Marx, la ciencia y la utopía

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A PROPÓSITO DEL ÚLTIMO LIBRO DE ARIEL PETRUCCELLI

 

FERNANDO AIZICZON

Número 33, septiembre 2016.

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Qué sentido tiene eso de “salirse de lo existente” es cosa que ya sabemos. Es la vieja idea de que el Estado se derrumba por sí solo tan pronto como todos los miembros se salen de él y de que el dinero pierde su valor cuando todos los obreros se niegan a aceptarlo (Karl Marx, La ideología alemana, 1846).

Yo no soy un Realpolitiker (carta de Marx a Kugelmann, 1865).

 

El autor y su época

Si un libro dice algo de la época y el lugar en que fue escrito diríamos que Ciencia y Utopía de Ariel Petruccelli (Ed. El colectivo, 2016) es un esfuerzo notable por romper el esquematismo predominante en la práctica de las izquierdas, de insistir en que ni en los orígenes de los textos y autores canónicos del marxismo existió homogeneidad ni linealidad frente a problemas concretos de la realidad política, de dialogar con corrientes de pensamiento contemporáneo para ponderar si el poder de fuego del marxismo sigue vigente, y de invitar a discutir la dimensión utópica del socialismo en una época marcada por el escepticismo residual que la caída del muro de Berlín todavía produce. ¿Todos estos temas están en discusión hoy?, definitivamente no. Este libro propone un itinerario pero hay que decir que el autor discute casi en soledad si es que tomamos como referencia el panorama intelectual argentino o latinoamericano. ¿Es por lo tanto una obra fuera de época?, tampoco, si es que no pensamos la noción de “época” como algo ceñido a una coyuntura específica y que excluye del horizonte inmediato a problemas clásicos que mantienen vigencia. Pongamos un ejemplo entre muchos: las palabras “científico/a” u “objetivo” todavía campean sin pudor en el vocabulario militante de la izquierda dura de nuestros días al momento de exigir rigor de una afirmación; y eso puede ser considerado como un vestigio discursivo, una exigencia empirista, o una discordancia temporal respecto del devenir del conocimiento humano; y si persiste, también puede pensarse en que no ha ocurrido un relevo más o menos decoroso que reemplace la ortodoxa idea de “socialismo científico”. Ciertamente, tal noción está hace décadas en desuso en ámbitos académicos, militantes y de pensamiento crítico, lo que no significa que presenciemos una renovación radical del marxismo. Tenemos un presente sin certidumbres, tallado por el desprestigio que los “socialismos realmente existentes” legaron a la historia. Pero ni el marxismo ni los marxistas se han quedado de brazos cruzados; la política no da tregua al pensamiento militante: hay que actuar, tomar posición y explicar todo movimiento dentro del universo conceptual del marxismo, aunque la realidad sea muchas veces indescifrable. De resultas de lo anterior hoy se sigue dependiendo de un autodenominado “análisis científico” con pretensiones de objetividad; del mismo modo, las acciones siguen orientadas a un fin preciso aunque difícilmente imaginable en el corto plazo: tomar el poder. Ciencia y Utopía profundiza estas claves de lectura y el autor arriesga algunas definiciones que si bien no son novedosas sí impactan en el lector o lo ayudan a ponerlas en debate: “el nuestro es, irremediablemente, un siglo de incertidumbres”, “no es posible extraer mecánicamente o como mera deducción lógica, del análisis científico del mundo social, un ideal ético o un objetivo político”, “la dialéctica es un punto de vista”, entre tantas otras, como la aseveración de que hoy no es posible, ni deseable, hacer ciencia (ni política) sin ideales, o la crítica a la vieja representación de que el capitalismo concebía en su interior al socialismo, lo que fue ironizado por Gerald Cohen como “concepción obstétrica” de la práctica política socialista: ¿si el socialismo no está ya en las entrañas mismas del sistema capitalista, dónde está? Habrá que concluir que no está en ningún lugar, o que existe en un no-lugar y habrá que saber construirlo. No se trata de “salirse de lo existente” ingenuamente, sino de ser cautos en la manera en que creemos conocerlo para luego poder imaginar una alternativa, una alternativa que no conviene creerla despojada de ideales.

