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 ACERCA DE POSTCAPITALISMO, DE PAUL MASON

 

ESTEBAN MERCATANTE

Número 32, agosto 2016.

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¿Hay futuro para el capitalismo después de la red y el surgimiento de formas de trabajo colaborativas? Paul Mason, redactor-jefe de economía de “Channel 4 News” afirma categóricamente que no. Su libro Postcapitalismo. Hacia un nuevo futuro1 se propone ofrecer una mirada sobre el momento actual y el futuro hacia el que nos dirigimos. Afirma que entramos en un punto de inflexión en el desarrollo tecnológico, que pone en jaque las posibilidades de reproducción del capitalismo e inició ya la trayectoria hacia un nuevo orden social. La ambiciosa meta que Mason se propone en este libro es rastrear teóricamente las raíces y trayectoria de la mutación en curso, y presentarnos un bosquejo de la transición. Transición hacia qué, es algo que nunca termina de quedar del todo definido, a pesar de la insistencia que realiza al comienzo de su libro, de que es necesario tener un diseño completo de la misma. Apenas presenta algunos pantallazos de la sociedad “pos” que estaría naciendo.

 

¿Qué onda?

El punto de partida de Postcapitalismo es situar el momento actual en la trayectoria de las ondas largas del desarrollo capitalista. Esta teoría de las ondas largas fue postulada originalmente por Nikolai Kondatrieff (que les dio su nombre) en los años ‘20 analizando las numerosas series de las economías capitalistas más avanzadas en el período comprendido entre 1770 y 1920. La conclusión de Kondatrieff fue que además de los ciclos de auge y recesión ya conocidos y estudiados por Marx, se registraba la existencia de otros períodos de duración más extensa, de aproximadamente 50 años. Cada onda estaba a su vez divididas en dos fases, una primera de ascenso y otra de retroceso, de 25 años aproximadamente cada una. Cada una de estas fases comprendía varios ciclos económicos: en la fase de ascenso los momentos de crecimiento cíclico eran más vigorosos y las caídas más leves; mientras que en la fase “b” los momentos de estancamiento cíclico y deterioro superaban a los de boom. El investigador ruso también observó que en cada onda había una tecnología que resultaba dominante, empezando por las máquinas de vapor en 1770 y concluyendo con la electricidad en la última onda que analizó. Un nuevo paradigma tecnológico era una señal de partida para el desarrollo de una nueva onda, y una vez que esta empieza a agotar sus posibilidades se ingresa en la fase de declinación.

Paul Mason retoma el concepto de Kondatrieff, porque considera que permitiría comprender una capacidad de adaptación del capitalismo que los marxistas del siglo XX no habrían sabido captar. Extremando la simplificación histórica, para Mason el mayor problema de los marxistas desde los años ‘20 habría sido que no se dieron cuenta de que el capitalismo estaba listo para entrar en una nueva onda larga. Parece un detalle menor el hecho de que para que la nueva onda pudiera siquiera plantearse, sería necesaria toda la destrucción de capital generada por la depresión de los ‘30 y –sobre todo– por la II Guerra Mundial. Mason pasa por alto el “pequeño” detalle de que durante los 30 años que siguieron a la formulación de Kondatrieff los enfrentamientos entre revolución y contrarrevolución atravesaron todo el mundo capitalista y el sistema estuvo verdaderamente bajo amenaza. Y no fue justamente por falta de estudio sobre la teoría de Kondatrieff que ocurrió la seguidilla de derrotas que sufrieron las avanzadas revolucionarias que mostró la clase trabajadora en el período entreguerras.

Las series largas como la que analizó el investigador ruso, muestran rasgos que invitan a dar por buena la teoría de las ondas largas. Efectivamente, yendo más allá de los ciclos, se pueden encontrar períodos extendidos –que abarcan varios booms y recesiones– durante los cuales el crecimiento económico parece ser más vigoroso, es decir que las fases expansivas son más pronunciadas y de mayor duración que las contracciones, seguidas por otros momentos de decaimiento, donde las contracciones fueron más severas y largas, y las recuperaciones efímeras. Pero, como decimos en otro lado

… para explicar estos períodos no sirve reflotar una teoría de ondas largas. Este tipo de teoría […] genera la idea de sucesión automática de momentos [fases] de auge y de declinación2.

