¿Manual para la heterosexualidad moderna?

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ACERCA DE EROTISMO DE AUTOAYUDA. CINCUENTA SOMBRAS DE GREY Y EL NUEVO ORDEN ROMÁNTICO, DE EVA ILLOUZ

CELESTE MURILLO

Número 17, marzo 2015.

 

Publicado en 2013 y un año después traducido al castellano por Capital Intelectual/Katz, el trabajo de la socióloga marroquí Eva Illouz se zambulle en el debate multifacético que abrió la trilogía Cincuenta sombras de Grey.

 

Los libros de E. L. James se convirtieron en best seller rápidamente, aun cuando su primer tomo fuera publicado en internet, luego por una pequeña editorial a demanda, para catapultarse a los primeros lugares de los más vendidos del New York Times. Del boca a boca a la pantalla grande, Cincuenta sombras de Grey ha generado todo tipo de debates: desde posturas moralistas que condenan su contenido sexual explícito, pasando por varias críticas feministas (un amplio abanico en sí mismo), hasta cuestionamientos por el tratamiento del BDSM (Bondage, Disciplina, y Sadismo Masoquismo)1.

 

Marcas de época

Uno de los ejes centrales del trabajo de Illouz está planteado en el título “erotismo de autoayuda”. Pero el ensayo explora también otros aspectos como la relación entre los best sellers y qué dicen sobre los valores morales de una sociedad2; el problema mismo de lo que denomina cultura de autoayuda, o los diferentes momentos y expresiones de la literatura pornográfica y erótica. El “erotismo de autoayuda” funciona, según la autora, mediante una combinación de fantasías que “al mismo tiempo expresa y rehúye un componente de nuestra realidad social y colectiva” [41]3 y una serie de recetas y consejos sexuales para superar los conflictos de la (hetero) sexualidad contemporánea. Este es, quizás, uno de los enfoques más interesantes (no el único) de su ensayo, enmarcado en la cultura de autoayuda para la construcción de la subjetividad moderna, en sus palabras. Sobre el libro, la autora señala que:

 

Cincuenta sombras debe ser entendida como un género que entreteje muy estrechamente un comentario sobre la situación carenciada del amor y la sexualidad, una fantasía romántica y, además, instrucciones de autoayuda sobre cómo mejorar esa vida. Codifica aporías de las relaciones heterosexuales, ofrece una fantasía para superar esas aporías y funciona como un manual de autoayuda sexual [43].

 

Illouz sostiene que “la literatura popular femenina articula el placer como un traspaso útil de la fantasía a la vida cotidiana. La fantasía produce placer porque borra las carencias y los conflictos simplemente declarando que no existen” [42]. Más allá del enfoque psicoanalítico que despliega sobre las añoranzas inconscientes de las mujeres de relaciones desiguales pero supuestamente más satisfactorias4, lo cierto es que esa literatura se da en un marco social específico: las sociedades capitalistas avanzadas (EE. UU., Europa).

Illouz no es ingenua y reconoce estas fronteras, aunque no siempre es tan efectiva como lo es en su análisis de la función de la “cultura” en tanto disciplinadora/reguladora de cómo deben comportarse las mujeres, mediante revistas femeninas, libros, televisión, etc. También se pregunta sobre las mutaciones de la novela romántica como la búsqueda femenina del amor, expresada típicamente en el matrimonio, en el siglo XIX. Al respecto, descarta acertadamente “el ‘pretexto’ para envolver el sexo en el papel rosa de los sentimientos. De hecho lo que hay es lo contrario: es el sexo el papel color de rosa que envuelve la historia de amor” [50]. Con respecto a esto, agrega el señalamiento de un artículo de la revista Daily Beast que desafía el lugar transgresor del libro que parece que, “… provoca un delicioso estremecimiento como de haber cruzado algún límite, pero al mismo tiempo presenta roles románticos a la antigua, seguros y tranquilizadores” [75].

