Novela negra: mentiras verdaderas

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CELESTE MURILLO

Número 12, agosto 2014.

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Los últimos años han visto un renacer de la novela negra. Su atractivo ha superado ya la barrera literaria y ha saltado al terreno de las series, para terminar de imprimirle el sello definitivo de boom. ¿Qué es lo que alimenta las mutaciones y expansión del género?

 

Las editoriales europeas no escaparon a la crisis económica desatada en 2007, que ha golpeado con especial dureza en el viejo continente. A pesar de las bajas en las ventas, existe un género que no solo no cae sino que crece: la novela negra. Autores como Henning Mankell, John Connolly, Petros Márkaris, Qiu Xiaolong, encabezan hace tiempo las ventas y todos los sellos editoriales tienen, entre sus colecciones, una dedicada al policial negro. El éxito es tal que hasta el Philip Marlowe de Chandler ha vuelto (bajo la pluma de John Banville). En un escenario de crisis, el género refuerza su carácter de denuncia al desnudar las peores miserias sociales del capitalismo (no por nada el boom se ha corrido de los nórdicos a los españoles). La corrupción policial e institucional, la violencia y la brutalidad adquieren nuevos rasgos y personificaciones, aunque en el fondo el “secreto del éxito” sigue estando en el mismo lugar. Desde sus comienzos en la primera mitad del siglo XX, la novela negra explora la atmósfera asfixiante y decadente de las sociedades capitalistas, agudizadas por la Gran Depresión de los años ‘30. Y aunque siempre tuvo un pilar central en el mundo del crimen y el policial, su influencia se ha extendido a otros ámbitos de la sociedad; todos son terrenos permeables.

 

Un género cada vez más universal

Una de las características de este nuevo boom es su creciente “universalización”. Si la novela negra había tenido como primer escenario las sociedades capitalistas de los países avanzados, como Estados Unidos y varios países de Europa, en este nuevo boom se ha extendido geográficamente y se ha ganado su lugar junto a otros géneros populares. Una de las primeras en lograr un éxito llamativo fue la escandinava, de la mano de Henning Mankell y su detective Wallander, que desnudó los males sociales brotados a la sombra de los Estados de Bienestar: el racismo, las “mafias” del Este europeo, el tráfico de personas y la xenofobia, antes incluso de su consolidación como derecha política en varios países. También es un hecho la superación de las fronteras de la literatura para ingresar al mundo masivo de la televisión de la mano de la creciente producción de series, ya no solo con adaptaciones exitosas como la del detective Kurt Wallander (Mankell) sino también con historias y protagonistas propios que se encuentran entre las mejores de las últimas producciones de TV, como True Detective.

Al margen de las discusiones específicas sobre la evolución del género, que exceden este artículo, se hace evidente la relación entre el interés por la novela negra y un escenario de creciente decadencia social. La violencia contra las mujeres, la corrupción institucional, el manejo policial del gran delito como el narcotráfico y la trata, son todos temas cada vez más presentes en los policiales negros. Y a la par de esto, aparecen también con más fuerza el odio racial, el chauvinismo, la desigualdad y tantas otras miserias características de la podredumbre de las sociedades capitalistas del siglo XXI.

De estos problemas habla el comisario Jaritos (Márkaris), que narra la miseria que asola la Atenas golpeada por la crisis, el desempleo masivo y la extrema derecha (lamentablemente superada por su versión real de Aurora Dorada). Belascoarán Shayne (Taibo II), cuando se cruza con los policías narco, o las bandas mafiosas que persiguen sindicalistas y obreros en huelga en México DF y Oaxaca. La periodista Verónica Rosenthal (Olguín) o la archivista Ruth Epelabaum (Krimer) cuando denuncian policías y jueces corruptos en el norte argentino que dejó impunes a los asesinos de las turistas francesas, o en la Buenos Aires que se tragó a Florencia Penacchi.

Las fronteras se han extendido de tal forma que incluso han encontrado su ruta a Shanghái, donde el inspector Chen Cao (Xiaolong) recorre las trampas de la casta burocrática china; o las corruptelas y privilegios de la burocracia cubana que nublan las investigaciones de Mario Conde (Padura) en La Habana. El pasaje al formato de series ha confirmado la vigencia del género, y esta extensión que mencionábamos arriba. Con orígenes y temáticas diferentes, en el fondo todas hablan de lo mismo: dicen mediante la ficción la verdad callada por los medios de comunicación y naturalizados por la ideología de la clase dominante. Lejos del estatus de culto de la sin duda precursora Twin Peaks (David Lynch), las series cumplen con la receta negra: investigadores desencantados, obsesivos e imperfectos, perdedores para las generales de la ley, pero cómplices de lector/espectador en la lucha contra las injusticias y por develar la verdad. Sus escenarios son el centro; superan incluso el crimen que muchas veces pasa a un segundo plano para dar lugar a un retrato crítico del contexto que lo rodea. Cada vez son más importantes las historias contadas alrededor del hecho criminal, que ya no es tratado como la acción de un psicópata solitario sino como la cicatriz de una sociedad de fieras salvajes1.

