Nicolás del Caño: la “militancia de Palacio” es la negación de una política de izquierda

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PAULA VARELA

Consejo editorial, politóloga, docente UBA.

Número 18, abril 2015.

Cortar la vorágine de las campañas electorales en estos días no es una tarea sencilla. Aún así, en algún entretiempo entre Buenos Aires y Mendoza, Nicolás del Caño volvió a recibirme en su despacho del Congreso para retomar el diálogo que empezamos el año pasado y nos propusimos continuar. Si la otra vez el eje fue el debate sobre Podemos y la casta política[1], ahora la conversación se concentró en las tensiones entre “el Palacio” y “la calle”, en la búsqueda de construir una alternativa política de los trabajadores.

 

IdZ: Rosa Luxemburgo decía que los revolucionarios desarrollan su actividad bajo una contradicción permanente: por un lado están obligados a actuar en el interior del sistema social vigente (organizando sindicatos, presentándose a elecciones o poniendo en pie partidos políticos), y por otro lado, toda su actividad se guía bajo la perspectiva de superar el sistema capitalista y provocar una ruptura de los trabajadores con la dominación de las clases dominantes y con su Estado. Eso, que es una tensión permanente en la militancia anticapitalista (y que de última, marca la dialéctica entre reforma y revolución) se potencia mucho más cuando los ámbitos en los que se milita son parte de las instituciones del Estado, como la banca del parlamento en la que te desempeñas. ¿Cómo manejás la tensión entre un proyecto de ruptura con el Estado y la participación en el Congreso?

Nicolás Del Caño: Mirá, en primer lugar, esa tensión lo que genera es una serie de contradicciones, porque uno se mueve en un ámbito donde se encuentra con las personas de carne y hueso que en gran parte de todos estos años han sido los que llevaron adelante los planes contra el pueblo trabajador, y uno los tiene a pocos metros… Entonces, se entremezcla el odio que uno tiene o la bronca que uno tiene contra todos estos personajes, con el rol que nosotros venimos a cumplir en la Cámara de Diputados que es, justamente, defender los intereses de los que ellos atacan permanentemente, ya sea en forma abierta o en forma velada –con demagogia–. En ese sentido, para mí ha sido un desafío muy grande estar acá. Y por eso es clave el trabajo colectivo, en equipo. Nosotros somos un equipo de militantes que estamos volcados al trabajo parlamentario y nuestra actuación acá, desde las intervenciones en el recinto como cuando fueron las represiones en Lear, hasta la preparación de una denuncia de negociados, o una audiencia pública en defensa de trabajadores, como el otro día con los telefónicos, es todo producto de una discusión a partir de nuestra estrategia política como partido que se basa en la dialéctica que explica muy bien Lenin en El izquierdismo…[2] contra los que rechazaban el parlamentarismo revolucionario, esa dialéctica de ocupar bancas en el parlamento, que es uno de los poderes del Estado, pero al servicio de desarrollar la movilización y la autoorganización que termine con ese mismo Estado e instaure un gobierno de los trabajadores. Por otro lado, nosotros que venimos de la tradición trotskista, tenemos otro punto de apoyo que son las demandas democráticas radicales o transicionales que están en el Programa de Transición, que tiene la lógica de aprovechar las contradicciones entre el supuesto carácter democrático del Estado capitalista y su carácter de dictadura de una clase minoritaria sobre la clase mayoritaria. Cuando nosotros planteamos, contra la casta política, la consigna de que todos los funcionarios ganen como una maestra (que nosotros lo llevamos a la práctica) está basado en el Programa de Transición porque la casta política tiene una contradicción: por un lado, defiende a una ultra minoría (de allí sus privilegios que están directamente relacionados con los privilegios de la clase a la que representa); pero por otro lado, eso no lo pueden hacer abiertamente porque supuestamente son representantes del pueblo (esa es la idea de democracia). Entonces, si vos vas contra la casta política, en realidad vas contra el Estado como gran aparato que administra los privilegios de la burguesía. Bueno, la consigna nuestra de que todos ganen como una maestra intenta mostrar de manera concreta y sencilla esa contradicción y plantear que para aquellos que queremos un gobierno de los trabajadores, los privilegios de la casta política no hacen falta, porque no defendemos privilegios de una minoría sino intereses de la mayoría.