Ciencia y Utopía cierra una zaga de 3 obras anteriores del mismo autor: Ensayo sobre la teoría marxista de la historia (1998), Materialismo histórico: interpretaciones y controversias (2010) y El marxismo en la encrucijada (2011). Si hay un hilo que atraviesa estas obras es la discusión en torno a la primacía de las fuerzas productivas (determinismo tecnológico), que Petruccelli critica agudamente proponiendo como alternativa la primacía de las relaciones de producción. Para esa empresa el autor ingresa y se posiciona en el terreno del marxismo analítico, una corriente surgida en los ‘70 de fuerte desarrollo en Inglaterra (algunos de sus más notables representantes son G. Cohen, Elster, Roemer, Erik Olin Wright, N. Geras) y escasos adeptos en nuestro continente. Una de sus características más salientes es el acento en la rigurosidad conceptual, en la observación de la coherencia interna de los presupuestos clásicos del marxismo, la lógica de sus postulados, lo que lleva a cierta pasión por discutir modelos abstractos, algo buscado explícitamente por sus autores. A pesar de que es presentada como una corriente “herética” o antidogmática el abuso de estas discusiones suele generar una sensación de desconexión de los problemas concretos de la praxis política no quedando clara la utilidad de ciertos planteos, pues como dijo uno de sus adeptos, lo que importa no es lo que dijo Marx, sino la coherencia de lo que dijo1. Aunque Ciencia y Utopía se puede abordar prescindiendo de esa discusión y no es estrictamente una obra de marxismo analítico, es útil informarlo para comprender el modo de plantear algunos debates.

 

