Más radical que la ficción

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LA REVOLUCIÓN NARRADA POR CHINA MIÉVILLE

 

ARIANE DÍAZ

Número 39, julio 2017.

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October1 es el título del último libro de Miéville, una historia narrada que recorre, uno por uno, los 8 meses que llevaron de la caída del zarismo al primer Estado obrero de la historia.

El ciclo que va de Febrero a Octubre según el calendario juliano que por entonces se utilizaba en el Imperio ruso, sería de marzo a noviembre según el gregoriano que utilizamos hoy, pero el autor elige mantener el cálculo temporal con el que los protagonistas de la revolución desarticularon toda la estructura social e incluso el calendario –el mismo criterio tuvo Trotsky en su Historia de la Revolución rusa, donde pedía al lector tener en cuenta que “antes de derrocar el calendario bizantino, la revolución hubo de derrocar las instituciones que a él se aferraban”2–.

Miéville, ex miembro del SWP británico que hoy participa del agrupamiento Left Unity en Inglaterra, ha publicado ensayos como Between Equals Rights (2005) –donde discute el derecho internacional y la teoría del soviético Pashukanis– y numerosos artículos de crítica política y cultural. Pero sin duda por lo que es más conocido es por sus decenas de novelas y relatos de ciencia-ficción y fantasy, donde la crítica al capitalismo, entre bestias voladoras o trenes en movimiento perpetuo, siempre está presente.

Se trata, en palabras del autor, de un trabajo destinado a aquellos que conocen poco o nada del proceso que tan radicalmente modificó el siglo XX. October narra los acontecimientos sin referencias bibliográficas ni disquisiciones conceptuales, aunque cada cita o reconstrucción está basada en los trabajos de investigación, los más clásicos y los más recientes, sobre el tema. Al final se incluye una selección de libros “para seguir leyendo”, donde brevemente Miéville da cuenta de sus simpatías y diferencias con los recuentos de una gran variedad de protagonistas, testigos o investigaciones académicas que utilizó como fuentes.

 

Ni hagiográfico ni fatalista: partidista

Desde el prólogo Miéville advierte que, aunque espera no ser dogmático ni acrítico, su lectura será, sin embargo, abiertamente partidista: su historia tiene héroes y villanos, y no busca ser neutral sino contraponerse a las lecturas que desde la derecha han buscado defenestrar la revolución.

Pero October busca también responder a aquellas lecturas que, presentadas como más “comprensivas” aunque perfectamente compatibles con el espíritu neoliberal del “no hay alternativa”, sin denostar explícitamente todo el proceso o algunos de sus objetivos, consideran la revolución condenada de antemano, esgrimiendo como prueba el surgimiento del stalinismo, que revertiría las buenas intenciones en una temible distopía. Miéville insiste en que sin duda la burocratización del Estado obrero y los crímenes del stalinismo deben ser explicados, pero de ninguna manera ve este desarrollo “escrito en las estrellas” [271]. Su epílogo, donde resumirá algunos de los hitos posteriores a la toma del poder, está dedicado a este debate de la mano de Victor Serge, una figura de complejas relaciones con el anarquismo y el marxismo, que dejó asentadas en sus escritos tanto sus simpatías por el proceso revolucionario como también duras críticas.

Todavía hay un tipo más de lecturas de la revolución que el autor quiere combatir, presentes tanto en las versiones de la derecha pero también en algunas de la izquierda: aquellas que subestiman a las masas que protagonizaron el proceso, retratándolas como mera base de maniobras de “grandes figuras” más o menos demagógicas, o convertidas en próceres, según las simpatías políticas del caso. Miéville tratará de mostrar a través de cartas de soldados, actas de asambleas o panfletos publicados por entonces que, por el contrario, después de haber ganado en las calles la caída del Zar en febrero, los sectores populares consideraban que los cambios ni eran suficientes ni habían terminado: querían más y eran perfectamente conscientes, sino de cómo conseguirlo aún, de que algo más debía cambiar.

