Neil Davidson y el fin de la Teoría de la Revolución Permanente

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CECILIA FEIJOO

Socióloga, docente UBA, IPS Karl Marx.

Número 22, agosto 2015.

Un paso adelante por la vía de la igualdad significaría la destrucción de la propiedad privada.

Bernave, 15 de julio de 1791 [1]

El sociólogo y militante del SWP británico Neil Davidson ha escrito un voluminoso e importante estudio de historia conceptual sobre la revolución burguesa: Transformar el Mundo. Revoluciones Burguesas y Revolución Social [2]. El autor invita a recorrer el largo camino seguido por el concepto desde sus orígenes, pasando por los debates del siglo XX hasta la actualidad. Originado en la ilustración radical para captar la especificidad de las grandes transformaciones que se produjeron entre mediados del siglo XVI y XVII, pronto, especialmente luego de la Revolución Francesa, los ilustrados abdican del concepto. Fueron Marx y Engels quienes retomaron este legado y lo transformaron en un punto problemático, histórico y político. Davidson, siguiendo la tesis planteada por Perry Anderson, concluye que en realidad fueron los marxistas rusos quienes le dieron la centralidad que posee en la tradición marxista.

El análisis del concepto de revolución burguesa en la tradición marxista ocupa una parte importante del libro de Davidson y la Teoría la Revolución Permanente de Trotsky es considerada “el descubrimiento teórico más importante del marxismo del siglo XX” (p. 424). Pero en la visión global de Davidson el “descubrimiento” de Trotsky ha quedado anticuado, terreno de querellas de los historiadores.

Todo concepto “establece un horizonte particular para la experiencia potencial y la teoría concebible” dice Reinhart Koselleck [3] y la elección de Davidson de revolución burguesa en lugar de revolución permanente delimita este horizonte de experiencia. Para Davidson, la Teoría de Revolución Permanente de Trotsky no es una teoría de la revolución proletaria sino de la revolución burguesa en los países atrasados y, como el mundo atrasado es hoy capitalista, el campo de aplicabilidad de la teoría ha cesado. Ese es el centro neurálgico de su tesis. Esta reducción no es una operación nueva, solo que el camino elegido por Davidson es más complejo.

 

Las vías alternativas de la revolución burguesa

Luego de la abdicación de los ilustrados tocó a Marx y Engels retomar el concepto de revolución burguesa para pensar las revoluciones europeas de 1848-49. En ese momento, la “Primavera de los Pueblos” adoptó otra dinámica alejada de aquellas revoluciones “clásicas” en las cuales el desencadenamiento de la lucha contra el antiguo régimen feudal era impulsado, al inicio, por la burguesía y luego radicalizado, en el fragor del combate contra la contrarrevolución, con la incorporación de sectores del pueblo plebeyo. La presencia peligrosa del proletariado restringía la “audacia” de la burguesía y la arrojaba a los brazos de la contrarrevolución.

En primer lugar, para Davidson, la revolución permanente planteada por Marx en 1849-51 independiza la tarea de terminar con el yugo monárquico-feudal de la burguesía, que había capitulado a la reacción, para depositarla en una alianza republicano-social entre la pequeña burguesía y la clase obrera. Esto implica que otras clases, y no la burguesía, puedan llevar adelante la revolución burguesa. En segundo lugar, en los análisis posteriores como los de la comuna rural rusa, la guerra civil norteamericana o la revolución por arriba bismarckiana, para Marx y Engels la revolución burguesa adoptó otras formas no clásicas. En este recorrido para Davidson, Marx y Engels no sólo abandonan la fuerte asociación entre revolución burguesa “clásica” y la idea eurocéntrica de progreso, sino que invitan a pensar otras vías y alianzas de clases alternativas a las formuladas originalmente en el permanentismo de 1848.

 

Lenin y el problema de la “consumación”

La tesis planteada por Davidson, que denominaremos alternatividad, concluye que la revolución burguesa clásica será una excepción y que las vías que adoptará la revolución burguesa real se desplazará hacia formas mucho más diversas y hacia alianzas de clases diversas. Para Davidson es Lenin quien introduce una flexibilización del concepto de revolución burguesa a través de la idea de “consumación”:

 

Para Lenin, las revoluciones burguesas se desarrollaban durante un largo proceso que podía durar décadas, más que meses o años. En el caso de Rusia, “el año 1861 engendró 1905” y el período entre ambos, tras la liberación de los siervos, constituyó la “era de las revoluciones burguesas” […] La consumación puede por tanto entenderse a dos niveles, como climax de episodios individuales y como episodio conclusivo de todo el proceso revolucionario […] (p. 309).

