“Ocupar, resistir, producir”

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GASTÓN RAMÍREZ

Número 13, septiembre 2014.

La reciente ocupación y puesta en producción de la imprenta Donnelley trae a la memoria la experiencia de las fábricas ocupadas durante la crisis de 2001, que popularizó el lema “ocupar, resistir, producir”. Por entonces, el gobierno hizo lo imposible por aislar el reclamo de expropiación y estatización bajo gestión obrera de los trabajadores de Brukman y Zanon de otras 200 fábricas ocupadas, concediendo cooperativas. Hoy el activismo obrero de la estratégica zona norte, enfrenta desafíos y peligros similares.

 

“Si los obreros podemos manejar una fábrica, podemos manejar el país”.

Celia Martínez, dirigente de Brukman bajo gestión obrera, abril de 2003.

 

Control obrero

No podemos abordar la cuestión de la gestión obrera sin antes repasar la larga tradición sobre el control obrero. Los procesos revolucionarios más importantes estuvieron recorridos por experiencias de este tipo. En la revolución que en Rusia tiró abajo al zarismo en febrero de 1917, Lenin planteó ante la conferencia general de comités de fábrica –que se organizaron al calor de la revolución como había ocurrido en 1905–, ante 421 delegados en representación de 236 fábricas, que el control obrero era la respuesta a la catástrofe económica impulsada por el gobierno y las patronales. Establecía que los obreros debían tener las tres cuartas partes de los votos en todas las instancias de decisión; que el control abarcaría a todas las fases de la producción; que existiría un total acceso a la documentación comercial y financiera de las empresas (abolición del secreto comercial); que verificaría la comercialización de los productos básicos, en especial en relación con el campo. Para Lenin, el control obrero serviría para establecer una contabilidad nacional, basada en la dirección obrera democráticamente elegida a través de las asambleas de los comités de fábrica. Con el triunfo de la revolución, en octubre del mismo año, uno de los primeros decretos fue el del control obrero, que lo establecía “en todas las empresas industriales, comerciales, bancarias, agrícolas, etc., que cuenten con cinco obreros y empleados” por lo menos.

Inspirados en la Revolución rusa, los consejos obreros de Turín dieron lugar a la toma generalizada de las industrias metalúrgicas y automotrices donde más de 500.000 trabajadores iniciaron el control obrero de un sector estratégico de la economía europea. Trotsky va a tomar en cuenta estas experiencias durante las primeras décadas del siglo XX, planteando que nuevas oleadas de control obrero y ocupación de fábricas eran inevitables en aquel entonces.

En Argentina, durante la “resistencia peronista” cientos de grandes fábricas, entre ellas la huelga histórica del frigorífico Lisandro de la Torre, fueron tomadas por los trabajadores y en muchos casos hubo control obrero. En los ‘70, los cordones industriales de Chile fueron el proceso más avanzado de control obrero en Latinoamérica. La historia demuestra que el control obrero de la producción puede empezar de distintas maneras, de acuerdo también con el grado de radicalización política y social del contexto. Puede ser a través del control de las condiciones y los ritmos de trabajo o de la seguridad e higiene, como respuesta a situaciones límite donde los aumentos de la productividad “rompen” al trabajador o por accidentes que pueden costarle la vida a los obreros.

En la misma exigencia de apertura de los libros de contabilidad, cuando la empresa amenaza con ajustar acusando crisis, aparece un interés del trabajador por develar lo que los capitalistas ocultan, y se abre la posibilidad de ejercer un verdadero control de la empresa.

La actividad cada vez más consciente de controlar, observar, vigilar, decidir sobre la producción y las condiciones de trabajo, comienza a generar una nueva relación dentro de la empresa. El poder indiscutible del capitalista empieza a ser cuestionado, y en la medida que avanza el control obrero, se establece un doble poder al interior de la unidad productiva: el de los trabajadores y el del capitalista. El inicio de este poder dual plantea un dilema. El empresario intentará por todos los medios frenar a los obreros y retomar el control total en la fábrica. Los trabajadores presentarán resistencia. Por ello, está inscripta en la naturaleza misma del control obrero su carácter transicional, en el sentido de que no puede permanecer ad infinitum una situación de doble poder dentro de la fábrica; sino más bien la misma acelera el enfrentamiento entre el trabajo y el capital buscando una resolución para un lado o para el otro. Como toda conquista parcial, también el control obrero puede ser cooptado e integrado en los mecanismos de gestión de la clase capitalista.

