Marxismo e indianismo (II)

0
Share Button

 

 

ALGUNAS NOTAS A PROPÓSITO DE COMUNIDAD, INDIGENISMO Y MARXISMO, DE JAVO FERREIRA

JUAN LUIS HERNÁNDEZ

Número 16, diciembre 2014.

 

En el número anterior de Ideas de Izquierda presentamos la primera parte de nuestros comentarios sobre el libro Comunidad, indigenismo y marxismo, escrito por Javo Ferreira, conocido referente de la Liga Obrera Revolucionaria (LOR-CI) de Bolivia, y publicado por la editorial boliviana Palabra Obrera en el año 2010 (reeditado en 2014). En esta última entrega pretendemos hacer una contribución a las discusiones sobre la cuestión agraria al interior de la izquierda y los debates sobre el Estado Plurinacional.

¿Autonomía indígena o autodeterminación nacional?

En relación a la cuestión agraria y nacionalindígena en los Andes, el autor abre una interesante discusión sobre la estrategia de la izquierda en los países andinos. Bolivia es un país capitalista dependiente, en el cual, como en todos aquellos que reúnen estas características, la liberación nacional es todavía una tarea pendiente. ¿Pero es posible asimilar las reivindicaciones de los pueblos indígenas-originarios a lo que los marxistas de principios del siglo XX denominaron la lucha de los pueblos oprimidos por su autodeterminación nacional?

El trotskismo en Bolivia siempre tuvo dificultades para responder esta pregunta. Guillermo Lora, histórico dirigente de esta tradición política, retomó, en La Revolución boliviana (1963), una célebre frase del marxista peruano José Carlos Mariátegui, quien en la década del veinte del siglo pasado afirmara que “el problema del indio es, en último término, el problema de la tierra”. Mariátegui de esta manera respondía, en forma categórica, a quienes sostenían que la postración del indio se debía a un problema de cultura, de educación, religioso, etc., subrayando las raíces sociales de la opresión indígena. Pero Mariátegui nunca tuvo una concepción economicista del problema campesino-indígena.

Por el contrario, siempre tuvo conciencia de la dimensión que tenía la opresión étnica (cultural, política y social) sobre las mayorías indígenas. La cuestión indígena –como dijo más de una vez el peruano–, no era un problema racial, pero en él la “raza” (esto es, la opresión étnica) jugaba un papel fundamental. Lora por el contrario, redujo toda las reivindicaciones campesina-indígenas en Bolivia a la cuestión de la tierra, declinando librar una batalla en lo político-cultural, lo cual fue aprovechado por el katarismo indianista. “En la formación histórica del campesinado nos encontramos reiteradamente con el problema de la opresión de una nación (o de varias) por otra; pero, a la larga, oprimidos y opresores concluyen confundiéndose en una clase super-explotada que logra homogeneizarse, en cierta medida, al calor de la secular lucha por la tierra.” (Lora, 1963: 129). Los trabajadores no deben distraerse con los “planteamientos de las naciones indígenas oprimidas”, escribía en 1963, en su opinión, todos los problemas de los campesinos se subsumían en la solución radical del problema de la tierra. El campesinado, que “no ha podido hasta ahora y no hay esperanzas de que en el futuro ocurra otra cosa, forjar su propio partido” (Lora, 1963: 133) no estaba en condiciones, a pesar de sus explosivas rebeliones, de resolver la cuestión de la tierra. En esta supuesta incapacidad congénita atribuida al campesinado, se basaba para proclamar que el proletariado “arrastraría” a los campesinos a la lucha revolucionaria: a esto se reducía la alianza obrero-campesina, consigna proclamada en todo programa revolucionario pero en la práctica vacía de contenido para la izquierda boliviana.

El rechazo a esta versión economicista de la opresión indígena-originaria, no significa aceptar, también en forma mecanicista, la existencia de una cuestión nacional aymara, una cuestión nacional guaraní, una cuestión nacional quechua, etc. Ya el propio Mariátegui se opuso dentro de la Internacional Comunista, y con razón, a quienes en su tiempo propiciaban mecánicamente este tipo de consignas. La autodeterminación nacional no es una reivindicación socialista, es una demanda democrática. Esto significa que si alguno de los pueblos originarios de Bolivia o de la región andinaamazónica desea, como parte de la lucha por su emancipación social, constituir su propio Estado nacional, el deber de todo revolucionario no es otro que apoyar la lucha por este legítimo derecho democrático, pero esta situación no existe en la actualidad. Además en Bolivia no hay un solo pueblo indígena-originario, la actual Constitución Política del Estado reconoce nada menos que 36 grupos etno-linguísticos diferentes. Lo mismo sucede en Perú o Ecuador, por no mencionar a la Amazonía brasileña, por lo tanto la consecución lógica de este planteo llevaría a la emergencia de una multiplicidad de estados nacionales, obviamente inviables. ¿Cuál es entonces el sentido de su formulación? Defender la autodeterminación nacional de los pueblos y naciones indígenas originarias tiene por objetivo establecer un horizonte estratégico que tienda un puente entre el campesinado, en su gran mayoría de origen indígena-originario y el proletariado urbano y la izquierda, a partir del firme compromiso de resolver en forma consecuente las reivindicaciones democráticas de las masas indígenas. Como afirma Ferreira, “Garantizar sin ambigüedades el pleno derecho a la autodeterminación para que los pueblos originarios decidan su propio destino, no significa adoptar el programa de un estado independiente para cada pueblo… sino precisamente eso: apoyar consecuentemente que los pueblos originarios tengan pleno derecho a decidir sobre las formas de organización política y autogobierno (incluso a un estado propio si lo creyeran necesario)….” (Ferreira, 2010: 23).

