Mucho más que un paro general

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El #10A, el incómodo sillón del burócrata y las variantes de la izquierda

PAULA VARELA

Número 9, mayo 2014.

 

En IdZ 8 definíamos la huelga docente de la provincia de Buenos Aires como el punto de inflexión entre “los conflictos del crecimiento” y “los conflictos del fin de ciclo”1. El 10A volvió esto una obviedad y con su contundencia advirtió algo de difícil digestión para la política –y la prensa– burguesas: que el otoño kirchnerista, el más charlado de la historia, no se mueve solo en el terreno de la política electoral, de la economía o de los “problemas de la gente”. Se mueve también –o fundamentalmente– en el terreno de la conflictividad o, dicho por su nombre: el de lucha de clases.

 

Diferencias entre el 20N y el 10A

El 10A fue el segundo paro general en la presidencia de Cristina Fernández, pero las diferencias con el primero son muchas. El de 2012 fue un paro general en su forma aunque parcial en el principal contenido de la convocatoria, el impuesto al salario (lo que no impidió que en él se colara el malestar de sectores más amplios de los trabajadores). Esto permitió que un sector del kirchnerismo lo tildara de “paro de privilegiados” poniendo sobre la mesa una muestra de infinito cinismo y un lapsus. El cinismo, considerar privilegiados a los trabajadores en blanco que son alcanzados por el impuesto al salario (sobre todo viniendo de funcionarios cuyos sueldos no bajan de los 50 mil mensuales y que no han dado señal de apoyar el proyecto de ley de Del Caño para que todo legislador o funcionario gane lo mismo que una maestra). El lapsus, reconocer que la expresa política de Moyano (motivo por el cual fue aliado estratégico del kirchnerismo) es dirigirse exclusivamente a una fracción de la clase obrera en blanco y sindicalizada dejando fuera de toda defensa (y posibilidad de organización legal) a los millones de trabajadores precarizados y en negro (ni hablar de los desocupados) que conforman la mayoría de la clase obrera en Argentina.

El de abril fue un paro general y antigubernamental en forma y contenido en la medida que su demanda motora fue “contra el ajuste” del gobierno kirchnerista, ajuste que constituye uno de los dos pilares de la política de Estado (el otro es el retorno al crédito en los mercados internacionales) y que afecta al conjunto de trabajadores y pobres (e incluso de las clases medias). Esta mutación entre una demanda de un sector de los trabajadores y una demanda del conjunto de las masas explotadas resulta sustancial porque le imprimió un carácter general y opositor mucho más profundo que el de hace un año y medio, e interpeló como sujeto de esa oposición “al total de trabajadores y trabajadoras afectados por el ajuste”. Esta interpelación no indica que las burocracias hayan decidido una política de unificación de la clase obrera (su fuerza está en la fragmentación), sino que el ajuste ha sido mucho y le ha impuesto a Moyano una demanda “que lo corre por izquierda”, abriendo la posibilidad (en la que el diablo metió la cola) de visibilizar al sujeto negado en una “opinión pública”, hipertextualizada, que no habla de lo que pasa entre la clase trabajadora (pese a ser mayoría de “la gente”). El paro y los piquetes irrumpieron, legítimos, mostrando la Argentina obrera.

Es a partir de ahí que pueden comprenderse los desplazamientos en el movimiento obrero. “Por arriba”, el pasaje de dos gremios clave –UTA y Fraternidad– al campo del sindicalismo opository el desconcierto devenido pasividad del cegetismo K que fue silenciando su crítica al paro a medida que se acercaba la hora y temía quedar expuesto en su debilidad ante la adhesión de sus bases (lo que efectivamente sucedió en centenas de establecimientos). Pero “por abajo” la diferencia entre un paro y otro fue mucho más notoria.

