Nosotros, la izquierda… ante una oportunidad histórica

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Paro del 10A y giro a derecha del régimen político

CHRISTIAN CASTILLO Y FERNANDO ROSSO

Número 9, mayo 2014.

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Ya pasaron casi tres años de las elecciones primarias de 2011, cuando el Frente de Izquierda y los Trabajadores (FIT) logró superar el piso proscriptivo e instalarse como una alternativa en la política nacional. “Milagro”, “fenómeno pasajero”, “una excepcionalidad”; repitieron hasta cansarse los analistas y editorialistas del establishment, a la vez que auguraban futuros retrocesos o divisiones por las cuales la izquierda volvería a ocupar un lugar marginal desde el punto de vista político y electoral. Sin embargo, durante todo este período, el FIT no hizo más que desarrollarse, por un lado, basado en los cambios de la experiencia de la clase trabajadora (que tuvo su máxima expresión en los paros generales del 20N de 2012 y del 10A de 20141) y en el desencanto de los sectores “progresistas” de las clases medias con el conjunto del régimen político (sobre todo con el gobierno, pero también con una centroizquierda “derechizada”).

La intervención de los que constituimos el FIT, en esos eventos políticos y de la lucha de clases, estuvo en la base de este indiscutible desarrollo.

Desde aquel momento a esta parte, mucha agua corrió bajo el puente. El kirchnerismo, que había obtenido en octubre de ese año el 54 % de los votos, retrocedió vertiginosamente hasta ser derrotado en la estratégica provincia de Buenos Aires en las elecciones de octubre pasado y retroceder más de 20 puntos a nivel nacional. El agotamiento del “modelo”, y los distintos caminos para el ajuste (como la “sintonía fina” o los techos salariales) agudizaron este retroceso, que terminó en la ruptura con la burocracia sindical de Hugo Moyano, como manifestación deformada de un comienzo de enfrentamiento con el conjunto de los trabajadores. Como expresión de esta crisis, también el peronismo se dividió, sobre todo en su centro de gravedad (PBA), y hoy los “barones” (intendentes) del conurbano hacen cálculos para ver si les conviene quedarse con la coalición PJ-Frente para la Victoria o dar el salto al massismo.

El mismo cálculo hacen los gobernadores provinciales. Sergio Massa del Frente Renovador (FR), se debate entre mantenerse con un perfil más peronista o ir a la caza del electorado no peronista, mientras no pudo todavía conquistar un armado político nacional y su fuerza se reduce a la provincia de Buenos Aires y algunos intendentes sueltos en otras provincias. La centroizquierda desapareció como alternativa con perfil propio. Un sector se licuó directamente en el oficialismo (Nuevo Encuentro es parte orgánica de “Unidos y Organizados”) siendo hoy parte de un gobierno que está desplegando un ajuste hecho y derecho. Otro ha optado por juntarse con los restos del radicalismo, Elisa Carrió y otros liberales de derecha, defensores fanáticos de la oligarquía sojera y del Grupo Clarín.

De esto último surgió el flamante engendro al que denominaron Frente Amplio-UNEN, y su “amplitud”, por fuera de todo programa, ideología o principios, lo muestran varios de los referentes más importantes, proponiendo integrar nada más y nada menos que a Mauricio Macri; “amplísimo” hacia la derecha.

La división del escenario político nacional en cuatro coaliciones de las fuerzas políticas patronales, muestra que después de más de diez años de la crisis orgánica que estalló en 2001, el kirchnerismo no logró una reconstrucción de un régimen de partidos de mayorías estables que le garantice una “alternancia”. Y esto se constata en un momento en que se agotaron los motores del “modelo” y se pasa a los tiempos del ajuste con características abiertamente “neoliberales”. Mientras tanto, durante todo este tiempo nuestra coalición, el FIT, tuvo un crecimiento importante respecto de 2011 en las elecciones legislativas de octubre de 2013 y en elecciones locales que se realizaron a posteriori. Esto no quita que al interior del FIT existan importantes debates respecto de la estrategia y la táctica a seguir para construir un partido revolucionario de la clase trabajadora, pero lo distintivo es que estos debates se dan en forma pública y abierta, de cara a los trabajadores y al conjunto de los simpatizantes de la izquierda. Logramos obtener tres diputados nacionales y presencia en varias legislaturas provinciales y concejos deliberantes. En Mendoza y Salta, el FIT es una referencia para amplios sectores de masas, y en las recientes elecciones a concejales en la capital de la provincia cuyana, reafirmó su persistencia y apoyo electoral con un 13,26 % de los votos.