El autor trata de combinar así las disputas entre los distintos agrupamientos, y al interior de los partidos, con el pulso de los trabajadores, soldados y campesinos puestos en marcha. Sus avances, retrocesos y conclusiones después de cada acción, de cada asamblea, de cada noticia llegada del frente, sorprenden en muchos casos a los propios dirigentes, dando cuenta de la enorme creatividad social que, surgida desde abajo, forjaron las masas irrumpiendo violentamente “en el gobierno de sus propios destinos”, al decir de Trotsky: desde las mujeres que salieron a la calle el 23 de febrero (8 de marzo) pidiendo por el pan e inundando las calles de San Petersburgo, hasta los soldados que en su primera “orden” imponían al gobierno provisional el control de las armas por comités de soldados y la abolición de los títulos nobiliaros de los generales y el tuteo hacia los soldados. Todos los aspectos de la vida, desde la guerra hasta la lengua, estaban en cuestión.

Otra característica del libro es que a pesar de que la revolución tuvo su escenario principal en San Petersburgo, el autor busca permanentemente ampliar el panorama a lo que sucedía en el vasto territorio del entonces Imperio ruso, a la vez que destaca los cambios subjetivos y las nuevas demandas que surgían no solo respecto al “pan, la paz y la tierra”, sino también expresadas en las reivindicaciones de los grupos nacionales, las mujeres, incluso minorías confesionales, como el caso del Congreso panruso de mujeres musulmanas que, reunidas en Kazan en abril, debatieron sobre el estatus de la Sharia, el matrimonio plural y los derechos de las mujeres [116].

 

El hilo rojo

El relato, cuyo eje son la sucesión de acontecimientos y cambios pendulares en la relación de fuerzas entre las clases, va desglosando las categorías que le sirven de armazón a los acontecimientos. Miéville relata un episodio de los agitados días de febrero que no puede confirmar pero que representa bien uno de esos núcleos:

Ese día, yendo al sur por el amplio Puente de Liteiny sobre el hielo del Neva, Gvozdev [un menchevique] vio a otra figura precipitándose en su dirección. En el medio del puente, entre sus sirenas decorativas, se encontró cara a cara con Zalezhskii, un dirigente bolchevique que también había escapado recién de prisión, y se encaminaba en la dirección opuesta, del centro de la ciudad hacia el distrito de Vyborg. El menchevique fue derecho a los corredores del poder; el bolchevique a los distritos obreros. Así cuenta la historia, haya o no ocurrido este encuentro en el puente.

Febrero tiró abajo al zarismo, pero dio origen a una “dualidad de poderes” que, si en un principio parecieron poder encontrarse a medio camino, abrieron una brecha que se resolvería en octubre. El doble poder se refiere a la autoridad que tenía, por un lado, el gobierno provisional y, por el otro, los soviets, cada uno representante de los sectores sociales y políticos en pugna. La burguesía y sus representantes “liberales” –que con muchas reticencias habían aceptado el fin de una monarquía por el que no habían hecho mucho–, se creían convocados a cumplir su rol histórico según el esquema de las revoluciones europeas, modernizando Rusia, y lideraban el gobierno provisional surgido de la Revolución de Febrero, acompañados en sus distintas formaciones por partidos que, aún con otra base social como los mencheviques y los socialrevolucionarios, concedían a la burguesía rusa ese lugar predominante en una etapa histórica que veían como necesaria. Del otro lado, los soviets se componían de los delegados votados entre los obreros, los campesinos y los soldados, y participaban en ellos activamente no solo los partidos que conformaban el gobierno sino también los que consideraban ya haber tenido suficientes pruebas de la incapacidad y desinterés de la burguesía para llevar adelante sus “tareas históricas” hasta el final –o siquiera poner fin a la guerra imperialista en la que Rusia se desangraba–: los anarquistas, el resto de los grupos socialistas y, en especial, el Partido Bolchevique, el ala más radical que inicialmente era una minoría en los soviets.

Un hilo que ordena en el libro las acciones de esos agitados meses es la hegemonía que van ganando los bolcheviques mediante una serie de readecuaciones tácticas que logran empalmar con los giros bruscos de la situación, discutiendo tanto con las alas conciliadoras del movimiento revolucionario –incluso las internas– como con las ultraizquierdistas, para ganar finalmente la mayoría en los soviets y con ello su lugar dirigente en la insurrección de Octubre. En esta orientación tendrá un lugar destacado, sin duda, Lenin, la única figura que Miéville destaca, por encima del resto, en el libro.

