Nisman, la muerte y la brújula

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FERNANDO ROSSO y JUAN DAL MASO

Número 17, marzo 2015.

La Argentina se ha mostrado en los últimos meses como un país en el que Roberto Arlt, Jorge Luis Borges y Rodolfo Walsh caminan juntos, se dan la mano y observan la realidad con “ojeras y párpados de asombro”. El lunes 19 de enero el país despertó en medio de una conmoción social y política. En la madrugada de ese día se había difundido la noticia de la aparición del cadáver del fiscal Alberto Nisman en el baño de su departamento en las Torres Le Parc del lujoso barrio de Puerto Madero. Estaba citado a declarar –ese mismo lunes– ante una comisión del Congreso Nacional por la acusación que había presentado la semana anterior contra la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, el canciller Héctor Timerman y varios referentes periféricos del kirchnerismo, por presunto encubrimiento en la causa por el atentado a la mutual judía AMIA.

La denuncia presentada días antes había provocado un cimbronazo político, pero aparentaba convertirse en una crisis más en las alturas del poder, reducida al pequeño mundo del país politizado. Presentada a mitad de enero, cuando los que tienen posibilidad de irse estaban llegando o partiendo al descanso anual, y los que no, entretenidos con temas de verano en tiempos de baja intensidad de la actividad política. Pero la muerte violenta y dudosa de un fiscal del Estado que investigaba el atentado más grave de la historia nacional y que había denunciado nada más y nada menos que a la presidenta de la Nación por presunto encubrimiento a los autores, “viralizó” socialmente el tema y lo instaló en el centro de un debate de masas. Desde ese momento comenzó un vertiginoso devenir de hechos y polémicas cruzadas que coparon la agenda de la vida nacional.

Dos puestas en escena gubernamentales pueden graficar los momentos destacados de la crisis política y estatal que abrió la muerte de Nisman. Por un lado, la cadena nacional del 26 enero, una semana después de la muerte, con la Presidenta en posición de víctima en la silla de ruedas en la que se trasladaba por un accidente menor, voluntariamente expuesta ante las cámaras, donde hizo una de las tantas contradictorias lecturas del hecho y anunció la reforma de la Ley de Inteligencia. Por el otro, la misma Cristina Fernández el 1° de marzo entrando “victoriosa” y al ritmo de baile al Congreso a brindar su discurso anual sobre el “estado de la Nación” ante el pleno de la Asamblea Legislativa, luego de que un juez (Daniel Rafecas) desestimara la solicitud de imputación por encubrimiento hecha por el fiscal Gerardo Pollicita, reemplazante de Nisman.

Ese mismo día (1M) se llevó adelante una concentración en las puertas del Congreso, que pese a contar con todo el aparato estatal, apenas si alcanzó a la convocada por un grupo de fiscales dos semanas antes. En el medio, una interminable cadena de acontecimientos que signaron el día a día de la crisis. La llamada “marcha de los fiscales” el 18 de febrero (18F) al cumplirse un mes de la muerte de Nisman, que fue un claro desafío al Gobierno; varias cartas extensas de la Presidenta publicadas en Facebook para intentar responder y aclarar el hecho (acompañadas por eventuales cadenas nacionales); testigos, plantados o no, que denunciaban que la noche del crimen se había producido poco menos que una fiesta en el departamento de Nisman cuando se estaban realizando las primeras pericias; un cadáver dudosamente incinerado aparecía frente las torres de la residencia; robos y amenazas verdaderas o falsas, denunciadas por periodistas que seguían la causa; el descubrimiento del

submundo de los espías cuya representación se concentró en un nombre: Antonio “Jaime” Stiuso; negocios de prostitución y drogas manejados por los servicios salían a la luz; jueces con relaciones carnales con los espías; agencias de inteligencia internacionales (CIA, Mossad) que habían “colonizado” a los aparatos locales de espionaje y a fracciones de la Justicia; y un sinfín de operaciones que oscurecían el escenario y alejaban cualquier acercamiento a la verdad.

