No traicionarás… Trotsky en una época desolada

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FERNANDO AIZICZON

Número 19, mayo 2015.

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Trotsky en algunas ocasiones comparó el progreso de la humanidad con la marcha de los peregrinos descalzos que avanzan hacia su santuario dando solo unos cuantos pasos hacia adelante cada vez, y retrocediendo o saltando a un lado para volver a avanzar o desviarse o retroceder; así, zigzagueando todo el tiempo, se acercan penosamente a su meta. Trotsky pensó que su meta era la de incitar a los “peregrinos” a seguir avanzando. La humanidad, sin embargo, cuando al cabo de cierto progreso sucumbe a una desbandada, permite que aquellos que la instan a continuar su avance sean injuriados, difamados y atropellados hasta morir. Solo cuando ha reanudado su marcha hacia adelante rinde un triste homenaje a las víctimas, atesora su memoria y recoge devotamente sus reliquias; entonces les agradece cada gota de la sangre que entregaron, pues sabe que con esa sangre nutrieron la semilla del futuro (Isaac Deutscher, El profeta desterrado).

 

¿Imaginó Lev Davidovich Bronstein, más conocido como León Trotsky, que en algún momento histórico muy posterior a su infame asesinato sería reeditado y leído con pasión por miles de jóvenes –y no tanto–, que volvería a ser admirado –aunque tímidamente, a veces en silencio– por la intelectualidad de otra época, que sus exposiciones sobre táctica y estrategia se revelarían como una fuente de inspiración para una nueva generación de izquierda revolucionaria, o que el estudio de sus polémicas –porque obligan a eso: a estudiar– abriría camino como una topadora frente a los escombros de una izquierda hoy vergonzosamente camuflada de progresismo? Supongo que sí, que Trotsky sabía que el ejercicio de plasmar la palabra en una hoja en blanco, su palabra, era tanto un ejercicio de vitalidad individual como una forma de exhortar a sus seguidores a no renunciar a la victoria posible, aún en las épocas más oscuras del siglo XX. Por eso, sospecho, su figura cae indeseable a todos aquellos que prefieren el atajo, la comodidad, el pragmatismo sin principios, o el culto a la incertidumbre. Pero también resulta incómodo para aquellos que cultivan la tragedia como elección hermenéutica: lamentablemente Trotsky no encaja allí, o al menos habría que decir que jamás se entregó a una reflexión pasiva sobre lo inevitable, ni cayó en una actitud contemplativa que desorientara a sus potenciales seguidores: Justamente porque se me ha concedido participar en grandes acontecimientos, mi pasado me cierra ahora la posibilidad de la acción”, anota Trotsky en su Diario del exilio (CEIP, 2013).

Sin embargo, puede pensarse que ese aislamiento forzado generó en él un dispositivo único de conexión con su presente, y al mismo tiempo generó por la fuerza de su inquebrantable fe en el triunfo de los oprimidos del mundo –una fe que es también una elección política sujeta a un análisis científico de la realidad–, una lógica de pensamiento y acción implacables. Su mejor biógrafo, Isaac Deutscher, señaló que la mayoría de los desterrados políticos reflexionan sobre el pasado, pero solo unos pocos logran “conquistar el futuro”; entre ellos, sin dudas Trotsky despunta como el único “antagonista vocal” de Stalin (y del estalinismo) que tuvo que librar una batalla colosal: defender la revolución rusa y defender su propio lugar en ella. Al hacerlo, defendió la revolución permanente como estrategia política irrenunciable de todo aquel que precie llamarse marxista, y al mismo tiempo, inyectó una poderosa dosis pasional combinada con un preciso, puntilloso y sereno análisis de la Historia.

La revolución traicionada, libro complejo y apasionante, funciona como antídoto moral al escepticismo de nuestra época y como ejemplo de rigurosidad analítica al momento de ponderar qué es un proceso revolucionario y qué es lo contrario, o dicho con pasión política: qué es un deseo, y qué es su traición.