 

¿Qué hicimos?

Considerando que es un libro de divulgación, quizás una de sus deficiencias es dar por supuesto el conocimiento de la magnitud de cambios sociales, políticos y culturales que trajo la revolución aún en las lamentables condiciones en que había quedado Rusia tras la guerra mundial, aún en medio de la guerra civil y aún rodeada de los ejércitos imperialistas: la expropiación de los medios de producción, el control obrero de las fábricas, el reparto de la tierra entre los campesinos, la igualdad de derechos para hombres y mujeres, el derecho a la autodeterminación de las naciones hasta entonces oprimidas por una Rusia imperial, sin contar las medidas que aún hoy, 100 años después, seguirían siendo de vanguardia en cualquier territorio del planeta –como el derecho al aborto o la democratización de la educación y de la cultura que aún hoy son estudiadas como ejemplos de avanzada, y que dio curso a un desarrollo de teorías y expresiones artísticas que marcaron el siglo XX–.

Pero también podrían señalarse algunos problemas en lo que sí está enunciado. Hechos de tal envergadura soportan una carga de interpretaciones y polémicas que, como capas arqueológicas, se van sedimentando sobre ellos. Pero como Miéville no hace en el propio relato referencias a sus fuentes, y más allá del prólogo y epílogo no carga las tintas sobre esos debates, algunos de los hechos centrales que relata quedan poco justificados o incluso parecen contradictorios.

Es el caso de la lectura que hace de la magnitud de los cambios en la orientación de los bolcheviques con la llegada de Lenin respecto a la orientación previa conocida como “viejo bolchevismo” [96]. Miéville parece dar por cierta la reciente hipótesis de Lars Lih –referenciado muy elogiosamente en el anexo de libros recomendados–, según la cual las “Cartas desde lejos” o las “Tesis de abril” de Lenin no habrían significado un rearme estratégico, acusando a Trotsky de exagerar ese elemento posteriormente, en plena disputa con el stalinismo3. Sin más aclaraciones, Miéville acude también a tildar la lectura de Trotsky como mito, pero enseguida postula cosas como esta:

Lenin tenía claro que no era “nuestra tarea inmediata ‘introducir’ el socialismo” previamente a una revolución socialista europea, sino poner el poder en manos de la clase trabajadora, antes que buscar la colaboración de clases como la que abogaban los mencheviques. […] Había algo significativo incluso en el énfasis de Lenin –no era una tarea inmediata introducir el socialismo– pero…

No sorprende que Lenin fuera acusado por su propio partido de caer en la herejía de Trotsky de la “revolución permanente”, de plegar a Febrero, o al menos acercarlo en forma determinante, hacia una insurrección socialista completa. […] Fue en este contexto que Lenin comenzó una campaña para ganar a sus camaradas. Y su empecinamiento resaltó cierta inestabilidad en la posición entonces “quasi-menchevique” del partido, según la cual algunos de la derecha bolchevique parecían implicar que la historia “no estaba lista” para el socialismo [109, destacado en el original].

¿No era contra ese etapismo que había innovado Trotsky tras 1905, con el que ahora se topaba Lenin en los dirigentes conciliadores de su partido? En esos debates estaba en juego, nada más y nada menos, la definición no solo de las alianzas de clase que podían favorecer, u obstaculizar, el triunfo de la revolución, sino también los indicios de una definición de un nuevo tipo de Estado, novedad histórica que Lih subestima en los debates sobre las tesis de Lenin. ¿Por qué minimizar como mito un problema que de hecho está en el centro de la interpretación que el mismo Miéville busca dejar asentada a lo largo del libro?