En los extremos bizarros de esta “guerra de desgaste”, Elisa Carrió denunció desde la oposición que se estaba organizando un “autogolpe” y Carta Abierta que estaba en curso un “golpe blando”, y para colmo los dos iban a producirse el mismo día. A pocos días del discurso “triunfal” de la Presidenta en el Congreso, donde había acusado a lo que llamaba el “partido judicial” y especialmente a la Corte Suprema de Justicia, la exesposa de Nisman, la jueza federal Sandra Arroyo Salgado, arruina el festejo oficial por la supuesta superación de la crisis, presentando un informe de sus cuestionados peritos de parte. “Nisman no sufrió un accidente ni se suicidó; lo mataron”, afirmó casi por cadena nacional, multiplicando las intrigas y las dudas sobre el caso. Cuando está cerrando esta edición de Ideas de Izquierda, la crisis sigue su curso, tanto en el plano político como judicial.

El gobierno perdió la brújula en las semanas siguientes al hecho y cayó en gruesas contradicciones en su respuesta. Mientras, la oposición tradicional, intentó hacer un uso electoral y oportunista del tema, pero por distintas vías, en la actualidad o en el pasado, estaban implicados con los aparatos de espionaje. Es que la muerte/ asesinato de Nisman no desató solo una coyuntural crisis política, sino que manifestó una crisis estructural en el aparato del Estado que evidenció signos de descomposición.

 

Política y servicios

La muerte del fiscal obligó a una relectura de los últimos acontecimientos que involucraron a los protagonistas. El repentino cambio de la cúpula de los servicios de inteligencia realizado en diciembre del año pasado tomaba otra significación. Y más atrás en el tiempo, el “Memorándum de Entendimiento” que el gobierno argentino había firmado con la República Islámica de Irán en el año 2013, para formar una “comisión de la verdad” en aquel país que permitiera que declaren los cinco ciudadanos iraníes acusados por la justicia argentina, estaba en el centro de la endeble denuncia de Nisman. Los dos hechos estaban relacionados y cruzan la trama que culminó con el desenlace de la muerte del fiscal.

El gobierno de Néstor Kirchner en el año 2004 había impulsado la creación de la unidad  fiscal especial para la investigación del atentado a la AMIA (UFI-AMIA) y puesto a su frente a Nisman. El fiscal trabajó íntimamente con el ex Jefe de Operaciones de la Secretaría de Inteligencia (ex SIDE) y con los agentes internacionales de la CIA estadounidense y el Mossad israelí. Esa investigación impulsó la llamada “pista iraní”, ampliamente denunciada como fabricada en base a informes falsos, y que llevó a la acusación de los funcionarios de ese país, sobre los que pesaba el pedido de captura internacional (las famosas “alertas rojas”) de Interpol. El giro pragmático que dio el Gobierno en 2013, adelantándose a un posible acercamiento de EE. UU. a Irán (que hoy está en el centro de la disputa geopolítica estadounidense e israelí), dejó descolocados a Nisman, a Stiuso y a los servicios internacionales que operaban con ellos.

La crisis sacó a la luz pública el poder de los servicios de inteligencia y su amplia influencia en el aparato judicial. Algunos lo llamaron el cripto-estado, el sottogoverno o los sótanos de la democracia. Espías, jueces y fiscales que se mantienen desde la dictadura, empezando por el mismo Stiuso que entró a los servicios en 1972 y que pese a ocupar el tercer lugar en la jerarquía de la ex SIDE, era el verdadero jefe del organismo.

La crisis fue comparable a las sucedidas con los motines policiales en varias oportunidades en los últimos años. El Gobierno mantuvo intactos o incluso aumentó el poder de los aparatos de represión estatal que luego se rebelaron exigiendo mayores beneficios, poder o impunidad. En el caso de los servicios existe el condimento de la influencia de las agencias de espionaje internacionales. En ambos casos se conoció el manejo de negocios ilegales del “gran delito” desde el centro mismo de los núcleos duros del Estado.

La continuidad de estos aparatos en la Justicia y la inteligencia es responsabilidad del Gobierno y desnuda cualquier relato de su presunta voluntad “democratizadora”. Pero además, el remedio con el que inició la lucha contra los espías desplazados, parece ser peor que la enfermedad: fortaleció al jefe del Ejército, César Santos Gerardo del Corazón de Jesús Milani, un hombre que proviene de la inteligencia militar y está acusado de participación en el genocidio. Y envió una reforma, que se trató y se votó de manera express, que “disuelve” la ex SIDE, pero mantiene lo esencial del viejo organismo.