No existe hoy, en el área andina-amazónica, reivindicaciones de construcción de estados nacionales propios por parte de los pueblos indígenas-originarios, lo que reclaman es la autonomía de sus territorios ancestrales, entendidos éstos no en meros términos patrimoniales, sino conformados por el conjunto de elementos del entorno natural del cual forman parte los hombres y las mujeres que los habitan a través de las sucesivas generaciones. Y exigen vivir en ellos conforme sus usos y costumbres y su filosofía y forma de vida, y que en todo caso, el acceso a los progresos de la modernidad y la tecnología sean consensuados por los mismos pueblos, sin que esto implique como pre-requisito la pérdida de su identidad étnica-cultural. En nuestra opinión, esta concepción de la autonomía a la que aspiran los pueblos y naciones indígenas originarias tiene un sentido distinto al que le da el gobierno del MAS, basado en el engaño manipulador y/o el predominio y el menoscabo de unos pueblos sobre otros, como quedó demostrado en el reciente conflicto del TIPNIS (Territorio Indígena Parque Nacional Isidoro-Sécure).

 

Formación social abigarrada y Estado aparente

Como dijimos al principio, la ley del desarrollo desigual y combinado es uno de los elementos que asume el autor desde el punto de vista teórico. Fue Trotsky el primero en explicitarla en forma completa en la Historia de la Revolución Rusa. De acuerdo a la misma, lo característico del desarrollo histórico es el carácter desigual y combinado, a saltos, de su curso, es decir, la coexistencia de elementos pertenecientes a distintas etapas históricas dentro de una misma formación económico-social, así como la realización de tareas históricas por clases sociales distintas a las que les correspondería llevarlas a cabo de acuerdo a su naturaleza.

En realidad, esta idea ya estaba presente en algunos de los escritos de Marx, en los que se pueden encontrar pistas interesantes sobre la forma en que una producción dominante ejerce su hegemonía en una formación económica-social.

“En todas las formas de sociedad, es una producción determinada la que asigna a todas las otras, son las relaciones engendradas por ella las que asignan a todas las otras, su rango y su importancia. Es una iluminación universal donde son sumergidos todos los otros colores y que los modifica en el seno de su particularidad. Es un éter particular que determina el peso específico de toda existencia que allí se manifiesta” (Karl Marx, Contribución a la Crítica de la Economía Política, 1859). La metáfora resulta aplicable al análisis de la dominación ejercida por el capital en aquellas formaciones sociales en que subsisten relaciones precapitalistas: es la “iluminación universal” que tiñe y modifica “todos los otros colores” económico-sociales. En el caso de los países dependientes, cobra relevancia la penetración del capital extranjero, que busca formas de articulación y/o combinación con las condiciones locales. Trotsky llega a la conclusión que había vislumbrado Marx en sus estudios sobre la India, Rusia y otros países periféricos: no había posibilidad que estos países repitiesen las formas de desarrollo de los países metropolitanos, lo más probable es que, en el desarrollo del capitalismo, integren de diferente manera elementos procedentes de distintos modos de producción.

Aquí nos parece apropiado hacer referencia al concepto de formación social abigarrada, acuñado por el sociólogo marxista boliviano René Zavaleta Mercado. Como señala acertadamente Ferreira, Zavaleta dedujo esta categoría de la concepción de Trotsky del desarrollo desigual y combinado, pero lamentablemente, no explora la aplicación de la misma en su obra. Para entender el concepto de formación social abigarrada, conviene prestar atención a la relación tiempoespacio. En los Andes centrales sudamericanos la ocupación del espacio constituye un aspecto primordial, estrechamente vinculado con el llamado tiempo estacional de la agricultura andina, distinto del tiempo “normal” del modo de producción capitalista. Y ambos están relacionados con la persistencia de una forma de organización social, el ayllu, con un sistema local de autoridades políticas y con un conjunto de normas que aún hoy regulan la vida de las comunidades, los usos y costumbres. En definitiva, en la región andina hay un tiempo y un modo de ocupación del espacio específico, una organización política y social autónoma, y formas productivas propias, coexistiendo con relaciones de producción capitalistas.