Aunque el año parlamentario recién se está iniciando, hicimos escuchar nuestra voz con proyectos y campañas políticas, como la que plantea “que todos los funcionarios y legisladores ganen lo mismo que una maestra”, que presentó Nicolás del Caño a nivel nacional, al igual que el resto en las legislaturas; el apoyo activo a las huelgas docentes en Provincia de Buenos Aires y otros distritos; la visibilidad en la campaña por la absolución de los petroleros de Las Heras; o el rechazo decidido al proyecto de ley “antipiquetes”, entre las más destacadas. Empezó a escucharse en los parlamentos y las legislaturas la voz y las denuncias de los que pelean en la calle; y los piquetes y movilizaciones cuentan con el apoyo de los legisladores del FIT. Las bancas del PTS-FIT en particular llevan donadas a las luchas obreras alrededor de $ 100.000, cumpliendo con nuestra promesa de cobrar lo que gana un trabajador y donar el resto para estos fondos de lucha. Las intervenciones de Nicolás del Caño (PTS) y Néstor Pitrola (PO) en el Congreso Nacional fueron las únicas que denunciaron desde un punto de vista de clase y antiimperialista la entrega a Repsol.

Pero este desarrollo no fue solo a nivel electoral o parlamentario, sino también en las organizaciones de base del movimiento obrero, en seccionales sindicales, cuerpos de delegados y comisiones internas. En el reciente Encuentro Sindical Combativo de Atlanta, las fuerzas del FIT (y del PTS en particular) jugaron un rol fundamental. El “bonapartismo” en los métodos de gobierno del kirchnerismo, y la necesidad del final del “nunca menos” y los avances sobre las conquistas de los trabajadores, llevó a una división inédita e histórica de la burocracia sindical peronista, y esto fue una condición de posibilidad para la conquista de posiciones por parte de la izquierda clasista en el movimiento obrero, basada en un persistente trabajo “gris y cotidiano” de más de una década. La jornada del paro general del 10A, con los piquetes protagonizados por los sectores antiburocráticos y combativos del movimiento obrero que están emergiendo, junto con la izquierda, concentró este avance de conjunto en una audaz intervención en las fábricas, establecimientos y en la calle, en el segundo paro general en los años kirchneristas.

 

Todos unidos y organizados… hacia la derecha

Pese a las diferencias que tienen entre sí las coaliciones políticas patronales, que disputan para ver quién va a gerenciar el poder al servicio de los grandes empresarios después de 2015, tienen un consenso común en una agenda de “ajuste”.

Desde enero en adelante, el gobierno optó por un paquete de medidas que incluyó devaluación, inflación, cese de subsidios a los servicios públicos que derivaron en tarifazos que van desde 200 al 400 % (en transporte, agua, gas y anuncian que pronto será en la electricidad), ajuste vía salarios (las paritarias están cerrando en torno al 30 % y la inflación se anuncia alrededor del 35/40 %, es decir, será un año de pérdida significativa del salario real), y una orientación general de “enfriamiento” de la economía (vía aumento de las tasas de interés bancarias) que está derivando en lo que algunos economistas llaman “estanflación”. Esto se complementa con un giro hacia un nuevo ciclo de endeudamiento, por lo cual se aprobó la indemnización a Repsol (5.000 millones de dólares de mínima, 11.000 millones de máxima), la búsqueda de acuerdos con el llamado Club de París (que reclama 10.000 millones de dólares al país) y el Fondo Monetario Internacional. Todo un programa al que puede suscribir cualquier neoliberal en un “país normal”. Por ello no extrañaron las declaraciones de Eduardo Duhalde afirmando que en lo económico “el gobierno desde febrero está haciendo bien las cosas”, o las de Macri diciendo que el oficialismo “al fin empezó a actuar con racionalidad”.

