México: Ayotzinapa y las perspectivas de la izquierda

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PABLO OPRINARI

Número 19, mayo 2015.

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La desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa en 2014 abrieron el camino a una profunda movilización en el país, y detonó un verdadero terremoto político que golpeó al régimen y en particular al PRD. ¿Cuáles son los desafíos para la izquierda socialista?*

 

Movilización histórica

Desde el trágico 26 de septiembre de 2014, y en pocas semanas, el panorama político se alteró. Mientras en el año y medio previo el Pacto por México y el gobierno de Peña Nieto pretendieron imponer un país diseñado a gusto de los grandes capitalistas, el proceso de movilizaciones marcó la irrupción, en la escena política, de un profundo descontento social. De carácter pluriclasista, con alto componente juvenil y estudiantil, logrando su masividad mediante la incorporación de amplias capas populares y de las clases medias, el movimiento sumó también a sectores organizados de la clase trabajadora, como fue el caso de los telefonistas, el magisterio, los trabajadores universitarios, entre otros. La masacre y la desaparición de los 43 normalistas tocó una fibra sensible que resonó en cada uno de los abusos y de los padecimientos sufridos por el pueblo mexicano en las últimas décadas.

Los cientos de miles de muertos y desaparecidos resultado de la “narcoguerra”, el atroz flagelo de los feminicidios y la trata, el accionar de las bandas paramilitares, el Ejército y las guardias blancas, los presos políticos que pueblan las cárceles, los indígenas y campesinos perseguidos, los obreros despedidos y reprimidos, estuvieron presentes en cada grito de “Ayotzinapa somos todos”.

Como señalamos en artículos previos de esta revista1, los resultados de la brutal opresión imperialista no son solo la entrega de los recursos naturales y el imperio de la sobreexplotación de la fuerza de trabajo mexicana. Es también el crecimiento inusitado del narcotráfico, la colusión creciente del Estado y los carteles, los padecimientos innombrables de los migrantes mexicanos y centroamericanos –donde México actúa como estado tapón para impedir el cruce de la frontera a los indocumentados–, y una realidad signada por miles de muertos, mutilados y desaparecidos, que en los años previos pareció volverse sentido común la idea de que, bajo la dominación imperialista y en esta verdadera democracia bárbara, la vida no vale nada. Ante esto, la respuesta popular mostró que el carácter profundamente reaccionario del régimen político despertó un movimiento superior incluso a lo visto en las décadas previas.

En el último período, el movimiento democrático fue un claro protagonista de la lucha de clases. Primero 1988 y luego 1994 con la movilización urbana que abrazó la insurgencia indígena campesina de Chiapas. El año 2006 tuvo el signo de la rebelión del pueblo oaxaqueño que dio vida a la APPO y del movimiento antifraude; en el 2011, en el momento más oscuro de la “narcoguerra”, cientos de miles se pusieron en movimiento contra la militarización. En el 2012 el #yosoy132, orientado contra la imposición de Peña Nieto, puso a la juventud mexicana a tono con los nuevos aires que recorrían el globo desde Plaza Tahrir a las calles del Estado Español. El movimiento por Ayotzinapa compartió una matriz común con los anteriores: el surgir como una poderosa marea de movilización social que confronta los rasgos más retrógrados de la “democracia” mexicana. Pero a la vez distinto porque, junto a la demanda “Fuera Peña”, espontáneamente señaló que “Fue el Estado” y repudió a los tres partidos tradicionales del régimen político.

 

Una crisis política

La crisis del gobierno de Peña Nieto fue uno de los datos relevantes de los últimos seis meses. A menos de 3 años de llegado al gobierno, la caída de sus niveles de popularidad mostró también que su fortaleza se asentó más en los acuerdos institucionales con los otros partidos del Congreso y en el apoyo de los sectores privilegiados por el “modelo” neoliberal implementado en las últimas décadas con el Tratado de Libre Comercio, que en una fuerte base de apoyo en el movimiento obrero y popular. Pero la crisis, como decimos arriba, golpeó fuertemente al régimen político.

