Metáforas (im)posibles de la democracia

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CELESTE MURILLO

Número 8, abril 2014.

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Como en pocos países, la democracia y el sistema político han sido protagonistas de la pantalla televisiva de Estados Unidos durante décadas. Parte de la enorme máquina cultural made in USA, a través de estas representaciones es posible rastrear momentos muy distintos del estado de salud de la democracia imperialista.

La serie de televisión House of Cards viene dando materia para polémica. Con fans y detractores, en poco tiempo se ganó un lugar en la larga historia de representaciones sobre la democracia estadounidense. Si hay algo que llamó la atención de esta serie fue la crudeza con la que sus protagonistas muestran la democracia imperialista, una maquinaria de intereses, despojada de cualquier valor, incluso coqueteando con el cinismo con frases que se reproducen en las redes sociales, como la sentencia de su protagonista, Underwood: “La democracia está sobrevalorada”. Una afirmación de ese calibre suena extraña extirpada del contexto en el que el guionista Beau Willimon fabrica ese Washington DC urticante (no es necesario exagerar con ficciones).

Sería incomprensible si no fuera por la crisis hegemónica que arrastra Estados Unidos, producto de guerras y ocupaciones imperialistas como Afganistán e Irak (para no aburrir con historia y hablar solo de hechos recientes) en nombre de “su democracia”, o el impacto social y cultural de Occupy Wall Street y su denuncia de la desigualdad brutal que es marca registrada de la democracia imperialista. Aunque sigue siendo un vehículo por excelencia de reproducción ideológica, la industria cultural encuentra hoy un escenario mucho más complejo, que da lugar a múltiples y contradictorias interpretaciones.

En House of Cards los políticos son despiadados, alejados de los intereses del pueblo, todo se compra y se vende. Las leyes se hacen a medida, las corporaciones marcan la política exterior, los periodistas son manipulados, los burócratas sindicales anulados cuando ya no cumplen su función, y las grandes mayorías… convidados de piedra (a lo sumo, votantes). En la afirmación “la democracia está sobrevalorada” es posible que resida la fórmula del éxito1: en un panorama como el actual, esa frase puede expresar tanto un cuestionamiento por derecha como por izquierda. Podría salir de la boca de un simpatizante de la derecha republicana expresada en el Tea Party, que refleja la reacción de un sector amplio que ante la decadencia hegemónica norteamericana, reivindica la vuelta a los “valores y la moral” y rechaza “esta democracia” (que ven, ante todo, como intervencionismo estatal). Pero también podrían pronunciarla quienes, en el mismo marco de decadencia, cuestionan que “esta democracia” funciona al servicio del 1 % más rico, que es rescatado y protegido por sus leyes, mientras la mayoría se hunde en la pobreza. Es bastante obvio que unos y otros quieren cosas distintas cuando piensan en una “democracia mejor”. Pero lo que sobresale es el hecho de que nadie hoy, ni por derecha ni por izquierda, es capaz de defender a la democracia norteamericana (o nadie parece muy dispuesto a hacerlo).

Al margen de sus mayores o menores logros artísticos y las críticas posibles, lo más interesante sucede del otro lado de la pantalla. Todos hablan de Underwood. La serie es tan popular que el propio Barack Obama se apuntó entre los seguidores (¿enviando una sutil señal de que se siente fuera de esa repudiada clase política?).

 

La hegemonía de Bartlet y la de Walker

House of Cards no es la primera incursión de la televisión en el mundo de Washington. Si hay una serie que marcó época, especialmente la década clintoniana, es The West Wing. La serie de Aaron Sorkin arrancó en 1999 (muy lejos de la revuelta de Seattle que marcaría un punto de inflexión para el sueño neoliberal), y durante casi 7 años alimentó, a puro idealismo, el sueño de una democracia (burguesa y liberal) que siempre podía ser ampliada y mejorada.