 

Resumiendo –indica nuestro autor– para el momento del estallido de la Primera Guerra Mundial Lenin había “ampliado” el concepto de revolución burguesa en cuatro aspectos que permanecieron embrionarios en Marx y Engels. El primero de ellos, y central en el debate entre bolcheviques y mencheviques, planteaba que la revolución burguesa no iba a ser dirigida por la burguesía. El segundo punto era que “había vías alternativas a la revolución burguesa” dependiendo de qué clase fuera la fuerza social dominante en ella (la alianza entre obreros y campesinos en Rusia o la alianza entre campesinos y las burguesías oprimidas en oriente, por ejemplo). En tercer lugar, “la revolución burguesa suponía un proceso, aunque con un momento final o de consumación definido”. En cuarto lugar, “las revoluciones burguesas eran todavía necesarias para el desarrollo capitalista” (p. 319).

A diferencia de Lenin, Trotsky en su texto Resultados y perspectivas restringía el concepto de revolución burguesa:

 

[…] había un aspecto en el que su concepción de la revolución burguesa era más estrecha y menos desarrollada que Lenin: tanto en forma como en contenido se basaba casi exclusivamente en la Revolución Francesa (p. 333).

 

Esta estrechez y falta de desarrollo dejaba de lado otras formas y alianzas de clase diferentes en que se realizaron durante la década de 1860, la revolución alemana, italiana o japonesa. Allí donde Trotsky esbozó “revoluciones burguesas cuyo agente no fuera necesariamente la clase obrera” fue con la revolución Turca iniciada en 1908 [4]. Pero mientras la formulación de la revolución permanente de Trotsky –que planteaba la dinámica del transcrecimiento de la revolución democrática burguesa en proletaria, centrada en el rol del proletariado como dirigente de la revolución– se circunscribiera a Rusia, la confluencia entre Lenin y Trotsky de 1917 era posible. Pero cuando esa “vía única” de transformación “burguesa” se hizo extensiva a nivel internacional en 1927-28 en la Teoría de la Revolución Permanente, el punto de vista de Trotsky para Davidson se hace inaplicable.

 

Trotsky “ortodoxo” vs Gramsci “flexible”

El capítulo “Trotsky, Gramsci y Benjamin” es quizás uno de los más interesantes del libro. Aquí el argumento de la estrechez de Trotsky se reafirma con sutileza. Según Davidson, para Trotsky existen solo dos “criterios” que definen la consumación: el papel decisivo de las movilizaciones de masas y el rol que en ellas juega la clase obrera, y el cumplimiento de “tareas” específicas democrático-burguesas (la reforma agraria, la unificación nacional, la independencia del imperialismo, etc.). Gramsci por el contrario, dice Davidson, estaba menos condicionado por estas estrecheces porque para él la supervivencia de aspectos feudales (o precapitalistas), no eran incompatibles con la “consumación” de la revolución burguesa. Así Gramsci entendió que revoluciones pasivas, como el Risorgimento, eran auténticas revoluciones burguesas, es decir auténticas revoluciones sociales.

En realidad, observa Davidson, al otorgarle Gramsci un rol destacado a la burguesía francesa hasta 1871 (y no hasta 1814-30-48) extiende la dialéctica íntima entre revolución “por abajo” y revolución pasiva. Las revoluciones por abajo inhibieron a las clases dominantes (burguesas y nobiliarias) a seguir esa vía, optando por consumar la transformación social a través de revoluciones por arriba. Y esta inhibición produjo, según Gramsci, “períodos de pequeñas oleadas reformistas” en lugar de explosiones revolucionarias (p. 465).

Pensar el fenómeno de la inhibición o el bloqueo que las revoluciones burguesas por abajo produjeron en el siglo XIX es un punto de partida interesante para pensar las inhibiciones y bloqueos que produjo la primera revolución proletaria “por abajo” en el siglo XX. Pero este interrogante no es planteado por Davidson porque para él la revolución rusa de 1917 y las que siguieron fueron revoluciones burguesas y no revoluciones proletarias. Es por ello que en Davidson es Gramsci quien nos “libera” de la concepción de la revolución burguesa ortodoxa que en definitiva es la de Trotsky (p. 469).