En los sectores que dirige la izquierda, esto se visibilizó en las votaciones de las asambleas de fábrica y en la participación en los piquetes. Algunos datos. En las asambleas de Kraft en 2012, la votación mayoritaria había sido la abstención; el 10A la situación fue totalmente distinta: la mayoría votó a favor de adherir, la lista Verde de Daer se abstuvo de organizar su propia base para ir a trabajar, y el resultado fue un paro total. En Pepsico (también alimenticia), que el 20N ya había parado, el clima de adhesión hizo que incluso el sector de obreros que se reivindica kirchnerista, no se presentara a trabajar. En la autopartista Lear (afiliada a SMATA) las asambleas involucraron al total de la planta y no hubo votos en contra del paro, mientras los representantes de Pignanelli se abstuvieron de defender posiciones a favor de trabajar. En Fate (neumáticos, afiliada al SUTNA) que no había parado el 20N, la medida se sintió con fuerza. En fábricas donde no hay internas opositoras se produjo una “adhesión silenciosa” a través del ausentismo notorio como en VW (donde llegó al 40%) o en Siderar (UOM de Brunelli) donde más de mil trabajadores no asistieron a la planta. Caso interesante muestra el Subte en el que allí donde se hizo asamblea como en la línea B (cuyo referente es Dellecarbonara) ganó la posición de parar, mientras en el resto de las líneas, donde la dirección kirchnerista tuvo la política de no hacer asambleas, la gran mayoría de trabajadores no se presentó a trabajar, quedando paralizado el conjunto del servicio. En otros casos, de los cuales Ford Pacheco, Renault de Córdoba o Liliana Rosario (electrodomésticos) son ejemplos destacados, las propias patronales dieron asueto llevando adelante una suerte de lock out defensivo.

Si miramos los piquetes, particularmente el de Panamericana, la diferencia también es notoria. En el paro de abril convocó más de 1.000 manifestantes (más del doble del 20N) en los que se contaban centenas de obreros industriales de la zona, con especial presencia de la fábrica Donnelley de la que participaron alrededor de 200 obreros (de un total de 330) y cuyo miembro de la CI, el “loco” Medina, fue reprimido, detenido y liberado en el transcurso del día. A esto se sumaban los docentes del Suteba Tigre y otros sectores de la zona. Este carácter obrero del piquete tenía, además, dos pinceladas que lo hacían más llamativo aún: la fuerte presencia de estudiantes de la UBA y universidades de la zona; y un trazo delgado pero sugestivo: la presencia de vecinos del barrio Las Tunas2 (no operarios de fábricas de la zona) que se sumaron al corte en una jornada convocada por una burocracia sindical que sistemáticamente los excluye e ignora. En el Parque Industrial de Pilar, un piquete obrero paralizó, por primera vez, el 90 % de las fábricas hasta el mediodía. En el sur, en pleno territorio de cortes piqueteros, el Puente Pueyrredón contó con la presencia de la CI de Coca Cola (que por primera vez votó participar de un corte), ferroviarios, docentes, aeronáuticos, estatales acompañados también por estudiantes y algunas organizaciones territoriales.

 

Ni identidad ni desacople

Como señalamos en el artículo anterior, el análisis de un paro general introduce la discusión de la relación entre las cúpulas y las bases. Y planteábamos allí una “tercera posición” ante lo que consideramos las debilidades de la polarización entre una idea de “identidad” entre burocracias y bases (que interpreta las huelgas generales como expresión de la conciencia media de la clase obrera), y una idea de “desacople” (que las interpreta como expresión de una burocracia completamente autonomizada de las bases).

Si uno mira el paro general del 10A puede ver los problemas que estas dos posiciones polares presentan a la hora de explicar la dinámica entre el llamado al paro, el desarrollo de la jornada y la respuesta posterior de la burocracia. En esa dinámica lo que se observa es la tensión entre la imposibilidad que tiene la burocracia de independizarse de sus bases, al tiempo que la necesidad que tiene de hacerlo para “intentar demostrarle al Estado ‘democrático’ hasta qué punto son indispensables y dignos de confianza”3. Este movimiento no es otro que la oscilación de los sindicatos estatizados entre su actuación como “sociedad civil”, cuando tiene que contener y su actuación como “Estado”,  cuando tiene que disciplinar (o llegado el caso, reprimir)4. Veamos. El llamado al paro es incomprensible sin el clima de malestar por el ajuste al que referimos antes. Pero el propio llamado incorpora un elemento de “represión” que consistió en que haya sido convocado como “paro dominguero”. De esta forma la burocracia buscaba hacer carambola en dos hoyos centrales para ser “dignos de confianza”: evitaba medirse “en la calle” por miedo a revelar debilidad frente al kirchnerismo pero también frente a las fracciones del PJ y el FAU (que son las sucesiones ante las que estos dos dirigentes desfilan para ser elegidos); y disciplinaba el malestar, evitando que se exprese un ala izquierda que pudiera traducir el sentimiento hostil en un programa alternativo al de la CGT. Y algo de esto último fue lo que efectivamente pasó no por imperio de la necesidad sino por imperio de la política, es decir, porque la izquierda organizó los piquetes y la paralización de las fábricas que dirige que garantizaron la presencia de obreros en ellos. Fue esa política la que produjo resultados en distintos planos que meten una cuña en la relación entre burocracia y bases.