Su presidente, Josiah Bartlet, utópicamente independiente (en el país del “bipartidismo único”), bombardeaba países (siempre “feos, sucios y malos”) y era un combatiente de la democracia, sin mayores contradicciones a la vista. Defensor de las mujeres, los afroamericanos y los pobres, y sin embargo, un gran conciliador con republicanos y demócratas.

Hoy, en 2014, nadie creería una sola palabra de ese guión, con el honesto staff de la Casa Blanca robándole horas al sueño para tener la mejor ley de educación. Nadie creería que la Primera Dama (cualquier coincidencia con Bill y Hillary Clinton…) enarbola enunciados feministas… y sin embargo, por entonces era moneda corriente el sueño de una democracia infinita (como signo de época del “fracaso del socialismo”) y la tecnocracia de género. The West Wing no pudo decir casi nada de lo que vendría, encerrada en una reivindicación de la democracia imperialista; quizás tan poco como el “realismo” crudo de House of Cards. Con signos distintos, ambas hablan de un momento y del estado de salud de la democracia norteamericana.

Uno de los fenómenos geopolíticos más dinámicos de las últimas décadas ha sido la decadencia de la hegemonía norteamericana. Desde la derrota del proyecto de un “nuevo siglo americano” de los neoconservadores encabezados por G.W. Bush, pasando por el empantanamiento de la ocupación y guerra en Irak y Afganistán, Estados Unidos viene enfrentando una serie de reveses que no terminaron con el gobierno republicano, y continuaron a lo largo de las dos administraciones demócratas encabezadas por Obama2. Junto con esto, la crisis económica y social desatada en 2007 ha sido escenario de diversos cambios en la percepción de los valores tan caros a la industria cultural como la democracia, la igualdad o la libertad.

Es mucho más interesante, quizás, todo aquello que hoy no puede ser materia prima para esa industria a enorme escala que es la “cultura de masas”, que lo que sigue estando presente como reivindicaciones más o menos veladas (en ninguna de las series mencionadas existe una realidad posible –superior– por fuera de la democracia capitalista).

Si el presidente de The West Wing podía bombardear países ficticios con “legitimidad” (estaba defendiendo la democracia), la Casa Blanca del presidente Walker en House of Cards apenas puede desairar a China implementando algún gesto combativo. Y si el Congreso de The West Wing podía darse el lujo de mostrar un campo de batallas políticas e ideológicas, el de House of Cards solo tiene para mostrar –sin tener que asumir mayores compromisos– el carrerismo y arribismo de los políticos burgueses que se sacan los ojos por una cuota de poder, algo que ya es parte del sentido común para el público que ayer veía The West Wing y hoy ve House of Cards3.

La constante entre ambas ficciones son los ausentes: las masas. En ninguna de estas versiones de la fábrica cultural made in USA tienen más que un papel episódico trabajadores, jóvenes o movimientos sociales. Para ambas series, los enfrentamientos rara vez se dan en las calles, y la política se mantiene en los pasillos de la Casa Blanca, el Congreso y, a lo sumo, en oficinas de ONG y algún que otro diario.

No es que no queda lugar ya para los “románticos” o el idealismo. De hecho, el mismo Sorkin repitió su fórmula idealista en series similares como Studio 60 o la actual The Newsroom, donde sobran los protagonistas que emprenden luchas contra lo establecido en diferentes niveles. Sin embargo, esas luchas quedan reducidas a quijotadas en una batalla hoy demarcada en los estrechos márgenes de los medios de comunicación y la cultura (ambas series transcurren en el mundo de la televisión), y no en la política. Y las críticas de la sociedad o la crueldad/brutalidad de los regímenes y sus agentes, parecen haberse desplazado hacia el género policial, que también ha tenido en los últimos años nuevas expresiones (¿o será quizás como señaló aquel joven Marx, que encontraba en los policiales el género predilecto para la crítica social?, como escribió en sus textos sobre el suicidio, en los que buceamos en un número anterior).

