No tan distintos. Balotaje y voto en blanco

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FERNANDO ROSSO

Comité de redacción.

EDUARDO CASTILLA

Redacción La Izquierda Diario.

ESTEBAN MERCATANTE

Comité de redacción.

Número 25, noviembre 2015.

 

Las elecciones del domingo 25 de octubre provocaron un terremoto en el tablero político en general y en el universo oficialista en particular.

Confiado en la inercia del conservadurismo que parecía arrastrar la situación política y la aún relativa “tranquilidad” económica, el Frente para la Victoria (FpV) fue sorprendido por un resultado que implicó un “triunfo” numérico (se ubicó primero), pero una derrota política. Un desenlace que no estaba en los cálculos de nadie. A pesar de haber ganado, Daniel Scioli pasó de ser favorito a transitar la zona de riesgo. Debe remontar un serio revés para no ver frustrada su aspiración presidencial.

En esta nota, algunos apuntes –necesariamente provisionales– sobre el escenario por venir, y los desafíos para una izquierda que no quiere hacerle el juego a la(s) derecha(s) y encara una fuerte pelea por el voto en blanco o nulo.

 

Provincia de Buenos Aires: la madre de todas las derrotas

Lo más inesperado y no previsto por nadie fue el triunfo del PRO-Cambiemos en la Provincia de Buenos Aires que condicionó fuertemente al resultado nacional. Allí, una candidata como María Eugenia Vidal usufructuó varios factores que jugaron a su favor. Basó su triunfo mucho más en las debilidades y flaquezas del FpV que en una fuerza propia.

En primer lugar, esta victoria del PRO-Cambiemos es una consecuencia de la división política del peronismo que comenzó con la ruptura de Sergio Massa en 2013. Un quiebre que expresaba por arriba el descontento de distintos sectores sociales con el gobierno. Pero además, en esta elección se produjo una nueva división interna en la coalición del FpV-PJ, que –después del rechazo de Florencio Randazzo a “bajar a la provincia”– terminó imponiendo una muy mala candidatura, la de Aníbal Fernández [1]. Esto empujó a un importante corte de boleta en su contra: hubo más de 100 mil votantes que cortaron y combinaron la dupla Scioli/Vidal y 400 mil votos de diferencia en la provincia entre el candidato presidencial del FpV y el candidato a gobernador.

El kirchnerismo fue derrotado en la PBA como parte de un debilitamiento histórico del peronismo en su bastión. Primero en 2009, cuando Francisco de Narváez le ganó al propio Néstor Kirchner; luego con Sergio Massa, que enterró la posibilidad de una segunda reelección de Cristina Fernández.

La elección del domingo 25/10 batió un récord: fue la peor votación de una fórmula ejecutiva para la gobernación (35 %) por debajo incluso del 40 % de Herminio Iglesias en 1983.

Comparada con las anteriores caídas, ésta significa un claro salto atrás, al perder el timón del gobierno del territorio estratégico y más gravitante de la política argentina. La “terra incognita” que contiene la mayor concentración poblacional y obrera del país. El peronismo había evitado perder la provincia incluso cuando la Alianza ganó el gobierno nacional en 1999.

Vidal también capitalizó (por derecha) el rechazo a la burocracia política del pejotismo con un discurso de “renovación” –con ribetes de antipolítica– contra los “barones” del Conurbano. En el nivel de las intendencias el sismo no fue menor. De 135 municipalidades, Cambiemos ganó 65 [2], mientras 57 quedaron en manos del FPV y 10 las ganó el massismo. En términos poblacionales y de PBI los distritos que se pintan de amarillo son mucho más importantes: La Plata, Quilmes, Tres de Febrero, Lanús, Morón, Pilar y Vicente López, entre otros. En cantidad de habitantes, representan más de 4,5 millones de personas. La fórmula Fernández-Sabatella no solo fue garantía de la derrota provincial, sino que también llevó a la caída de los candidatos en sus distritos de origen. El peronismo de Quilmes cayó frente a un cocinero del PRO y la maravillosa “isla progresista” de Morón, ante al esposo de la flamante gobernadora electa.

El resultado en la provincia, donde la candidatura de Aníbal Fernández para la gobernación arrastró hacia abajo a la boleta presidencial, pero donde Scioli también perdió apoyo “propio”, ya se había hecho sentir en las PASO y puso en evidencia un desgaste indisociable y una distancia entre el entusiasmo por la “década ganada” con la que se alienta el kirchnerismo y la persistencia de crudos déficit estructurales.