Debates

El primer capítulo, “Socialismo: ¿utópico, científico o materialista crítico?”, hace una breve valoración de la idea de “socialismo materialista crítico”, una curiosa fórmula enunciada por Marx en una carta a Sorge (1877) y nunca más utilizada, contemporánea a la escritura del Anti-During y más tarde Del socialismo utópico al socialismo científico (1880) por parte de Engels, como se sabe, obras de toque para comprender la idea de “socialismo científico”, en franca oposición a los Saint Simon, Owen, Fourier y otros utopistas. Sin embargo la noción de “socialismo materialista crítico” no necesariamente renegaba del pensamiento utópico, al que Marx y Engels muchas veces halagaron, pero el acento “crítico” al parecer sugería más en el caso de Marx pensar rigurosamente que el contenido ideal de los utopistas respondía a la inmadurez de las condiciones sociales que harían imposible sus proyectos, y no necesariamente a exabruptos reaccionarios. Lo que está en juego es precisamente el contenido de lo ideal, desarrollado en el capítulo II: “Necesidad histórica, sujetos subalternos y movimientos revolucionarios”, un capítulo intenso porque allí se pone a prueba el modo en que Marx y Engels efectivamente obraron de cara a luchas sociales que les demandaron tomar posición. Si el socialismo científico es “la expresión teórica del movimiento proletario”, pues entonces su cientificidad exige investigar las condiciones históricas en las que la lucha de clases se desenvolverá con miras a la caída del capitalismo. Ese estudio determinará los fenómenos que necesariamente deberán de ocurrir en ese devenir, esto es, el avance implacable del capitalismo, que en su rol progresivo acabará con caducas formas de producción y organización social abriendo paso a la moderna industria y a relaciones sociales capitalistas. Pero ese avance de las fuerzas históricas encontrará resistencias: revueltas e insurrecciones populares resisten denunciando su crueldad, otras veces buscando la restauración de la comunidad amenazada. Punto nodal del libro, el repaso de las posiciones de Marx y Engels frente al avance del colonialismo británico despierta el debate y produce no pocas sensaciones de que, en la actualidad, la izquierda suele enfrentarse a dilemas similares: de las revueltas de esclavos al nacionalismo antiimperialista se generan tomas de posición que oscilan entre la necesidad histórica y el repudio moral. Marx simpatiza con los oprimidos sin dudar (Espartaco, Muntzer, la Comuna de París), Engels no siempre, mostrándose a veces implacable contra los campesinos suizos, los movimientos nacionales eslavos a los que considera “portadores fanáticos de la contrarrevolución”, o peor aún, denostando a los “perezosos mexicanos” que enfrentando a los yanquis por el territorio de California no sabían, según Engels, que frenaban el paso de la civilización y que, como bien apunta Rosdolsky, también traían consigo a los propietarios esclavistas. No se trata de una disyuntiva fácil: la reacción de apoyo a los oprimidos, suspendiendo en apariencia el análisis sobre si esa resistencia obstaculiza el progreso histórico (el desarrollo de las fueras productivas), contiene una posición moral respecto del devenir histórico, de la función del análisis científico entendido desde una concepción socialista, y una filosofía de la historia: ¿existen acontecimientos inevitables?, y si son tales, ¿es predecible el futuro?, y si lo es, ¿cuál es la función del proletariado en tanto clase?, o por el contrario es mejor sostener, como piensa Petruccelli sobre Marx, que existen leyes tendenciales que orientan un probable porvenir, lo cual no distinguiría demasiado este tipo de marxismo de lo que usualmente practica cualquier científico social en la actualidad. Nuestro autor dirá que Marx tendía a analizar en términos de necesidad histórica los procesos ya finalizados, y en términos de posibilidades los sucesos por venir; en el mientras tanto, su sistema de valores contenía una evidente dosis de ética implícita, no declarada quizás por mantener una posición crítica de los sistemas morales y/o en función de sus vínculos políticos con las variopintas corrientes políticas de izquierda, y que de ningún modo se le escapó ni a sus seguidores ni a sus críticos (ver por ejemplo la compilación en clave ética de Rubel2, y las observaciones de Karl Popper3, desarrolladas por Petruccelli).

 

Cartas marcadas

Y si el análisis de la ética en Marx resulta escurridizo y transita por textos poco conocidos, lo mismo ocurre con el recurso a su frondosa Correspondencia, donde muchos autores han buscado matices, contradicciones, cambios de posición. Quizás el más célebre haya sido el caso de su correspondencia con V. Zasulich respecto del rol del artel (cooperativas) y la obschina rusa (comuna) como probable base al desarrollo del socialismo en Rusia y que revelaría aquello de que no es inevitable, en determinados casos, el tránsito intermedio de la propiedad burguesa individual en el camino al socialismo. Petruccelli vuelve sobre estos debates y utiliza jugosos documentos, personajes de época (Tkachev, Mijailovski, etc.) y libros poco conocidos o escamoteados en la formación militante (Theodor Shanin, Franco Venturi, Manuel Sacristán); desarrolla didácticamente coincidencias y simpatías de Marx con los populistas y las confronta con la ortodoxia posterior que, de Plejánov en adelante, caracteriza a estas posiciones como “desviaciones” políticas, otro recurso discursivo vigente en la militancia para deslegitimar a los “herejes”. Temas tabú, dirá Petruccelli, mas cierta diferencia entre ciencia y política: matizar, aclarar, interrogar sistemáticamente, o establecer imperativos, sacar conclusiones y generalizaciones para la acción. Petruccelli no separa tajantemente planteos teóricos entre antidogmáticos y ortodoxos; al contrario, muestras las paradojas, los ensamblajes posteriores y saca conclusiones polémicas:

El triunfo bolchevique fue posible por el abandono de la perspectiva de una revolución burguesa (que había sido un punto común entre bolcheviques y mencheviques) vindicando la perspectiva de la “revolución permanente” esbozada por Trotsky, pero también, al menos parcialmente, la vieja tesis populista sobre la posibilidad de evitar la fase capitalista4.