La socióloga señala, con razón, que la separación (relativa, agregamos) entre sexo y matrimonio/reproducción no significa la independencia de otras determinaciones, “…en muchos sentidos la sexualidad continúa organizándose bajo el régimen de la heteronormatividad” [57]; y agrega que

 

…la sexualidad de las mujeres modernas, mucho más que la de los hombres, ha quedado atrapada en las tensiones entre la libertad sexual y la estructura social tradicional de la familia, entre el deseo de placer individual y el deber de atender a las necesidades de una unidad doméstica [50].

 

La sexualidad sigue estando regulada socialmente; mediante normas más o menos explícitas se indica “con quién está permitido o prohibido tener relaciones sexuales; cómo se conecta la sexualidad con la moralidad” [51]. Cincuenta sombras es testigo y expresión de los cambios en la moralidad y en qué es aceptable y qué no, pero también de cómo la sociedad (capitalista y patriarcal, como también señala la autora) ha incorporado el erotismo, incluso la pornografía, todo a la medida de la moral burguesa contemporánea.

 

Autonomía, igualdad y feminismos

Según la autora, esa relativa autonomía de la sexualidad encuentra vehículo en el mercado de consumo. La sexualidad, lejos del cuestionamiento a las instituciones y la moral burguesa que caracterizaran a los movimientos de los años 1960 y 1970, fue “colonizada” como tantos otros aspectos de las relaciones interpersonales, mercantilizada y transformada en un

 

…instrumento sumamente eficaz para socializar a los individuos incorporándolos a la cultura del consumo, en cuanto requiere una cantidad de practicas de consumo sin precedentes (por ejemplos, para ser “sexy” es necesario cuidar el cuerpo perpetuamente mediante deportes, cosméticos y vestuario de moda; encontrar compañero requiere un constante acto de consumo en la esfera del entretenimiento (….) el acto sexual con frecuencia requiere el consumo de juguetes sexuales, ayudas y pornografía) [53].

 

En este sentido, como señala Andrea D’Atri en el dossier “Pecados & Capitales” de Ideas de Izquierda: “La privatización de los servicios públicos y la ‘desprivatización’ de la vida íntima fueron acompañadas de una política de ampliación de ciudadanía que le confirió mayores poderes al Estado sobre nuestros cuerpos, nuestras relaciones sexo-afectivas y nuestras prácticas eróticas”5.

Illouz establece un diálogo crítico con el feminismo, en el que plantea otra de sus hipótesis interesantes al decir que “su estructura narrativa [de Cincuenta sombras] y sus personajes han incorporado conscientemente el código cultural feminista, igual que muchas otras áreas de la cultura popular” [74]. No podemos más que acordar en este aspecto, especialmente frente a la divisoria “liberador/legitimador de violencia”6, ya que ninguno de los polos alcanza a ver la asimilación de ese código y, en un sentido amplio, la asimilación (previa domesticación) de los postulados feministas7.

Sobre el feminismo plantea que “ya no es solamente un movimiento político sino que ha

llegado a ser un código cultural, utilizado en la publicidad, en series de televisión, películas y novelas románticas (…) eso incluso ha hecho que el feminismo pierda su filo político, convirtiéndose en un gesto vacío” [73]. O también podríamos preguntarnos si el feminismo no ha sido reducido a ese código cultural, al menos lo que se conoce como feminismo mainstream, que Illouz confusamente trata como “universal”. De hecho existe otra tendencia del feminismo, que actuó durante el neoliberalismo y la restauración conservadora durante los ‘80 y los ‘90 del siglo XX, aunque esté casi ausente de la reflexión de Illouz. El feminismo posmoderno fue la contracara del feminismo “tecnócrata” o mainstream. La performatividad y las políticas identitarias fueron igual de impotentes en tanto perspectiva de transformación radical, frente a la injerencia del Estado y las instituciones (la primera por promoverla, la segunda por no enfrentarla al limitar al individuo la vía de la transformación (reducido a su mínima expresión del cuerpo como “campo de batalla”)8.