La respuesta de la clase dominante al levantamiento zapatista de 1994 y la profunda crisis del antiguo régimen –el priato– iniciada en 1988, fue la transición pactada entre los tres principales partidos, con el beneplácito de Washington. Un desvío que operó como una verdadera contrarrevolución democrática –utilizando las categorías de León Trotsky– para contener el descontento obrero y popular. El proceso de autorreforma que remozó las instituciones y le dio un mayor protagonismo al Congreso de la Unión y a las instituciones electorales supuestamente imparciales, condujo a la alternancia en el año 2000, con la llegada al gobierno del panismo, cambio que había sido anticipado por el ascenso del PRD al gobierno del Distrito Federal en 1997.

Lejos de llevar a una ampliación de la “democracia”, lo que vimos con el transcurso de los años fue una cada vez mayor degradación de las instituciones, y una profundización de los aspectos más reaccionarios del régimen político. Esto no fue más que la consecuencia de la integración económica y política a EE. UU. Los ejemplos más resonantes de ello fueron la militarización creciente y el Pacto por México suscrito en diciembre de 2012 para llevar adelante las reformas requeridas por las grandes trasnacionales.

En ese sentido, el proceso abierto en octubre mostró la fuerte pérdida de legitimidad social de la “alternancia”. Esto no cae del cielo; ha madurado el quiebre en la relación entre el movimiento de masas y las instituciones garantes de los intereses capitalistas; basta ver la crisis de legitimidad de la institución presidencial. Cabe entonces la pregunta: ¿estamos viendo el surgimiento de una nueva generación desencantada de la ilusión en la democratización del régimen político? ¿Hay una tendencia “rupturista”, todavía no claramente consciente, con la noción de la transición democrática? Síntoma de ello sería el proceso de politización en distintas capas de la juventud y los trabajadores, gestado al calor de la brutalidad capitalista, y la “crítica en las calles” de las instituciones de la alternancia.

 

La crisis de la “izquierda”… del régimen

En esto no es un dato menor la crisis de la mal llamada izquierda perredista, factor clave en la actual crisis del régimen político. Se trata de una debacle histórica que echa por tierra las ilusiones de muchos progresistas que apostaron a una izquierda posibilista y burguesa. La discusión sobre el “futuro de las izquierdas” se ha instalado en determinados ámbitos de reflexión crítica, un elemento sin duda alentador2. Aunque llama la atención que son pocos quienes ensayan un análisis de las causas profundas –más allá de sus manifestaciones concretas– de la deriva del PRD.

Tras la retórica nacionalista y de “revolución democrática” de sus inicios, lo que se evidenció tempranamente para los marxistas fue su carácter de clase, expresado en su defensa de las instituciones estatales y el orden económico capitalista. Esto se hizo notorio en la medida que el PRD –en cuya formación fueron fundamentales tanto el comunismo estalinista como un ala que se alejó del PRT, encabezada por Adolfo Gilly– gobernó estados y la misma Ciudad de México, y desarrolló una labor legislativa. Resulta extraño que esto no esté presente en muchos análisis escritos desde la izquierda: el PRD demostró su carácter burgués en la administración de los negocios capitalistas. Y también en su accionar legislativo, aún antes del ignominioso Pacto por México: en el año 2001 participó de la reaccionaria legislación en materia de derechos indígenas.

Su carácter de clase se evidenció también en que fue el soporte de izquierda de la transición democrática. De hecho, la alternancia en México no hubiera sido posible sin el PRD: su integración al régimen fue fundamental, y en los momentos críticos de 1994 o 2006 millones de trabajadores y jóvenes voltearon a ver a Cárdenas y López Obrador, encontrando siempre la misma respuesta: presionar y democratizar a las instituciones, más algo de retórica izquierdista con que maquillar una estrategia política basada en la resistencia “civil y pacífica”.

La crisis actual del PRD no es resultado de las derrotas sufridas por el movimiento obrero y popular o de la fortaleza del PRI. Sin duda, la derecha conservadora aprovechará su desgaste. Pero no hay que olvidar que la crisis del PRD es la del régimen político. Su desgaste es un elemento de crisis para el proyecto estratégico de la alternancia, que pone en duda la capacidad del sistema político para recrear su hegemonía. Es el resultado de la esperable derechización de una fuerza de centroizquierda al calor de la ofensiva imperialista, donde incluso puede encontrarse una línea de convergencia en la evolución de la degradación de la democracia mexicana y la del perredismo, combinado con un profundo proceso de movilización que visualiza al PRD como parte responsable de la “narcopolítica”.