 

¿Y vos pensás que lo que ustedes hacen acá adentro –en el Congreso– tiene impacto afuera, en el terreno de la lucha de clases? Porque por mucho que vos trabajes sobre las contradicciones del Estado, si no acumulás fuerza afuera, pareciera que el Estado tiene casi infinita capacidad de recomponerse de sus propias crisis…

Yo leí el artículo sobre Poulantzas que escribieron en IdZ[3] y me pareció muy interesante la discusión sobre dónde poner el eje de la construcción de poder, si en las posiciones que se conquistan en el Estado o en las posiciones que se conquistan fuera del Estado. Te doy un ejemplo, nosotros podemos presentar una ley de expropiación de la gráfica Donnelley, como de hecho presentó mi compañero del PTS Christian Castillo en la Legislatura Bonaerense, pero si no existe la fuerza de los trabajadores que ante la quiebra fraudulenta de la imprenta se plantan y la ponen a producir, si esos mismos obreros no establecen una suerte de “alianza” con diversos sectores populares, lo nuestro es papel mojado, porque lo que fuerza a los empresarios y a sus representantes en el Congreso a dar concesiones (como puede ser una ley), es la presión material que ejercen los trabajadores organizados. Y ese hecho de que existan esos trabajadores no es de un día para el otro. El proceso de Donnelley (como también el de Zanon) es un proceso de años, donde primero se conquistó la comisión interna, luego se hicieron alianzas con otras fábricas de la Zona Norte, se pusieron en cuestionamiento un montón de prácticas naturalizadas como el sexismo en la fábrica, se hicieron experiencias de solidaridad de clase que el año pasado se expresó en la unión entre Donnelley y Lear, un montón de cosas que llevaron adelante compañeros dirigentes del movimiento obrero. Es eso lo que permitió que hoy se esté discutiendo la expropiación de Donnelley y su estatización bajo gestión obrera, que es el mismo programa que nosotros levantamos en Zanon en la crisis de 2001, y que no sale de una probeta sino que es producto de la experiencia histórica de la clase trabajadora frente a las crisis, experiencia que nuestro partido recoge bajo la forma de programa. Entonces yo creo que lo que hacemos acá es muy importante siempre y cuando esté apoyado en una construcción política afuera, en las fábricas, en los barrios, en el movimiento de mujeres. Fijate que los mismos diputados de las fuerzas políticas tradicionales han destacado la combinación que hicimos los diputados del PTS en el Frente de Izquierda, entre la labor en el parlamento y, por ejemplo, el apoyo a la lucha de Lear. En última instancia, es una forma de expresar que no vamos a llegar a cambiar la sociedad capitalista a través de una reforma de las instituciones del Estado sino a través de esa organización, esa movilización de los trabajadores. Pero dejame decirte algo: sería ingenuo pensar que únicamente con movilización o con organizaciones de base democráticas (ya sea sindicales o territoriales) podemos acumular la fuerza sobre la que se apoyen cambios radicales. La propia historia de 150 años de luchas obreras y populares, la historia en Argentina y Latinoamérica, nos enseñó que esa misma fuerza movilizada (que ha sido de lo más heroica) se evapora sin una organización política. Cuando nosotros planteamos la necesidad de un partido revolucionario, nos estamos haciendo cargo de esa enseñanza de la historia.