 

Una revolución social sin contrarrevolución, ni reacción

En definitiva, para Davidson todo se produce sin grandes saltos ni peligros. El capitalismo logró, a través de una serie sucesiva de transformaciones burguesas diversas –como las excepcionales revoluciones por “abajo”, las muchas revoluciones pasivas, las revoluciones con el protagonismo de la clase obrera como en Rusia o de la clase campesina y la inteligentzia en China, las revoluciones basadas en la alianza entre la burguesía blanca y la clase media urbana negra en Sudáfrica, y así hasta el infinito– gobernar a nivel global.

Esta gran “era” de revoluciones burguesas para Davidson tiene fecha y hora de caducidad: “alrededor de las nueve de la noche del 8 de noviembre de 1917”. Sin embargo, contradictoriamente, esa fecha de caducidad de la revolución burguesa abrió “su periodo de mayor proliferación”. Hubo en las décadas siguientes a 1917 “[…] muchas más que en los tres siglos y medios comprendidos entre la Sublevación Neerlandesa iniciada en 1566-67 y la revolución rusa de 1917” (p. 876).

Esta periodización que comienza en 1566 y culmina en 1980 no puede comprenderse sin la referencia de la que parte Davidson: la Teoría del Capitalismo de Estado formulada por Tony Cliff. Según Cliff, la revolución proletaria rusa fue “desviada” en 1924 hacia la instauración de una sociedad capitalista sin propiedad privada de los medios de producción sino de propiedad estatal: el Capitalismo de Estado (ver Cinatti, Claudia). Davidson en su libro trata desesperadamente de desandar la contradicción formulada por Cliff y afirmar que la revolución rusa no fue proletaria, sino burguesa y listo.

Nos resta enumerar algunas de las operaciones conceptuales realizadas por el autor para reducir la revolución permanente de Trotsky a un tipo particular ruso de revolución burguesa y con ello a todo el siglo XX como el período de “mayor proliferación” de la revolución burguesa en la historia.

El autor, en primer lugar, extirpa el concepto central de la Teoría de la Revolución Permanente: la dictadura del proletariado o gobierno de los trabajadores y los oprimidos. Los otros conceptos que desaparecen y que permiten entender el desarrollo –no en el sentido evolutivo pacífico de una época de transición– son los pares dialécticos de la revolución: la contrarrevolución y la reacción. Para Davidson nuevamente es el modelo “restringido” de la Revolución Francesa el que lleva a Trotsky a usar equivocadamente conceptos como Termidor o Bonapartismo para interpretar el fenómeno stalinista (p. 567). Resulta extraño leer un estudio de mil páginas sobre la revolución social sin que en él se desarrollen sus pares dialécticos.

 

No puede haber revolución sin contrarrevolución; son fenómenos y procesos inseparables, como la verdad respecto a la falsedad. “Como la reacción está ligada a la acción”, están unidas entre sí propiciando una “acción histórica que es al mismo tiempo dialéctica y que está empujada por la necesidad” [5].

 

Si la contrarrevolución reacciona impulsando a la revolución y, a la vez, condicionándola, en esta dialéctica aparece la reacción dentro de la revolución (el Termidor). Davidson descarta el concepto reduciéndolo a un fenómeno puramente francés, sin dar cuenta de este fenómeno durante, por ejemplo, la revolución inglesa.

Ciertamente en la visión de Trotsky hay similitudes y, sobre todo, importantes diferencias entre la reacción dentro del proceso de la Revolución Francesa y la reacción dentro del proceso de la revolución proletaria rusa, pero decir como Davidson que no existe ingresa en otro orden de cosas [6]. Sin este concepto de reacción se vuelve imposible denominar Estado Obrero a un régimen político en el cual los revolucionarios eran fusilados en masa y la inteligentzia, los obreros y campesinos sometidos a la cuasi-esclavitud del Gulag. No deseamos deshacernos de esa contradicción que fue una contradicción trágica en este Estado que surgió de la revolución proletaria, sino reconocer sus particularidades y su devenir.

Cuando Davidson se acerca más a los conceptos de reacción y contrarrevolución es cuando aborda el tema de la revolución pasiva en el siglo XIX, introduciendo los conceptos de inhibición y bloqueo. La revolución “por abajo” aterrorizó a las clases dominantes, precapitalistas y capitalistas, en el siguiente período histórico hasta el punto de impulsarlas a diversos pactos para modernizar las estructuras sociales desde el Estado. De hecho esta reflexión habilita caminos posibles, como pensar la burocracia stalinista en términos de un agente de bloqueo e inhibición de la revolución proletaria por abajo.