La apelación a una teoría de las ondas suele estar asociada a algún tipo de determinismo económico o tecnológico, como ocurre en el caso de Mason. En ese sentido iba la polémica de Trotsky con el planteo de las ondas largas:

… el carácter y duración [de los distintos momentos del desarrollo capitalista] están determinados, no por la dinámica interna de la economía capitalista, sino por las condiciones externas que constituyen la estructura de la evolución capitalista3.

Explayándose más sobre estas condiciones “externas” menciona

… la adquisición para el capitalismo de nuevos países y continentes, el descubrimiento de nuevos recursos naturales […] hechos mayores de orden ‘superestructural’ tales como guerras y revoluciones4.

Mason no ignora esta polémica, pero la entiende simplemente como un llamado a “una definición mejor y más histórica de la ‘tendencia’ subyacente sobre la que se habían calculado aquellos ciclos de cincuenta años” (73).

Es curioso el espacio que ocupa la teoría de las ondas en el libro, por dos motivos. Primero, Mason debe explicarnos por qué la teoría se verificaría, a pesar de que estaríamos atravesando una última fase, iniciada en la pos II Guerra mundial, que ya estaría sumando más de 75 años sin que hayan señales que de esté por comenzar una nueva fase de ascenso que ponga fin a esta onda para comenzar otra. La explicación para esta “onda con alteraciones” (139), como la define Mason, estaría en el retraso por parte de los capitalistas para introducir nuevas tecnologías de envergadura cuando se inició la supuesta fase declinante de la onda, en los años ‘70. ¿Cómo se explica este retraso? Ocurre que, por la capacidad de la clase capitalista de disciplinar a la fuerza de trabajo mediante el desempleo, los trabajadores no pudieron oponer resistencia a la

… vía más barata y cruel para solucionar la crisis (la de los recortes salariales, el aumento de la proporción de empleos de baja cualificación y la reducción de las prestaciones sociales) (152).

Como resultado de esta incapacidad de la fuerza de trabajo, el reequilibrio más favorable al capital permitió relanzar la acumulación sin que se iniciara una nueva onda con base tecnológica renovada. Una argumentación que apela a demasiados elementos “ad hoc” para salvar la teoría de Kondatrieff.

El segundo motivo por el que llama la atención el recurso a la teoría de las ondas largas, es que siguiendo la lectura de Mason, estas serían muy útiles para explicar la historia del capitalismo, pero no importarían para lo que vendrá. El desarrollo de las tecnologías de la información cerca del año 2000, la base que –tardíamente– podría disparar una nueva onda iniciando una fase de ascenso, se transformó en realidad en el inicio de algo completamente distinto.

El motivo: con las infotecnologías, el capitalismo pone en escena lógicas de producción y circulación que cada vez más difícilmente se ajustan a su necesidad de una explotación rentable.

¿Para qué tanto esfuerzo en defender la teoría de Kondatrieff si no estamos ante futuras nuevas ondas largas? El motivo es que el determinismo tecnológico que Mason apela sirve para el pasado tanto como para el futuro, solo que cambiando el sentido. Hasta aquí, debemos comprender cómo el capitalismo es siempre muy flexible y adaptativo para reconvertirse; desde ahora, podemos maravillarnos con la noción de que ya no podrá hacerlo. Hemos iniciado la transición al poscapitalismo.

 

El (no) valor de las ideas

A la fascinación de muchos entusiastas del porvenir del capitalismo apoyado en la nueva economía, Postcapitalismo le contrapone un diagnóstico igualmente fascinado por las posibilidades del nuevo paradigma para motorizar por sí solo el ingreso en un nuevo modo de producción.

La contradicción central que atraviesa el capitalismo hoy según Mason, es que lo que éste considera el insumo central de la producción, que es la información, crearía enormes dificultades para ser sometido a las leyes de la valorización capitalista.

Mason argumenta que la producción se lleva a cabo de manera creciente a través de máquinas que operan guiadas por software (es decir, información) con una intervención humana que se reduce de cada vez más hasta la marginalidad. Además, va a argumentar que, al ser el software reproducible hasta el infinito, y de durabilidad ilimitada (siempre se puede copiar y seguir utilizando mientras haya un hardware compatible), es equivalente a que su reemplazo tuviera un costo cero. “Marx comprendió que, en términos económicos, una y otra cosa son la misma” (225), nos dice Mason apelando a los Grundrisse de Marx. Pero esta gratuidad de lo que se ha transformado en un medio de producción fundamental, tiene consecuencias sobre las mercancías que este software permite confeccionar: el

“coste marginal cero” de los bienes informacionales puros desborda el ámbito de estos y se extiende al mundo de los productos físico y de las máquinas que los fabrican (228).

