Notas para una historia reciente de la izquierda argentina

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EDUARDO CASTILLA

Comité de redacción La Izquierda Diario.

Número 25, noviembre 2015.

 

La historia de la izquierda argentina ha sido tema de estudio y análisis desde distintas vertientes. Dentro de ese marco, los años que van del inicio del siglo XX hasta la dictadura militar de 1976 concentran una mayor elaboración en términos comparativos con lo producido sobre el período que se abre luego del retorno del régimen democrático en 1983. Aunque en los últimos años se ha desarrollado una mayor elaboración en ese terreno, no ha sido protagonizada, esencialmente, por la izquierda partidaria, sino por sectores provenientes de la academia. Se trata de aportes valiosos pero una perspectiva político-estratégica más global tiende a estar ausente.

Si en los años ‘60, y sobre todo en los ‘70, la izquierda argentina puede (y debe) ser medida a la luz del enorme ascenso revolucionario que sacude al país –y más globalmente al mundo–, a partir de 1983 debe ser evaluada en el marco de la dura derrota de ese proceso de movilización de masas. Ésta constituye una dimensión central de este análisis y del que realizaremos en próximos artículos.

El objetivo de intentar abarcar más de tres décadas de historia supone desplegar la posibilidad de múltiples debates. Un desarrollo cronológico nos impele, en este primer artículo, a abordar los años ‘80. En honor a un análisis más detallado tomaremos solo la historia del PC argentino, como parte de la izquierda que discursivamente sostenía la perspectiva de una sociedad socialista o comunista. Nuestros próximos artículos buscarán abordar el devenir de otras organizaciones partidarias.

Conforme avancemos hacia la actualidad, veremos que también se desarrolla una izquierda autodefinida como independiente, caracterizada por el rechazo a algunos postulados tradicionales de la izquierda partidaria, a los que sindica como parte de un “dogma” [1].

 

El PC y la “Convergencia cívico-militar”

La historia reciente del stalinismo criollo no puede entenderse por fuera de su política hacia la dictadura militar de Videla. A diferencia del conjunto de las organizaciones de izquierda y populares, el PCA tendrá una política de apoyo al golpe militar de 1976 y al régimen que emerge del mismo. Esto no evitará que sus militantes y simpatizantes sean perseguidos e incluso sufran desapariciones. Pero sí permitirá que la represión descargada sobre la organización sea relativamente menor, en comparación con otras. Aunque sufrió la prohibición de realizar actividades políticas como el PJ o la UCR, el PC no fue declarado ilegal como sucedió con la enorme mayoría de la izquierda [2].

Natalia Casola, en un libro recientemente publicado [3], ilustra claramente la relación entre el partido y el gobierno militar. El PC, partiendo de una diferenciación entre lo que consideraba un ala moderada y un ala fascista al interior de las FF. AA., apoyará a la primera –expresada en Videla– contra la segunda, encarnada, entre otros, en Luciano Benjamín Menéndez, jefe del Tercer Cuerpo del Ejército, con sede en Córdoba.

En un artículo publicado en 2008, Gabriela Águila afirma que recién “hacia 1982 los diagnósticos y posicionamientos de los comunistas comenzaron a cambiar: con todo y la insistencia en señalar la ‘justeza’ de la línea política planteada al menos desde 1973” [4]. La misma autora señala que:

… la línea que asumió frente al régimen militar fue calificada como moderada, complaciente e incluso de colaboración (…) Tales cuestiones (…) contienen parte de las explicaciones para analizar la crisis que el partido sufrió hacia mediados de los años 80 cuando –en el contexto de la transición democrática– su influencia se redujo a su mínima expresión producto de una sucesión de crisis y desgajamientos [5].

Casola afirmará que esta “línea de apoyo ‘táctico’ al gobierno del general Jorge Rafael Videla (…) fue la derivación más extrema de la estrategia de revolución por etapas y el programa del frente democrático nacional” [6]. Este tipo de concepción será desarrollada por las corrientes stalinistas a nivel internacional, desde mediados de la década del ‘30, y constituye un elemento esencial de su estrategia reformista [7].