Pero Davidson rápidamente se aleja de las posibilidades abiertas por esta reflexión para volver al redil: concebir la revolución burguesa como un continuum de pacíficas transformaciones que culminan en 1980 con la consumación a nivel global del capitalismo.

 

La desaparición de la revolución proletaria

Emergiendo de esta mezcla propiamente inglesa de empirismo y abstracción teórica, para Davidson no existió un salto o cambio cualitativo en el tipo de revolución social que actuó “momentáneamente” contra una u otra fracción de la burguesía, sea por abajo (los jacobinos en la Revolución Francesa) o por arriba (Bismarck en 1860 en Alemania) e instauró sociedades de clase; de una revolución que eliminó a la burguesía como clase económico-social e instauró una sociedad de transición. Ese cambio cualitativo simplemente no existe ya que la eliminación de la burguesía en las revoluciones proletarias del siglo XX vienen, en palabras de nuestro autor, a “consumar” la revolución burguesa a través de la instauración del “Capitalismo de Estado”.

A Davidson podemos decirle lo mismo que Trotsky le reprochaba al militante del SWP norteamericano James Burnham a finales de la década del ‘30 a propósito de la “evolución pacífica”:

 

Aquel que ha llegado a comprender que la evolución se produce a través de la lucha entre fuerzas antagónicas; que una lenta acumulación de cambios acaba por romper el viejo envoltorio y produce, a través de la catástrofe, una revolución; aquel que ha aprendido a aplicar a su propio pensamiento las leyes de la evolución, ese es un dialéctico, algo completamente distinto de los evolucionistas vulgares.

 

Davidson no logra captar la “lucha entre fuerzas antagónicas”, las “rupturas”, ni la “revolución” y por ello crea una categoría abstracta de revolución burguesa para ser “aplicada” a revoluciones que han dado paso a sociedades de transición, cuya complejidad se encuentra en que son sociedades, y con ello Estados, que no son ni capitalistas ni socialistas.

Al aplicar este concepto abstracto de revolución burguesa a Rusia de 1917 y al reducir la Teoría de la Revolución permanente de Trotsky a una teoría de la revolución burguesa en los países atrasados Davidson concluye que:

 

[…] hablar de revolución permanente en Estados Unidos o en cualquier otro país capitalista avanzado supone apartarla de cualquier base en el desarrollo desigual y combinado, y lo que es más importante, privarla de cualquier especificidad, ya que no existe prácticamente ningún país en el mundo en el que no se pueda encontrar alguna forma social precapitalista o instituciones políticas predemocráticas (p. 449).

 

En Davidson la ley del desarrollo desigual y combinado es concebida como una ley instrumental al proceso de modernización capitalista de los países rezagados o atrasados, y en este sentido es el elemento desigual el que cobra peso en su argumentación. El “otro” subordinado del desarrollo, que es la combinación de las diferentes fases histórico-económicas, no juega ningún papel, salvo en el terreno nacional. Para confirmar su reducción Davidson afirma que Trotsky nunca “aplicó” el permanentismo a los países desarrollados, porque allí es claro: la revolución burguesa se ha consumado y de lo que se trata es de la revolución socialista. Pero su punto de vista es equivocado

 

Tesis 9: La conquista del poder por el proletariado no significa el coronamiento de la revolución, sino simplemente su iniciación. La edificación socialista solo se concibe sobre la base de la lucha de clases en el terreno nacional e internacional. En las condiciones de predominio decisivo del régimen capitalista en la palestra mundial, esta lucha tiene que conducir inevitablemente; a explosiones de guerra interna, es decir, civil, y exterior, revolucionaria. En esto consiste el carácter permanente de la revolución socialista como tal, independientemente del hecho de que se trate de un país atrasado, que haya realizado ayer todavía su transformación democrática, o de un viejo país capitalista que haya pasado por una larga época de democracia y parlamentarismo [7].

 

Las imbricaciones de la economía mundial transforman en interdependiente los procesos revolucionarios en el centro capitalista con aquellos que se producen en la periferia, y en este sentido la revolución es permanente. Es permanente porque estas transformaciones son convulsivas al menos si se quiere desalojar a la burguesía, y terminar con el reinado despótico del capital financiero.

