México: “Pienso, luego me desaparecen”

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LA MASACRE DE IGUALA

SERGIO MOISSEN

Número 15, noviembre 2014.

La masacre de Iguala marca un antes y un después de la historia de México. A los más de 160 mil muertos de la “guerra contra las drogas”, los 25 mil desaparecidos y más de un millón de desplazados, se suma hoy la masacre de los estudiantes de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa, y la explosión de una crisis con final abierto en el régimen político mexicano.

 

El 26 de septiembre de 2014 en Iguala, en el estado de Guerrero, fueron desaparecidos 43 estudiantes normalistas de la Escuela Rural de Ayotzinapa. Días después la historia se tornó aún más aberrante: 6 asesinados, decenas de heridos, 22 cuerpos sin identificar, y por lo menos dos decenas de fosas clandestinas descubiertas en la cercanía de Chilpancingo. Dos días más tarde se difundieron en la prensa videos que mostraban camionetas de la Policía Municipal huyendo de la escena con los estudiantes.

En redes sociales, por el día 2 de octubre, se viralizó una foto en la que se veía un cuerpo desollado, sin rostro y sin ojos, que correspondía a uno de los normalistas. El cuerpo fue encontrado en las cercanías de Iguala. Existen desde ese momento múltiples hipótesis, hay policías detenidos, se habla de la actuación conjunta de fuerzas policiales y parapoliciales; las sospechas llegaron hasta el propio alcalde, a quien se vincula directamente con el narcotráfico y que más tarde se dio a la fuga. A la barbarie se suma más horror: el padre Alejandro Solalinde sugiere que los 43 normalistas desaparecidos fueron quemados vivos1. Los más de 25 cuerpos encontrados en fosas clandestinas no  Corresponden a los de los normalistas.

Se reproducen las denuncias, y también las protestas que reclaman: “Vivos se los llevaron, vivos los queremos”. Antes de cumplirse un mes de la desaparición, el gobernador perredista de Guerrero debe alejarse del palacio de gobierno del estado.

Los métodos utilizados contra los estudiantes son similares a los de la guerra sucia de los años ‘70 en nuestro país. La investigadora Laura Castellanos en su México armado señala que bajo los métodos de la guerra sucia del PRI fueron asesinados y desaparecidos miles de luchadores sociales2. La masacre de Iguala muestra la descomposición del Estado mexicano y la podredumbre capitalista contra la juventud y luchadores sociales.

 

México: una gran fosa común

En una poderosa imagen literaria, Daniel Sada, escritor mexicano de Mexicali, en su libro Porque parece mentira la verdad nunca se sabe, pareciera profetizar sobre el México del año 2014: “Llegaron los cadáveres a las tres de la tarde. En una camioneta la trajeron –en masa, al descubierto– y todos balaceados como era de esperarse. Bajo el solazo cruel miradas sorprendidas, pues no era para menos ver así nada más paseando tanta carne apilada”3. Según cifras oficiales, por lo menos 6 cuerpos al día son enterrados en fosas clandestinas desde 2011, año en el que inició la “guerra contra el narcotráfico”4. La “verdad” en México supera el horror: porque parece mentira la verdad nunca se sabe. Las fosas clandestinas irrumpieron en la conciencia nacional en 2010 cuando fueron encontrados más de 72 migrantes centroamericanos en San Fernando Tamaulipas. Según datos oficiales, los migrantes fueron asesinados por el grupo “Los Zetas”. Otro caso emblemático fue el de Durango en 2013. En 14 fosas clandestinas ubicadas en la entidad fueron encontrados 331 cadáveres. Tan solo en Guerrero han sido localizados más de 150 cuerpos en fosas clandestinas5. El daño es incuantificable.

A la par del aumento de las fosas, el asesinato a luchadores sociales en los últimos años se volvió sistemático. El Estado mexicano usa grupos paramilitares del narco para hacer el trabajo “sucio”, como podría mostrar hoy con el cartel Guerreros Unidos. Los estados más golpeados con estos métodos, además de Guerrero, son Chihuahua y Michoacán. En 2010 Marisela Escobedo, luchadora feminista, fue asesinada en las afueras del palacio de gobierno. La creadora del lema “Ni una muerta más”, Susana Chávez, fue asesinada en 2011 supuestamente por sicarios del narcotráfico. En octubre de 2011, Carlos Sinuhé Cuevas, activista de la UNAM, fue asesinado a balazos. Con este último compartí un par de años de lucha en la Facultad de Filosofía y Letras. En noviembre del mismo año, Nepomuceno Moreno del Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad fue asesinado en Sonora por grupos “supuestamente al servicio del crimen organizado: le arrancaron la vida con siete balazos y con ello la esperanza de encontrar a su hijo, Jorge Mario Moreno León”. En México hay decenas de casos de asesinatos a luchadores sociales.