 

Contradicciones estructurales abiertas

La profundidad del proceso abierto es evidente. Nuevas tendencias en el terreno de la lucha de clases –expresadas fundamentalmente por el movimiento democrático– se combinan con la crisis en las instituciones políticas, lo cual recuerda a una verdadera crisis de hegemonía, que aparece tras el resquebrajamiento evidente de la relación entre los gobernantes y de su régimen de “transición democrática”, respecto del movimiento de masas. El trasfondo de la situación económica agrega grandes nubarrones al panorama de lo que queda del sexenio. A favor del enlentecimiento de las contradicciones existentes, juegan diversos factores: la integración al poderoso vecino del norte le proporcionó al régimen político una poderosa base social, reclutada fundamentalmente en los sectores acomodados, ampliamente beneficiados y con altos niveles de consumo. Esto es lo que refleja el apoyo de las cúpulas empresariales a Peña Nieto, que muestra que la clase dominante mantienen la apuesta a favor de éste. También las duras condiciones políticas que arrastra el movimiento obrero, sujeto de múltiples golpes y derrotas en el reinado neoliberal como resultado de la política nefasta de sus dirigencias y el fuerte control vertical del viejo aparato charro, así como rol pactista de las direcciones “opositoras”, constituyen una ventaja difícil de obviar.

Queda por verse si esto se revierte: en particular, si el proceso en curso lleva a la irrupción de sectores más amplios de la clase trabajadora, abriendo la posibilidad que se revierta el ciclo de derrotas previo. La lucha de clases en México durante las últimas décadas mostró que los movimientos democráticos propiciaron procesos de politización y reorganización en la clase trabajadora, como fue –por ejemplo– a mediados de los ‘90 con la emergencia de la Intersindical 1ero. de Mayo. La participación de los trabajadores en las movilizaciones multitudinarias de fines del 2014, y procesos como el de estudiantes y trabajadores de enfermería, pueden ser indicadores de ello. La historia de la clase obrera mexicana ha estado signada por procesos antiburocráticos, y el hartazgo con el charrismo sindical y el avasallamiento de las conquistas laborales, puede repercutir en un nuevo clima entre una de las clases obreras más numerosas del continente. Los meses siguientes a las movilizaciones más importantes en octubre y noviembre mostraron, con menor extensión y profundidad, la persistencia del descontento. Pero el gobierno y las instituciones están aprovechando las debilidades del movimiento; ponen a su favor el que los momentos álgidos no hayan abierto el camino para una huelga general ni unificado al conjunto del movimiento obrero y popular tras una perspectiva política. Al cierre de este artículo, se combina una política represiva contra los sectores más avanzados en la movilización (como el magisterio de Guerrero), y la utilización de las elecciones de junio para desviar y enfriar el movimiento social. La reflexión intelectual y la acción militante deben orientarse a sacar las conclusiones y buscar las vías para alentar el desarrollo de una perspectiva anticapitalista.

 

Las perspectivas y la izquierda

En ese sentido, la reflexión sobre el momento actual en México no puede escindirse, desde un punto de vista marxista militante, de la necesidad de construir una alternativa socialista y revolucionaria, capaz de presentar una propuesta política a la altura del momento histórico.

El arma de la crítica debe estar puesta al servicio de edificar esa herramienta, de darle sus fundamentos teóricos y programáticos, de disputar con la ideología dominante y con el posibilismo en el terreno de las ideas, demostrando la vigencia histórica del análisis y la estrategia marxista.

La crisis del PRD no decantará naturalmente en la emergencia de una alternativa de estas características. De hecho, su lugar histórico se apresura a ocuparlo el MORENA, en una suerte de retorno senil al PRD de los orígenes, manteniendo su horizonte político articulado en torno a la ilusoria democratización de una democracia bárbara que sustenta la dominación burguesa y la opresión imperialista.