 

Mencionás la fuerza de los trabajadores organizados y no se puede dejar de pensar en el paro del 31/03. Porque un paro de ese nivel produce una sensación contradictoria: por un lado muestra una fuerza infernal de los trabajadores pero por otro lado, esa fuerza aparece como base de maniobra de dirigentes sindicales que están negociando con la sucesión de derecha como Massa o Macri o incluso Scioli. Es la evidencia del uso de esa fuerza social para objetivos que no solo no tienen que ver con el bienestar de los trabajadores, sino que son un boleto en el tren de la pérdida de lo conquistado, habilitó a que exista el discurso desvergonzado del “progresismo kirchnerista”, si algo así aún puede existir, de criticar el paro como “político”…

Las centrales sindicales, convocando estos paros de manera discontinua y por televisión, muestran varias cosas. Primero, para todo aquel que quiera seguir discutiendo si la burocracia sindical es una forma o no de control sobre los trabajadores, la respuesta del paro del 31 es un contundente sí. Porque lo que se ve es la fuerza terrible que tiene la clase trabajadora y al mismo tiempo, lo encorsetada que está esa fuerza por una política expresa de no darle rienda suelta al malestar. Pero el problema con este tipo de maniobras es que son también enseñanzas para la clase obrera que es protagonista y testigo de esto, y puede experimentar que su fuerza es mucha y que usada a cuenta gotas y como maniobra de proyectos de derecha, se pierde. Esto es muy importante porque el sindicalismo de base y el sindicalismo de izquierda (del que nosotros, especialmente el PTS es protagonista) no es un proyecto de “sindicalismo alternativo” en el sentido de un sindicalismo combativo que conviva con el sindicalismo burocrático de las centrales sindicales. Es un proyecto de sacar a los dirigentes sindicales de los sindicatos para que un paro no sea maniobra de negociación con una sucesión de derecha del kirchnerismo sino que sea efectivamente la liberación de la energía de una clase trabajadora que tiene la fuerza de transformar un martes en domingo. Imaginate que los sindicatos actualmente dejan afuera al tercio de los trabajadores no registrados, dejan afuera a los inmigrantes, a los precarizados, no tienen ninguna política hacia los trabajadores golondrina o temporarios… y aun así tienen una fuerza impresionante. Imaginate entonces si ampliáramos la base y fuera un núcleo de organización de todos los y las trabajadoras. Pero esta concepción sobre los sindicatos implica pensarlos como una organización de poder de los trabajadores. Es todo lo contrario a pensarlos como una organización de control.

 

Hay toda una discusión, en la izquierda, sobre cuáles son las estrategias de “empoderamiento” de los trabajadores o del pueblo. Es interesante, porque después de tres décadas en las que el problema del poder salió del ámbito de debate de la izquierda revolucionaria porque la situación era de completa defensiva (caída del muro y neoliberalismo mediante), hoy vuelve a estar presente en la mesa de discusión. Syriza es inseparable de esa discusión, ¿cómo ves esa experiencia?

Nosotros seguimos con mucha atención lo que está pasando en Grecia. Si mirás La izquierda diario[4] hay una cobertura muy importante de lo que está pasando allá (no solo Grecia sino Estado Español, Francia también), porque es como un laboratorio sobre cuáles son las estrategias de poder hoy para corrientes que se reivindican de izquierda y vuelve actual la discusión sobre reforma o revolución..

 

De hecho, si bien Syriza se reivindica abiertamente reformista, tiene sectores que se reivindican anticapitalistas …