En Alemania y otros países europeos se desarrollaron comités de empresa que “colaboran” con la gestión capitalista de las mismas, operando como correa de transmisión de los requisitos del capital.

En la experiencia argentina reciente, un aspecto que distingue a la toma y puesta a producir de la ceramista Zanon (hoy FaSinPat) de otras fábricas recuperadas por sus trabajadores, es el desarrollo de un largo período en el cual los trabajadores habían dado algunos pasos hacia el control obrero, luego de la muerte de Daniel Ferrás por un accidente, responsabilidad de la empresa, con la huelga se conquista una comisión obrera encargada de la seguridad y de la higiene que logró reducir considerablemente los accidentes. Luego, ante la crisis que aducía la empresa, que en realidad era resultado de un vaciamiento, exigieron la apertura de los libros contables. En el caso de Donnelley, hoy, también los trabajadores venían rechazando las maniobras de la empresa para aducir la quiebra, y supieron derrotar varios intentos de desviar la producción hacia otras gráficas. En ambos casos, las patronales enfrentaban colectivos obreros decididos a responder las maniobras y ataques para derrotarlos.

 

Expropiación y estatización bajo gestión obrera o cooperativa

En los casos donde los trabajadores ocupan y ponen a producir las fábricas, cuando el capitalista huye, se está en las puertas de una nueva experiencia: la gestión obrera. La misma contempla el control obrero, pero lo supera, al extenderse dentro de la unidad productiva a todos los ámbitos antes ocupados por el capital que ya no está presente dentro de la fábrica. Aquí se produce un primer cambio, trabajadores en igualdad de condiciones producen y ponen al desnudo el carácter despótico y vertical del control de los supervisores y los encargados que responden a la patronal.

 

Las fábricas cooperativas demuestran que el capitalista como funcionario de la producción es un personaje tan superfluo como él mismo, en su altísima cultura, considera que lo es el terrateniente (K. Marx, El Capital, Tomo III, cap. XXIII, FCE).

 

Por su parte, si ser dueño de los medios de producción es lo que le concede al capitalista su rol de mando; la gestión obrera de la fábrica plantea un cuestionamiento profundo a la propiedad. Cada vez que los trabajadores deciden tomar la producción en sus manos, se despiertan las fuerzas contrarias de jueces, funcionarios, burócratas, síndicos que buscan poner un freno al impulso vital de la acción obrera. La fábrica pasa a ser además objeto de disputa entre los capitalistas (o la misma patronal con sus testaferros), que intentarán utilizar la Justicia y cuanto amigo encuentren en el Estado para recuperar los medios de producción. Por esto mismo, es que se hace necesario exigir la expropiación y estatización de la fábrica, como reaseguro de que la misma no vaya a ser objeto de especulación capitalista. Y debe ser expropiando a la patronal sin pago, ya que no puede implicar que los trabajadores se hagan cargo de las deudas del patrón ni “premiar” con indemnizaciones las maniobras de vaciamiento y fuga de capitales que las empresas hacen, en muchos casos, con la vista gorda del Estado. A su vez, el planteo de gestión obrera se corresponde con la puesta en marcha de un plan que permita orientar la producción según necesidades de la población, con exigencia al estado de que garantice los salarios y cargas sociales, compre la producción en función de necesidades sociales (como podría ser por ejemplo para planes de vivienda en el caso de Zanon, o materiales educativos en el caso de la gráfica Donnelley).

Sin embargo, el gobierno responde: “hagan una cooperativa”. Las cooperativas, como formas de organización de la producción, en sí mismas, tienen un gran valor estratégico si se proponen traspasar los límites de la sociedad capitalistas. Marx, como parte de sus conclusiones de la Comuna de París, llego a plantear ante la burguesía que alentaba la formación de cooperativas,

 

si la producción cooperativa ha de ser algo más que una impostura y un engaño; si ha de substituir al sistema capitalista; si las sociedades cooperativas unidas han de regular la producción nacional con arreglo a un plan común, tomándola bajo su control y poniendo fin a la constante anarquía y a las convulsiones periódicas, consecuencias inevitables de la producción capitalista, ¿Qué será eso entonces, caballeros, sino comunismo, comunismo “realizable”? (K. Marx, La Guerra Civil en Francia).