No se puede ignorar que de la crisis del régimen político y en particular de la debacle del PRD, seguramente emergerá una mayor fortaleza de Andrés Manuel López Obrador, quien inteligentemente, y leyendo la dinámica del cuestionamiento espontáneo a los partidos tradicionales, optó por guardar un medido silencio durante sus momentos más álgidos y esperar a que estos pasaran para salir nuevamente a la palestra. Llama la atención la escasa memoria de muchos que ayer, incluso desde posturas autodefinidas como anticapitalistas o socialistas, criticaban nuestra posición frente al antineoliberalismo lopezobradorista. Esta hipótesis estratégica, que veía el desarrollo de proyecto de López Obrador como vehículo para la emergencia de una izquierda supuestamente anticapitalista, y que desde nuestro punto de vista apuntaba a repetir la triste experiencia del ‘88, colapsó. Y habría que precisar que concretada la transformación del MORENA en partido político y puesto a ocupar el lugar del viejo PRD, el mencionado antineoliberalismo se desdibujó, aunque permanece guardado en el desván de los recursos retóricos, por si el pragmatismo de la realpolitik lo requiere.

La crisis actual plantea la posibilidad del agotamiento del ciclo histórico de las llamadas izquierdas surgidas en 1988-1994, como sostienen diversos intelectuales3, algunos de los cuales –insistimos– dejan de lado el necesario balance de su propia participación en esas “izquierdas” institucionales.

El debate es necesario. Creemos que, si queremos alentar un debate que no caiga en los vicios del dilettante, hay que ensayar una crítica profunda de las experiencias de la izquierda y la centroizquierda mexicana, y proponer una perspectiva que supere tanto los proyectos basados en la democratización del régimen político. Una de las cuestiones claves de la izquierda nativa de las últimas décadas ha sido su verdadero escepticismo respecto a la clase obrera.

Ese escepticismo cubrió la búsqueda de atajos que la condujeron a la debacle, en los ‘80 y los ‘90, depositando expectativas en el neocardenismo y el neozapatismo. Algunos abandonaron todo tipo de adscripción orgánica al marxismo, otros mantuvieron sus pequeñas “tiendas” políticas sin mayor ambición, para posicionarse mejor a la hora de buscar alianzas y cargos con aquella. Lo que fracasó, evidentemente, no fue el proyecto revolucionario; fueron más bien los ensayos de quienes se cansaron del mismo y se adaptaron a los nuevos aires de la “revolución democrática” cardenista y de “dejar atrás los esquemas arcaicos” del marxismo.

Si se quiere edificar una izquierda que enfrente al capitalismo y sus partidos políticos, hay que construir una poderosa fuerza política, anclada en la clase obrera, que pugne para que la misma deje de ser “un proletariado sin cabeza” (parafraseando a José Revueltas), y que apuntale tanto la lucha por la necesaria independencia política como la construcción de una poderosa alianza social de los oprimidos y explotados.

Las condiciones comienzan a surgir e irán madurando en una nueva generación de jóvenes, estudiantes y trabajadores. Una herramienta política, anticapitalista, socialista y revolucionaria, que enfrente la barbarie capitalista y sostenga la lucha estratégica por el comunismo, se plantea como una urgencia en cada lucha, movilización y acción de los explotados y oprimidos de México.

 

* Esta es una versión reducida del artículo publicado en el Dossier “Ayotzinapa. Seis meses después. Balances y perspectivas”, de la revista mexicana Armas de la Crítica, abril 2015.

1. Ver “La guerra contra las drogas en México”, IdZ 13 (septiembre 2013); “México: ‘Pienso, luego me desaparecen’”, IdZ 15 (noviembre 2014); “México: descomposición estatal y recolonización imperialista”, IdZ 16 (diciembre 2014).

2. Ver E. Concheiro, “Las izquierdas frente a sus derrotas” y M. Modonesi, “Entre la izquierda subalterna que no acaba de morir y la izquierda antagonista que no termina de nacer”, Memoria, Revista de Crítica Militante 253, año 2015-1.

3. Ver I. Ordorika, “La Izquierda que tenemos y la que necesitamos”, Memoria, Revista de Crítica Militante 253, op. cit.

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