 

Algunas consideraciones finales

Las revoluciones proletarias que se produjeron en el siglo XX solo pueden ser leídas a partir de la compleja relación inscripta en la interacción entre revolución proletaria, reacción termidoriana-burocrática y contrarrevolución burguesa. Solo desembarazadas de esta dinámica pueden reducirse las revoluciones sociales que expropiaron a la burguesía a revoluciones burguesas, y concebir el ya no más de la Teoría de la Revolución Permanente.

La teoría desarrollada por Trotsky plantea que el proletariado juega un papel central en esta dinámica de múltiples trastrocamientos. Pero en la dinámica real del siglo XX, el proletariado de un país atrasado como Rusia fue suficientemente fuerte para acceder al poder, impulsado por el partido revolucionario; pero débil para sostener esa conquista sin su rápida extensión a otros países avanzados. En estos desequilibrios y discordancias anidó la fuerza de la reacción burocrática y de la burguesía internacional, hasta la restauración de las relaciones capitalistas en aquellas áreas que habían sido trastocadas por la onda expansiva de la revolución proletaria rusa.

Las revoluciones burguesas se extendieron desde la Sublevación Neerlandesa hasta las más célebres revoluciones inglesa de 1642 y francesa de 1789, y luego continuaron a través de “revoluciones pasivas”. El camino de ascenso de la burguesía al poder fue tortuoso, inclusive Hannah Arendt afirmó que hasta 1914 la burguesía “había sido la primera clase en la Historia en lograr una preeminencia económica sin aspirar a un dominio político”, alcanzando su emancipación política en el transcurso del período imperialista (1886-1914) [8].

La complejidad de las revoluciones proletarias parece ser de otro carácter, sin poder dominar primero en el terreno económico –aunque su extensión como clase objetiva conlleva otra potencialidad– la tarea de liquidar la sociedad de clases basada en la propiedad privada de los medios de producción transforma la lucha por su emancipación política y social en un objetivo mucho más revulsivo que el de su antecedente burgués. La derrota consumada en la restauración capitalista ha dado fuerza a la burguesía y desembarazado al proletariado del objetivo de su emancipación social y política. Los intentos de hacerlo a través de “oleadas reformistas” como en América Latina y en algunos países de la Europa periférica actualmente, o a través del enfrentamiento contra formas contrarrevolucionarias más abiertas en alguno de los países que protagonizaron la primavera árabe, están en curso. Sólo las confrontaciones entre los antagonistas, y a través de los resquebrajamientos del orden capitalista, podrán las masas explotadas intentarlo una vez más. Y en este devenir la Teoría de la Revolución Permanente nos permite no solo hacer inteligible estas confrontaciones sino poder intervenir políticamente en esta dinámica de choques, confrontaciones, aletargamientos, bloqueos e inhibiciones que caracteriza la lucha entre la clase obrera y sus aliados y la clase capitalista.


[1] Citado por Neil Davidson en: Davidson, Neil; Transformar el mundo. Revoluciones Burguesas y Revolución Social, Barcelona, Pasado y Presente, 2013, p. 123.

[2] Ídem. Todas las citas corresponden a esta edición.

[3] Koselleck, Reinhart, Futuro pasado: para una semántica de los tiempos históricos, España, Paidos Ibérica, 1993, p. 106.

[4] El otro gran proceso revolucionario que siguió a la Revolución Rusa de 1905 fue la Revolución Turca de 1908. Ver especialmente Luxemburg, Rosa, Folleto Junius, capítulo IV: Turquía, próxima edición del IPC-CEIP.

[5] Mayer, Arno J.; Las Furias. Violencia y terror en las revoluciones francesa y rusas, Universidad de Zaragoza, España, 2014, p. 63.

[6] En realidad Davidson no discute directamente con las formulaciones de Trotsky sobre el fenómeno de la reacción sino con las Isaac Deutscher, el influyente exiliado que moldeó al marxismo inglés. Hay una identificación en Deutscher entre la Revolución Francesa y la Rusa, y entre Napoleón y Stalin. Por el contrario Trotsky tiende a pensar las particularidades de la reacción stalinista y su diferencia. Ver especialmente la introducción a la edición francesa de su biografía de Stalin: Deutscher, Isaac, “Two Revolutions”.

[7] Trotsky, León, La teoría de la revolución permanente, México, Índice Rojo, 1961, p. 193.

[8] Arendt, Hannah, Los orígenes del Totalitarismo, Madrid, Alianza, 2007, p. 212.

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