La consecuencia no podía ser más opuesta a lo que los apologistas de la “nueva economía” sostienen:

Una economía basada en la información, por su tendencia misma a los productos de coste cero y a la debilidad de los derechos de propiedad, no puede ser una economía capitalista (236).

Este análisis de los teóricos del capitalismo cognitivo, que Mason retoma, expresa problemas reales del capitalismo contemporáneo, pero los extrapola de manera unilateral. Como sostiene Michel Husson, el capital afronta efectivamente “cada vez más dificultades para dar una forma mercantil a valores de uso nuevos, inmateriales y potencialmente gratuitos”5. La apelación a monopolios y patentes para asegurar el precio de los bienes informacionales que señala Mason, son parte del paisaje actual. Empresas como Microsoft o Apple –por solo citar algunas–son ampliamente repudiadas por parte de los partidarios del software libre como consecuencia de su apelación a este tipo de mecanismos.

Pero esto no implica que las condiciones de producción mundial hayan vuelto al valor irrelevante. Para sostener esto es necesario tomar la parte por el todo. Esto lo hace Mason cuando mira el futuro de la producción focalizado en las “redes, trabajo del conocimiento, ciencia aplicada” como si esto fuera lo que domina toda la producción capitalista que tenga futuro. No es que sea todo lo que hay cuando miramos la producción capitalista, reconoce Mason, pero es lo único que cuenta. A pesar de que el capital trasnacional se movió frenéticamente del centro a la periferia durante las últimas décadas, buscando centralmente abaratar el costo de la fuerza de trabajo para abaratar las mercancías6 –confirmando así que no habría ninguna irrelevancia del trabajo como fuente del valor– Mason nos dice que se trata de un proceso a punto de concluir, parte de lo que terminó y no de lo que vendrá. El motivo de Mason para afirmar esto es que considera que el costo salarial ya no es tan bajo en estas economías, porque las inversiones extranjeras empujaron la suba de los salarios. Los salarios más bajos en EE. UU. estarían acercándose a los más altos de los países del Sur Global.

Esto significa que los tiempos de ganancias fáciles para las empresas que externalizaban su producción a otros países están tocando a su fin (151).

De acuerdo. Pero no se entiende por qué esto va a disparar un salto en la robotización en todo el mundo como supone Mason, cuando esta tendencia, por muchos motivos, marcha todavía a ritmo lento7, en vez de empujar una búsqueda más frenética de nuevas vías para profundizar la explotación de la fuerza de trabajo en todo el mundo.

Un segundo problema es lo que ocurre con el lugar que tiene el valor-trabajo en los sectores en los que la información se vuelve efectivamente un insumo dominante vinculado a una automatización notable de los procesos productivos. Resulta equivocada la caracterización de la producción del conocimiento –información– como un proceso que tiende hacia la gratuidad. La información en sí misma tiene un costo para ser producida, que sigue tan determinado por la ley del valor como el de cualquier mercancía. Los medios de producción y los recursos financieros en esta rama están tan concentrados en manos de unos pocos propietarios como en el resto de la economía8. En estas condiciones de producción de mercancías “cognitivas” bajo comando del capital, los trabajadores productores de conocimiento lo materializan en una mercancía determinada (software, diseño bajo patente, etc.) que tiene un trabajo objetivado como cualquier otra mercancía, y que permite al empresario que la posee obtener un plusvalor de su venta.

Señalemos además que la idea de una “gratuidad” de la información asociada una reproductibilidad infinita y durabilidad ilimitada, se choca con la evidencia de una obsolescencia cada vez más acelerada de los productos del conocimiento. Resumiendo, ni el alcance que ha tenido –y podemos esperar que tengan en el futuro próximo– el reemplazo de procesos “tradicionales” de trabajo por métodos “poscapitalistas” basados en las infotecnologías, ni las condiciones de producción de estas últimas, ni su durabilidad –limitada por la rápida obsolescencia– permiten sostener que la ley del valor haya entrado en la irrelevancia. El capitalismo se confronta sí a una profundización de las contradicciones que siempre genera la introducción de nuevas tecnologías, cada vez más violentas cuánto más nos confrontamos a la posibilidad cierta de eliminar la carga del trabajo. Esto tiene importantes consecuencias, volviendo cada vez más cierto lo que afirmara Marx: “el robo de tiempo de trabajo ajeno sobre el cual se funda la riqueza actual, aparece como una base miserable” para sostener la valorización del capital9. Pero esto difícilmente alcance para disparar una transición hacia otro orden social. Si no arrebatamos el control de las palancas de la producción a los capitalistas, no podemos iniciar el camino hacia ninguna transformación “poscapitalista”, excepto alguna que vaya hacia el lado de una mayor barbarie.