“En la actualidad el reclamo feminista de igualdad económica (igual remuneración por igual trabajo) ya prácticamente no encuentra objeciones morales significativas”, nos dice Illouz al contrastar los pocos avances del feminismo en el terreno de medios de comunicación y consumo respecto de la imagen hipersexualizada y cosificada de las mujeres. Y esta afirmación es una premisa controversial, aunque se encuentre relativizada en otros pasajes, ya que a partir de ella mide avances y estancamientos. Cabe preguntarse, en primer lugar, cómo medir esa igualdad económica, especialmente en el capitalismo, que se apoya en la desigualdad primera explotados/explotadores, y que además sigue sosteniendo como premisa una enorme masa de trabajo gratuito –realizado mayoritariamente por mujeres– que viabiliza la reproducción de la fuerza de trabajo (trabajo doméstico). Aun en lo más alto de las elites millonarias blancas de Estados Unidos, como Hollywood, la brecha salarial persiste, como mostró el discurso de Patricia Arquette por la igualdad salarial9, uno de los más comentados de la ceremonia de los premios Oscar. Esta desigualdad se reproduce hacia abajo, y se intensifica al combinarse con la raza, el estatus migratorio, etc. La afirmación de la igualdad económica, entonces, se vuelve –como mínimo– parcial o se relativiza, y al mismo tiempo, habla de las bases materiales para la “lenta agonía” de los cambios en otras esferas. No porque exista una relación mecánica, sino porque son precondición necesaria para cambios profundos en la vida de las mujeres, en una perspectiva de emancipación y ya no solo tolerancia o respeto, aunque en nuestro camino exijamos de esta democracia capitalista todos los derechos y arranquemos todas las mejoras posibles para la vida de las mujeres.

En el marco de un muy buen análisis alternativo del fenómeno Cincuenta sombras, existe quizás este interrogante acerca de la aceptación10 de Illouz de las fronteras que ha aceptado el feminismo de las ONG y las agencias gubernamentales y, como consecuencia, aceptar la cultura como último ámbito de acción y transformación. Por acción o por omisión, quedarse en los confines del feminismo posible dificulta o borra directamente cualquier perspectiva de transformación radical, ya sea de la sexualidad o de cualquier otro orden de la vida.

 

(Otra) literatura erótica

Cincuenta sombras de Grey no es el único exponente del erotismo y, como señala Illouz, llega cuando la literatura pornográfica ha perdido su fuerza política, “convirtiéndose en un objeto de consumo privado. Y con la llegada de internet se acentuó aún más la mercancificación de la pornografía…” [18]. Algo similar dice la escritora española Almudena Grandes:

 

Las edades de Lulú, como todas las novelas eróticas escritas por mujeres en los ‘80 o los ’70 eran políticas, (…) era un libro muy político, muy cargado de ideología, muy reivindicativo aunque es una novela desde luego, pero reivindica la libertad de las mujeres de ser tan perversas como los hombres, reivindica la sexualidad femenina como una cosa completa, completamente

desgajada de la voluntad masculina (…) y esta novela romántica de última hora es una cosa muy distinta, es un fenómeno de marketing que viene a cubrir un nicho…

 

Y, agregaba sobre la relación con la novela romántica:

 

En España, cuando yo era joven había un chiste machista (…) que decía “¿Por qué las mujeres ven las películas porno hasta el final?”, y la respuesta era “Para ver si se casan”. Y lo que más rabia me da es que al final de Cincuenta sombras de Grey, efectivamente se casan y tienen niños. Es como la demostración de aquel chiste11.

 

Existen muchas autoras que escriben con otras premisas, más cercanas al placer y la subjetividad, como Gioconda Belli y la propia Grandes. Sobre el placer y sexo esta última señala algo interesante: “yo creo que la materia narrativa de la novela erótica es el deseo (…) porque el sexo en sí mismo es una actividad fisiológica bastante monótona, el deseo es lo que cambia”.