 

De las elecciones de 1983 al XVI Congreso

No habrá una autocrítica explícita del PC hasta el XVI Congreso, realizado a fines de 1986 y como producto de una crisis política más general, que emergerá luego de otro importante error de su dirección: el apoyo a la fórmula presidencial peronista en 1983, derrotada por la UCR. Relata Águila que:

… de cara a las elecciones de octubre de 1983, decidirán en su XV congreso el apoyo a las candidaturas del peronismo. El argumento utilizado fue que “en la opción electoral, las derechas van rodeando la fórmula presidencial de la Unión Cívica Radical, con el fin de romper o desarticular la base obrera y popular del peronismo” [8].

Este fracaso abrirá los cauces para el desarrollo de una crisis más general. Alberto Nadra, ex dirigente del PC, reseña que:

… en 1983 –después de que, desde el partido apoyáramos la formula Ítalo Luder-Deolindo Bittel, derrotada por Raúl Alfonsín– la decepción y la frustración en la militancia fue enorme. Por primera vez se dudó de que los militantes hubieran “acatado” la decisión de la Dirección (…) estallaban sordamente muchos debates y conflictos. Y uno de los disparadores fue ese posicionamiento electoral [9].

La apertura de la discusión por parte de la dirección fue el resultado de esa profunda crisis. En el Informe al XVI Congreso puede leerse, como balance de la dirección partidaria, que “el debate (…) evitó el desgranamiento del Partido o un estallido desde abajo que hubiera puesto en peligro la unidad (…) afectando por muchos años su posibilidad de jugar un rol de vanguardia” [10].

La crisis parece haber actuado como catalizador de un proceso incubado previamente. Si bajo el régimen dictatorial el terror impedía que las diferencias emergieran –en un partido donde las buenas relaciones con el régimen podían ser la garantía de no morir– esas tensiones aparecieron con el retorno del régimen democrático.

Esa crisis abriría el camino al XVI Congreso, que pasará a la historia como el de la “autocrítica” por la política seguida durante la dictadura. La consecuencia de eso fue el desarrollo de lo que se conoció como “El viraje”.

 

El viraje

Nadra afirma que “entre 1983 y 1990 se jugaron la principales cartas de lo que se conoció como “El viraje” del Partido Comunista (…) se trató del intento más serio –aunque finalmente fatal– de redefinir la línea y la organización del Partido” [11].

“El viraje” implicará que “se restablece una línea revolucionaria, dejando atrás la desviación reformista y se levanta claramente ante las masas un proyecto propio” [12]. Significaba además un balance de los errores cometidos en la dictadura. Se afirmaba que:

… las raíces político-ideológicas de los errores y debilidades del Partido en el período 73-76 y en la etapa de la dictadura militar, se encuentran en un insuficiente análisis a tiempo, desde el punto de vista de clase, marxista-leninista, de los cambios que se produjeron (…) lo que nos condujo a posiciones oportunistas y sectarias. Estas insuficiencias alimentaron la confusión de los planos tácticos y estratégicos en la formulación de nuestra línea y en el sistema de alianzas correspondientes, durante el período de la dictadura militar.

“El viraje” implicaba además redefinir el tipo de revolución al que aspiraba el PC.

A partir de la precisión que hicimos del carácter de la revolución en la Tesis, fuimos superando en el debate una visión de hecho fragmentada de las distintas etapas, avanzando hacia la comprensión de la revolución como un proceso único que debe culminar necesariamente en el socialismo (…) confirmamos que habíamos privilegiado los acuerdos democráticos generales sobre los estratégicos (…) a menudo quedamos reducidos a una fuerza de apoyo a los proyectos reformistas burgueses.

Como parte de este giro, la reivindicación de la figura del Che Guevara –execrado por décadas por “ultraizquierdista”– entrará en las publicaciones y el discurso político interno del PC. Lo hará sin embargo, como una figura vacía, sin ninguna evaluación profunda de sus concepciones y su visión estratégica.