 

Democracia vasalla y crisis de la restauración

En su libro Orden y Progresismo: los años kirchneristas1, el escritor y periodista Martín Rodríguez defiende la idea de que el kirchnerismo dio poder y Estado a las tentativas fracasadas de Alfonsín y el Frepaso, completando a su modo las tareas pendientes de la “transición” a la democracia. Quizás sería más ajustado decir que fue el menemismo el que completó la “transición” con la liquidación del “partido militar” a cambio de impunidad para sus integrantes y la alineación completa del peronismo con los planes neoliberales y que le tocó al kirchnerismo la recomposición de la autoridad estatal en un contexto de estallido del bipartidismo que había caracterizado al régimen constitucional del ‘83 en adelante.

Más allá de las periodizaciones, lo cierto es que el “ciclo kirchnerista” fue también un ciclo de vuelta de ciertas ideas más relacionadas con los ‘80 que con los ‘90. Años en los cuales la autoridad del Estado se fue recomponiendo al calor de la reactivación económica, acompañados de algunas medidas “progresistas” muy módicas pero sazonadas con un discurso de “vuelta del Estado y la política”.

La “crisis Nisman” hizo su aporte al fin de los Grandes Relatos sobre la democracia que tiene su propia historia: el apotegma alfonsinista de que “con la democracia se come, se cura y se educa”, se derrumba primero con la Obediencia Debida y el Punto Final, a los que sigue el hambre de los saqueos del ‘89, y el menemismo con el indulto, la desocupación y precarización de la salud y la educación en los ‘90. Esa línea de decadencia continúa hoy con el “descubrimiento” de que la democracia es presa de servicios de inteligencia, las policías empoderadas y una casta judicial con muchas continuidades con la dictadura.

Liborio Justo había escrito su interpretación de la historia argentina bajo un título lapidario: Nuestra Patria Vasalla. La democracia argentina, desde la salida de la dictadura hasta los años kirchneristas, no merece despegarse del adjetivo. La “restauración” de la autoridad del Estado de la que siempre se jactó el kirchnerismo recibe otro duro golpe. El símbolo es la Corte Suprema, cuya reforma el Gobierno reivindicó como uno de aportes históricos en su esplendor, y a quien acusa de las peores complicidades en el ocaso de su ciclo.

 

Fin de ciclo y espectro naranja

El impacto de esta crisis política sobre los planes de “sucesión” y más en general sobre las perspectivas de todos los candidatos, comenzó a ser un tema de debate en los medios y en los propios búnkers de los involucrados. Y entre los kirchneristas “puros”, la sensación de estar en un jardín donde los senderos se bifurcan, pero terminan todos en Scioli, puede resultar peor que cualquiera de las torturas imaginadas por Borges en sus otras historias de orilleros y maleantes. En una crónica de la revista Anfibia (a la que no puede tildarse de opositora), se pone en boca de los participantes de la concentración del 1M, los dilemas del futuro del kirchnerismo:

 

Hay quienes creen que lo mejor es ir a las PASO y condicionar al heredero en el Congreso, con algunos ministros, segundas líneas, y hasta se sueña, con el control de la Provincia de Buenos Aires. Algunos le agregan a ese plan la proyección de una ruptura con esa “derecha kirchnerista” en 2017 y el rearmado de la tropa propia para 2019. Otros prefieren la resistencia a una derecha ajena y una vuelta cuatro años más tarde. En el medio, hay quienes están enfocados solo en negociar sus propios cargos. En todo caso y más allá de esos cálculos siempre frágiles frente a la contingencia política, todos festejan lo mismo que Pablo: que se está cerca de entregar un país en orden, porque el orden fue desde siempre una obsesión del kirchnerismo2.

 

Desde la tribuna de un simpatizante del massismo (que alguna vez defendió al gobierno) se señalan las falencias del discurso de Cristina Fernández el 1M:

 

Las palabras de la presidenta fueron, en ese sentido, aleccionadoras. Habló mucho, dijo poco. Repitió una vez más, casi como un catecismo, los logros de una gestión que sigue comparándose a sí misma con 2001, catorce años después. Se dirigió exclusivamente a aquellos a quienes ya ha convencido, renunciando de antemano a alcanzar nuevos electores. En esa resignación hay quizá algo de astucia, puesto que el futuro político de la primera mandataria dependerá mucho de su capacidad de soldar altísimos niveles de lealtad en ese núcleo duro de votantes que se parece bastante al piso histórico del justicialismo3.

