ella se concentren las expectativas de todos los sectores oprimidos. Señala también que una característica “semifantástica” de la revolución rusa fue el grado extraordinario de madurez del proletariado comparado con las masas urbanas de las antiguas revoluciones, lo cual llevó a la dualidad de poderes y a la lucha por el poder4.

Estas conclusiones de Trotsky dejan planteados varios problemas interesantes: el primero, la cuestión de la hegemonía en tanto “madurez” de la clase obrera como clase revolucionaria, que coincidiría con los elementos planteados anteriormente sobre la “topografía” gramsciana de la hegemonía obrera. El segundo, una lucha por el poder estatal entre la burguesía liberal y los soviets sobre las ruinas del Estado zarista, especificidad que no coincidía con la realidad de Europa Occidental por lo que la Internacional Comunista delineó la táctica de “Gobierno Obrero” en su IV Congreso de 1922.

Esta relación entre hegemonía y dualidad de poderes podría ser uno de los grandes problemas teóricos a dilucidar en la actualidad, a partir de tomar en cuenta dos elementos de la actualidad: la inexistencia de “revoluciones democrático-burguesas” tardías, y el proceso de estatización de las organizaciones obreras analizado por Trotsky a fines de los años ‘30 y durante el año 1940.

Por estos motivos, para lograr reinsertarla en el contexto de la concepción estratégica marxista, es necesario superar el abordaje unilateral de la teoría gramsciana de la hegemonía como teoría de la dominación burguesa, creando una interpretación más amplia del problema que la practicada por muchos autores, incluido Anderson.

 

  1. A propósito de los debates sobre Las Antinomias de Antonio Gramsci ver Francioni, Gianni, L’Officina Gramsciana, ipotesi sulla struttura dei “Quaderni del carcere”, Nápoles, Bibliopolis, 1984 y Thomas, Peter D., The Gramscian Moment. Philosophy, Hegemony and Marxism, Leiden-Boston, Brill, 2009. Me permito asimismo remitir a los lectores a mi trabajo El marxismo de Gramsci. Notas de lectura sobre los Cuadernos de la Cárcel, Buenos Aires, IPS-CEIP, 2016.
  2. Ver “Gramsci: tres momentos de la hegemonía” en dossier digital especial de IdZ, abril 2016.
  3. Todas las referencias, con número de Cuaderno y parágrafo, corresponden a Quaderni del carcere, Edizione critica dell’Istituto Gramsci a cura di Valentino Gerratana, Turín, Einaudi, 2001.
  4. Trotsky, León, Historia de la Revolución rusa, Madrid, Sarpe, 1985, p. 177.

 

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