 

Crecen las protestas y se agudiza la crisis política

Este escenario ha agudizado las consecuencias de la crisis en el régimen, que no solo toca de cerca al gobierno del PRI, sino que ya alcanzó al PRD, que gobierna el estado de Guerrero. Si durante el gobierno del PAN encabezado por Felipe Calderón se había hecho evidente la connivencia con el poder del narcotráfico en varios estados, a nivel municipal, el gobierno del PRI vino a confirmar que la relación es mucho más profunda y llega hasta las más altas esferas del poder. Esto es lo que explica que hasta el opositor PRD haya sido salpicado por esta crisis y no pocos se pregunten si es el momento de diagnosticar su muerte política:

 

La conducta de los dirigentes del Partido de la Revolución Democrática (PRD) en la crisis actual plantea claramente esta pregunta para miles, sino es que para cientos de miles de fieles y no tan fieles seguidores de este partido. Para muchos de ellos los desfiguros absolutamente desastrosos de los dirigentes mayoritarios perredistas, los Chuchos, los están convenciendo que el PRD no es de ninguna manera el partido que supuestamente se identifica como de izquierda, democrático y revolucionario como su nombre lo anuncia6.

 

La crisis caló tan hondo, que las sospechas llegaron hasta MORENA (Movimiento de Regeneración Nacional) liderado por Andrés Manuel López Obrador; que en un acto debió explicar su relación con el alcalde de Iguala. A los ojos de millones, es cada vez más clara la descomposición del Estado, los vínculos entre los partidos del régimen y el narcotráfico. Y es incalculable la magnitud que puede tener esta crisis política. El gobierno está arrinconado por las protestas y no puede garantizar la estabilidad para los negocios imperialistas. La imagen de Peña Nieto pasó rápidamente de garante de buenos negocios a ser el blanco de todas las críticas. La onda expansiva de las movilizaciones, con epicentro en Guerrero, llegó hasta la casa de gobierno en el DF.

Si la llegada del PRI al poder había sido vista como una garantía de pacto con el virtual aparato paraestatal del narcotráfico en varias zonas del país, la respuesta del gobierno de Peña Nieto a la crisis desatada por la desaparición de los estudiantes puso una vez más en jaque la credibilidad, no solo del PRI, sino de todas las representaciones burguesas tradicionales. Ni el PRI, ni el PAN ni el PRD pueden resolver hoy las contradicciones abiertas en el sistema político mexicano y su carácter profundamente represivo y autoritario. Luego de la desaparición de los normalistas surgieron en Guerrero brotes espontáneos de protesta: ni más ni menos que el sindicato del magisterio (CETEG), junto a los normalistas, incendiaron el palacio de gobierno del estado. El presidente Enrique Peña Nieto envió a grupos especiales antiinsurgente al mismo tiempo que tomó por asalto las fuerzas estatales con el envío de la gendarmería nacional militarizando todo el estado mientras endurece su política contra la policía comunitaria (CRAC PC) y tiene en prisión a Nestora Salgado, dirigente de Olinallá.

 

Ante la barbarie, la esperanza: un nuevo y amplio movimiento democrático

Las protestas se extendieron a todo el país; más de 100 mil personas, mayoritariamente estudiantes y jóvenes, se movilizaron en el Distrito Federal. Las marchas siguieron a asambleas en varias Universidades, como la masiva asamblea estudiantil de la UNAM, realizada en el mítico auditorio Che Guevara, sede del Consejo General de Huelga de la larga lucha universitaria de 1999. La bronca crece a la sombra de la profunda indignación de amplios sectores populares que ven en la desaparición de los estudiantes de Ayotzinapa la confirmación de los atropellos a las libertades democráticas, la relación estrecha con el narcotráfico, y los ataques a los trabajadores y la juventud.

En una parodia del “cogito ergo sum” de René Descartes, una marea humana el 22 de octubre de 2014 plasmó en decenas de paredes de la Ciudad de México: “Pienso, luego me desaparecen”. Esta consigna que llega a miles en la fuente del Paseo de Reforma dice mucho de lo que pasa en México. La masacre de Iguala es sin duda alguna la peor masacre estudiantil en décadas: solo comparable con la masacre de Tlatelolco en 1968 y el “Halconazo” de 19717.

Miles de estudiantes han realizado dos jornadas de paro nacional. De Chihuahua a Veracruz, de Chilpancingo a Jalisco, la juventud irrumpió de nueva cuenta y se puso a la cabeza del descontento nacional pero con más experiencia acumulada: el #YoSoy132 y los paros en solidaridad con el magisterio de la CNTE. Cada día que pasa se suman expresiones de apoyo y protesta por las desapariciones, muestra de esto es la multiplicación de iniciativas como “Ilustradores por Ayotzinapa”, donde más de cien artistas gráficos exigen respuestas sobre el destino de los normalistas, o “Escritores por Ayotzinapa”, que reúne figuras de la literatura. “México se ha convertido en una tumba sin nombre donde caen todas las víctimas y los desaparecidos”, denuncia la carta pública que firman figuras del progresismo, muchas de ellas cercanas al PRD y a MORENA, como Elena Poniatowska, Paco Ignacio Taibo II, Juan Villoro, y actores como Gael García Bernal, Demián Bichir y Daniel Jiménez Cacho, entre otros.