Claro, eso lo vuelve un laboratorio que está mirando todo el mundo, porque el triunfo de Syriza es inseparable de los 32 paros generales que hubo en Grecia, inseparable en dos sentidos: por un lado, porque sin las movilizaciones de masas es difícil pensar el ascenso de esa coalición, pero también porque es la impotencia de esos paros (y la responsabilidad de las direcciones sindicales en esa impotencia) la que explica el vuelco del malestar hacia la propuesta de Syriza. Imaginate que no solo a los militantes de izquierda sino a trabajadores y a jóvenes les llamó la atención los titulares de los diarios de todo el mundo diciendo “Ganó la izquierda en Grecia” y al otro día, los titulares de los diarios decían “La izquierda pactó con los nacionalistas en Grecia para formar gobierno”. Eso es un cimbronazo porque cualquiera se da cuenta de que no se puede desarrollar una perspectiva anticapitalista cuando te aliás con un sector que desprecia y le echa la culpa de los problemas que generan los capitalistas, a los inmigrantes. En ese sentido, desde el inicio mismo de la experiencia de Syriza en el gobierno, hubo un punto claro que dice: “ojo que esta estrategia de ocupar espacios pareciera no tener límites….”. De hecho, la alianza con ANEL llevó al propio Kouvelakis a criticar el pragmatismo de la dirección y declarar “el fin del mito del gobierno de izquierdas”. A tres meses, ya podemos decir que no solo no es un gobierno de izquierda sino que tampoco es un gobierno antiausteridad, es directamente un gobierno de salvación nacional que pospone las demandas de los trabajadores y los sectores más afectados por la crisis, en pos de mantenerse en el Euro. Eso no significa que uno de por “clausurada” la experiencia de las masas con Syriza. Las propias contradicciones que existen hoy para llevar adelante un “reformismo” en la crisis europea es lo que le imprime dinámica al proceso. En ese sentido, Grecia es un gran laboratorio para ver las derivas de una estrategia que se postula como proyecto de una transformación radical pero sin ir a una ruptura radical con el Estado capitalista. Lo que aparece, más bien, es que si querés llevar adelante un cambio radical se te impone el problema de la ruptura con las instituciones estatales tanto a nivel nacional como internacional. Y ahí volvés a la pregunta de en qué fuerzas te apoyás para bancarte esa ruptura: si no es la clase trabajadora, su organización en los sindicatos, en los lugares de trabajo, en los barrios, con sus propios organismos y con programas que tomen no solo demandas sindicales sino las demandas de las mujeres, de los jóvenes, de la comunidad LGTB… Si no es ahí, no sé de dónde puede salir la fuerza para romper con el Estado…

 

Bueno, Kiciloff en el encuentro que organizó Forster en Buenos Aires el mes pasado[5] le dio una respuesta distinta a esta pregunta que vos haces. Una respuesta que es tan ilustrativa como vergonzante. El dijo “en 2001 nosotros militábamos contra el Estado y ahora nos dimos cuenta que el Estado es el sujeto”. Digo que es vergonzante porque en el 2001 la discusión era “quién es el sujeto de cambio social”, entonces vos tenías al marxismo clásico (básicamente expresado por los partidos de tradición trotskista como el PTS) que decían que ese sujeto seguía siendo la clase trabajadora, y tenías a sectores filo autonomistas que decían que era la “multitud” o “los movimientos sociales”. Kiciloff lo que está diciendo es: ni clase obrera, ni multitud, ni movimientos sociales: el Estado como sujeto de cambio social.

Bueno, la frase de Kiciloff resume un poco el devenir de muchos movimientos altermundistas que surgieron en Argentina y en el resto del mundo en el 2000. Y fijate que entre esa posición y una posición de exaltación del Estado hay un elemento común: ya sea porque se subvaluara al Estado, como hacía el autonomismo del tipo Toni Negri o Holloway, ya sea porque se sobrevalora al Estado, como lo hacen los camporistas de hoy (salvando las distancias entre aquellos intelectuales y los dirigentes de la Cámpora), en ambos lo que hay es una negación a discutir sobre el papel central que tiene el Estado en la dominación de clases. Los que lo ningunearon porque se podía “hacer la revolución sin tomar el poder”, terminaron “tomando el Estado sin hacer la revolución”…

 

Realmente resulta paradójico que la corriente que se auto-atribuye la politización de la “década ganada”, termine siendo quien fomenta la militancia de Palacio contra la militancia en las calles. Es decir, termine operando como punto de apoyo de la despolitización que implica la asimilación entre “política” y “gestión estatal”…