Pero además, este giro derechista en lo económico fue acompañado por un discurso en torno a la cuestión de la llamada “inseguridad”, para fortalecer a las fuerzas represivas y la policía. Esto llevó a Daniel Scioli (parte de la coalición de gobierno) a decretar por un año la “emergencia en seguridad”, lo que en los hechos implicó un poder mayor a la “bonaerense” que, como todas las policías del país, es quien en realidad tiene un rol central en el manejo del “gran delito”: narcotráfico, trata de personas, desarmaderos…

Esta política es parte de una campaña sistemática de estigmatización de la juventud de los barrios populares que llevó a una serie de linchamientos en distintos lugares del país, incluyendo el asesinato del joven David Moreyra en Rosario. Este fenómeno aberrante, lejos de expresar “la indignación de la gente”, como salieron a decir políticos reaccionarios y oportunistas, es una pequeña muestra de cómo pueden actuar determinados sectores de los estratos medios azuzados por el discurso derechista de los medios de comunicación y políticos oficialistas y opositores, si la clase obrera no ofrece una salida de conjunto para que la crisis la paguen los capitalistas, y por esa vía señalar el verdadero enemigo de los trabajadores y el pueblo, que es, como señalamos, quien está detrás de la organización del gran delito: el aparato estatal-policial, la clase dominante, sus partidos y su justicia.

Y este giro represivo no tuvo su único eje en la cuestión del “delito”, sino que también apuntó a la regimentación de la protesta social. El pedido para “reglamentar los piquetes” que hizo la misma presidenta en el discurso de apertura de las sesiones ordinarias del Congreso Nacional, terminó convertido en un proyecto de ley, presentado por diputados kirchneristas, encabezados por el chaqueño Juan Manuel Pedrini, Carlos Kunkel y Diana Conti, que para mayor desgracia de la “progresía” K es casi calcado del Decreto Supremo 1806 que promulgara la dictadura de Pinochet en Chile en 1983. Un proyecto que fue rechazado inmediatamente por un amplio espectro de organizaciones sociales, políticas y de DD. HH., incluidas algunas de la llamada “izquierda kirchnerista” (como el Centro de Estudios Legales y Sociales que preside el periodista Horacio Verbitsky). Ni Menem se atrevió a tanto. Ahora, ante el rechazo generado por el proyecto original, tratan de complementarlo con otro de autoría de Diana Conti y la diputada del Movimiento Popular Neuquino Alicia Comelli, que contiene un verdadero chantaje: aceptar un cercenamiento al derecho de protesta a cambio de una amnistía para los procesados en luchas sociales desde 2001, con excepción de los casos con acusación de homicidio.

Podemos ver así como tanto en el terreno económico como en el político, el gobierno ocupó el lugar, tomó la agenda y el discurso de lo que llamaban la “oposición de derecha”. Una “agenda” compartida en lo sustancial por el conjunto de las fuerzas de la oposición patronal. Empujados por las grandes patronales, que reclaman ir aún más a la derecha, como expresa el documento “Bases para la formulación de políticas de Estado” del llamado Foro de Convergencia Empresarial, el conjunto del régimen político comparte la orientación hacia un ajuste y políticas represivas y de “orden”. A lo sumo tienen matices en los ritmos de cómo llevarlo a cabo. Esto se confirma si se observan los posibles sucesores, tanto los que surgen desde la misma coalición kirchnerista, con Scioli a la cabeza, como los principales referentes de la oposición, como Massa, Macri, Cobos o Binner.

Sin embargo, el altísimo acatamiento al paro del 10 de abril y las huelgas docentes, principalmente en Provincia de Buenos Aires y Salta, dan cuenta de una contradicción entre la orientación a derecha del régimen y el conjunto de la superestructura burguesa y las aspiraciones de los trabajadores, que no quieren ser quienes paguen el ajuste y, por el contrario, muestran disposición a defender sus derechos y conquistas. Esto preanuncia choques políticos de magnitud, ya que la orientación de avanzar sobre las conquistas obreras es una política burguesa que va más allá del ajuste hoy aplicado por el gobierno.