 

Incluso, tienen un valor pedagógico, que ya lo destacara Marx, cuando ponen de manifiesto que sin empresarios la empresa puede seguir en funcionamiento, pero sin trabajadores no. En realidad, el problema de las cooperativas no está en su forma de organización del trabajo, sino en la naturaleza misma de la producción capitalista que se encuentra dominada por el mercado. Rosa Luxemburgo afirmaba: “Pero en la economía capitalista el cambio domina la producción, convirtiendo, en vista de la concurrencia, la explotación desmedida, es decir el sometimiento completo del proceso de producción a los intereses del capital, en condición necesaria de la empresa” (R. Luxemburgo, Reforma o Revolución).

Si la economía capitalista, genera una feroz competencia que solo algunos pocos pueden sobrellevar, en el caso de las cooperativas obreras, resistir en el mercado de igual a igual con capitalistas es, cuanto menos, insostenible. De aquí que las cooperativas se vean ante la disyuntiva de ser integradas al mercado capitalista transformando los logros de la gestión obrera en su contrario, en autoexplotación entre los socios cooperativos, que por presión del mercado tienen que actuar en él como capitalistas, e incluso, adoptar medidas propias de racionalización interior de la empresa como cualquier capitalista. Por el contario:

 

El control obrero [en el sentido de la autogestión, NdR] rechaza toda institucionalización, toda idea de convertirse, aunque solo sea por un período transitorio, en un parte integrante de la forma en que funciona el sistema, porque sus realizadores comprenden que su integración implica necesariamente su degeneración en instrumento de conciliación entre las clases” (E. Mandel, Control obrero, consejos obrero, autogestión).

 

La pelea por la expropiación y estatización bajo gestión obrera se basa en la comprensión de que los trabajadores no pueden conquistar sus demandas en forma aislada, compitiendo unos con otros, sino luchando como clase de conjunto contra las patronales, el Estado y la burocracia sindical que los defiende. Desde esa perspectiva se ven las diferencias con las cooperativas que se adaptaron a los gobiernos y a las “leyes del mercado”. El planteo implica ir contra la corriente, hacia una posición de independencia bajo una estrategia de unidad de la clase trabajadora y el pueblo pobre en pos de desarrollar la lucha de clases contra el capital, conquistando un gobierno obrero basado en organismos de democracia directa que unan las decisiones de producción con las decisiones políticas.

 

Lecciones de la experiencia de control obrero en la Argentina reciente

Hacia fines de 2001, de unas 2000 fábricas cerradas, más de 200 fueron recuperadas por sus trabajadores como respuesta a la crisis profunda desatada por la salida de la convertibilidad. Los trabajadores, sus familias y las asambleas populares dieron batallas en común para iniciar la ocupación y el control obrero, en casos como los de Renacer, IMPA, Milhojas, La Baskonia, El Aguante, Imprenta Chilavert, Grissinópoli, Clínica Junín, Hotel Bauen. Todas ellas se conformaron bajo la forma de cooperativas. Otras como Brukman y Zanon, sostuvieron la estatización bajo administración de los trabajadores. El cambio en las condiciones económicas a partir de 2003, que fue producto del severo ajuste que la burguesía logró cargar sobre la clase trabajadora, y de una situación internacional que resultó inéditamente favorable para el comercio exterior argentino, impidió que la experiencia se extendiera, sin por eso quitar el enorme valor y potencialidad de haber levantado esa perspectiva estratégica.

El capital grande y pequeño recompuso sus condiciones de valorización, los patrones mantuvieron sus fábricas contratando más asalariados, e incluso retomaron el control de algunas empresas. Sin embargo, aún “en pequeño”, la experiencia de Zanon y Brukman y la batalla dada por una perspectiva de respuesta obrera independiente dejó su marca. Que las fábricas que cierran, se ocupan y se ponen a producir, es un aprendizaje que está presente en vastos sectores de las generaciones actuales del movimiento obrero argentino. Esta estrategia se plasmó también en nuevas medidas de lucha ante las diversas cuestiones que se fueron planteando a la gestión obrera. Por ejemplo los obreros de Zanón salieron a luchar para exigir créditos para renovar la maquinaria.

Hoy en día el conjunto de las empresas que optaron por la modalidad de cooperativas, que impulso el gobierno a través del MNFR (Movimiento Nacional de Fábricas Recuperadas) del abogado Caro, fueron integradas al mercado y muchas de ellas fueron reabsorbidas por los capitalistas o directamente tuvieron que cerrar.

