Mujeres en primera persona

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MANUAL PARA MUJERES DE LA LIMPIEZA, LUCIA BERLIN (Madrid, Alfaguara, 2016)

 

ANA SANCHEZ

Número 37, mayo 2017.

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El título del libro llama la atención. Podría ser una verdadero “manual” para limpiar mejor las superficies difíciles del hogar. Un libro con consejos para que las “señoras bien” aprendan a tratar con las mujeres de la limpieza. O, por qué no, alguna guía explicativa de cómo conseguir trabajo de empleada doméstica. Pero no. Lo que tenemos aquí es una antología de cuentos, de lo más original.

Lucia Berlin sorprende al público con este conjunto de narraciones que aparecieron en su país en 2015 y llegaron al nuestro traducidos por Eugenia Vazquez Nacarino.

La autora estadounidense, casi desconocida hasta ahora, publicó setenta y seis cuentos a lo largo de toda su vida. La mayoría, pero no todos, se plasmaron en tres volúmenes publicados: Homesick (1991), So Long (1993) y Where I Live Now (1999).

Comenzó a publicar sus relatos con veinticuatro años, en la revista de Saul Bellow, The Noble Savage, y en The New Strand. Más adelante aparecieron cuentos en Atlantic Monthly, New American Writing y un sinfín de revistas pequeñas. Una de sus colecciones ganó el American Book Award, pero aún con ese reconocimiento seguía sin poder ampliar su público lector. Falleció en el 2004 a los 67 años, después de un largo cáncer. Recién ahora se conoce su extensa obra y los lectores pueden estar contentos.

El nombre de la antología surge del cuento homónimo que allí podemos encontrar, y que es además uno de los relatos mejor logrados de la serie.

Por los barrios más acomodados de Oakland, California, transitan las “mujeres de la limpieza”. Entre historias de vidas de las familias a quienes asisten, Lucia, como voz narradora, va dando consejos a las domésticas para que puedan sobrellevar la tarea de limpiar para las familias acomodadas de la ciudad (y otras no tanto).

“Otras tres sirvientas, negras con uniforme blanco, se quedaron de pie a mi lado. La hora pasó volando. Hablamos de las señoras para las que trabajamos. Nos reímos, no sin un poco de amargura”, describe en esta narración.

Después de relatar una situación en la que la sirvienta en cuestión le regala una remera con lentejuelas a la hija de una médica a la que cuida, ésta le responde diciéndole que ese tipo de vestimenta es “sexista” y se la tira a la basura. Inmediatamente surge el consejito, así entre paréntesis, cual acotación de obra de teatro, de humor: “(Mujeres de la limpieza: aprenderéis mucho de las mujeres liberadas. La primera fase es un grupo de toma de conciencia feminista; la segunda fase es una mujer de la limpieza; la tercera, el divorcio)”.

Además podemos encontrarnos con cuentos que tratan la temática del aborto clandestino, el drama de una mujer soltera con hijos, la vida de los niños en colegios de monjas donde reina el doble discurso, la militancia en el Partido Comunista en Chile, la vida de las mujeres de la salud, la sexualidad en los adolescentes, y hasta un homenaje a Edith Piaf en un cuento titulado “La vie en rose”; todos cuentos de los más disruptivos para su época.

Su prosa es austera. Pragmática. Veloz. Como si fuera un film en modo adelantado, van pasando sus cuentos como series, pequeñas partes de un todo que conforman el universo

de Lucia. Son fotografías en movimiento de la vida cotidiana. Episodios que narran con ritmo el día a día, relatos de un realismo extremo, que la autora sabe envolver con atmósferas unas veces aterradoras, otras jocosas, pero siempre irónicas y sarcásticas.

Sus relatos son también una descripción certera sobre el Estados Unidos de la época, los comportamientos culturales de los citadinos en el sur y el arquetipo del México profundo, cuando no, juzgados por la mirada del extranjero (estadounidense).

Son más de cuarenta cuentos que en su gran mayoría tienen protagonistas mujeres: enfermeras, mojas, trabajadoras, niñas, oficinistas, docentes, médicas, militantes, feministas, amas de casa, entre otros personajes. Todas ellas marcan el pulso de sus historias, todas ellas las cuentan en primera persona. Es que de alguna manera, podemos encontrar puntos de contacto entre la primera persona autora y muchas de sus narraciones. Su vida fue un material literario extraordinario que la escritora usó, inteligentemente, para construir estos cuentos.

Lucia Berlin (de soltera, Brown) nació en el estado más al norte de los Estado Unidos, Alaska, en 1936. Su padre era de la industria minera así que sus primeros años de vida transcurrieron en asentamientos y pueblos mineros de Idaho, Kentucky y Montana. Cuando el padre partió a la guerra, la madre volvió con Lucia y su hermana pequeña a El Paso, México, donde su abuelo era un dentista exitoso, pero embrutecido.

Estas experiencias fueron de infinito material para desahogarse en sus relatos. La mayoría de los cuentos de esta antología transcurren en El Paso, Ciudad Juárez, Texas o el sur de EE. UU.

Vuelto su padre de la guerra, se trasladaron todos a vivir a Santiago de Chile, y ella se embarcó en lo que serían veinticinco años de una vida poco convencional entre bailes de gala y anfitriona de eventos de “alta sociedad”.

Lucia padecía escoliosis desde chica, una dolorosa afección en la columna que la acompañaría de por vida, y a menudo requeriría un corsé ortopédico de acero. A pesar de eso pudo estudiar en la Universidad de Nuevo México. Conoció novelistas escultores, escritores, poetas, músicos. Hasta que se decidió por escribir. Tuvo dos hijos de su primera pareja. Luego se casó con un pianista. Después con un amigo del pianista, adicto a las drogas, y tuvo dos hijos más.

Para la década del 70 Lucía ya se había mudado a Berkeley y Oakland, California. Allí se verá influenciada por los movimientos políticos de la época, en particular por el feminismo. Su vida fue tan realista como sus relatos: trabajó como profesora de secundaria, telefonista en una centralita, administrativa en centros hospitalarios, mujer de la limpieza y auxiliar de enfermería a la par que escribía, criaba a sus cuatro hijos, bebía y, finalmente, ganaba la batalla al alcoholismo.

Luego, pasó buena parte de la década de los ‘90 en Ciudad de México, donde su hermana estaba muriendo. Al deteriorarse su salud se retiró en 2000 y al año siguiente se trasladó a Los Ángeles alentada por sus hijos, varios de los cuales residían allí. Libró con éxito una batalla contra el cáncer, pero murió en 2004, en Marina del Rey.

“Lo personal es político”, dijo Kate Millet, feminista radical estadounidense en la década de los ‘60, y se convirtió en lema del feminismo en EE. UU. y luego se esparció por diversas partes del mundo.

La vida de Lucia, plasmada en sus pequeñas obras recopiladas en Manual para mujeres de la limpieza, con todas sus contradicciones y experiencias, vuelve a dar fundamentos a esta frase que rompe fronteras. Todo lo que allí se narra, todo lo que la autora vive, no es solo la vida cotidiana de sus personajes. Cada pequeño acto lleva concentrado en sí mismo las contradicciones de la opresión y explotación que las mujeres experimentamos diariamente y hasta en los más pequeño, bajo este sistema capitalista patriarcal. Pero Lucia no se queda ahí; sus cuentos hablan de resistencias cotidianas y por qué no, de rebelión.

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