Así sucede en The Killing, donde la Seattle decadente, con calles húmedas pobladas de homeless y adolescentes prostituyéndose, son el escenario de batalla donde la detective Linden se enfrenta a la corrupción política, policial y las miserias humanas más atroces. Algo similar sucede en The Bridge donde la historia del cuerpo encontrado en el puente entre El Paso y Ciudad Juárez queda en segundo plano. “La Bestia”, esa cosa-persona-lugar que mata, viola y tortura mujeres condensa la vida de la frontera controlada por narcos, policías y militares, controlados a su vez por los intereses políticos de ambos Estados.

True Detective es quizás el exponente más logrado en cuanto a la combinación de los ingredientes de la novela negra pasada a la televisión. Las postales de Louisana en el sur de Estados Unidos albergan la historia de los detectives que se cruzan con un coctel de violencia, atraso cultural y brutalidad policíaca, que es tan común como difícil de narrar sin caer en clichés idealistas o morbo innecesario. Pero si hay un detalle que la distingue a esta gran novela negra norteamericana, como la llaman, son sus personajes, que han motivado toda clase de debates, justamente porque dan en la tecla de todo lo que se odia, se ama y se teme. Una frase, elegida arbitrariamente, podría bastar para dar una idea de la crudeza que exudan: “Por supuesto que soy peligroso. Soy policía, puedo hacerle cosas horribles a la gente… con impunidad”. Y no podemos dejar de sospechar, al menos, que algo de la “superioridad” y crudeza de True Detective se debe a que es el único guión original estadounidense de las series mencionadas. Las demás son versiones adaptadas, hasta edulcoradas, y hechas a medida para el público de Estados Unidos, con su inevitable cuota de visión del mundo (imperialista). Es el caso de The Bridge (versión libre de Broen/Bron, una coproducción danesa-sueca) y The Killing (cuyas dos primeras temporadas son una  adaptación de la danesa Forbrydelsen). ¿Será que cuando se observan las miserias propias todo se vuelve más oscuro?

Es claro que nos limitamos a tres ejemplos para no aburrir con la enumeración, pero no agotan en ningún caso la producción actual.

 

Periodistas y escritores

Al panorama desesperanzador que ofrece la burguesía, se suma el descrédito de sus instituciones políticas así como de la prensa, que había sido durante muchas décadas vehículo de denuncias y críticas sociales. Hoy, al contrario, el poder político y sus instituciones son partícipes necesarios de los crímenes, y las más de las veces, los medios de comunicación, monopólicos y mercantilizados, tienen más compromisos que disposición a investigar esa complicidad.

Quizás por eso, como señala el autor argentino Ernesto Mallo: “La gente necesita entender qué es lo que pasa. Y no puede confiar en eso ni en los medios ni en los políticos. Porque ninguno de los dos puede decir la verdad. Ninguno puede revelar las complicidades y de qué manera están entrelazado el crimen con los gobiernos y con los medios”2. Este es un rasgo distintivo de la novela negra, uno de los más interesantes, y sus mutaciones más recientes hablan mucho de él. Esa capacidad para desnudar a los poderosos, para dejar en evidencia a los verdaderos criminales, permite hablar claramente de la realidad, hablar de la sociedad en la que vivimos. Al fin y al cabo, el magnetismo que siempre ha tenido la novela a lo largo de su historia.

El vacío que han dejado grandes cronistas como John Reed a principios del siglo XX o, en nuestro país, periodistas como Rodolfo Walsh, no ha sido ocupado por nadie en su profesión. Cada uno en su época, con sus ideologías y contradicciones, fue vocero de críticas sociales profundas. John Reed hizo vibrar a los trabajadores y jóvenes lectores de The Masses3 con sus crónicas de la gran huelga textil en Paterson en 1913 y denunció la guerra de clases que desató la burguesía. Gracias a sus relatos apasionados toda una generación en Estados Unidos vivió de cerca la Revolución rusa y la Revolución mexicana4. En nuestro país, uno de los mejores exponentes del periodismo de investigación fue sin duda Rodolfo Walsh, cuyas denuncias periodísticas y literarias siguen vigentes por su contenido y por el rol que le asignaba a la crítica periodística, a la relación íntima que establecía entre sus obras y la política (de manifiesto en obras como ¿Quién mató a Rosendo?). Quizás por esa relación, tomaron caminos que los llevaron a la política, lejanos entre ellos, pero ambos convencidos de la necesidad de modificar la realidad que criticaban. Reed en el Partido Comunista, Walsh en Montoneros.