El propio candidato oficialista muestra en su territorio una gestión que lejos de ser una “vidriera” fue un flanco débil donde los competidores pudieron atacarlo. Las inundaciones que se agravaron apenas terminaron las PASO volvieron a recordarlo. Si, como afirmara sin pelos en la lengua hace unos días Hebe de Bonafini, “Scioli hizo mierda la Provincia”, esto ocurrió con estrecha colaboración del gobierno nacional. Aníbal Fernández no podía tampoco hacer campaña criticando los evidentes déficits del gobierno bonaerense, porque implicaba en el mismo acto atacar a su propio candidato presidencial.

En ese marco actuó una contradicción política más general en el seno el oficialismo. La resignación a Scioli como candidato del “proyecto” introdujo una paradoja de origen en la campaña del Frente para la Victoria en la provincia. El kirchnerismo trabajó todos estos años para que Scioli no sea el candidato, es decir, boicoteó todo lo que pudo su gestión (o de mínima no colaboró en mejorarla). En varias ocasiones estuvo al borde de no pagar salarios. Fue acicateado por las conducciones de los gremios docentes provinciales que hacían una manipulación política de los conflictos genuinos, que tenían más el objetivo de jugar en su interna que de luchar por los reclamos de los trabajadores de la educación.

María Eugenia Vidal fue beneficiada por todas estas contradicciones, que son la manifestación de una situación de agotamiento económico y fin de ciclo político.

 

Desgaste oficialista

Suena forzado leer el resultado del 25/10 en términos de derechización repentina o sorprendente, considerando que el gabinete que Scioli había adelantado incluía figuras como Ricardo Casal, Sergio Berni, Julián Domínguez o el rector de la UBA, Alberto Barbieri. El sciolismo como etapa superior del kirchnerismo, orientado hacia el “extremo centro”, ofrece en términos de gestualidad, cosmovisión, lineamientos políticos y personal para llevarlos adelante, una notable cercanía con los de su adversario (muchos salidos del riñón oficial, es decir, de aquellos que supieron estar tanto con Menem como con Néstor y Cristina). El largo camino hacia la “moderación” del propio kirchnerismo, desde sus orígenes como gobierno de desvío o contención hasta la candidatura de Scioli, abriendo el camino a la derecha de Macri, confluye además con las tendencias a un fin de ciclo de los gobiernos “progresistas” que recorre a toda América latina, en la que se repiten las salidas por derecha al no haber alternativas fuertes por izquierda.

Pesa sobre el kirchnerismo el hecho de haber estado obligado, desde 2012 hasta acá, a ser el administrador de una primera fase de ajuste que sobrevino como necesidad con la emergencia de esa maldición trágica de todo país semicolonial: la “restricción externa”.

Como observa Alejandro Sehtman en El dipló:

La inflación, el déficit fiscal, la caída de reservas y las restricciones cambiarias van dejando de ser un efecto no deseado de una política económica orientada a evitar la crisis para convertirse, paulatinamente, en la causa misma de un futuro cuello de botella económico y financiero.

Incluso lo que el sciolismo quiso tomar como puntos fuertes desde los cuales convocar al voto, hablando de “desarrollo”, sonaba a poco en el marco de este deterioro. “Ahora, vamos por la calidad educativa”, dice el spot “Necesidades”; “Ahora, por un millón de viviendas”, cuando todavía no se ejecutó la mitad de Procrear, que apenas planeó 400 mil viviendas (restringidas para el sector de trabajadores registrados que puede acceder a un crédito) mientras el déficit habitacional afecta a más de 3 millones de familias. “Ahora, vamos por la soberanía energética”, prometía otro spot, como si ésta no se hubiera perdido gracias a la alegre decisión de permitir, hasta 2012, el vaciamiento de YPF por parte de Repsol. Parecería que se trata de demandas “de segunda generación”, pero suena a bastante poco para un “proyecto” que cumple doce años, varios de los cuales registraron un fuerte crecimiento y una abundancia de recursos en manos del Estado que hace tiempo no se registraban. “Construir a partir de lo construido”, como planteaba la publicidad del candidato, no desataba entusiasmo y era muy poco creíble. Volviendo a Sehtman: “el electorado mostró una fuerte desconfianza respecto al impreciso horizonte del desarrollo propuesto durante la campaña por Scioli”.

Frente a esto, Cambiemos logró asegurar el voto de una amplia coalición social, y ampliarlo (moderadamente) hacia nuevos sectores con un discurso que dejó de lado varios de los planteos más recalcitrantes del PRO sobre política económica.