 

“Quien se inclina ante el hecho consumado es incapaz de preparar el porvenir”

El subtítulo de La revolución traicionada es ¿Qué es y adónde va la URSS?, una frase-fórmula luego transformada en modelo de la cultura escrita de izquierdas (qué es determinado fenómeno político y cuál su probable deriva). Transcurre el año 1936 y el libro se escribe cuando el poderío de la burocracia soviética parecía inquebrantable, y su autoridad “moral” como referencia mundial, indiscutible. ¿Por qué? Resulta que el avance del fascismo en Europa era mirado con horror por los medios demócratas y en ese contexto la publicación de la nueva “Constitución Soviética” bajo Stalin fue aplaudida por numerosos periodistas de “izquierda” y “amigos de la URSS” que la calificaron como “la más democrática del mundo”. Muchos de esos “amigos” inician una decadente tradición de disfrutar viajes de autocomplacencia militante tomando nota de todo avance: los tractores, las guarderías infantiles, y cosas por el estilo, “salvo de la existencia de una nueva aristocracia”, dirá Trotsky. En esa atmósfera comenzaban también los “Procesos de Moscú”, terrorífica puesta en escena que permitió la eliminación física de la oposición política1 a Stalin bajo cargos de una increíble inverosimilitud y para los cuales la palabra traición servía de comodín acusador2. Ser “amigo” de la URSS, entonces, significó para Trotsky negar la crítica a la URSS bajo la excusa de que “hay que ser cautos”, una pose política que descompromete a quien la sostiene y que hoy puede observarse en la negación a someter a crítica a distintos fenómenos de “izquierda” en Latinoamérica y Europa. Y la crítica es corrosiva porque precisamente Trotsky se apresta a decir que no hay “una pizca” de socialismo en la URSS bajo Stalin. Sumando los logros económicos que la planificación socialista obtiene en un contexto de estancamiento económico mundial (entre 1925-35 la URSS aumenta 10 veces la producción de su industria pesada, logra ser el tercer productor mundial de acero, el primer productor de tractores del mundo y se coloca detrás de Alemania y EE. UU. en producción de energía eléctrica), y luego de lograr que la burguesía rusa perdiera el poder, que fuera liquidada la monarquía junto a la opresión feudal de los campesinos, la subversión de las clases dominantes no hizo más que plantear el problema: ¿cómo “elevarse” de la barbarie a la “cultura”?, o en otras palabras: ¿cómo alcanzar un nivel material de vida que permita la realización de la vida humana tal como la plantea el comunismo?

Es que el desarrollo económico determina las posibilidades de realización comunista. La cuestión no es simple (y para Trotsky es “el problema de los problemas”). En la URSS el desarrollo económico remite primero al “comunismo de guerra”, es decir, “la regimentación del consumo en una fortaleza sitiada”, los dilemas sobre la NEP (nueva política económica), la denominada “orientación al kulak” –el campesino rico al que Bujarin alentaba a enriquecerse como forma de evolución “pacífica” al socialismo–, que remite al problema del equilibrio entre la industria y el campo: el campesinado responde a los “préstamos forzados” con huelgas de sembradores (año 1923), mientras, las granjas independientes cubrían solo sus necesidades generando indiferencia entre ellas por el sentido de su producción (cuestión que se repetirá en las granjas colectivas); a su turno, los kulaks efectivamente se enriquecían a medida que avanzaba el empleo de mano de obra asalariada y el alquiler de tierras (legalizados en 1925) creando dos polos: el pequeño capitalista y el jornalero (hacia 1926 el 60 % del trigo destinado al comercio estaba en manos del 6 % de los campesinos propietarios mientras solo un 0,8 % de los granjeros se había colectivizado: son estos kulaks los que luego se apoderan de los soviets locales aumentando la burocratización y asfixiando la democracia en el partido).

Todos estos complejos asuntos apuntan al corazón de estrategias malogradas en este período, como la nacionalización de las tierras o la aceleración de la industrialización mediante planes quinquenales (propuesta de la Oposición de Izquierda liderada por Trotsky desde los años ‘20). Frente a ello, “la indecisión ante las explotaciones campesinas individuales, la desconfianza ante los grandes planes, la defensa del ritmo mínimo, el desdén por los problemas internacionales” irán modelando la teoría del “socialismo en un solo país” formulada por Stalin por primera vez en 1924. Hacia 1928 llegará la hambruna, y con ella, “la pasiva autosatisfacción fue reemplazada por un pánico compulsivo”, que desplazó el “paso de tortuga” bujarinista por las “medidas extraordinarias” o expropiaciones forzadas, es decir, un torpe vuelco hacia la liquidación del kulak como clase.