Otro ejemplo es el del capítulo dedicado a la insurrección de octubre. El autor nos muestra un Lenin desesperado por las vacilaciones y retrasos del partido para poner fecha y avanzar en el plan insurreccional, y que finalmente irrumpe en la sala de operaciones militares demandando que se tome de una vez el Palacio de Invierno. Pero amén de que esa preocupación tenía sus bases y que los retrasos existieron, estas discusiones, que ya medían en días u horas, son una rica fuente de lecciones sobre “el arte de la insurrección”, que no se agota sencillamente de contar con la fuerza social suficiente y una dirección decidida: ¿cómo podría mantenerse ese poder?, ¿en nombre de quién se lo tomaba?, ¿cómo presentar esta ofensiva como un acto defensivo? Todos estos problemas son poco y nada mencionados por Miéville, que a pesar de no querer centrarse en las grandes figuras, termina retratando el papel jugado por Lenin pero poco dice las maniobras que, con aciertos y errores –algunos de los cuales, dice Trotsky, pagaron caro–, considera “irrelevantes” por la debilidad en la que se encontraba el gobierno provisional [247].

 

Cambia, todo cambia

En el epílogo, Miéville formula una pregunta que no ha dejado de ser inquietante: ¿podría la revolución haber recorrido otras vías, o el surgimiento del stalinismo era algo inevitable dadas las condiciones de Rusia, un país atrasado que recién se deshacía del zarismo? ¿“Es el gulag el telos de 1917” [279], o una política distinta podría haber evitado el trago amargo del stalinismo con el que hoy se defenestra a la revolución de conjunto?

Analizando los “factores subjetivos” que marcaron este desarrollo, el autor pone el eje en la política de “hacer de la necesidad, virtud”: la salida de los otros partidos del soviet en 1918 convertida en desconfianza hacia cualquier tipo de coalición; o la prohibición de las fracciones en 1921, que pasó de ser temporaria a permanente, son algunas de las hipótesis que teje el autor como antecedentes. Pero el cambio decisivo lo ve en 1924 cuando –contra las protestas de Trotsky y otros–, el aislamiento internacional que trae la derrota de la Revolución alemana se convierte en la postulación de la posibilidad de construir el socialismo en un solo país, una reversión completa de los fundamentos del bolchevismo y, de hecho, del marxismo.

Eso no quita reconocer que las condiciones impuestas por la lucha de clases internacional fueron, sin duda, desesperantes, y explican en gran parte por qué la revolución pudo ser traicionada. Pero si se trata de dar cuenta de los factores subjetivos tanto como los objetivos, Miéville no deja asentado que, en esas derrotas que dejaron aislada a la URSS, tuvieron un enorme peso los errores de la dirección de la III Internacional, que dilapidó cada una de las oportunidades que se presentaron en esos primeros años pero también posteriormente. También en el terreno internacional la política stalinista fue criminal, y los pueblos fuera de la URSS pagaron tan caro esta política como los de dentro. Si bien el libro no busca profundizar en la etapa post-Octubre, dicho aspecto merecería cobrar más peso para dar respuesta a su pregunta por el surgimiento del stalinismo.

En las diversas entrevistas y charlas que acompañaron la salida del libro, Miéville relató que cuando lo proyectaba pensaba, con sus editores, que con el centenario iban a ser varios los trabajos, por fuera de las publicaciones académicas, con los que iba a tener que competir; sin embargo, no fue así. ¿A qué se lo atribuye? A la persistencia del escepticismo y del “no hay alternativa” que borra a las revoluciones del horizonte y que el libro busca, precisamente, combatir. Más allá de las polémicas e interpretaciones del proceso, declara Miéville:

No ese en nombre de la nostalgia que la extraña historia de la primera revolución socialista en la historia merece celebrarse. La norma de Octubre establece que las cosas cambiaron una vez, y que pueden hacerlo de nuevo [280].

Es que si hay alternativa al capitalismo, explorar la experiencia de la Revolución rusa puede ser un buen punto por donde empezar a prefigurarla.

 

  1. Londres, Verso, 2017. Las referencias a esta edición se harán en adelante entre paréntesis al final de la cita. Las traducciones, en todos los casos, son propias.
  2. Bs. As., Ediciones IPS-CEIP, de próxima edición.
  3. Para profundizar sobre los planteos de Lih y otros autores que han considerado su hipótesis ver Gastón Gutiérrez, “Todo el poder a los soviets: ¿slogan o estrategia?” en IdZ 37 y John Marot, “Lenin, Bolchevism, and Social-Democratic Political Theory”, Historical Materialism Vol. 22 nros. 3-4, 2014.

 

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