 

La “nueva derecha”

El triunfo de Macri tiene como una importante base política al viejo radicalismo con el que pactó en la Convención de Gualeguaychú. Luego de su hundimiento en el 2001, la UCR quedó como una especie de “PMDB argentino”, es decir, una federación de partidos provinciales con cierto poder territorial –sobre todo intendencias y ahora algunas gobernaciones– que encontró en Macri un “conductor”.

La coalición Cambiemos (PRO-UCR-CC) tiene peso, además de en la CABA y varios distritos bonaerenses, en Mendoza, Córdoba y Santa Fe, es decir, las llamadas provincias “modernas” y “sojeras”, que son asiento de importantes industrias y servicios al mismo tiempo. Sus bases sociales esenciales son la clase media alta y la burguesía media y alta del campo. Profesionales que vienen del neoliberalismo y, en cierta medida, es una continuación modernizada de la vieja UCD. Una base social que se combina con la impronta de la “nueva burguesía agraria”, nacida de la modernización (“revolución tecnológica”) del campo. Estos sectores rompieron políticamente con el kirchnerismo en 2008 pero el rebote económico de 2011 los aproximó nuevamente al oficialismo. En esta elección, fue evidente la inclinación de la “zona núcleo” hacia Cambiemos.

Hacia ese sector, la coalición de Macri presentó un programa claro y abierto de baja de las retenciones. Scioli también intentó tender puentes hacia los mismos, pero al ser parte de la coalición con el kirchnerismo resultó una propuesta no creíble.

Cambiemos logró también captar el voto de sectores populares y franjas del movimiento obrero. En esto actuó el giro “amistoso” que le imprimió a su discurso después de las PASO, mostrándose como el “cambio con continuidad”. También utilizó la propaganda de la supuesta “buena gestión” de la Ciudad de Buenos Aires, basada en que tiene el nivel de ingreso per cápita más alto del país (y por tanto de recaudación y presupuesto), lo que le permite administrar a la “cabeza de Goliat” y sostenerla en relativamente mejores condiciones que muchos municipios del GBA profundo.

Esta “nueva derecha” tiene su propio “relato”, que expresa una reconfiguración política no solo en la Argentina sino en el conjunto de Latinoamérica. Así como emergió un “progresismo” posneoliberal”, se desarrolló también una “derecha posneoliberal”, que está obligada a tomar en cuenta la relación de fuerzas nacida de los levantamientos populares de la década pasada y de la propia crisis en la que entró el neoliberalismo. Como observamos en La Izquierda Diario, las aporías del discurso kirchnerista, y los sustratos de la ideología de una “ética protestante” que se mantuvieron latentes sin que la ola “progresista” los modificara, explican la llegada que puede tener un relato basado en el éxito individual.

El resultado electoral consolida un desplazamiento del escenario político, cuyas tendencias podían leerse en la situación precedente y cuyo suelo conceptual tiene raíces profundas.

Si gana Macri esto resulta más claro, teniendo en su poder el gobierno nacional, el de la PBA y el de la CABA. Si ganase Scioli, podría darle una sobrevida a la coalición con el kirchnerismo, tratando de mantener el escenario político un poco más hacia el centro. Pero como analiza Ernesto Calvo en la última edición de El Estadista:

… una presidencia de Scioli tendrá hoy que enfrentar una región metropolitana que concentra el 70 % de la población y está dominada por opositores. La ciudad y la provincia de Buenos Aires estarán controladas por el PRO y el PRO-UCR, Santa Fe por los socialistas, Córdoba por el peronismo delasotista y Mendoza por la coalición UCR-PRO. […] Todas las coaliciones mueven a Scioli a la derecha y ninguna le permite anclarse donde se ubica el kirchnerismo hoy […] las expectativas de una presidencia de Scioli son hoy, a nivel coalicional, decididamente conservadoras, algo que ya se avizoraba en los nombres propuestos para el Gabinete. Con la provincia de Buenos Aires perdida, la única pregunta es si el giro conservador puede ser moderado por el poder del bloque de diputados del kirchnerismo o si comenzará una segunda migración dentro del partido, con un tono más ideológico o menos pragmático.

Esta situación ilustra que, incluso con el triunfo del que se presenta como “menos de derecha”, al haber perdido el kirchnerismo (una corriente de centroizquierda del peronismo) la posibilidad de conservar poder en la Provincia de Buenos Aires donde pensaba concentrarse –sumado a las bancas parlamentarias–, el sistema político queda sensiblemente inclinado a la derecha.