En primer lugar, hizo que el protagonismo de la jornada estuviera repartido entre la foto de la CGT y la de la izquierda, y colocó ante los ojos de millones la existencia de una ineludible izquierda sindical (que se complementa con la izquierda electoral que se vio con los votos del FIT). En segundo lugar, abrió la posibilidad de que las centenas de obreros y obreras de los que hablábamos más arriba hayan vivenciado el paro lejos del “mate” y cerca de una serie de hechos que conforman su “experiencia” (que, como todo thompsoniano sabe, hace a su conciencia) consistentes en: asambleas que obligaron a argumentar políticamente la adhesión; el enfrentamiento (con  la patronal pero también con el sindicato) que significa garantizar un paro en una planta de un sindicato kirchnerista; el disloque de esquemas de autoridad que implica enfrentarse a la gendarmería; el derrumbe (aunque más no sea momentáneo) de las fronteras corporativas al participar de una misma acción huelguística con otros sectores de trabajadores, pero también con estudiantes e incluso vecinos de barrios populares. Es decir, una serie de experiencias que son condición necesaria para que un sector del movimiento obrero se perciba como protagonista de una acción de masas que logra (ni más ni menos) paralizar un país. Esa es la diferencia sustancial. Los piquetes no son, únicamente, un problema de método, son un problema de sujeto. En el paro dominguero, el protagónico lo tiene la foto de los jerarcas de la CGT; en el piquete, lo tienen las centenas de obreros y obreras que le ponen el cuerpo. Esa es la alegría adrenalínica que da el protagonismo y que se vivía el 11/4 en las fábricas que garantizaron la huelga y los piquetes.

En este contexto debe leerse el giro de la CGT “del paro general a la marcha de la inseguridad”. Detengámosnos un minuto en esto. En el mes de abril y con mediación de semanas, Argentina pasó de la discusión de los “linchamientos” a la discusión del “paro general”. Como hemos dicho en otra parte5, esa agenda es una expresión distorsionada (por la propia política de los medios y del kirchnerismo de dar aire a una oposición de derecha) de las tendencias a la polarización que genera el ajuste. Para el gobierno, la agenda mediática de los linchamientos es mucho más amigable que la del ajuste porque ante la primera puede discurrir obviedades sobre lo indignante que resulta el Ku klux klan (mientras prepara leyes antipiquetes) y ante la segunda no tiene forma de vestir la baja de salario real de proeza. Moyano, convocando al paro general, levantó la agenda que corre por izquierda al gobierno (y a todas las fracciones que se disputan la sucesión) tratando de tomar todos los recaudos posibles para disciplinar ese carácter de izquierda (que es objetivo), y neutralizar su expresión sindical y política. Pero no lo logró. La decisión de girar ahora hacia la agenda de la derecha intenta una jugada a tres bandas: volver a colocar a la inseguridad en el centro de las “necesidades de la gente” (y erigir a la burocracia como representante de esa necesidad); construir una demanda para el movimiento obrero que lo constituye como “víctima” y no como sujeto de lucha (expropiándole su fuerza social), y barrer a la izquierda de la escena pública.

 