Si antes de 1929 menos del 1 % eran granjas colectivas, ese porcentaje se elevará al 61,5 % en 1932. Trotsky dirá: “Con un solo gesto, la burocracia trató de sustituir 25.000.000 de hogares campesinos asilados y egoístas (…) por el mando de 200.000 consejos de administración de las granjas colectivas, desprovistos de medios técnicos, de conocimientos agronómicos y de apoyo por parte de los campesinos”. Cartillas de racionamiento, militarización del Partido, todo remitía a una atmósfera de guerra civil, mientras que en el plano de la industria ocurría la implementación del “stajanovismo”: la intensificación del trabajo y la prolongación de la jornada laboral (trabajo a destajo). La pregunta omnipresente que atraviesa toda La Revolución Traicionada es “cómo y por qué la fracción menos rica en ideas y cargada de errores pudo vencer a los demás grupos y concentrar en sus manos un poder ilimitado”; más simple: ¿por qué Stalin derrotó a Trotsky?

 

Estado, burocracia y socialismo

La adoración contemporánea por formas de acceso y participación al Estado burgués, o la actitud acrítica a gobiernos progresistas que no superan horizontes reformistas, ha instalado en vastos sectores militantes la idea de que el Estado no debe combatirse, que constituye la expresión de relaciones sociales en la cual todos estamos implicados, sin distinción de clase, y que por lo tanto toda hipótesis de poder debe considerarlo como accesible para, desde allí, transformar la sociedad, y si esa transformación no ocurre, habrá que esperar. En la época en que Trotsky escribe el libro en cuestión, desde la URSS se afirmaba que el socialismo ya se había realizado (“en sus nueve décimas partes”, Stalin dixit); frente a tamaña declaración Trotsky señala que en toda “etapa inferior del comunismo” –tal el lugar asignado al socialismo– la sociedad debía alcanzar un desarrollo económico superior al capitalismo más avanzado, de allí que Trotsky prefiera considerar a la URSS como un régimen preparatorio o de transición del capitalismo al socialismo, tomando como parámetro aquello de que los regímenes se miden por la productividad relativa del trabajo, y esto a su vez debe entenderse como que la base material del comunismo deberá ser de un nivel de poder económico tal que el trabajo productivo dejara de ser una carga insoportable. Es que el desarrollo de las fuerzas productivas es la premisa práctica necesaria para la realización del comunismo, de lo contrario, la miseria socializada haría resurgir, a decir de Marx, “toda la vieja porquería de la sociedad”. Y esto ocurría ya en la URSS con hambrunas desesperantes. Como vimos, para asegurar la colectivización el estalinismo debió recurrir a un fuerte zigzag táctico-represivo; luego, el modo en que el Estado aseguraba y perpetuaba tal situación de dominio significó posibilitarle levantar una enorme maquinaria de sometimiento social que devino no en un debilitamiento agónico del Estado (como lo pensó Marx) sino todo lo contrario: un reforzamiento de sus estructuras y la consolidación de un cuerpo de “parásitos” que se transformará en la pesadilla de Trotsky, la burocracia: “la burocracia es socialmente necesaria cada vez que se presentan antagonismos fuertes que hay que ‘atenuar’, ‘acomodar’, ‘regular’”, por eso el Estado debe dejar de ser una maquinaria hecha para mantener la obediencia, por eso la dictadura del proletariado es solo un puente temporal entre la sociedad burguesa y la socialista, prepara su propia abolición. Lo mismo ocurre con el derecho burgués: es necesario (inevitable) en la primera fase de la sociedad comunista. Pero el derecho no es nada sin el aparato del Estado burgués. Ambos coexisten en la transición, no así la burguesía. De allí el doble carácter que presenta la URSS: socialista en la medida en que defiende la propiedad de los medios de producción; burgués en la medida en que el reparto de los bienes vitales se lleva a cabo por medio de criterios capitalistas de valor. Toda una lección para los defensores de los socialismos actuales: la fisonomía del Estado se define por la relación cambiante entre sus tendencias burguesas y socialistas: la victoria de las últimas debe significar la supresión irrevocable del “Estado gendarme”, y esto emerge en la esfera del consumo. La conclusión provisoria es simple: si el Estado en lugar de agonizar se hace cada vez más despótico; si los dirigentes del pueblo se burocratizan, y finalmente, si la burocracia se erige por encima de la nueva sociedad, ello obedece a la necesidad de formar y sostener una minoría privilegiada mientras no sea posible asegurar la igualdad real.

 

Termidor y después

La respuesta a por qué triunfó Stalin nunca llega a perderse en la potencia de un personaje histórico ni en las desgracias del azar. La larga respuesta de Trotsky, que es en algún sentido todo el argumento del libro, comienza a delinearse cuando estudia los orígenes de lo que en soledad denominará como el Termidor soviético, o la victoria de la burocracia sobre las masas: “la ‘fuerza de carácter’ del jefe, tan admirada por los diletantes literarios de Occidente, no es más que la resultante de la presión colectiva de una casta que no se detendrá ante nada para defender su posición”. Antes, el triunfo de los bolcheviques es pensable como un vuelco de la correlación de fuerzas a su favor, y no simplemente la inteligencia de Lenin.