Es que el PC no ponía en cuestión su concepción estratégica global. Por más que se señalara que se avanzaba “hacia la comprensión de la revolución como un proceso único que debe culminar necesariamente en el socialismo”, la definición general reincidía en una lógica de revolución por etapas.

El Informe afirmaba que dicha concepción “se resume en la lucha entre el proyecto modernizador de la dependencia y el de la revolución patriótica, popular y democrática; antiimperialista, agraria y antimonopolista, hacia el socialismo, integrada en la gesta liberadora latinoamericana. En síntesis, una revolución popular, antiimperialista y antioligárquica” [13]. La perspectiva de la expropiación del conjunto de la clase capitalista se hallaba fuera de ese horizonte. En ese marco, el PC impulsaba la construcción de un Frente de Liberación Nacional y Social (FLNS), cuyos

… componentes políticos (…) son las fuerzas políticas de izquierda, que ya actúan en el FP –Frente del Pueblo– y otras antiimperialistas que no se han decidido aún por el camino frentista, fundamentalmente las expresiones de izquierda que se manifiestan en el peronismo, los intransigentes, socialistas, cristianos, radicales e independientes (…) priorizamos la acción conjunta con la izquierda peronista, sin cuya incorporación (…) es inconcebible la construcción del FLNS.

Si en los años ‘73-‘76, el PC había buscado avanzar en la constitución de alguna forma de Frente Popular con el ala izquierda del peronismo [14], la derrota infligida por la dictadura al movimiento de masas y la derechización del PJ en los años ‘80, lo obligaron a girar hacia la izquierda partidaria para sostenerse, en el marco de la profunda crisis que lo atravesaba. Ese giro tomó forma en la conformación del Frente del Pueblo, junto al MAS.

 

Giro táctico, fracaso estratégico y burocratismo

Señala Águila que:

… hacia mediados de la década del 80 se produjo un quiebre en la historia del PCA: por un lado el acercamiento con sectores de la izquierda, en particular del trotskismo, que culminaron en la constitución de una alianza electoral en 1985, el Frente del Pueblo. Por otro lado, la realización del XVI congreso en 1986, caracterizado como el momento de “viraje” del partido (…) Si el partido no había sufrido en los años anteriores escisiones importantes, a partir de la segunda mitad de la década del 80 se produjeron una serie de desgajamientos que mermaron significativamente su influencia.

Alberto Nadra, parte de los impulsores de los cambios internos, relata la crisis que siguió al XVI Congreso. El intento de reforma partidaria fue congelado “desde arriba” por la dirección, que solo lo había permitido ante la amenaza de una ruptura extendida. Nadra narra cómo Patricio Etchegaray –que expresaba a los sectores críticos de la juventud– pactó un “viraje en unidad” con la vieja dirección de Athos Fava y Jorge Pereyra, ascendiendo a Secretario general y liquidando los intentos de reforma.

Si en el Informe de 1986 se podía leer que “el tema de los métodos de dirección nos sorprendió por la magnitud y el espacio que ocupó en el debate (…) trayendo consigo una verdadera crisis de credibilidad, de confianza en la dirección” [15], el burocratismo interno estuvo lejos de liquidarse posteriormente.

Los años que siguen al XVI Congreso implican la continuidad de esas tendencias. Relata Nadra que “los mediocres y los acomodaticios comenzaron a recitar el nuevo credo de memoria (…) el sello de ‘Reformista’ caía sobre cualquiera que tuviera la más ligera disidencia con las consignas que los dirigentes de ‘El viraje’ habíamos ayudado a crear” [16]. Acudiendo precisamente a esos métodos –típicos del arsenal stalinista– Nadra y otros “reformistas” serán apartados de lugares centrales del partido.

Los problemas organizativos de un partido se hallan indisolublemente ligados a los problemas de estrategia y táctica. En 1928, criticando el régimen de la Internacional Comunista, León Trotsky escribía que:

… la falsa orientación seguida con ensañamiento en el curso de los últimos años está, desde 1923, indisolublemente ligada a la degeneración del régimen interno de los partidos, régimen de funcionarismo burocrático que hace estragos en toda la IC y en una serie de secciones, especialmente en el PC de la URSS (PCUS) [17].