Unidad en la diversidad

Estos movimientos entre las bases y la burocracia introducen la pregunta acerca de cuál es el espacio para la intervención de la izquierda y cuáles son las políticas en danza. En este terreno se observa una característica y tres orientaciones. La característica es la ausencia de centroizquierda o reformismo en el movimiento obrero actual. A diferencia de lo que fueron las listas del MAS, el PC y fracciones del peronismo en los ‘80, o lo que fue el intento de la CTA en los ‘90, la última década no dio una corriente de renovación en el sindicalismo. La explicación reside en que la política kirchnerista fue aliarse a los viejos dirigentes que venían de los ‘90, lo que dividió a las cúpulas según su cercanía con el gobierno (logrando el escenario inédito de cinco centrales) y obturó una “línea kirchnerista propia” en los sindicatos. Esto favoreció el crecimiento del sindicalismo de base antiburocrático cada vez más influenciado por la “izquierda dura”, polarizando el movimiento sindical entre lo que se vio el paro del 10A en las pantallas divididas de los noticieros: Azopardo y los piquetes, que expresan un nuevo sector de trabajadores que se volvió activo (en este sentido, una vanguardia) indicando cambios en las bases del movimiento obrero. En esta polarización, el paro general abrió la discusión del frente único entre burocracia e izquierda. Pero en realidad, lo que se vio el 10ª fue una combinación de frentes únicos en distintos planos: el de la izquierda con la burocracia (nunca mejor aplicada la famosa fórmula de “golpear juntos, marchar separados”), y el de los distintos sectores de la izquierda que forman parte del Encuentro Sindical Combativo de Atlanta (convocado por el Pollo Sobrero, el Perro Santillán y el PTS) y que actuó en el paro general como un polo diferenciado. Como plantearon Dal Maso y Rosso IdZ 7, ningún sector de la izquierda que influye en el sindicalismo de base tiene la suficiente fuerza per se para imponer una política de frente único contra el ajuste a nivel nacional (como es el paro general). Pero sí tiene la fuerza para coordinar un programa y una serie de acciones que lo diferencien de la foto de Azopardo y permitan unificarse en la acción y separarse en la política. Eso no significa que al interior del campo de la izquierda exista una única política para intervenir en el movimiento obrero. Por el contrario, pueden diferenciarse tres orientaciones. La primera postula la necesidad de un “nuevo modelo sindical” que hace eje en los mecanismos de toma de decisión disociados de los contenidos concretos de la orientación política (semejante al discurso originario de la CTA). Esto redunda en una diferenciación con Moyano por los métodos pero no por los fines, lo cual resulta confuso ideológicamente y concesivo en términos políticos habida cuenta de que Moyano viene de jugar para De Narváez y se acomoda ahora para jugar para Massa o Scioli (además de haber sido el garante de la política kirchnerista durante 10 años). La segunda orientación, que podríamos llamar “electoralismo de izquierda”, se asienta en dos pilares: la conquista de cargos en comisiones directivas través de frentes con sectores que rompen con las burocracias, y la utilización de esos cargos para la agitación de un programa de izquierda a través del cual aparezca el propio partido. Esta política, que por sus características tiene chances de desarrollarse casi exclusivamente en los sindicatos de la CTA (por su régimen electoral y el régimen laboral de los sectores públicos), produce como consecuencia una disociación entre los cargos sindicales obtenidos y el crecimiento en la base, lo que debilita cualquier perspectiva de intervención en lucha de clases. Por último, la orientación que expresa el PTS de “desplazar a la burocracia de los sindicatos de masas” basándose en tres pilares: una fuerte intervención en la lucha de clases como terreno privilegiado de formación de cuadros y dirigentes obreros; la democracia de base no reducida a método de toma de decisiones sino como ámbito de lucha política y politización de la base obrera; y un programa anticorporativo como preexperiencia de política hegemónica desde el movimiento obrero hacia sectores que están excluidos de él. Esta política es al que llevó al PTS a poner a votación la adhesión al paro en las asambleas de las fábricas en las que la burocracia llamaba a no parar (lo que garantizó una fuerte presencia obrera en los piquetes) y a convocar a los vecinos de Las Tunas (con quienes las CI se habían solidarizado en la inundación). Esta orientación (que ha concentrado su construcción en la industria y cuenta con presencia en sectores de servicios como el subte y sectores públicos como docentes), se combina con una abierta defensa e impulso del Frente de Izquierda en los lugares de trabajo (que se mostró en las centenas de fiscales obreros en las elecciones de 2013), haciendo expreso el objetivo del PTS de poner su mayor capacidad de movilización obrera al servicio de superar por izquierda la experiencia histórica del peronismo.

Estas diferencias hacen que hoy cualquier idea de “corriente sindical común” sea ficticia. Pero sería un error (sectario por cierto) considerar que obstruyen la conformación de instancias de frente único que preparen intervenciones con programas comunes en los escenarios de lucha de clases.

La experiencia del Encuentro de Atlanta y su intervención en el paro mostró todo lo contrario al diferenciar un polo de la izquierda dura en la jornada convocada por la burocracia. El 17/5 se prepara un Encuentro en Zona Norte, y están en danza otros en el Sur y Oeste del GBA, CABA, La Plata, Córdoba, etc. La fuerza de esta política de frente único coloca en primer orden de la agenda de la izquierda dura la construcción de más espacios (regionales, provinciales, locales) que sirvan de ámbito de expansión de la izquierda que se inscribe en la tradición revolucionaria del movimiento obrero de nuestro país.

VER PDF

1. Ver “Las luchas obreras en el purgatorio” IdZ 8.

2. Ver dossier.

3. León Trotsky, “Los sindicatos en la época de la decandencia imperialista”, Los sindicatos y las tareas de los revolucionarios, Buenos Aires, CEIP León Trotsky, pp. 126-127.

4. Ver Juan Dal Maso y Fernando Rosso, “Los sindicatos y la estrategia”, IdZ 6.

5. Ver “10A: Lecturas desde la izquierda sobre el paro general”, en ideasdeizquierda.org.

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