Sí, es paradójico porque los mismos hechos que el kirchnerismo levanta como conquistas propias: paritarias, asignación universal por hijo, o lo que mires, son todas conquistas obtenidas a partir de una relación de fuerzas gestada en la calle en 2001 y que se cimentó sobre las decenas de muertos de la represión estatal. Sería impensable la restitución de las paritarias sin las huelgas que comenzaron en 2004 (como la de subte, telefónicos, el Garraham…), antes de que se unificara la CGT y ungieran a Hugo Moyano como aliado estratégico del gobierno. Sería impensable la AUH si no es como un gran homenaje al movimiento de desocupados de la Argentina, que surgió cortando rutas en el interior y luego bloqueando el conurbano bonaerense del 2000 en adelante. Así que si hay algún joven que realmente cree que puede haber algún cambio progresivo (ya no te digo revolución, sino cambio) gestado puramente en el Palacio, se va a llevar una gran desilusión muy pronto. Porque fijate que incluso un paliativo como es la AUH, que se prometía como transitorio hasta que llegara el “pleno empleo” que nunca llegó, incluso eso se consiguió luchando. Entonces, los jóvenes que honestamente se sensibilizaron con el discurso kirchnerista de “combatir los monopolios” y que ponen su militancia al servicio de ese objetivo, tienen un problema porque el kirchnerismo les ofrece como lógica política una “militancia de Palacio”, pero el Palacio está repleto de Bernis, Milanis, Sciolis, que son los mismos que salen a reprimir a aquellos que toman las calles para luchar contra los monopolios. El año pasado hubo 18 represiones a los trabajadores de Lear y muchos sectores del kirchnerismo realmente no podían sostener que “su” gobierno estuviera reprimiendo a trabajadores por defender el puesto de trabajo y la organización de fábrica contra una multinacional norteamericana que es una “corpo buitre”. Si hoy pasás por el centro de Buenos Aires, te vas a encontrar con el acampe de los Qom y de otras comunidades indígenas de Formosa, que también están en las calles para luchar contra los monopolios y a quienes el Palacio no solo no los recibe sino que los reprime, encubre los asesinatos de sus miembros, defiende a los empresarios que los desplazan de sus tierras… Entonces, esta estrategia del “Estado-sujeto” te lleva a alianzas en las que se ve con claridad que ocupar un lugar en el Estado pasa a ser un objetivo en sí mismo, aunque niegue completamente los objetivos originales por los que dijiste que querías ocupar espacios. Te pongo un ejemplo de mi provincia. En Mendoza, el candidato del núcleo duro del kirchnerismo, el que apoya La Cámpora es Carmona. Bueno, en la ciudad de San Rafael, uno de los candidatos a intendente que apoya a Carmona (en el sistema de colectoras) es Emir Félix. Emir Félix es hijo de quien fuera Intendente de San Rafael durante la dictadura militar, y en el acto oficial por el 24 de marzo que fue hace unos días, este tipo dijo, delante de los hijos de desaparecidos: “Bueno, por suerte ya no tenemos más infiltrados entre nosotros”, refiriéndose a los militantes de los setenta. Entonces, la teoría del “Estado-sujeto” y de la militancia de Palacio como lógica política te lleva, por ejemplo, a que luego de años de lucha en las calles contra los genocidas, los organismos de Derechos Humanos que adhieren a este gobierno, terminen sentados en la primera fila de un acto en el que el candidato oficial llama “infiltrados” a los desaparecidos… Entonces, contra la invitación a la militancia de ocupar espacios en el “Palacio” a la que llama el kirchnerismo, nosotros llamamos a organizarnos en los lugares de trabajo, en los barrios, en las universidades, los colegios, o en el movimiento de mujeres, porque sobre esa fuerza se basa nuestro trabajo legislativo y el trabajo de los diputados, legisladores, concejales, comuneros que conquistemos en las elecciones de este año. Los resultados de las elecciones, que nos vienen dando muy bien en las encuestas, cobran fuerza material si se apoyan en la fuerza de la militancia por fuera del Estado-Palacio.


[2] Véase, Lenin, El izquierdismo, enfermedad infantil del comunismo.

[3] Véase, Paula Varela y Gastón Gutiérrez, “Poulantzas: la estrategia de la izquierda hacia el Estado”, IdZ 17.

[4] Véase la sección internacional de La izquierda diario, y el artículo de Josefina Martínez y Diego Lotito, “Syriza, Podemos y la ilusión socialdemócrata”, en IdZ 17.

[5] Véase, “Foro Internacional por la Emancipación y la Igualdad”, 12 al 14 de marzo de 2015, Teatro Cervantes.

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