Marx en el país de los soviets

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EMMANUEL BAROT

Número 39, julio 2017.

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Adelantamos el prólogo del libro Marx en el país de los soviets. O los dos rostros del comunismo, de Emmanuel Barot, profesor de Filosofía en Toulouse, que próximamente publicará Ediciones IPS-CEIP.

 

He visto más de una vez que un argumento “antimarxista” no es más que el rejuvenecimiento aparente de una idea premarxista. Una pretendida “superación” del marxismo no pasará de ser en el peor de los casos más que una vuelta al premarxismo, y en el mejor, el redescubrimiento de un pensamiento ya contenido en la idea que se cree superar (Jean-Paul Sartre, Cuestiones de método, Buenos Aires, Ed. Losada, 1963, p. 18).

 

A comienzos de 2011, año de publicación de este opúsculo en Francia, salíamos de una movilización callejera extraordinaria a escala nacional contra la destrucción del sistema jubilatorio orquestada bajo la presidencia de Sarkozy, que tuvo como resultado una derrota total. La atmósfera de desmoralización que reinaba entonces, a pesar de una serie de luchas obreras emblemáticas pero aisladas en los últimos años, como las de Continental, acompañaba la consolidación de la crisis surgida en 2008. En 2012, Hollande se hizo elegir capitalizando el antisarkozismo y criticando a las “finanzas” (como en su oportunidad, por derecha, Chirac se había hecho elegir con el tema de la “fractura social”), y se benefició con un mandato de cinco años que ha marcado la conversión final de los socialistas franceses a la brutalidad antisocial y antiobrera, especialmente con la Ley del Trabajo en la primavera del 2016, así como con la ofensiva bonapartista con el pretexto de luchar contra el terrorismo. Estos elementos han acelerado la descomposición del Partido Socialista, cuya bancarrota es uno de los hechos notorios de la elección presidencial de 2017. Con la nueva presidencia de Macron, en todos los casos, la burguesía francesa reserva a nuestra clase un programa de sangre y lágrimas. ¿A dónde va la Francia de hoy? La política-ficción es un arte muy delicado, y arriesgarse a un pronóstico preciso sería inapropiado. Sin embargo, lo que se puede decir sin arriesgar demasiado, más allá de las oscilaciones coyunturales, es que marchamos hacia tiempos marcados por un aumento significativo del nivel de conflictividad social y de inestabilidad política. El hundimiento del bipartidismo en el corazón del régimen, su viraje bonapartista global, aunque no consolidado aún, la conquista de una mayor influencia de la extrema derecha en todo el espacio político, y otros hechos relevantes de los que la elección presidencial de 2017 ha sido la expresión más o menos deformada son, por sí solos, sintomáticos de la atmósfera del fin del reino de la V República.

Volviendo a 2011, por el lado de la izquierda radical y de la extrema izquierda, el período mostraba la dinámica ascendente del Front de Gauche (Frente de Izquierda) piloteado por el neorreformista Mélenchon (que luego conquistó un espacio central en el tablero político, contradictoriamente, mediante una serie de pasos a la derecha, en el terreno del nacionalismo y de la reivindicación republicana, mientras daba una primera expresión a la ruptura por izquierda de la base social del PS, hecho característico de estos dos últimos años), a cuya sombra se mantenía entonces acantonado el Nuevo Partido Anticapitalista (NPA), creado también en 2009 en el marco del abandono del proyecto de la Liga Comunista Revolucionaria (LCR), y Lutte Ouvrière (Lucha Obrera). En esa época, aunque tenía mucha más simpatía estratégica por LO, y afinidades político-amistosas con el NPA más que con el Front de Gauche, por diferentes razones, no estaba de acuerdo con ninguno de estos proyectos. Más aún cuando, si bien nunca he desconectado mi trabajo universitario de mis compromisos políticos, todavía veía mi contribución a la lucha, salvando las distancias, en términos del modelo sartreano del “compañero de ruta”, del electrón libre –un poco molesto, dicho sea al pasar, por una primera experiencia organizacional poco convincente en los años ‘90, época de mis años estudiantiles–.