El límite que encuentra esa derechización está marcado por la relación de fuerzas existente entre las clases sociales. Es decir, en las conquistas parciales y aspiraciones que los trabajadores y los sectores populares se muestran dispuestos a defender. En la campaña, el propio discurso de Macri, así como la demagogia de Scioli y Massa, expresaron una suerte de “homenaje” a esa relación de fuerzas más general [3].

Existe en Argentina un bloque social de la clase trabajadora que se expresa, entre otras cosas, en sindicatos fortalecidos, una fuerte recomposición social y en la suba de aspiraciones. Todo ello presagia que habrá resistencia ante los ataques que lanzará con seguridad el gobierno entrante, sea del signo que sea. De allí que, se imponga Macri o Scioli el 22N, ninguno tiene allanado el camino hacia el ajuste.

Pero además, el mismo resultado electoral y el camino al balotaje también marcan un límite: Scioli y Macri sacaron alrededor del 35 % y hacia la segunda vuelta una gran parte de la población dice que vota a su “mal menor”, es decir que su base electoral propia es limitada.

 

Un futuro signado por el ajuste

Cambio o continuidad es una disyuntiva engañosa especialmente en el terreno de la economía. El kirchnerismo le dio al “modelo” toda la continuidad que se le pudo dar, hasta el punto de quedarse casi literalmente sin reservas en el Banco Central que le permitan mantener una política de ajuste dosificado y parches. “Barajar y dar de nuevo”, “corregir” y ajustar, es la consigna para la economía cualquiera sea el color del sucesor.

El contexto internacional del próximo mandato presidencial será mucho más adverso que el de los últimos tres. El llamado superciclo de las commodities ha dado paso a una nueva tendencia bajista de los precios, (todavía por encima de sus mínimos históricos), China está comprando menos y administrando una crisis financiera, y el otro gran socio de la Argentina, Brasil, se halla en recesión. Aunque el crédito barato de la Reserva Federal de EE. UU. continúa, los flujos de capitales que alimentaron un crecimiento basado en burbujas crediticias en economías emergentes, ya no son lo que eran.

En la Argentina kirchnerista el ajuste ya empezó bajo el efecto de una escasez de dólares que tiene sus raíces en la persistencia de una dependencia y entrega al imperialismo que fue negada en los discursos pero mantenida en lo fundamental.

El famoso “desendeudamiento”, que significó transferir dólares serialmente al exterior mientras lo permitieron las reservas, es motivo de festejo porque dejó una deuda pública en dólares baja, y puede dar lugar entonces a un nuevo ciclo de endeudamiento. Pero, como planteaba Claudio Katz en el número anterior de esta revista:

El principal objetivo de los próximos préstamos será engrosar las reservas para financiar el ajuste. Como los banqueros conocen ese propósito seguramente exigirán un ajuste fiscal para asegurarse los futuros cobros. El alcance del agujero que acumulan las cuentas públicas es un dato tan enmascarado como las reservas, la tasa de inflación o el número de pobres.

Algunas estimaciones ubican ese déficit en 6-7 % del PBI, es decir el porcentaje que rodeó a todas las grandes crisis de Argentina. Se sabe que ese desbalance comenzó en el 2008 y que el rojo del 2015 duplica al vigente en el ejercicio anterior. El desfasaje se financia hasta ahora con emisión, deuda y la caja del ANSES.

A quien venga la burguesía le exige un plan de conjunto para restablecer las condiciones de rentabilidad. La perspectiva del ajuste aparece con certeza en el horizonte. La opción entre Macri y Scioli se reduce a elegir qué tipo de ajuste. La denuncia realizada por los candidatos del Frente de Izquierda durante la campaña, denunciando a los “hijos de Menem” que se preparan para atacar las conquistas del pueblo trabajador para beneficiar a los empresarios, se comprueba a cada paso. Cuando los aspirantes a ministro de Economía hablan de “cepo”, de “competitividad”, de endeudamiento, de gasto público, de gradualismo o de shock, están discutiendo el ajuste que vendrá.

 

Ningún juego a ninguna derecha: #VotoEnBlanco

La campaña concluyó con los dos candidatos opositores con más chances, Macri y Massa, disputando un “voto útil” para que hubiera balotaje. Esto condujo a una fuerte concentración de sufragios de los tres primeros candidatos (92,5 % de los votos), produciendo la debacle de Margarita Stolbizer (Progresistas) que perdió 160 mil votos entre las PASO y las generales. Además se combinó con la polarización en la Provincia de Buenos Aires.