 

Y desde las páginas de una revista nacida en los años noventa y devenida, con el pasar de los años, en kirchnerista (El Ojo Mocho), afirman que hay que tratar de evitar pensar la sucesión “en el sentido de resignarse ante las supuestas ‘astucias’ de la razón” que culmine haciéndole “más amable y tolerable para los gustos y preferencias de ‘otros públicos electorales’”, donde yace lo que llaman la “experiencia Insaurralde” en la que quizá se pudiera proyectar, según los autores, la de un Scioli y desde otro lugar la de un Berni4.

Con una economía en recesión, sin posibilidades de anunciar concesiones o medidas de peso en el terreno económico-social (la estatización de los ferrocarriles anunciada el 1M es una medida sin fuerza ya que estaban semiestatizados), comparando sus “logros” con el peor momento de la crisis principios de siglo, con el temor de no caer en la “astucia de la razón” que derive en las delicadamente llamadas “experiencias” Insaurralde o Scioli, pero sin presentar muchas alternativas; la aspiración se reduce a no chocar el barco y entregar el país en orden.

En la misma crónica de Anfibia, un participante del 1M hace notar a otro que de color naranja (en el que se referencia Scioli) solamente hay un globo que planea sobre la plaza. Una buena simbología (acaso pensada adrede en las usinas del gobernador bonaerense) para decir: “ahora la plaza la ocupan ustedes pero el que en breve aterriza soy yo”. El espectro naranja que acecha al país kirchnerista. Y para seguir parafraseando a Marx, aunque invirtiendo una de sus sentencias, es el recuerdo del futuro (sciolista) con una continuidad imposible el que oprime en el presente el cerebro de los “camporistas” aferrados al pasado.

 

La izquierda con voz propia

El Frente de Izquierda y de los Trabajadores se ha fortalecido en el desarrollo de esta crisis. En especial por sostener una posición independiente tanto del gobierno como de la oposición patronal, judicial o mediática. Si durante 2014, los diputados del PTS en el FIT (Nicolás del Caño y Christian Castillo), ganaron visibilidad y autoridad por su participación incondicional en la lucha de los obreros despedidos de LEAR, 2015 encontró a la izquierda frente a una cuestión que ya venía denunciando desde hace tiempo: la complicidad del oficialismo y la mal llamada oposición con el entramado mafioso de los servicios de inteligencia y el espionaje. Myriam Bregman, abogada y dirigente del PTS, hoy candidata a Jefa de Gobierno por la Ciudad de Buenos Aires, estuvo entre las principales denunciantes del aparato de espionaje montado por el gobierno nacional en los marcos de la Gendarmería: el “Proyecto X”.

El FIT se ha constituido en un actor político destacado del quehacer nacional. A la gran performance de Nicolás del Caño en las PASO mendocinas, donde sacó el 15 % de los votos como precandidato a intendente, se suman buenas perspectivas de ocupar bancas en el Congreso de la Nación, varias legislaturas provinciales y también a nivel de los concejos deliberantes de distintas ciudades. Con todo, y como demuestra la lucha entre oficialismo y oposición por el control de la calle, no es en las elecciones donde se juega exclusivamente el destino de la izquierda en nuestro país. La recomposición social de la clase obrera durante los últimos años y las perspectivas de un “nuevo consenso derechista” para el próximo período postkirchnerista, planteará la necesidad de consolidar una izquierda que una el desarrollo de una política de independencia de clase, con una práctica combativa y un trabajo paciente entre las bases, es decir, en la clase trabajadora, las mujeres, la juventud, para superar la “miseria de lo posible” que impone el fin de ciclo del kirchnerismo, preso de la “astucia de la razón” peronista.

 

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1. Bs. As., Emecé, 2014.

2. Lucía Álvarez, “El núcleo duro”, revista digital Anfibia (www.revistaanfibia.com).

3. Ezequiel Meler, “Vengo del futuro”, Bastión Digital, 05/03/15 (ar.bastiondigital.com).

4. “Editorial” de El Ojo Mocho 4/5, primavera/verano 2014-2015.

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