Recordemos que en la teoría marxista existen dos conceptos complementarios relevantes: modo de producción y formación económicosocial. El concepto modo de producción designa básicamente un modelo explicativo abstracto de funcionamiento económico y social común a distintas sociedades. El concepto formación económico-social remite a una realidad concreta histórica pasible de ubicación histórica-temporal. En una formación de este tipo un modo de producción domina sobre los demás, los rearticula en función de su patrón de producción y acumulación. Este último aspecto, es justamente, el que resulta relativizado por el concepto de formación social abigarrada, que subraya la heterogeneidad, la débil articulación de las otras cualidades sociales por parte de las relaciones sociales de producción capitalista.

Junto con el concepto de formación abigarrada aparece otra categoría relevante: Estado aparente. Significa que en una formación de las características descriptas, sobre la estructura económica se levanta un Estado nacional con rasgos jurídicos y políticos modernos, pero “superpuesto” a una cadena de autoridades locales que no se corresponden con las representaciones de ese Estado nacional a nivel local. En otras palabras, las autoridades locales no son designadas dentro de la lógica del Estado nacional, sino en forma endógena por las comunidades de acuerdo a usos y costumbres ancestrales. Es entonces un Estado aparente, porque se ha constituido con un alto grado de exterioridad a las comunidades, y tiene por tanto un menor grado de legitimidad.

Es un Estado organizado desde el punto de vista jurídico-constitucional según los principios liberales y representativos, pero con pretensiones de validez en un territorio y sobre un conjunto de comunidades que no están organizados según dichos principios. En suma, un Estado con fuertes dificultades de legitimación y construcción de hegemonía, que explica en gran parte la violenta historia política y social de Bolivia.

 

El Estado Plurinacional

Todas estas formulaciones nos parecen importantes para entender el significado de la emergencia del Estado Plurinacional, plasmado en la nueva Constitución Política del Estado, resultante del tumultuoso proceso político boliviano de los últimos años. El resultado final de este proceso distó mucho de la “Agenda de octubre”, definida a partir de las históricas movilizaciones populares que en octubre de 2003 pusieron fin al gobierno neoliberal de Gonzalo Sánchez de Losada. Con el posterior ascenso de Evo Morales a la Presidencia, en enero de 2006, se inicia el largo conflicto que enfrentará al gobierno del MAS con la oligarquía cruceña y sus aliados de la “Media Luna” oriental, cuyos intentos secesionistas culminaron con el fracasado intento de golpe cívico-prefectural, desarticulado en octubre de 2008. En este desenlace tuvo mucha importancia la negociación emprendida en el Parlamento con los partidos representantes de la derecha oligárquica, que implicó numerosas modificaciones al texto originalmente aprobado en la Asamblea Constituyente, que dio origen a la actual Constitución Política del Estado Plurinacional (la fundamental, pero no la única, fue la sanción del carácter no retroactivo de la aplicación de los límites a la propiedad de la tierra, fijada en 5.000 Ha., que bloqueó la posibilidad de una auténtica reforma agraria y la expropiación de los grandes latifundios).

El Estado Plurinacional, consagrado en el texto constitucional promulgado en febrero de 2009, es, como todo Estado, un órgano de dominación y represión. No obstante, la plurinacionalidad reviste un doble carácter que es necesario precisar. Por un lado representa una conquista de las mayorías indígenas, que por primera vez en su historia lograron inscribir sus valores ancestrales en el plexo constitucional en condiciones de igualdad, es decir, el reconocimiento de que Bolivia “es una nación compuesta por muchas naciones”. Por el otro es una apuesta de las clases dominantes –y del nuevo bloque de poder, integrado por una burguesía aymara en ascenso unida estrechamente a las grandes empresas nacionales y al capital extranjero– de cerrar la brecha abierta entre la formación abigarrada y el estado aparente, para de esta manera soldar la hegemonía burguesa sobre las clases subalternas. Entendemos nosotros que la comprensión de la complejidad de la construcción política articulada en torno al Estado Plurinacional (y la nueva Constitución Política del Estado) es crucial para la intervención política de la izquierda en Bolivia.

 

Palabras finales

Al inicio de la nota publicada en el número anterior, adelantamos nuestra opinión de que el libro de Javo Ferreira constituye un excelente aporte, desde la perspectiva de la tradición marxista, para la comprensión de los problemas de las formaciones sociales de la región andina. Creemos que hemos demostrado, a lo largo de nuestras reflexiones, que la obra expresa el esfuerzo del autor por aplicar en forma creativa el método del materialismo histórico a la realidad social de Bolivia.

Se inscribe, en este sentido, en la tradición iniciada por José Carlos Mariátegui, para quien el socialismo, en nuestras tierras, no puede ser mera repetición sino creación heroica, refiriéndose de esta manera a la necesidad de alcanzar la síntesis dialéctica entre lo universal y lo particular, característica fundamental del análisis marxista. Creemos que estas, y otras muchas reflexiones, pueden hacerse con gran utilidad del texto de Javo Ferreira, escrito con rigor y sencillez.

VER PDF

No comments

Te puede interesar