Este movimiento amplio ha logrado sensibilizar a miles en todo el mundo. Desde grupos de rock como Massive Atack, intelectuales como Umberto Eco, o artistas como Rubén Blades, han mostrado su solidaridad. Incluso el Parlamento Europeo ha mostrado su rechazo a la política de México en torno a los 43 normalistas desaparecidos. El 22 de octubre se realizó una jornada de solidaridad internacional que reunió en las principales ciudades de América Latina, Estados Unidos y Europa, miles de personas frente a embajadas y consulados mexicanos para exigir su aparición con vida.

Al cierre de esta edición podemos afirmar que la crisis política no solo no está cerrada sino que se profundiza. El gobierno mexicano ensaya diversas formas para detener la crisis, hasta ahora sin resultados. La entrevista del presidente con las familias de los normalistas el 29 de octubre terminó en una amarga decepción. En la conferencia de prensa posterior, los familiares declararon: “No confiamos en su gobierno”, y señalaron como insuficientes las acciones para encontrar a los estudiantes.

Un elemento muy importante en la situación política actual es la entrada en escena los trabajadores afiliados a las centrales sindicales opositoras al gobierno federal como la Unión Nacional de Trabajadores (UNT), como los trabajadores de TELMEX y los trabajadores universitarios (STUNAM, SITUAM). El 28 de octubre la dirección de la UNT se vio obligada a movilizarse bajo la consigna de “Vivos se los llevaron, vivos los queremos”. Se suman así a los combativos maestros de la CETEG, que en Guerrero se movilizan desde el primer día. La juventud y el movimiento estudiantil se movilizan por la aparición con vida de los 43 normalistas, y en esa lucha suman un valioso aliado contra un régimen cada vez más autoritarios y en defensa de sus libertades democráticas más elementales.

 

1. “Padre Solalinde: a los 43 estudiantes ‘los mataron’ en estado mexicano de Guerrero”, piensachile.com, 22/10/2014.

2. México, ERA, 2007, p. 25.

3. México, Tusquets, 1999, p. 1.

4. Ver Ideas de Izquierda 13, septiembre 2014.

5. “Guerrero, zona de fosas clandestinas”, El Universal, 26/10/2014.

6. Manuel Aguilar Mora, “El descalabro del PRD y el gobierno de Peña Nieto”, La Izquierda Diario, 28/10/2014.

7. El 2 de octubre de 1968 en Tlatelolco el gobierno del PRI asesinó a cientos de estudiantes. En 1971 un grupo de paramilitares reprimió una movilización del Instituto Politécnico Nacional.

 

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LA TRADICIÓN DEMOCRÁTICA MEXICANA

En México existe una larga tradición de lucha contra los atropellos perpetrados por la democracia de los ricos y poderosos. En 1994, la ofensiva militar contra la rebelión indígena-campesina de Chiapas despertó importantes acciones en las ciudades, solidarias con el movimiento encabezado por el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN). Ese año dejó una huella profunda, y en los años siguientes se forjó una nueva generación juvenil. Como señala Pablo Oprinari: “En febrero del 2000, el gobierno quebró una huelga en la UNAM de más de 9 meses, con la ocupación policíaco-militar (del predio universitario, NdeR). Eso provocó una histórica movilización que obligó al Partido de la Revolución Institucional (PRI) a liberar a la mayoría de los estudiantes presos. Más recientemente, en el año 2006, ante el fraude que llevó al conservador Felipe Calderón a la presidencia, millones se movilizaron en todo el país durante semanas. Eso hizo rememorar las protestas masivas que en 1988 surgieron contra otro fraude, en aquel entonces contra el candidato del Partido de la Revolución Democrática (PRD), Cuauhtémoc Cárdenas. Asimismo, la represión salvaje al magisterio oaxaqueño en junio de ese año abrió el camino para una heroica lucha de todo el pueblo de ese estado y el surgimiento de la Comuna de Oaxaca”1.

El nuevo movimiento que recorre las calles mexicanas es expresión de este fenómeno que resurge ante el ataque a las libertades y derechos más elementales. Pero, como se hace notar, en este acto de barbarie se muestra un estado de descomposición mayúsculo: no solo se observa el uso de los métodos de la guerra sucia, sino que se hace visible el uso de grupos del crimen organizado contra luchadores sociales. Con ello se evidencia las ligazones y complicidad del Estado mexicano con el narcotráfico. Esta masacre además desmiente la idea de una alternativa democrática a la barbarie pues fue perpetrada por el PRD y el propio alcalde de Iguala fue apoyado por Andrés Manuel López Obrador en meses anteriores. Todos los partidos están manchados de sangre: el régimen político mexicano se apoya sobre una gran fosa común.

 

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1. Pablo Oprinari, “Un amplio movimiento democrático en las calles mexicanas”, La Izquierda Diario, 21/10/2014.

2 comments

  1. victor 8 diciembre, 2014 at 11:10 Responder

    ¡¡ peña nieto debera renunciar o seguiran reprimiendo al pueblo ¡¡tanto dolor debe terminar en el poder del pueblo!!
    no se puede permitir tantas muertes sin razon
    <<>

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