Desde un punto de vista sería injusto comparar a sus colegas que hoy viven impregnados de un “espíritu de época” muy diferente; Reed vio triunfar a la gran revolución rusa y Walsh fue parte de esa generación latinoamericana que vio nacer la Revolución cubana, y que quiso tomar el cielo por asalto en la argentina setentista. Sin embargo, hay un guante que por ahora no ha sido levantado por ningún periodista. Y más bien, han sido escritores –con los límites de cada caso– los que aceptan el desafío de criticar a la sociedad burguesa y sus miserias (con el límite de denunciar la verdad en los marcos de la ficción).

 

Marcas de origen

El policial, especialmente el negro, viene en ascenso también en Latinoamérica, y en nuestro país, aunque no es un género nuevo ni mucho menos. Así como en Europa las novelas se empapan de racismo, extrema derecha y crisis, en América Latina aparecen como constante la complicidad entre policías, funcionarios y narcotraficantes, tratantes y proxenetas, la desigualdad social y también los sindicatos, los movimientos sociales y políticos. El género adquiere rasgos particulares en las democracias degradadas de nuestro continente, y como dice el escritor Paco Ignacio Taibo II sobre México, sobra el “material para la novela policíaca… la sociedad se ha dedicado a construir enigmas porque la versión oficial no corresponde a la realidad”5. En las novelas de Taibo II, además del narco y la complicidad de los poderes político y judicial, están presentes los sindicatos y las organizaciones políticas, tanto como lo están en la vida mexicana. Es común encontrar entre los casos de su detective Belascoarán Shayne la defensa de activistas del magisterio combativo de Oaxaca, o toparnos con el comisario Fierro, un autor de novelas policiales convocado por la naciente comuna de Santa Ana, gobernada por el pueblo el armas, para dirigir la policía local.

En Argentina, además de la presencia evidente de la violencia y la trata de mujeres, existe otra huella de realidad en la novela negra local. Uno de los temas significativos, y problema a resolver por todo autor, es el del protagonista. Al no existir la figura del detective privado o el detective asociado como en otros países, los autores se enfrentan a una disyuntiva. La escritora María Inés Krimer6 lo dice claramente: “En Argentina la institución policial tiene tan poca credibilidad que para obtener información de la policía tuve que inventarle a mi investigadora una empleada doméstica casada con un cabo”7 (hablando sobre Ruth Epelbaum de Sangre kosher y Siliconas express). Uno de los autores de novela negra que escribió su protagonista no detective es Ricardo Piglia, cuyo Emilio Renzi es periodista (igual que su amigo y compañero Junior), y desde su profesión investiga asesinatos y misterios. En la senda del periodismo, Sergio Olguín afilió a ese gremio a su Verónica Rosenthal8, que trabaja en una revista de actualidad, y de esa forma entra en el mundo del crimen.

Uno de los pocos autores que se animó al protagonista policía es Ernesto Mallo, que creó al Perro Lascano, no solo miembro de la fuerza sino activo durante los años de la dictadura militar: “Esto creaba otro problema, porque las fuerzas armadas y las fuerzas policiales fueron cómplices de la dictadura. Entonces dije: bueno, este cana no es cómplice. Eso ya le daba al personaje una perspectiva diferente”9. Junto a estos protagonistas rara vez policías o detectives, entran en escena el conurbano bonaerense, las whiskerías, los militares con pasado genocida y otras marcas de origen.

 

Una novela cada vez más negra

Ya nadie duda de la vigencia del género negro, de su éxito ni de su rol de vocero de denuncia (más allá de las intenciones más o menos explícitas de los autores). Y sus motivaciones hablan mucho más de la crisis de un sistema social en decadencia que de un mero éxito comercial, más allá de las especulaciones editoriales, cuyos gerentes darían un riñón por el negocio eterno.

Lamentablemente, la realidad supera, y por mucho, cualquier elucubración literaria de las mentes más creativas. Ningún horror ni detalle macabro puede superar los horrores de esta sociedad que ha arrojado a millones a la miseria sin dudar un solo minuto para salvar a una casta, ese puñado de millonarios. No hay violencia más violenta ni novela más negra que la realidad.

 

Blog de la autora: teseguilospasos.blogspot.com.ar.

 

1. Así se refiere Marx a las tempranas miserias de sociedad capitalista en sus textos compilados en Acerca del suicidio.

2. “La ficción puede decir la verdad”, Ñ, 16/08/2012.

3. Ver “The Masses”, IdZ 2, septiembre 2013.

4. Sus crónicas revolucionarias fueron compiladas en dos libros excepcionales: Diez días que conmovieron al mundo y México insurgente.

5. “La novela policiaca según Paco Ignacio Taibo II, Parra y Monteverde”, www.revoluciontrespuntocero.com.

6. Dejamos en los pendientes el mundo del policial negro femenino, en auge, tanto por los temas como por la presencia cada vez mayor de detectives mujeres, profesionales y aficionadas, dentro y fuera de las fuerzas policiales.

7. “Todo negro, hasta la novela familiar”, Ñ, 06/08/2013.

8. Ver reseña de Las extranjeras en IdZ 11, julio 2014.

9. “La ficción puede decir la verdad”, Ñ, 16/08/2012.

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