El método planteando por Trotsky resulta útil para analizar el derrotero del PCA durante los ‘80 y la consecuente crisis. Sin embargo, es preciso aclarar que la “falsa orientación” no puede reducirse solo a lo actuado durante la dictadura y en 1983. “El viraje” del PC tenía un carácter eminentemente táctico, que no ponía en cuestión su concepción estratégica. Concepción que no era solo nacional sino también internacional y que sostenía hacía décadas.

La perspectiva de “revolución popular, antiimperialista y antioligárquica” –ratificada en el XVI Congreso– implicaba la continuidad de una perspectiva de revolución por etapas, la misma que la había llevado al “seguidismo” al peronismo y la empujó en el camino del apoyo al régimen de Videla. La consecuencia de esta ausencia de revisión estratégica será un nuevo deterioro en la organización, la continuidad de los métodos burocráticos y una rápida deriva hacia la derecha.

El stalinismo argentino, en la actualidad, revista en las filas de un kirchnerismo sciolizado. Fuera de la organización, miles de personas que pasaron por sus filas cultivan el mayor de los escepticismos. Esa debacle, en parte, se gestó en los años ‘80.



[1] Junto a Fernando Aiziczon hemos desarrollado algunos debates con estos sectores en “Lenin, el partido y otros demonios” (IdZ 11) y “De viejos y nuevos dogmatismos” (IdZ 10).

[2] En junio de 1976 se dictaron las Leyes 21.322 y 21.325, que disolvían y/o declaraban ilegales varias decenas de agrupaciones políticas, sindicales y estudiantiles, casi todas ellas ligadas a la izquierda peronista y marxista. El PC no estaba incluido, aunque sí algunas organizaciones de frente único que impulsaba.

[3] Natalia Casola, El PC argentino y la dictadura militar. Militancia, estrategia política y represión estatal, Buenos Aires, Imago Mundi, 2015.

[4] Gabriela Águila, “El partido comunista argentino entre la dictadura y la transición democrática (1976-1986)”, Revista de Historia Actual, 2008.

[5] Ídem.

[6] Casola, ob. cit., p. XXII.

[7] La izquierda internacional se dividió desde los años ‘30, esencialmente, en dos grandes tendencias. Por un lado, aquellas que postulaban la necesidad de alianzas estratégicas con sectores de la burguesía en pos de distintos objetivos sociales: la liberación nacional, la lucha contra el fascismo, etc. Entre estas destacaron el stalinismo y el maoísmo. Por otro lado, el trotskismo levantó como perspectiva la necesidad de una estrategia independiente de la clase trabajadora y el pueblo pobre, donde también se enfrentara a la burguesía. En las condiciones económico-sociales de la época imperialista, las primeras desarrollaron una estrategia reformista mientras que las segundas impulsaron una perspectiva revolucionaria. La concepción revolucionaria fue desarrollada teóricamente por León Trotsky en la llamada Teoría de la Revolución permanente.

[8] Águila, ob. cit.

[9] Albero Nadra, Secretos en rojo. Un militante entre dos siglos, Buenos Aires, Corregidor, 2015, p. 111.

[10] Informe del Comité Central del Partido Comunista al XVI Congreso, Buenos Aires, Ed. Anteo, 1986, p. 11.

[11] Nadra, ob. cit., p. 104

[12] Informe…, ob. cit., p. 11

[13] Ibídem, p. 60.

[14] Agustín Tosco, dirigente sindical afín al PC, había impulsado una política en ese sentido. Hemos desarrollado esta cuestión en “Tosco y el peronismo en los ‘70” (IdZ 15).

[15] Informe…, ob. cit., p. 16.

[16] Nadra, ob. cit., p. 133.

[17] León Trotsky, Stalin, el gran organizador de derrotas. La III Internacional después de Lenin, Buenos Aires, Ed. CEIP-IPS, 2012, p. 23.

PCA

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