Dos elementos del contexto, sin embargo, han sido determinantes. Por una parte, la época, con un trasfondo de crisis social y económica creciente, se preparaba desde hacía muchos años para el retorno de Marx y del marxismo, en sentido amplio, y más específicamente para la reivindicación de “la Idea de comunismo”, en torno a Badiou, Žižek o incluso Rancière. Eso animaba muy vivamente el campo intelectual y militante, representando un verdadero islote de resistencia. Pero de conjunto, era al costo de una abdicación importante: las cuestiones centrales de estrategia revolucionaria se mantenían sin discutir, ya sea como efecto de una dilución progresiva de los fundamentos, o como rechazo explícito a confrontar con ellos, en beneficio de posturas etéreas al estilo de los utopismos premarxistas. El otro elemento fue la experiencia de una huelga de varios meses en la Universidad en la primavera de 2009, que dejó huellas a escala nacional. En esa ocasión he podido medir concretamente la amplitud de los estragos que las burocracias sindicales pueden infligir a una movilización fuerte, así como la profundidad con la que la corporación de profesores-investigadores se veía afectada por límites políticos, como lo explicaba Trotsky con una singular agudeza en su folleto de 1910 “Los intelectuales y el socialismo”, más allá de su combate “ético” no despojado de un cierto individualismo sostenido por este aparato hegemónico, contra la mercantilización de la universidad. Eso me había convencido de la necesidad de volver sobre reflexiones más elementales, sobre las condiciones requeridas para derrotar una contrarreforma brutal. En 2010 dediqué otro libro a esta movilización y a su amargo fracaso, sin ver claramente la extensión y la naturaleza de los pensamientos que habría que considerar. En esta doble coordenada se inscribe mi opción de escribir este pequeño libro sobre los “dos rostros” del comunismo.

Se trataba, por una parte, de reivindicar una concepción dialéctica del comunismo, revalorizando que no es solo un “objetivo” o un “ideal” a conquistar –postura de tipo neoutopista, objetivamente representativa de cierto estado histórico del marxismo o del pensamiento crítico, pero estratégicamente impropia–, sino, sobre todo, el “movimiento real que anula y supera el actual estado de cosas”, decía Marx en La ideología alemana, el proceso concreto de esta conquista histórica, lo que convocaba, naturalmente, a la indagación sobre los medios de la transición revolucionaria. Por otra parte, y como camino consecuente, se trataba de reivindicar, sin ningún nerviosismo especial, la hipótesis estratégica de la dictadura del proletariado, basada en la democracia proletaria y la independencia de clase, como única forma posible de abolición consciente de la dictadura del capital. Y esto sin importar qué se piense de las “actualizaciones” requeridas por el hecho de que el siglo XXI no es, evidentemente, una copia al carbónico del siglo XIX. Abandonada por casi todo el mundo a causa de los horrores estalinianos, mi objetivo sobre esta concepción dialéctica del comunismo era, por el contrario, afirmar que mientras se debía sacar el balance más agudo posible de las degeneraciones del siglo XX, también se debía defender su actualidad en este comienzo del siglo XXI, y había que restablecer mínimamente la legitimidad de estas discusiones. Fue en ese sentido una batalla de carácter principista, que tuvo poco eco, en un ambiente militante restringido.

Escrito en un período de aislamiento organizacional, este pequeño libro conserva, en particular, ciertos rasgos teoricistas. Carece también de mucha precisión sobre la cuestión del Estado, y correlativamente, en las perspectivas finales, las cuestiones de estrategia y de táctica se reducen a algunas observaciones muy generales, reflejando mi relativa, pero real indecisión de ese momento en ese plano. Por mi trayectoria personal tomada de otras tradiciones, la de un Marcuse o de un Sartre, por ejemplo, ni Gramsci ni, sobre todo, Trotsky y el trotskismo, ni tampoco la idea más amplia de un marxismo estratégico formaban parte aún de mi cultura activa, tanto como la concepción más leninista del intelectual, a la que he arribado más tarde. Sin embargo, era un libro militante –al que haría falta, por cierto, al menos retomar y desarrollar algunos pormenores–, voluntariamente corto, que apuntaba a sublevar las líneas del debate y a sacar ciertas cosas del silencio. Me parece que lo esencial se puede defender tanto hoy como entonces. Por eso, sin ninguna duda, este libro ha contribuido al encuentro con los camaradas de la Courant Communiste Révolutionnaire du NPA (Corriente Comunista Revolucionaria del NPA) en Francia, en la cual milito.

A lo largo de esta evolución, y con un contexto político francés actual profundamente modificado en relación con 2011, afectado por estas tendencias crecientes y, por lo tanto, potencialmente muy patógenas que Gramsci llamaba “crisis orgánica”, seguro que hoy escribiría de modo muy diferente este opúsculo. Por esto, en este año del centenario de la Revolución rusa, y en una secuencia histórica nueva en la que no nos faltarán “días de perro”, como decía Cannon, lo reivindico plenamente, más convencido aún hoy que entonces.

Con la esperanza de que esta edición suscite discusiones y devoluciones, y que hacerlo sea una ocasión para afirmar, aunque sea en forma muy modesta, el internacionalismo orgánico que en la actualidad necesitamos de manera inexorable, agradezco calurosamente a los camaradas del CEIP y del IPS por esta traducción, de la que me siento sinceramente honrado, y a Rossana Cortez, Eduardo Baird y María Laura Magariños quienes se han ocupado. También he de saludar en esta ocasión a todos mis interlocutores y camaradas que no han cesado de inspirarme, y a Juan Chingo y Juan Dal Maso en particular.

 

Traducción: Eduardo Baird

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