Pero si la revolución es una gran devoradora de energía humana también está sometida a reglas generales como la aquella que enuncia que las primeras víctimas de una contrarrevolución son precisamente los pioneros, los iniciadores. Luego, el cansancio, la falta de mejoras rápidas, produce un afluente de arribistas de toda calaña: esta es la génesis de una casta gobernante que se aísla lentamente de las masas, al tiempo que éstas se desentienden de la política. Si bien la situación internacional ayudó a que esto ocurra con las derrotas de la clase obrera en Alemania (1923), la insurrección fallida en Estonia (1924), o la masacre de la revolución china (1927)3, lo cierto es que el efecto inmediato fue la autopercepción de la naciente burocracia como la única salvación mundial de la revolución.

Otro dilema ocurre con la degeneración del partido bolchevique. La senda analítica abierta sobre estas zonas del libro es nada menos que una teoría marxista del Estado cuyos debates apenas se conocen hoy y bien podrían alumbrar el supuesto retorno del intervencionismo estatal o el sentido de nacionalizaciones parciales muy practicadas por gobiernos latinoamericanos, entre otros temas4.

 

Socialismo y cultura

Como nunca antes, la nueva cultura de las izquierdas en el poder gusta de adorar a “jefes”, incluso al Papa, bienvenido y rebautizado “desde abajo” por todos los “socialismos del siglo XXI”. Frente a esos jefes esconde reclamos como el derecho al aborto, olvida la crítica a las religiones, o escamotea abordar el tema de las persistentes desigualdades sociales. La burocracia que critica Trotsky en la URSS de aquellos años actuaba como una clase dominante –más precisamente, una casta dirigente– que tiene la particularidad de absorber una parte considerable de la renta, es decir, “consume” presupuesto estatal, y ese consumo obedece a formas propias de la cultura burguesa (automóviles, departamentos, viajes, perfumes). Trotsky calcula que entre 1.500.000-2.000.000 el número de funcionarios y de la Juventud Comunista que conforman la columna vertebral del Estado. En ese universo todos hablan del “jefe”. Esa jerarquía se refuerza con la rehabilitación solemne de la institución familiar, el repudio al divorcio, la prohibición del derecho al aborto. Toda expresión artística es reducida al viejo canon populista de si sirve o no “al pueblo”, y así en innumerables ejemplos.

“La vida es más compleja que lo que la teoría puede decir”, sostuvo León Davidovich. La increíble escena que el estalinismo le devolvió hasta su asesinato solo podía ser combatida con un esfuerzo interpretativo sin igual, acudiendo a los clásicos (Marx), y si ellos no brindaban respuestas, usando la propia cabeza. De otro modo hubiera resultado más simple entregarse a las aguas del escepticismo. Sin embargo, La revolución traicionada, a pesar de lo que sugiere su título, ofrece un método y una actitud política; como observaron sus pocos críticos rigurosos (Deutscher, Anderson), el análisis de la naturaleza de clase del Estado, la original interpretación del fenómeno burocrático, el intento por definir al Estado obrero soviético, la suspicacia para abordar temas de la vida cotidiana, y el doble esfuerzo en señalar la posible salida al estalinismo (una revolución política) manteniendo esa crítica sin concesiones con la defensa exterior de la URSS marcaron una práctica política que a nuestra desolada época tiene mucho que aportar.

 

1. Según el historiador Moshe Lewin, entre 1936/7 fueron fusiladas por “actividades antisoviéticas” más de 600.000 personas. Ver El siglo soviético, Barcelona, Crítica, 2006.

2. Para conocer las acusaciones de que fue objeto el propio Trotsky, y los argumentos y pruebas que éste exhibe en su defensa, puede leerse El caso León Trotsky, editado en el año 2010 por el CEIP.

3. El análisis de estas derrotas se encuentra en Stalin, el gran organizador de derrotas, La lucha contra el fascismo en Alemania y Adónde va Francia, todas obras editadas por el CEIP.

4. Nos referimos a la discusión sobre el contenido del “capitalismo de Estado” y el “estatismo”. Para una revisión de estos debates ver Claudia Cinatti, “Del stalinismo a la restauración capitalista en la ex URSS”, Revista Estrategia Internacional 22, año 2005.

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