En estas circunstancias, el Frente de Izquierda y de los Trabajadores resistió el vendaval. En las PASO consagró las candidaturas de Nicolás del Caño y Myriam Bregman para presidente y vice y en las generales obtuvo casi 812.530 votos a la fórmula presidencial (3,23 %). En esta categoría logró retener la totalidad de votos de las primarias y crecer en casi 100 mil votos. Un millón 46 mil personas votaron al FIT sumando todas las categorías. Estos números significan un crecimiento del 60 % respecto de la última elección presidencial del FIT (Altamira-Castillo, en 2011, lograron 503.000 votos y un 2,3 %), y la votación más alta registrada (en términos absolutos y relativos) en la historia de la izquierda desde 1983 [4]. El periodista de Página/12 Mario Wainfeld señala por eso que “El Frente de Izquierda y los Trabajadores (FIT) ganó desde 2013 hasta hoy porque incrementó los votos desde entonces y desde las PASO, sumó un diputado nacional más, libró una interna sin dividirse y renovando su elenco, avanzó en conocimiento público”.

Si el Frente de Izquierda ha aumentado durante estos últimos años su influencia y se ha consolidado, es por la coherencia en mantener siempre una posición independiente de los capitalistas y un fuerte trabajo orgánico entre los trabajadores, las mujeres y la juventud. Otras organizaciones de izquierda que se han inclinado en uno u otro momento del lado de un bando capitalista juegan hoy un rol marginal (MST, PCR, Patria Grande). En esta campaña, mientras gobierno y oposición buscaban polarizar en la falsa disyuntiva continuidad o cambio, la campaña del FIT desarrolló una contundente denuncia de “los candidatos del ajuste y la impunidad”. A partir de estos planteos la agitación del FIT propuso un programa para que la crisis la paguen los expropiadores capitalistas, planteando una perspectiva estratégica de “gobierno de los trabajadores”. Los avances del Frente de Izquierda lo ponen ahora frente a mayores y más difíciles desafíos, de cara a lo que vendrá.

La fuerte campaña desarrollada y el inmediato posicionamiento ante el balotaje en favor del voto en blanco o nulo, deja al FIT y a sus figuras como las caras del rechazo a los “hijos de Menem” que se enfrentarán el 22N. Como afirmó Nicolás del Caño, “el voto en blanco es expresión de los que no se sienten representados por proyectos de ajuste” [5].

La política del mal menor es un engaño contra los trabajadores y las mayorías populares. Es el mismo engaño que usó el gobierno de Dilma Rousseff en Brasil, donde después de las elecciones desató un ajuste brutal, aplicado por la candidata que había sembrado el miedo de lo que podía pasar si ganaba la derecha.

Mientras más fuerte asuma el próximo gobierno, más respaldo contará para aplicar los planes de ajuste.

En esta elección, es cierto, no es todo lo mismo. No es lo mismo fortalecer la llegada de la derecha, que no hacerlo. Por eso ni la derecha de Scioli, ni la derecha de Macri. No hay que cargar el arma a los que dispararán al día siguiente de la elección contra la clase obrera y el pueblo. La defensa de las condiciones de vida de los trabajadores, y la lucha por nuevas conquistas, solo vendrá de la mano de la organización y la pelea de las mujeres, los trabajadores y la juventud, de forma independiente de todos los bandos capitalistas. El voto en blanco es la única forma de no hacerle el juego a la derecha.



[1] Que además de generar un fuerte rechazo, debió enfrentar las operaciones de la Iglesia y el “fuego amigo”, resultado de las heridas que dejó la interna bonaerense.

[2] De esas 65, 41 que pasan a manos de la UCR y 24 a las del PRO.

[3] Los aspectos conservadores en sectores importantes de la población no implican que se hallen legitimadas políticas que significan un ataque directo al nivel de vida de las masas. O medidas abiertamente neoliberales como, por ejemplo, fueron las privatizaciones al momento de asumir Menem.

[4] Izquierda Unida en 1989 obtuvo el 2,45 %; IU, PO y PTS sumaron en 1999 apenas el 1,6 %; IU y PO en 2003 sumaron 2,4 %.

[5] Iniciada la campaña, distintas organizaciones como Frente Popular Darío Santillán-Corriente Nacional y referentes intelectuales de la izquierda como Guillermo Almeyra se pronunciaron por el voto en blanco.

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