Otra idea que ronda el libro de Mason es la de “prosumidores”, también acuñada por teóricos del capitalismo cognitivo, que remite al hecho de cómo, al ser usuarios de la red, todos producimos información en un proceso que no es de trabajo bajo comando de un empresario capitalista. El producto de estas interacciones sería de difícil  valorización según las teorías del capitalismo cognitivo. Pero como analizamos en otro lado, las redes logran rentabilidad, no por explotar el “trabajo” de los usuarios, sino por el recurso de vender publicidad y apropiarse así de una parte del plusvalor generado por los trabajadores de los capitalistas que pagan por promocionar sus bienes y servicios en ellas10.

 

Wikipedia nos hará libres

Postcapitalismo pretende concluir con una hoja de ruta que nos conduzca por la transición hacia eso que no sabemos bien qué es, pero ésta se encuentra tan bien ensamblada como las piezas en las que se fundamenta teóricamente. Por un lado, apela al determinismo tecnológico para dar por superadas las sesudas reflexiones del marxismo sobre sujetos, revoluciones, economías de transición. Por otro lado, parece no poder –ni querer– desprenderse de algunos de los fetiches del mundo de la mercancía: se muestra encandilado por el consumismo cada vez más exacerbado al que fuerza el capitalismo, como si fuera un modo universal de “disfrute” de los valores de uso. Cuando repasa algunas de las discusiones sobre la planificación después del colapso de la URSS, Mason reproduce la ideología de los críticos del socialismo sobre la falta de “dinamismo” e “innovación” que serían intrínsecos a una economía planificada (301).

No sorprende entonces que su “poscapitalismo” parezca mantener tanto bagaje de lo previamente existente.

Durante todo el libro Mason remarca el poder de las redes y las infotecnologías, pero ante la amenaza de que el capitalismo pueda conducirnos a una catástrofe ambiental antes de que podamos alcanzar el paraíso prometido del poscapitalismo, demanda que el “viejo” Estado vuelva por su fueros para salvarnos aquí y ahora. Debemos, nos dice, aprender a “construir alternativas dentro del sistema, a usar el poder gubernamental de un modo radical que lo desnaturalice incluso” (314).

No hace falta prepararse para revoluciones, ni enfrentar el poder de estado que –¡afortunadamente!– parece más que dispuesto en la lectura de Mason en cooperar para su reformulación hacia un “wiki Estado” (351). Podemos contentarnos con armar cooperativas, hacer más cosas como Linux o Wikipedia, impulsar una renta básica universal, a lo sumo socializar el sistema financiero, y concentrar energías en “desatar” la red. Con esto, y otras iniciativas por el estilo, el camino hacia el fin del capitalismo tendría buenos augurios. El resto, las máquinas en red lo harán por nosotros.

 

  1. Buenos Aires, Paidós, 2016. Las referencias a esta edición se harán entre paréntesis al final de la cita.
  2. Esteban Mercatante y Martín Noda, “Gradualismo y catastrofismo”, Lucha de Clases 8, junio 2008.
  3. León Trotsky, “La curva del desarrollo capitalista”, El capitalismo y sus crisis, Bs. As., CEIP, 2008.
  4. Ídem.
  5. Michel Husson, “¿Hemos entrado en el “capitalismo cognitivo?”, Lucha de Clases 2, mayo 2004.
  6. Que discutimos en Esteban Mercatante “Las venas abiertas del Sur global”, IdZ 28,abril 2016, y “Una carrera hacia el abismo”, IdZ 30, junio 2016.
  7. Sobre los límites que encuentra hoy todavía la robótica, y la falta de disposición de los capitalistas a invertir masivamente en tecnología al punto que pudiera darse un proceso como el que imagina Mason, ver Paula Bach, “La conspiración de los robots”, La Izquierda Diario, 2/6/2016.
  1. Esteban Mercatante, “El valor de El capital de Karl Marx en el siglo XXI”, IdZ 18, abril 2015.
  2. Karl Marx, Elementos fundamentales para la crítica de la economía política (1857-1858). Grundrisse, vol. 2, México DF, Siglo XXI, 1976, pp. 227/8.
  3. Mercatante, “El valor de…”, ob. cit.

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