No es casual que hoy ante el cierre de la autoparista Visteon, el gobierno junto con el municipio de Quilmes y la UOM, hayan conformado una cooperativa en la cual ya se perdieron más de la mitad de los puestos de trabajo, a los que deseen continuar les exigen dar una parte de su indemnización para capitalizar la empresa, y aún no está resulta la propiedad del inmueble. Una respuesta que contrasta con el proyecto de ley presentado por el diputado provincial del Frente de Izquierda, Christian Castillo, por el cual se solicita la expropiación y la estatización de Donnelley bajo gestión obrera, tal como votó la asamblea de los trabajadores gráficos. Un caso contrario al de la mayoría del las fábricas recuperadas devenidas en cooperativas es el de Zanon. Allí los trabajadores mantuvieron la unidad entre las formas tácticas de organización, como fue aceptar la cooperativa transitoria, con el planteo estratégico de la expropiación y estatización bajo gestión obrera de la fábrica para ponerla a producir cerámicos al servicio de las necesidades de la comunidad. En este duro camino de más de 14 años de resistencia y búsqueda de unidad con el pueblo, se logró arrancar la expropiación al gobierno provincial, una medida que fue votada por la mayoría de la legislatura hace dos años1. Aunque Zanon no está exenta de las presiones propias del mercado y las tensiones de renovar las maquinarias, se mantiene como un ejemplo para toda la clase obrera del mundo, que ve en la experiencia de los obreros ceramistas un punto de partida para cuando peligran los puestos de trabajo y las patronales amenazan con cerrar. Esta “excepcionalidad” de Zanon con respecto al resto de las fábricas recuperadas, se encuentra justamente en la unidad entre producción y política, que se estableció desde un inicio como guía del control obrero y la ocupación de fábrica. Tal como señala Raúl Godoy:

 

Nuestra concepción, a diferencia del pensamiento de corrientes autonomistas, o incluso de corrientes de izquierda, es que no puede haber gestión obrera “exitosa” y en ascenso de su producción en el marco de una crisis más general del capitalismo. Si consideramos políticamente que no puede coexistir y desarrollarse el “socialismo en un solo país”, sería muy ingenuo pensar una gestión obrera libre de presiones, máxime bajo la forma de cooperativa. (R. Godoy, “De Zanon a Phillips Dreux: experiencias de control obrero”, La Verdad Obrera, 09/09/2010.)

 

Por eso mismo es que Zanon se mantuvo hasta el día de hoy levantando la bandera de la ocupación, la puesta a producir y la estatización bajo control obrero como una bandera de lucha para el conjunto de los trabajadores, alentando con su experiencia, una salida por izquierda a la crisis capitalista.

En la dinámica transitoria del control obrero, se encuentra el potencial histórico de la clase trabajadora en la búsqueda de una nueva sociedad, tal como afirmaba Trotsky en el Programa de Transición, “Si la abolición del secreto comercial es la condición necesaria de control obrero, ese control representa el primer paso en el camino de la dirección socialista de la economía”.

 

VER PDF

1. Fasinpat –ex Zanon– no es una mera cooperativa. Los ceramistas se han ganado hasta el día de hoy un lugar indiscutido en todo el mundo como ejemplo de resistencia, organización democrática y clasista, y de solidaridad con el pueblo mediante las donaciones, construcciones de una clínica de salud comunitaria, escuelas de oficio, etc. Ver, “Doce años de Zanon-Fa.Sin.Pat”, www.pts.org.ar, 01/10/2013.

2 comments

  1. Fernando Acosta Riveros 9 octubre, 2014 at 17:17 Responder

    Reciban un fraternal saludo de paz y bendiciones desde México. Felicidades por los contenidos de la revista Ideas de Izquierda. Quiero saber si ustedes manejan, creo que sí, ediciones impresas y si sería posible que participen en la próximo Feria Internacional Libro Guadalajara-2014 que tiene a la Argentina como País Invitado de Honor. En espera de su respuesta, cordialmente,
    Fernando Acosta Riveros, trabajador universitario y lector de Página/12

    • Admin 10 octubre, 2014 at 17:39 Responder

      Estimado Fernando: sí, la revista sale impresa y se vende en kioskos de diarios y revistas en Capital, Gran Bs As y ciudades de distintas provincias. En Guadalajara no estaremos… Saludos y gracias

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