El éxito del paro general, con un alto acatamiento en los gremios que llamaron a parar pero también en aquellos en que sus dirigentes llamaron a no hacerlo, se explica por el descontento profundo que tienen los trabajadores con el ajuste en curso. Esto ha profundizado las tendencias a la ruptura con el gobierno que ya se había expresado en las elecciones de octubre de 2013, la cual si bien fue canalizada mayoritariamente por opciones burguesas en una franja minoritaria (pero importante en algunas grandes fábricas), se expresó en el voto a la izquierda. Las lecturas tranquilizadoras respecto de los efectos del paro, de analistas afines tanto al gobierno como a la oposición patronal, a partir de la orientación de los sectores de la burocracia sindical que convocaron a la medida de fuerza (Hugo Moyano y Luis Barrionuevo), no toman en cuenta los choques entre las clases que se van prefigurando, donde la izquierda agrupada en el FIT es la única que viene planteando con claridad un programa para que la crisis sea pagada por los capitalistas y, en el caso más específico de nuestro partido, el PTS, bregando por impulsar en el seno de las fábricas y empresas las tendencias más avanzadas que hoy se ven en la clase trabajadora, impulsando distintos frentes únicos y reagrupamientos que así lo permitan.

 

Presente y futuro

Ante la crisis, el gobierno ha contado con la ventaja de los altos precios que han mantenido las materias primas exportadas por nuestro país, en particular la soja, y en el hecho de que los especuladores financieros y otros grupos del capital transnacional se relamen con lo que avizoran como un nuevo ciclo de endeudamiento externo, negocios varios en el mundo de las finanzas y nichos de inversión altamente rentables, donde el próximo gobierno no haría otra cosa que profundizar el ajuste actualmente en curso. Esto no ha impedido una importante caída del consumo y que la crisis golpee más fuerte en sectores como la industria automotriz, donde han comenzado las suspensiones y despidos, pero les permite especular con una mejora de las variables económicas para la segunda mitad del año y poder diferir un “segundo round” del ajuste gracias a nuevo endeudamiento.

El momento presente concentra condiciones que no existieron por lo menos en las últimas cuatro décadas. Un debilitamiento de la identidad política de los trabajadores con el peronismo histórico, una división de las fuerzas políticas actuales del mismo en su centro de gravedad –la provincia de Buenos Aires–, un quiebre inédito de la “centroizquierda”, rupturas en la cadena de contención del movimiento obrero que representa la burocracia sindical, y una emergencia no solo política y electoral, sino también sindical de la izquierda clasista. Esto nos coloca frente a una importante responsabilidad política, sabiendo que lo conquistado (que permite a la izquierda una presencia importante en los debates políticos nacionales y en constituir un polo antiburocrático en el movimiento obrero) es todavía insuficiente para pesar decisivamente en los conflictos que se avizoran.

En este marco, consideramos que para los partidos que componen el Frente de Izquierda, el quinto actor del escenario político nacional que los politólogos y analistas ignoran interesadamente, se trata de aprovechar las conquistas en el terreno político-electoral para seguir promoviendo la organización de los trabajadores junto al sindicalismo combativo, como fue el reciente Encuentro Sindical Combativo de Atlanta, que jugó un importante rol en la organización de los piquetes del último paro nacional, luchar por recuperar los sindicatos y poner en pie centros de estudiantes militantes, defender un programa y una práctica cotidiana que plantee la necesidad de que la clase trabajadora se constituya en la dirección de todos los sectores oprimidos por este sistema. Para incidir decisivamente en el proceso de ruptura de la clase obrera con el gobierno, para evitar que su fin de ciclo sea aprovechado por variantes más de derecha, y contribuir al desarrollo de un movimiento obrero antiburocrático, combativo y clasista, que dará un salto cualitativo cuando pueda darle forma a la construcción de un partido militante, revolucionario y socialista.

 

1. Ver artículo de Paula Varela “Mucho más que un paro nacional” en este número de IdZ.

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