 

Tragedia y academia

Los 2 últimos capítulos amplían el horizonte de discusiones incorporando al indianismo de Mariátegui y reparando en la opción trágica frente a la cual Trotsky se vio enfrentado ante el desastre de la II Guerra Mundial y el estalinismo, fenómenos que lo hicieron repensar si efectivamente el marxismo y la revolución proletaria no se habían esfumado como utopías… nuevamente Petruccelli realiza su mejor tarea: si el marxismo es también una enorme biblioteca a manos de eruditos recelosos, nuestro autor expone comprensivamente las claves del dilema y ofrece al lector vías directas de acercarse a las mismas, que en este caso es el dramático artículo “La URSS en guerra”: un Estado socialista catastróficamente burocratizado al que no obstante hay que defender, ¿pero por razones morales o del orden de la necesidad histórica?, ¿y si es la moral, se trata en este caso de un uso instrumental?, si es así, ¿revelaría un prejuicio respecto de preocupaciones de orden moral, condenándolas como desviaciones pequeño-burguesas o reformistas? Kautsky, Bauer, Kronstadt, debates fuertes que dominaron los años ‘20 recién afloran con nuevas perspectivas en esta época desencantada con el socialismo. Pero los protagonistas actuales son otros: ninguno de ellos es necesariamente un militante marxista contrariado por decisiones trágicas que pueden torcer el rumbo de una historia, o tensionado por su praxis al interior de organizaciones políticas (excepto Bensaïd). ¿Tendrá que ver este perfil intelectual dominante en una época de desencantos con que el debate elegido, hacia el final del libro, tenga como eje a filósofos igualitaristas preocupados de si existe o no una teoría de la justicia en Marx (J. Rawls)? Si bien es cierto que Marx rechazó el defender explícitamente un sistema de valores determinado, o por lo menos no consideró discutirlo, y por lo tanto priorizó el análisis científico en busca de fortalecer teóricamente la acción del proletariado, ¿es esta carencia algo más que una señal de debilidad estructural de la teoría marxista?, ¿es la coherencia argumentativa o la cadena lógica de un determinado planteo, locus de moda en círculos académicos, la llave explicativa de las dificultades históricas que presentó el socialismo realmente existente? Resulta difícil comprender por qué el autor eligió este camino y no otro: el debate estratégico, quizás. Es cierto que, leído con detenimiento, el aserto de que el desarrollo de las fuerzas productivas es progresivo solo a condición de que no genere explotación, es un contrasentido que ha provocado todo tipo de desastres históricos. Sin embargo, cuesta creer que el problema se reduzca a una correcta formulación argumentativa, lo cual tendría implicancias, por ejemplo, en la concepción de sujeto que habita en dichas teorías. La historia es todo lo contrario a una cadena de razonamientos lógicos, aunque el marxismo estalinista ha hecho escuela reduciendo la historia a planteos similares. Con todo, Ciencia y Utopía excede ampliamente este reparo y puede (y debe) ser leído como material de formación teórica del militante, indispensable para reabrir preguntas y asumir que toda alternativa al capitalismo, toda acción política, contiene una dosis saludable de utopía y un indisimulable contenido moral.

 

  1. Para una crítica al marxismo analítico ver Daniel Bensaid, Marx intempestivo, Bs. As., Herramienta, 2003.
  2. Maximilien Rubel, Páginas escogidas para una ética socialista, 2 vols, Bs. As., Amorrortu, 1974.
  3. Karl Popper, La sociedad abierta y sus enemigos, Bs. As., Paidós, 2010.
  4. Ciencia y Utopía, ob. cit., p. 225.

 

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