En Argentina, además de los best sellers como Caballo de fuego o Indias blancas de Florencia Bonelli, que tienen sus propias características, existen exponentes recientes de narrativa erótica, sin ataduras al modelo de novela romántica. Elegidos con los límites de espacio y azar, podemos pensar en dos ejemplos. Uno es la novela de Juan Sklar, Los catorce cuadernos, presentada por su editorial Beatriz Viterbo, entre otras cosas, como novela erótica. Ese relato de erotismo masculino permite ver una diferencia básica: el protagonista no solo explora sin mayores reflexiones (ni hablar de valoraciones morales) diferentes técnicas de masturbación, estímulos y fantasías, tampoco se establecen nexos con los “roles de género” o relación entre sexo, amor y matrimonio. Lo mismo sucede con su sexualidad, ligada a su creatividad, su trabajo, y que se experimenta con la jactancia y la naturalidad de quien la sabe propia por derecho. Son extrañas, casi excepcionales, las novelas que presentan de tal modo la sexualidad femenina; y más extraño aún es que sean elegidas como primera obra de una autora joven (sin las etiquetas de “transgresora” o alguna otra). Lejos de cualquier inocencia, hay que observar que esto forma parte de un esquema patriarcal, sin embargo, parece necesario explicitar las restricciones que afectan cualquier discusión sobre la sexualidad de la mitad de la población, ni hablar cuando las habitantes de esa mitad no son ciudadanas de la clase media, de la raza blanca o de la heterosexualidad. Una de esas excepciones es Cuarenta grados a la sombra. Diez relatos calientes escritos por chicas (Emecé). Los relatos reunidos por Julieta Bliffeld, sin mayores explicaciones, exploran diferentes formas de la sexualidad femenina, atravesada por las mismas relaciones complejas y problemas triviales que afectan la masculina, sin abstraer ni borrar los rastros de las vivencias cotidianas de la opresión.

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1. Algunos de estos debates están resumidos en “Cincuenta sombras de Grey: el deseo permitido”, La Izquierda Diario, 13/02/15.

2. El debate sobre los best sellers merecería su propio artículo, especialmente por las relaciones que establece entre los valores culturales, la moral dominante y los éxitos literarios. De hecho, la autora dedica una gran parte a este elemento, con buen análisis e investigación.

3. Salvo que se aclare lo contrario, las citas pertenecen a la edición de Buenos Aires, Capital Intelectual, 2014.

4. No vamos a desarrollarlo aquí pero Illouz propone la existencia de una “añoranza del patriarcado” no como dominación en sí sino por lo que tenía de “vínculo emocional” para intentar ocultarla, motivo por el cual las mujeres aspirarían a relaciones donde se sienten cuidadas, aunque esto suponga desigualdad.

5. Andrea D’Atri, “Pecados & capitales”, Ideas de Izquierda 7, marzo 2014.

6. Varias críticas feministas apuntan contra la legitimación que brindaría el libro de James a la violencia contra las mujeres, al no poner en su debido contexto las prácticas sexuales sadomasoquismo.

7. “Feminismo masticable”, La Izquierda Diario, 6/02/15.

8. Para ampliar este debate ver Andrea D’Atri y Laura Lif, “La emancipación de las mujeres en tiempos de crisis mundial (II)”, Ideas de Izquierda 2, agosto 2013.

9. Según The Hollywood Reporter, los dos actores mejor pagos durante 2013/2014 fueron Robert Downey Jr. (75 millones de dólares) y Jennifer Lawrence (35 millones). Es decir, la actriz mejor paga no alcanza siquiera la mitad de lo que gana su par masculino.

10. La autora hace algunas afirmaciones contradictorias: en algunos pasajes reconoce que la esfera económica sigue siendo predominante patriarcal, aunque sin desdecir su premisa de la igualdad económica.

11. Entrevista en Libroteca (disponible en Youtube), 9/11/2014.

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