De conjunto, todas estas representaciones –más allá de sus signos e intenciones políticas– hablan de un mismo momento histórico, político y social. En su decadencia, aun sin contendiente que lo supere, el imperialismo estadounidense ha dado sobradas muestras de la podredumbre de su personal político. Y si de algo son expresión estas historias, idealistas, “realistas” o de ciencia ficción, es de esto. Todavía ninguna de ellas avizora nada sobre el futuro, a lo sumo mascullan alguna crítica perdida o buscan impactar con su relato (al fin y al cabo no están todavía en la calle los verdaderos guionistas de otra historia). Pero todas dan cuenta de aquello de lo que ya no puede vanagloriarse la fábrica cultural. Se arriesga con nuevas fórmulas, el viejo molde está un poco abollado, o más bien la materia prima ya no está en buen estado.

 

Blog de la autora: teseguilospasos.blogspot.com.ar

 

1. Después de todo se trata de un producto confeccionado para un mercado, este es un elemento que no puede ser subestimado.

2. A pesar de las expectativas que generó su llegada a la Casa Blanca, el gobierno de Obama viene probando ser más de continuidad que de cambio.

3. El Congreso de EE. UU. atraviesa la época de mayor impopularidad de la historia, según una encuesta de Gallup de 2013, 8 de cada 10 estadounidenses está descontento con el Congreso.

***

Volver al… pasado (y al mito originario)

 

Estados Unidos (su clase dominante, la burguesía imperialista) cada tanto echa mano del mito creador de la “Gran Nación” del Norte, la excepcionalidad de la democracia estadounidense, nacida de la revolución y la Guerra Civil1 (y su doctrina “fundacional” del destino manifiesto que tienen como nación).

En los últimos años, la democracia norteamericana encontró una expresión singular en el terreno de la producción cultural (en el género series de TV): la única forma de reivindicar la grandeza moral estadounidense es destruyendo el EE. UU. actual.

Dos series utilizan la metáfora de la Guerra Civil norteamericana para volver a hablar de la grandeza de la nación: Falling Skies (2011) y Revolution (2012). En ambas, el país tal cual lo conocemos ya no existe.

Falling Skies se ubica en la costa Este de EE. UU., luego de una invasión extraterrestre que eliminó al 90 % de la población mundial y neutralizó todas las armas. El protagonista Tom Mason es un profesor de historia, que se transforma en uno de los líderes de la resistencia, con eje en Boston2. Plagada de reminiscencias de la Guerra Civil, Falling Skies encarna la lucha por una nueva sociedad, que una vez independizada de sus colonizadores deberá recrearse sobre bases nuevas para fundar una nación. La nación es exactamente igual a Estados Unidos, sin todas sus “plagas” modernas.

En Revolution la premisa es similar en cuanto al escenario posapocalíptico: por razones desconocidas no hay electricidad ni funciona ninguno de los dispositivos que forman parte de la vida moderna (una vida de clase media blanca y urbana, claro está). En el país devuelto al pasado se desata una guerra de secesión, la nación se desmiembra y surgen diferentes federaciones, luego de la caída en desgracia del poder federal. La vida cotidiana se da en medio de enfrentamientos entre milicias profesionales y populares, guerras, alianzas y resistencias.

Uno de los fundadores de la República Monroe, convertida al bonapartismo militar puro y duro, se une a varios grupos rebeldes para enfrentar a diferentes “señores de la guerra”. Lo interesante en Revolution es que no existe un solo Estados Unidos: es una patrulla perdida de la resistencia que iza una bandera nostálgica, y a la vez es una de las “potencias” que intenta doblegar y dominar al resto utilizando todos los métodos violentos que existen (y los que no existe los crea). Ese Estados Unidos “malvado” es todo lo odiado (lo no tolerado hoy). El otro, el de la resistencia, representa la utopía de esa democracia excepcional, hoy sepultada por el asedio constante de los gobernantes tiranos.

 

1. Ambos acontecimientos comprendieron un proceso histórico –imposible de abordar aquí– que mereció el seguimiento apasionado de grandes revolucionarios de su época, como Karl Marx.

2. Boston fue epicentro de la revolución de independencia norteamericana.

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